Presentación “Mejor Vivir”, de Jorge Armas

Nos reúne la presentación de un libro de la vida, o de un libro para la vida, un libro que refleja los cuestionamientos que antes o después se nos plantean a casi todos, por lo menos a los que pretendemos vivir lo mejor posible.

De cómo nos planteamos la vida y cómo resolvemos sus retos los seres humanos sabe bastante el autor, Jorge Armas, asunto al que se dedica profesionalmente desde su formación como psicoanalista, en ejercicio en esta ciudad desde 1998. Sus muchas horas de escucha a los dolores del alma humana le han dado para extractar los más comunes, aunque lo humano no sea muy dado a extractarse o a globalizarse, asumiendo que no a todos nos preocupan las mismas cosas de la misma manera.

Mientras esperamos la llegada del príncipe azul, o su edición femenina según sea el caso, a que un golpe de suerte caído del cielo nos venga a arreglar lo que la pereza nos impide resolver por nosotros mismos, nos toque la lotería o a que tengamos tiempo un día de estos, a lo que no nos queda otra que dedicarnos es a manejarnos con las cuestiones de la vida cotidiana. Si no nos paramos a reflexionar sobre ellas, sobre lo que nos pasa, sobre dónde queremos ir, acabaremos arrastrados por la corriente. Es decir, si no tomamos las riendas de nuestra vida, si no tomamos nuestras decisiones, otros lo harán por nosotros y eso nunca es recomendable: podría ocurrir que nos encontráramos un día de estos preguntándonos ¿y yo, qué estoy haciendo aquí? Lo que resulta muy perturbador. Y a estas alturas de la Historia, ¿quién sigue creyendo en los cuentos de hadas?

Nada inusual es encontrar gente instalada a vivir en el puro sufrimiento, como si vivir sufriendo fuera inherente al ser humano, pensamiento muy arraigado en nuestra tradición judeocristiana con la promesa del paraíso después de la muerte si somos buenos en vida, buenos según un código arbitrario de bondades universales: más paradisíaco el después cuanto más sufrido el antes. Créanme, esto no es necesario y vivir de otra manera no es pecado mortal, se puede.

Así las cosas, veamos el planteamiento inicial que nos propone el autor: y la vida, ¿tiene sentido? También nos propone la respuesta, un tanto inquietante: no, la vida en sí no tiene sentido, ¿qué sentido va a tener? Pero también nos abre un camino: el sentido se lo tiene que dar cada cual, hay que producirlo. Nada se produce si no trabajamos para ello. Hasta la suerte se produce. Por tanto, es cosa nuestra y no responsabilidad de los demás.

Y ¿producir qué? Pues está claro: salud, dinero y amor, ¿en ese orden? Parece que no, que para conseguir salud primero hay que amar y trabajar.

La OMS definió la salud en 1946 como el estado de bienestar físico, psíquico y social. Para el Psicoanálisis la salud es la capacidad de amar y trabajar. Es decir, que la salud es un estado que hay que construir, es un efecto del trabajo y de la capacidad de amar generosamente. Se nos enferma el cuerpo porque se nos enferma antes el alma. Trabajar no es un sacrificio, es un beneficio.

Por tanto: amor, dinero y salud, en este orden.

Comentaba antes la tan extendida ilusión de tener tiempo un día de estos, ¿tiempo para qué? Como si el tiempo se pudiera tener, lo que tenemos es lo que hacemos con él. Escribe el autor: es el deseo de querer controlar el tiempo y jugar a ser dioses aspirando a frenar el curso de la evolución, coqueteando con la fantasía de la inmortalidad. Si hacemos algo con el tiempo, que es lo que tenemos que hacer, en nuestra vida se producirán cambios, cambios que nos indicarán que el tiempo pasa, que nos queda menos para morir. Por eso angustian los cambios pero ¿acaso no moriremos igual si no hacemos absolutamente nada, si nos quedamos quietos pretendiendo no producir nada que nos recuerde que somos mortales, producciones que nos sobrevivirán?, ¿acaso no pasa el tiempo igual?, ¿acaso no moriremos igual? No hay tiempo sin nada, hueco: o lo llenamos de intereses o se desborda de aburrimiento. La vida es aquello que hacemos con el tiempo, tampoco la vida nos pertenece. Se trata de trabajar sin esperar tiempos mejores, trabajar para mejorar estos tiempos.

Retomando lo que ya dije, vivir no es pecado, pero sí es mortal: sólo a los mortales nos está permitido gozar de la vida. El sinvivir también está penado con la muerte.

Y todo esto buscando la tan ansiada felicidad, ¿qué felicidad? No me refiero a ese concepto ideológico imperante de estado ennirvanado, prefabricado, etiquetado y empaquetado al vacío, imposible y absolutamente improductivo, sino a algo mucho más elaborado con el trabajo de cada uno, con el deseo de cada uno, con la responsabilidad de cada uno y hasta con la angustia de cada uno.

Así es que yo también les propongo: ¡Mejor Vivir!

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