Espaldas inclinadas

Ilustración de Inma Vinuesa

Ilustración de Inma Vinuesa

Extracto de la Oración de Maimónides:

Que mi espíritu se mantenga claro en el lecho del enfermo, que no se distraiga por cualquier pensamiento extraño, para que tenga presente todo lo que la experiencia y la ciencia le enseñaron; porque grandes y sublimes son los progresos de la ciencia que tienen como finalidad conservar la salud y la vida de todas las criaturas.

Olga acabó en la consulta de la doctora Valcárcel por casualidad. La doctora era especialista en columna, pero lo que ocupaba a Olga por aquel entonces era el hueso que se había roto en su tobillo derecho tratando de saltar la pared de piedra que separaba su huerta de las castañas del vecino. El médico que la atendió en Urgencias se preocupó más por la deformidad de su espalda que por la fractura, por eso la envió a la consulta especializada. A Olga nunca se le hubiera ocurrido que la anómala curvatura de su espalda fuera un problema por el que consultar, y mucho menos que tuviera remedio. Vivía rodeada de curvaturas excesivas, como la doctora comprobaría más adelante, así que para ella su espalda se inclinaba dentro de la normalidad.

Alicia Valcárcel exploró minuciosamente a la joven que le había remitido su colega. Se trataba de un caso claro para la indicación de cirugía correctora, tanto por el grado de rotación de las vértebras, todavía reversible, como por la juventud de Olga, que le permitiría una más completa recuperación. Le explicó la importancia de operarse en ese momento para que la curvatura no evolucionara más: por la deformidad en sí misma y por los problemas respiratorios que invariablemente le produciría con el tiempo, además de la irremediable invalidez que la acabaría postrando en una silla de ruedas. Lo que más le costó a la doctora no fue informar convenientemente a Olga de los riesgos y beneficios de la cirugía, sino de que la forma que tenía su espalda no era saludable ni normal.

Al salir la paciente de la consulta vestida con aquella ropa holgada que le disimulaba el cuerpo, Alicia se fijó en las espaldas también algo inclinadas de la madre y el hermano que la acompañaban: una carga familiar, se le ocurrió.

La intervención de Olga se programó tres meses después de esta primera entrevista, no hubo complicaciones. La paciente se fue de alta estirada por un corsé y con una estricta prescripción de tratamiento rehabilitador que debía cumplir a rajatabla durante las semanas siguientes. Alicia la revisó en la consulta, la evolución satisfactoria de Olga estaba dentro de lo esperado. Lo que llamó la atención de la doctora desde el primer momento fue el cambio radical de indumentaria: ahora se vestía con ropa ajustada que le marcaba las curvas bien dispuestas de su cuerpo, mostrando su feminidad sin complejos; se peinaba y maquillaba presumida, hasta le pareció que coqueteaba con el enfermero.

Un día acudió a la consulta acompañada por su hermana mayor. La intención de la visita era evidente: Rosa sufría una desviación de la columna que hacía pensar en que ya le estaría dando problemas para realizar sus actividades de la vida diaria, incluso para respirar, más avanzada que la de Olga. Querían saber si la doctora podía hacer algo también por ella.

Alicia empezó a valorar el nuevo caso, más difícil, de mayor riesgo, seguro que con peores resultados. Cuando completó el estudio, habló claramente con la paciente: le explicó que su caso era mucho más complicado que el de su hermana porque la malposición de sus vértebras estaba más evolucionada, que intentar repararlas suponía someterla a una intervención difícil y de alto riesgo para su vida, que el resultado era incierto, aunque no era esperable que fuera tan bueno como el de Olga. Aun así, si no se operaba, las restricciones a su capacidad respiratoria progresarían hasta impedirle realizar cualquier actividad. Rosa respondió contundente que ella lo que quería era ponerse la ropa que ahora usaba su hermana para poder salir con ella y que los chicos la mirasen sin burlarse. No dejó alternativa, había descubierto que se podía ver la vida derecha.

La doctora Valcárcel preparó la intervención concienzudamente, sin descuidar ningún detalle. Pidió a uno de los mejores especialistas del país que la acompañara en el quirófano ese día, por si surgían complicaciones. Se preparó mental y físicamente para las largas horas que duraría la compleja operación. Se esmeró, como siempre, en obtener lo mejor de aquella espalda retorcida. Las horas trascurrieron sin sobresaltos. Cuando abandonaron el quirófano, ambos especialistas compartieron la satisfacción de haber aplicado todo lo que la ciencia médica tenía disponible hasta ese momento. A partir de ahí, el deseo y el trabajo de la paciente serían primordiales en la recuperación.

El deseo de Rosa dejó claro desde el principio que no se interesaba por las estadísticas que daban cuenta de los modestos resultados esperables en su caso. Ella quería tener la espalda recta y trabajó con tenacidad desde el mismo momento en que se liberó de los fluidos anestésicos. Alicia Valcárcel tuvo que esmerarse para equilibrar las ansias de Rosa con el necesario escalonamiento de los ejercicios rehabilitadores. Cuando la vio abandonar el hospital, contempló con deleite la sorprendente mejoría que exhibía su espalda.

La familia de Olga y Rosa tenía organizada una fiesta en su casa para celebrar que las operaciones habían ido bien, y querían que Alicia los acompañara. Aunque no solía aceptar ese tipo de invitaciones, no pudo negarse ante la insistencia de sus pacientes ilusionadas. Quedaron para el domingo.

A pesar de las detalladas explicaciones que Alicia anotó para encontrar el lugar de la celebración, le costó llegar a la casa en la maraña de caminos forestales entre pinos y brumas que la llevaron hasta el linde del monte. Un bello lugar, pero demasiado aislado para vivir, pensó.

La recibió una amplia representación familiar, manifiestamente encantados de la asistencia de la doctora, en la que resultaban evidentes los rasgos heredados: de un primer vistazo su mirada profesional, que no desconectaba los festivos, le mostró el abanico de espaldas inclinadas entre las que se habían criado Olga y Rosa. ¡Cuánto trabajo tendría allí! ¿Y qué carga tan pesada se trasmitían entre ellos? Aun cuando prácticamente todos los miembros de la familia llevaban la espalda algo cargada, eran las mujeres las más afectadas, las más inclinadas, quizá las que soportaban más los pesares del clan.

Alicia disfrutó más de lo que esperaba del día en el monte y de los agasajos de los anfitriones, sin poder evitar analizar el entramado de relaciones aisladas y endogámicas que se jugaban en aquella saga: la familia extensa vivía rodeada de sí misma, todos cultivaban la tierra y criaban animales, compartían el trabajo, los productos, las cosechas, las palabras. Pero estaba prohibido cambiar siquiera una coma de un guion del que ya nadie recordaba su autor, al que había que ajustarse bajo amenaza de expulsión. Prohibido cuestionarse el destino o se lo tendrían que cuestionar todos, se destaparía la caja de pandora, el pesado orden dinamitado, fuegos artificiales, sacrilegio, pecado mortal…

En algunas de las conversaciones Alicia llegó a percibir un trasfondo envidioso, y hasta rencoroso hacia ella, por la decisión de Olga y Rosa de corregirse la deformidad, su marca de familia. Como si sonaran tambores de deserción, peligros de desintegración. Quizá el peso de la secta infinita en la que ni los muertos levitaban se estaba condensando más de lo soportable.

Alicia continuó el seguimiento en consultas de Olga y Rosa durante años, fue así valorando la trasformación de sus vidas después de la operación. Olga mejoró mucho desde el principio, a Rosa le costó más trabajo, pero lo hizo hasta conseguir unos resultados que la misma Alicia no habría imaginado. Incluso le pidió permiso para mostrar las fotos de su caso en un congreso internacional de la especialidad. Las hermanas abandonaron el domicilio familiar en el monte para vivir juntas en un apartamento de la zona turística costera donde consiguieron trabajo. Ahora hablaban con otras palabras a gente de otras familias, compartían deseos que estaban por escribir y que escribirían ellas, disfrutaban los fuegos de artificio involucradas en el mundo. Vivir no era pecado mortal. Amar no era sacrílego.

A Olga y a Rosa ya no les pesa la espalda, ya no les falta el aire para respirar.

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