Del miedo a la angustia

En estos tiempos que corren en que parece que se ha instalado la cultura del miedo al miedo, miedo a todo a la vez que un pretendido miedo a nada, se me ocurrió hacer algunas matizaciones respecto a ese todo o nada, que vienen a ser lo mismo.

El miedo es inherente al ser humano, nos ha permitido la supervivencia desde los tiempos primitivos, plagados de peligros externos reales, hasta hoy en día en que tampoco sobreviviríamos si no tuviéramos miedo a cruzar una calle sin mirar si vienen coches, miedo a que nos atraquen en un callejón oscuro e incluso a que nos despidan del trabajo si sabemos que hay un ERE en ciernes. Estos son miedos sanos, protectores, previsores, preparan al cuerpo para la lucha o la huida. Pero en el lenguaje cotidiano se tiende a llamar miedo a lo que en realidad es angustia. La angustia es el miedo sin objeto. Aunque en realidad siempre tiene objeto, lo que pasa es que es inconsciente, tenemos miedo pero no sabemos a qué y esto resulta bastante intolerable. Y como es bastante intolerable se tiende a depositar la angustia en algún sitio y entonces se pasa a tener miedo a las arañas, a las serpientes, a volar o a la oscuridad. En casos extremos estos miedos desplazados se convierten en fobias que según a qué se atribuyan pueden acabar siendo muy incapacitantes. Por ejemplo, si se tiene fobia a las serpientes pero se vive en un lugar donde no hay serpientes, pues con dejar de verlas en la televisión es suficiente, pero si se tiene miedo a volar y es necesario viajar en avión por una propuesta laboral interesante, dejar de hacerlo sí que puede ocasionar un perjuicio considerable. Sin llegar a la categoría de estas fobias tan manifiestas, lo más común es colocar la angustia buscando como excusa cualquier mínima incomodidad diaria: me enfado con el conductor que va delante porque tengo prisa y se tarda más de tres milisegundos en arrancar el coche del semáforo, con la vecina de arriba porque el sonido de su música a media tarde me saca de mis rumiantes pensamientos, o con mis compañeros de trabajo porque nunca hacen las cosas tan perfectamente como yo las haría. Así, se vive en un continuo malestar atribuido a causas externas, un malestar desresponsabilizado, pero ojo, que solo podemos modificar aquello de lo que nos hacemos responsables, y nuestras angustias vitales son de nuestra entera responsabilidad.

El miedo es protector, la angustia es paralizante. El miedo al futuro, que más que miedo es angustia, a lo que podría ocurrir, siempre pensado en términos negativos, nos aparta de vivir el presente, de disfrutar el aquí y ahora que en definitiva es todo lo que con seguridad tenemos. Pero también nos protege de vivir las angustias que siempre están en el presente como presentificaciones del pasado, como alucinaciones del futuro. Claro que si no le ponemos objeto a nuestros miedos angustiantes, ¿cómo pensamos encararlos? Nada puede enfrentarse si no está presente, así que habrá que ponerle cara, palabras, a esa nada, o a ese todo que es lo mismo, para poder asignarle verbos presentes, palabras en acto, en presente continuo.

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Un pensamiento en “Del miedo a la angustia

  1. Intento no tener más angustias de las imprescindibles, y creo que no hay ninguna imprescindible, ahora que lo pienso.
    Me gusta eso de ponerles nombre a las angustias. Es como encender la luz si tienes miedo a las sombras.
    Muy buen artículo.

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