Sin palabras

Ilustración de Inma Vinuesa

Ilustración de Inma Vinuesa

Capítulo II: Principios generales

Art. 5.2.- El médico debe atender con la misma diligencia y solicitud a todos los pacientes, sin discriminación alguna.

El teléfono de Elena sonó de madrugada, la llamaban del hospital: su padre empeoró y lo habían tenido que trasladar a la UCI. El médico le dijo que era cuestión de horas.

La llamada ni siquiera la sobresaltó, la esperaba. La sentencia del médico de guardia casi la alivió, por fin acababa la agonía que todos llevaban sufriendo más de un año. Pero luego, sentada con una taza de café, a punto de salir para el hospital, la invadió un sentimiento de pérdida, de duelo anticipado. Lo que no sabía muy bien era qué le dolía perder. A su padre no, desde luego. Quizá era la pena asociada a toda pérdida mezclada con la culpa de haber deseado tanto ese momento. No podría decirse que su padre hiciera méritos en la vida, y menos en el último año, para que alguien se doliera de su tan anunciada partida.

El padre llevaba días empeorando, desde que ingresara una semana antes porque le faltaba el aire. Era el quinto ingreso en un año y parecía el definitivo. Elena pensaba que no metía aire en sus pulmones para no tener que emitir al sacarlo las palabras que lo ahogaban, las que nunca le había dicho.

En realidad se asfixiaba desde que se mudó hacía dos años a vivir a la ciudad cerca de la hija y los nietos porque ya no se apañaba solo en el pueblo. Se encontró a la hija divorciada y con un nuevo yerno melenas, batería de un grupo de rock de garitos oscuros y ambiguos. No soportaba escuchar a los nietos hablar con el acento de otro lugar. No soportaba no tener con quién compartir inflamadas consignas nacionalistas que no interesaban a nadie en la multiculturalidad de la gran ciudad. No podía soportarse más. Vivió la mudanza como una suerte de claudicación, como un vasallaje doctrinal al que se vio obligado, agotado de sí mismo.

Posiblemente en el fondo se reconocía incapaz de haber conseguido producir algo que aportar a la sociedad que, le gustara más o menos, lo acogía. Siempre lo mantuvo su mujer, mientras él se entretenía en quejarse del Sistema para no responsabilizarse de sus propias impotencias, argumentando excusas con las que poder continuar viviendo a costa de todo lo que criticaba. Era difícil aceptar así los beneficios que de todas maneras obtenía, aunque le cayeran de pura inercia cultural, los veía como la representación reforzada de su status asocial, imposible asumir que además los estimaba.

Elena recordaba ahora una vida de gritos y enfados de niño malcriado, sobre todo dirigidos a su madre, a la que anegó el cerebro en reproches hasta romperle una arteria tres años atrás para encerrarla en sí misma y en la institución donde la obligaban a sobrevivir. Le gritó hasta conseguir que se le derramaran las palabras fuera de la circulación para ya no tener que molestarse siquiera en discutir con ella. Por eso él enfermó, porque se ahogó en sus gritos.

Gritar para no hablar –pensaba ella.

Llegó sola al hospital y fue directa a la UCI: bata, calzas, gorro y mascarilla. Hizo acopio de valor y entró. La esperaban.

Aunque imaginaba la escena que se iba a encontrar –lo había visto otras veces en estado grave, luego mejoraba milagrosamente para volver a incomodar al personal con sus exigencias caprichosas– no pudo evitar impresionarse con la cantidad de monitores, perfusiones y tubos a que lo tenían conectado, como tratando de sujetarle cualquier atisbo de ganas de vivir que le descubrieran en algún remoto rincón de su maltrecho aparato cardiorrespiratorio, aun en contra de su voluntad de morirse. Pero ella lo vio diferente esta vez, y no sólo por la parafernalia del soporte vital de la Unidad de enfermos críticos, sino porque en su mirada se leía la expresión del adiós.

Estaba hinchado, más pálido que cuando lo visitó por la tarde, con el trasfondo violáceo de la sangre incapaz de oxigenarse, sudándole la frente en frío, pero no se asfixiaba. La morfina le aportaba la serenidad que nunca tuvo sobrio, y también le aportó la lucidez que necesitaba para despedirse, quizá porque logró aletargar al demonio interior que lo esclavizaba. Puede que fuera la única luz que consiguiera vislumbrar en vida, en la antesala de la muerte.

Las drogas que lo sedaban para atenuarle la agonía terminal también permitieron que no se llevara atragantadas sus últimas palabras. Elena se acercó cautelosa hasta la cama, el enfermo le clavaba unos ojos brillantes que ella no conocía, pidió que le acercara la mano para estrechársela. Dijo en un susurro:

–Hija, nadie sabe cuánto te he querido, ni siquiera tú. Esta agonía no es castigo suficiente para el dolor que mi existencia ha causado a tu madre y a ti. Despídeme de ella, dile que la quiero.

Cerró los ojos y se entregó.

Elena lloró un rato en silencio, todavía sentada a su lado con la mano ya sin vida entre las suyas.

Luego se fue a la cafetería del hospital, vacía a esa hora, a por otro café solitario. El amable camarero la conectó de nuevo a la vida con una conversación cordial. Allí acuñó su aforismo: las palabras hay que pronunciarlas a tiempo, a destiempo no valen más que nunca.

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