Manos sucias, manos limpias

Ilustración de Inma Vinuesa

Ilustración de Inma Vinuesa

Capítulo V: Secreto profesional del médico

Art. 27.2.- El secreto comporta para el médico la obligación de mantener la reserva y la confidencialidad de todo aquello que el paciente le haya revelado y confiado, lo que haya visto y deducido como consecuencia de su trabajo y tenga relación con la salud y la intimidad del paciente, incluyendo el contenido de la historia clínica.

Art. 30.1.h.- El médico podrá revelar el secreto por imperativo legal.

Las obsesiones de Miguel aparecieron poco después de volver de aquel viaje en barco a La Gomera con sus amigos, cuando Ignacio desapareció, dicen que se cayó por la borda. Miguel se quedó desolado por la pérdida del que había sido su mejor aliado desde los primeros días del colegio, su confidente, sin poder explicarse lo que pasó, sin conseguir elaborar una muerte sin entierro.

Empezó por encerrarse en el baño durante horas con el grifo abierto. Su madre le gritaba que no desperdiciara el agua y que los demás también querían utilizar el lavabo, que saliera de allí de una vez. Al final salía, pasaba de perfil sin rozar a la madre parada en la puerta, y se escabullía a encerrarse otra vez en su habitación durante el resto de las horas que le quedaban al día. Y era mejor evitar cualquier contacto fortuito porque si no, el rito comenzaba de nuevo.

Perdió el apetito. Su madre acabó claudicando de intentar sentarlo a la mesa y pasó a llevarle la comida en una bandeja. Sólo alimentos envasados con garantías de aislamiento, que aparentaran no haber sido tocados por manos humanas.

La hermana se ofreció a limpiarle la habitación por ver si encontraba algún resquicio para abordarle el pensamiento, pero fue inútil, no la dejó entrar.

Sólo se oía a través de la puerta la televisión hablando sola de día y de noche, enganchada en la misma cadena.

Cuando la madre pidió ayuda al psiquiatra no estaba segura de si la necesitaba primero ella misma. El médico no lo dudó.

El tratamiento de Miguel empezó a la puerta de su habitación: el padre forzó la cerradura y el psiquiatra se sentó cerca de la entrada, manteniendo la distancia para no intimidarlo, que no temiera la posibilidad de un roce. Le propuso que hablara de lo que se le ocurriera, que él lo escucharía y nadie más. Pero Miguel no pronunció una palabra, ni siquiera de protesta por la invasión de su microespacio, como si hubiera incorporado todo su mundo dentro de sí mismo, o como si esperase que alguien lo rescatara de una fortaleza que se le había quedado demasiado espesa.

El médico acudía al domicilio todas las tardes a las cinco, pero Miguel seguía sin articular palabras, sin abandonar la habitación más que para lavarse compulsivamente. Sólo notaron que nunca salía cuando iban a dar las cinco, como si esperara visita, y que entornaba la puerta invitando. Pero no hablaba.

Una tarde, cuando la familia ya pensaba en abandonar un tratamiento excesivamente caro para tan pobres resultados, el psiquiatra anuló la cita aduciendo un contratiempo.  Miguel se brotó, gritó, destrozó los muebles, apagó la tele para siempre de un puñetazo. Terminaron en el hospital reparándole los tendones y remendándole con antipsicóticos las neuronas descosidas.

De vuelta a casa, médico y paciente retomaron su relación terapéutica:

–Buenas tardes, Miguel.

–Hola, Carlos.

–Iba a comentarte que a partir de mañana las sesiones tendrán lugar en mi consulta. Aquí te dejo mi tarjeta con la dirección, es fácil llegar, hay una parada de tranvía en la esquina. Nos veremos, en principio, todos los días a las cinco. He negociado con tus padres los honorarios, pero debes ir pensando que en el futuro el tratamiento lo tendrás que pagar tú. Es importante. ¿De acuerdo?

–Conozco esa parada, me bajaba allí cuando quedaba con Ignacio porque vivía cerca —comentó Miguel rescatando recuerdos.

–¿Ignacio?

Y Miguel se soltó a hablar:

–Yo quería mucho a Ignacio, ¿sabes? Era mi mejor amigo, planeamos juntos el viaje a La Gomera, ahorramos de las propinas. Lo que no sé es por qué se empeñó en que fuera toda aquella gente, yo habría preferido algo más tranquilo. Nos gustaba pescar y eso era lo que me apetecía hacer, pero no en manada, claro —se detuvo un momento, como para ordenar emociones y pensamientos—. Y luego allí, todo el rato querían estar de juerga, bebiendo, fumando canutos, con la música a todo meter. Eso, meter —se rió—, eso es lo que buscaban continuamente como animales en celo con toda falda que se moviera.

–¿Y tú?, ¿qué buscabas?

–Ya te dije, yo buscaba tranquilidad, conversar, pasar unos días disfrutando con los amigos, y no aquellos juegos de chiquillos —se quedó pensando por dónde seguir. El psiquiatra mantuvo el silencio—. Yo lo que quería era charlar con Ignacio, hablábamos mucho, ¿sabes? Nos lo contábamos todo, éramos como dos marujas —se rió otra vez dejando entrever un trasfondo amargo—. Pero era imposible tener un momento a solas, siempre estaban los otros revoloteando, sobre todo Héctor —se paró en seco, como sorprendido de lo que acababa de decir—. A él no lo había invitado nadie, se invitó solo, y se pasaba el día detrás de Ignacio: vamos a darnos un baño, ¿nos tomamos unas cervezas? Así todo el tiempo —dudó si ponerle palabras a lo que le rondaba la cabeza—. Lo peor era que a Ignacio parecía gustarle, vamos, que se dejaba querer. Incluso llegamos a discutir varias veces por esto, hasta me dijo que si estaba celoso, ¡imagínate!

–¿Estabas celoso?

Miguel enmudeció y el terapeuta dio por terminada la sesión.

–Continuamos mañana.

Durante las siguientes sesiones Miguel se entretuvo dando rodeos para no encarar la pregunta que le dejó abierta el psiquiatra, pero inevitablemente, su discurso se la devolvió.

–Nunca entenderé cómo podía soportar las niñerías de Héctor, siempre pavoneándose de su cuerpo deportista: vamos nadando hasta aquellas rocas, el que pierda, paga las cañas —recitó en tono burlón.

–¿Y quién ganó?

–Perdimos todos. Sobre todo Ignacio.

–¿Qué perdiste tú?

Con esta frase invadiéndole los pensamientos, mezclándose en una atosigante amalgama que le entrecortaba la respiración, Miguel se obligó a dar la respuesta que le oprimía el pecho:

–A Ignacio…, yo lo perdí a él —pronunció en un titubeante susurro.

Pasaron meses hasta que Miguel se atreviera a ponerle palabras al viaje de regreso, como si fantaseara con instalarse en los días previos para detener el tiempo.

–Me mareo un poco en los barcos, por eso salí a la cubierta para que me diera el aire. Estaba ya un poco oscuro, pero no tanto como para que se me escapara la estampa íntima de aquellos dos en un rincón, con mar y atardecer incluidos al fondo, uno apoyado en el hombro del otro —se le quebró la voz y empezó a desbordársele la desolación en lágrimas por las mejillas.

Lloró durante un buen rato las ganas reprimidas durante más de un año, tembló ante el mismo rostro de la angustia, pidió ir al servicio a vomitar. Pero volvió y continuó hablando, el médico lo dejó hacer:

–Me dieron ganas de estrangularlos, y lo hubiera hecho si no fuera porque el cuerpo no me respondió. Se separaron en cuanto me vieron y trataron de endosarme aquello de no es lo que parece que tanto sale en las películas y en los chistes. Eso ya fue mucho, lo que me faltaba por oír. Héctor huyó avergonzado.

Guardó un largo silencio intentando organizarse, algo aliviado también, como si con esa historia ya cumpliera.

–Creo que perdí el conocimiento, porque lo siguiente que recuerdo es a la gente asomada a la borda, gritando, y al barco parado barriendo el mar con los focos.

–¿Y antes de perder el conocimiento?

–Te digo que no me acuerdo —rebuscó palabras—. Bueno, sí recuerdo que me dolía todo el cuerpo, hasta las manos, las tenía pringosas creo que porque me tiré encima algo que estaba bebiendo.

–¿Con qué dices que te manchaste las manos? —le espetó el psiquiatra arrastrándolo a que se pringara del todo.

Miguel lo odió profundamente, con la cara en erupción y los ojos afilados continuó:

–Cogí a Ignacio y me lo llevé a los lavabos de la cubierta, lo agarré por detrás, le arranqué lo que me estorbaba y lo violé hasta con la ropa medio puesta —gritó poniéndose a andar por la consulta, frotándose las manos, alterado—, como un animal encelado. Al meterme en su cuerpo ahogó un gemido mezclado de dolor y placer, de gozo y protesta —se le perdió la mirada en una ensoñación—. De cerca, la piel de su cuello sudaba un olor a suavizante de algodón y a colonia de niño tan familiar que me excitó más. Cuando me vacié, se volvió para reconocerme vanidoso lo que se había trabajado aquel momento —silencio—. Luego, quizá se me resbalara por la borda, no sé, estaba todo tan chorreado… Y me dolía el cuerpo —ahora sólo murmuraba.

El dilema tan temido por Carlos se materializó nada más Miguel abandonó su consulta para continuar en la próxima sesión. Su paciente necesitaba ayuda y él había aceptado atenderlo. Lo puso contra las cuerdas para rescatarlo de su padecer, para que volviera a la vida, no para extraerle una confesión. Y a Ignacio, ¿quién podía ya ayudarlo?

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