No sé lo que me pasa, la voz de la angustia

Charla impartida en la Sala del Ámbito Cultural de El Corte Inglés de la Av. Tres de Mayo de Santa Cruz de Tenerife el jueves 25 de julio de 2013.–

No sé lo que me pasa, cuando no encontramos palabras para expresar lo que nos pasa nos encaramos directamente con la angustia. Se trata de nombrar a ese no sé para transformarlo en otra cosa que podamos abordar. La angustia no se deja tratar de frente.

Cuando alguien dice que tiene angustia, lo que siente es ya otra cosa, porque decir tengo angustia ya es empezar a hablar. Aunque lo correcto sería decir no que se tiene angustia, sino que la angustia lo tiene a uno.

La angustia es una señal, una brújula para la vida psíquica. Si no nos cuestionamos nada sobre ella, aparte de perder una estupenda oportunidad de crecimiento personal, esa señal se abre paso hasta invadir todo el mundo que habitamos: desde el cuerpo en forma de síntomas hasta los objetos que nos rodean.

La angustia en sí misma no es una enfermedad, es un aviso de que nos estamos acercando a un peligro interior, a un comprometido pensamiento íntimo inconsciente, inconveniente o socialmente censurable del que nada queremos saber porque nos produciría vergüenza, culpa o asco. Un pensamiento que encierra la intención del angustiado de alejarse de las obligaciones que exige el mundo y que por ser humanos nos corresponden. Eludirlas produce angustia, y si se insiste, delirio.

Tomada entonces como aviso es un valor muy importante para darnos cuenta de la distancia a la que nos encontramos de la realidad. El angustiado debería preguntarse qué está dejando de hacer o qué pactos está incumpliendo con los demás o consigo mismo.

Por tanto, la angustia no es algo patológico que se deba aplacar como sea, es un afecto estructural del ser humano que tan solo se vuelve patológica cuando traspasa un cierto umbral, aunque es un hecho corriente el que muchos sean capaces de enfermar de neurosis para no sentirla. Lo que no es inherente al ser humano es estar angustiado permanentemente, así se enferma la mente y el cuerpo.

La vida no tiene por qué ser un calvario, y lo importante no es lo que nos pasa, en lo que no siempre tenemos capacidad de influencia, sino lo que hacemos con lo que nos pasa, que es de nuestra entera responsabilidad.

La angustia no es lo mismo que el miedo, que viene motivado por algo real, objetivo, sino que es un estado afectivo expectante continuado ante un peligro indeterminado, se tiene miedo de algo pero no se sabe de qué, es inconsciente.

Tampoco es lo mismo que la ansiedad o el estrés, a los que siempre podemos atribuir una causa externa más o menos manifiesta, de la angustia nada sabemos, no tiene objeto. La puede disparar cualquier objeto, pero suele ser una excusa, un disfraz del objeto verdadero que siempre es inconsciente. Por eso no es extraño encontrar a personas muy angustiadas que refieren estar tranquilas, aunque en realidad lo que están es paralizadas por la angustia.

El angustiado está paralizado, apático, parece un cuerpo sin músculos, sin emociones, aunque afectado. Le cuesta representarse algo, le falta verbalización, las palabras, pero tiene una máquina real funcionado a pleno rendimiento, aunque lo ignora, es inconsciente.

Se suele acompañar de sensaciones físicas tales como palpitaciones, sensación de dificultad respiratoria, temblores, sudoración, mareos, impresión de que me va a dar algo, síntomas que evocan la angustia primordial del nacimiento.

Las palabras del angustiado podrían sintetizarse en un no sé…, no sé lo que me pasa, nada quiere saber, que según lo que haga con ellas podrían ser la puerta de entrada a sus propias palabras, a un abandono de sus cavilaciones estériles para abordar reflexiones de palabra plena, estructurantes. La palabra es la que abre el camino del crecimiento. Vivimos como hablamos. La palabra plena es la que dice algo que transforma.

Se siente angustia cuando se debe dejar de asentir a lo que dicen otros para pronunciar palabras propias, porque en la angustia está abolida la posibilidad de todo pensamiento reflexivo, cavilar no es pensar. Ponerle palabras a la angustia para que no las ponga el cuerpo con síntomas físicos es el camino hacia la representación. Las palabras no sirven para designar las cosas, las engendran, las producen en nuestra realidad psíquica. Las cosas son lo que decimos de ellas, o más precisamente, lo que se abre entre lo que decimos y lo que no decimos. Poder ponerle palabras a la angustia permite dejar de experimentarla como algo displacentero.

La angustia es consustancial al ser humano porque remite a la completud mítica de la primera infancia cuando el lactante encontraba todo lo necesario en el amor y los cuidados maternos. Esto se vivencia a diario cada vez que una situación nos decepciona: un trabajo, un amor, un objeto. Todas estas vivencias de frustración, de búsqueda infructuosa de aquella completud, generan angustia.

Podríamos definir a la angustia como lo que media entre el goce, que es siempre el goce de la madre, aquella completud narcisista del bebé, y el deseo. Cuando se siente angustia podemos dejarnos caer en los brazos del goce, que es un goce imposible, o movilizarnos a través del deseo. Una persona orientada hacia el deseo tendrá una gran capacidad de trabajo, para las relaciones sociales o amorosas, es decir, una persona capaz de trabajar, gozar y amar. Porque la buena salud tiene que ver con la calidad de las relaciones sociales y con la capacidad para concebir y desarrollar nuevos proyectos, con la capacidad de amar y trabajar.

Entonces, los invito a ponerle palabras a ese no sé de la angustia para que se desintegre al nombrarla.

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