Sin memoria

Somos nuestra memoria, ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos. Jorge Luis Borges

Recuerdo una vez de niña que nos quedamos solos todos los primos porque los mayores se fueron a las fiestas del pueblo. Lo recuerdo perfectamente, nos quedamos hasta tarde asomados a la ventana de la casa de la abuela –que ya no estaba– curioseando la fiesta escondidos para que no nos vieran y nos mandaran a la cama. Fue mi primer trasnoche, lo tengo grabado en la memoria. Sin embargo, ninguno de mis primos lo recuerda y mi madre insiste en que jamás me dejó sola de chica. Entonces, ¿quién tiene razón? ¿Qué ocurrió en realidad?

Pues no lo sabemos, y tampoco importa demasiado porque la realidad pasada es la que cada uno se haya elaborado desde el futuro, casi podría decirse que la realidad objetiva es prácticamente imposible de reconstruir. Seguro que a muchos les han ocurrido ejemplos similares cuando han contado anécdotas compartidas con otros que las recuerdan de manera diferente o que ni siquiera las recuerdan. Y esto es así porque en los recuerdos intervienen las fantasías de cada uno, las vivencias de cada uno y se elaboran plenos de subjetividad individual, cada uno pone el acento en el lugar que le interesa y encubre el que no le interesa, a veces con algunos recuerdos inventados a conveniencia.

Claro que esto no quiere decir que la Historia sea todo subjetividad y que no haya hechos contrastados y documentos acreditativos, pero incluso ahí, si se quiere ser exhaustivo, hay que cuidarse de la subjetividad de los informantes, siempre recordantes. Lo que no hay es que sobreestimar nuestras posibilidades de objetivación en los asuntos que nos conciernen porque esto es prácticamente imposible. Por otra parte, de nada nos sirve que los demás participantes del recuerdo insistan en que las cosas fueron de otro modo, porque aunque les creamos, para nuestro inconsciente seguirán siendo como las recordamos y con esa realidad psíquica viviremos, siempre subjetivamente, como todo lo humano. Lo objetivo es solo una parte en la vida del hombre, la más aparente, la manifiesta, pero hasta el cientificismo más recalcitrante empieza con una hipótesis subjetiva, también sugestiva.

Por eso no hay que creerse todo lo que uno piensa, ni lo que uno recuerda. O quizá habría que creérselo del todo, como las novelas o como las películas, que si uno no se las cree es porque son malas, a sabiendas de que son un artificio de la fantasía de la prodigiosa mente humana.

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