Mentalidad plástica

El cerebro, las neuronas, ese sofisticado mecanismo, esas exquisitas sabias a las que se tenía hasta hace más bien poco por fijas e invariables, determinadas desde el nacimiento, nos han vuelto a sorprender. Los estudios neurobiológicos actuales demuestran, a través de técnicas que yo no dudo desgajadas de la ficción para instalarse en la ciencia, que son extremadamente plásticas, moldeables, adaptables a las circunstancias. Y como nuestras circunstancias son responsabilidad de cada uno, pues ojo, porque las funciones cerebrales también.

Se ha demostrado que, al contrario de lo que se pensaba, sí que tienen capacidad de regeneración en caso de lesión, sobre todo a través del desarrollo de vías de comunicación alternativas entre ellas. Se ha visto en estudios de neuroimagen que el estímulo de determinadas áreas cerebrales mediante la realización continuada de una tarea desarrolla esa región. Esto es el fundamento del aprendizaje de cualquier conocimiento, por eso no tiene sentido creer que con la edad se pierde la aptitud de aprender cosas nuevas, se pierde si no se ejercita la capacidad mental con actividades alienantes y poco productivas, a cualquier edad. También se ha demostrado que las conexiones en las áreas cerebrales que dejan de utilizarse se atrofian por desuso en una suerte de eficiencia económica. Todo este campo de investigación ya está empezando a tener repercusiones en la clínica en cuanto a las posibilidades de recuperación de enfermedades neurológicas, aunque todavía sea un terreno muy joven en su aplicación práctica.

Parece ser que las neuronas tienen más capacidad de reproducirse, crecer, cambiar o reconvertirse de lo que los deterministas poco dados a la evolución personal de causa interna hayan sido capaces de imaginar para la vida de los humanos. Y es que nada es para siempre, ni siquiera nuestro cerebro, ni mucho menos nuestros pensamientos, o así debiera ser si nos planteamos algún tipo de crecimiento personal. Ahora ya sabemos que nada nos lo impide, más que nosotros mismos.

Quizá sería más cómodo pensar que todo lo que nos pasa, o no, es de causa externa, por circunstancias ajenas a nosotros, por un inmodificable destino personal escrito no se sabe por quién, pero no caigamos en esa trampa tan simple para no enfrentarnos a nosotros mismos, a nuestros miedos, a nuestras inseguridades, a nuestro yo más genuino. Sin miedo, ahora sabemos que si no nos gusta, podemos trabajar para cambiarlo. No nos dejemos tentar por comodidades que a la larga nos resultarán profundamente incómodas, nada se consigue sin trabajo. No permitamos que nadie escriba nuestro libro por nosotros.

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