El divorcio me costó un riñón

Ilustración de Inma Vinuesa

Ilustración de Inma Vinuesa

Capítulo XI: Trasplante de órganos

Art. 49.3.c.- En el caso de donantes vivos se debe poner especial cuidado en asegurar que el proceso de información sea suficientemente claro y detallado, y que no haya mediado coacción, presión emocional, económica o cualquier otro vicio en el consentimiento.

Mire, señor juez, yo, si fuera otra cosa, no le digo, pero mi riñón se lo va a quedar él, ¿no?, pues entonces es de justicia que el chalet, el todoterreno y el apartamento en la playa sean para mí. Además de la pensión compensatoria de tres mil quinientos euros al mes, aparte de lo de los niños, en concepto del trabajo extra que ahora tiene que realizar mi otro riñón para compensar la falta. Estará conmigo en que ese trabajo es como si de alguna manera lo estuviera realizando para él, así que tendrá que pagarlo, ¿no es así?, aquí nadie trabaja gratis, y mi riñón no es menos que nadie.

Que sí, que no hace falta que me lo repita, que ya sé que no tengo lo que ustedes llaman un “acuerdo predonación” firmado, pero aunque yo me quede con todo eso, no me irá a comparar el chalet, el todoterreno, el apartamento y los tres mil quinientos euros con un riñón. Vamos, está claro que él siempre llevará ventaja. Lo mío es sólo “compensatorio”, no sé si me entiende. Además, como usted comprenderá también,  cuando uno acepta que le quiten un riñón en perfecto estado para colocarlo en el querido cuerpo de otro y que así pueda seguir manteniendo su actividad vital, ahora más compartida que nunca, no está pensando precisamente en firmar documentos, ¿o acaso no ve usted aquí un acto de amor puro e incondicional?

Bueno, incondicional hasta cierto punto, que incondicional del todo no hay nada en el mundo. Yo no pensé en la necesidad de firmar un acuerdo con la condición, ya implícita por lo evidente, de que las actividades del riñón donado debían recompensar a la donante por lo menos con amor y gratitud. Digo yo que no sería mucho pedir. Quiero decir, por lo menos con que esas actividades se quedaran en casa.

Pues no, nada de eso: el señor receptor, sí, ese que ve usted ahí con cara de sufriente nefrópata crónico, circunstancia que nadie como yo ha contribuido a mejorar, decidió salir a exhibirse con su riñón recién estrenado, vale, de segunda mano pero bien conservado. Que quería recuperar los años perdidos en la enfermedad, que yo debía comprender, que él todavía era joven, que tenía toda una vida por delante, que iba a aprovechar mientras pudiera. ¿Qué quería decir con “mientras pudiera”?, ¿acaso no tenía garantías del funcionamiento de mi riñón impoluto? Claro que si él no supo conservar sus propios órganos, tampoco creo que vaya a hacerlo con los ajenos. A quién se lo pedirá la próxima vez, ¡aviso a navegantes y navegantas!

Así que a eso dedica el tiempo libre el señorito, a vivir su vida, y digo suya porque de lo de compartir actividades nada de nada. Es decir, conmigo, que compartirlas las comparte, vaya si las comparte.

Imagine usted, en mis circunstancias, con un trabajo en la Administración que bien podría desesperar al Santo Job de pura burocracia hipertrofiada, o sea, un asco, con dos niños en edad de matarse si uno se distrae en parpadear más de la cuenta, ocupándome en exclusiva de la casa porque el caballero tenía que dedicarse a tiempo completo a paliar sus insuficiencias, no voy a entrar en detalles, y con un riñón donado, es decir, de menos, voy y recibo por error un mensaje que resultó estar dirigido a la rubia bronceada aquella de allí al fondo, para quedar en el hotel de Barcelona donde iban a compartir habitación, supongo que con la altruista intención de ahorrarle dinero en los desplazamientos a la empresa en estos tiempos de crisis. Imagínese, y yo con un riñón de menos.

Si es que yo debería exigir lo que me corresponde, dadas las circunstancias, es lo que dice mi amiga Mariola, pero no, yo me conformo con una compensación y lo dejo tranquilo, entregado a sus recientes descubrimientos, a su retomada juventud. Sí, que siga así, pero que luego no venga a reclamarme garantías, que mi riñón está diseñado para trabajar en condiciones estables, y a saber a qué condiciones lo estará sometiendo, no quiero ni pensarlo.

Pero no, Mariola, no le dije nada de eso. Es que no pude, tenías que verlo allí sentado cual pasmarote, pálido de miedo, porque no creo que fuera de vergüenza, mirándome como si no entendiera qué era lo que me había arrebatado. Tratando de situarse a ver si conseguía establecer alguna conexión entre él y todo aquello, como el que no ha roto nada, con esa cara de víctima que tanto ha perfeccionado y que le ayuda a evitar sentirse culpable. Parecía aterrorizado por si le exigía que me devolviera lo mío.

No pude. Se quedó con mi riñón y con la mitad de lo demás, y suerte tuve de que no me obligaran a pasarle yo a él la pensión para que la invirtiera en conquistarse a la rubia mechada esa. Y encima los niños la adoran, será porque comparten complicidades generacionales, no creo que les saque muchos años.

Anoche me sobresaltó un sueño: me deslizaba por su corriente sanguínea como en un parque acuático todo rojo hasta que llegaba suavemente al riñón superpuesto, me dejaba limpiar en los túbulos y continuaba fluyendo con energías renovadas. Poco después, la corriente se aceleraba, aparecían rápidos que sorteaba haciendo rafting, excitada, cada vez más turbulentos, cada vez más enrojecidos y calientes, tumultuosos, sofocantes, hasta que el río se derramaba pálido y embelesado en una desembocadura de mar en calma tras la tormenta. Pero yo me sentía desinflada.

Hoy los he visto en la calle paseando agarrados, y yo con los niños, las bolsas de la compra, el coche mal aparcado, las cholitas, la pinza en el pelo, y ella estupenda, y él feliz… Y cómo hago para dejar de imaginar a qué órganos y a qué actividades se dirige la sangre que ahora filtra mi ex riñón en el cuerpo de mi ex marido.

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