Una cuestión de límites

Límites, esa es la cuestión, es imposible el crecimiento si no hay límites. Parece sencillo, hasta trivial o una abstracción irrelevante, pero no es así, muchos de los problemas de la vida cotidiana se derivan de la falta de ellos: por no ponerlos o por no ponérselos a uno mismo. Los límites, que inicialmente deben establecer los padres, estructuran al sujeto, lo ingresan en la cultura, lo enfrentan con la ley. Primero los padres, luego los educadores y luego los otros imponen restricciones a un infinito existencial donde no es posible habitar. Son restricciones socializadoras sin las cuales se vive en un mundo primitivo, aunque se resida en la ciudad más avanzada de la Tierra.

El problema es que poner límites cuesta trabajo, asumirlos también, no es lo natural, es puro artificio cultural, lo natural sería seguir viviendo en la cavernas. Vivir en el artificial siglo XXI exige disciplina y trabajo, se podría sintetizar en la renuncia a conductas asociales de placeres inmediatos por otros placeres diferidos más elaborados y productivos, y esta también es la cuestión.

Lo más cómodo, en lo inmediato, es dejarse llevar por la inercia de lo cotidiano, dejar que las cosas fluyan por gravedad, que se arreglen solas y evitar tomarse la molestia de intervenir para organizarlas según nuestra conveniencia y nuestros deseos. Pero ojo, que la física clásica de la teoría gravitacional se está viendo desplazada cada vez más por la nueva teoría cuántica, así que en estos tiempos tan artificiosamente inventados por el hombre para imponerse sus propios civilizadores límites, la inercia no parece llevar a ningún lugar estable. Más bien todo lo contrario, conduce a la incomodidad de la desorganización, que es la organización de los otros, porque se sabe de sobra que las cosas no se arreglan solas, o las arreglamos nosotros o nos las arreglan otros, y esto último no es nada recomendable para nuestros intereses.

Es lo que pasa en las familias en las que no se han establecido los límites en el momento oportuno del crecimiento de la propia familia, porque los límites son bidireccionales, parten de los padres y vuelven a ellos, escasos límites podría establecer el educador que no se los aplica o lo hace arbitrariamente. Los hijos criados sin límites van a tener dificultades para manejarse en su comunidad derivadas de tratar de imponer su concepción familiar en una sociedad con leyes de obligado cumplimiento. En una sociedad en la que forzosamente debemos relacionarnos con los otros, establecer nuestros límites nos ayuda a pertenecer a ella de pleno derecho, si no, siempre la andaremos de puntillas, siempre al borde de la expulsión en cualquiera de sus variedades: legal, social, comunitaria o personal por inadaptación. Además de que esta educación lábil y no comprometida crea con frecuencia hijos déspotas merecedores de todo y obligados a nada que ya está descrita como la generación ni-ni, una generación vacía porque vive sin proyectos. Mejor educar jóvenes trabajadores y productivos que valoren el esfuerzo en cuanto a la responsabilidad individual en materializar las fantasías de cada uno, que la realidad objetiva actual seguramente va a complicar, por lo que tendrán que trabajar más, ser más creativos, más inmunes al fracaso, más vitales, sin olvidar que es muy muy importante que aprendan a pensar.

Entonces, alejémonos de comodidades incómodas, trabajemos por los asuntos que nos interesan, invirtamos nuestros deseos y dejémonos de esperar a la caída de la manzana, habrá que cultivar primero el árbol.

Anuncios

3 pensamientos en “Una cuestión de límites

  1. Muy interesante entrada sobre la necesidad de que nos hayan establecido límites, que contribuirán al desarrollo. No tenerlos puede llevar a que nos creamos con derecho a campar a nuestras anchas o a vivir adormilados en nuestra propia contemplación esperando a que esa manzana nos caiga del árbol. Ahora bien, poner límites es de las cosas más difíciles que existen, porque se puede dar la perversión de que poniendo límites pongamos rejas a la creatividad, al cuestionamiento de lo preestablecido o más aún al propio desarrollo del individuo. Me da miedo poner límites siendo consciente de lo necesario que son. Yo abogo por ponerlos aún a riesgo que los hijos se los salten, ponderando el peligro y jugando al “poli ciego” cuando perciba que del salto al vacío viene la lección, dando pequeñas concesiones, controladas, sabiendo que en el engaño del hijo a sus padres está también esas pequeñas batallas ganadas para conquistar su libertad.

  2. Totalmente de acuerdo, aunque a veces me cueste pornerle límites a los demás. Habrá que trabajarlo más.
    Gracias, Ángeles

  3. Bajo mi punto de vista el ser humano como tal no puede tener limites porque nuestra propia naturaleza nos intenta empujar hacia el otro lado del precipicio aunque en el intento nos cayéramos en el.Creo mas en la experiencia,en las buenas decisiones que podemos tomar en los momentos decisivos y en las personas que nos rodea durante toda la vida nos hará poner unos limites mas arriba o abajo.Saludos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s