Amor verdadero

Un artículo publicado en la sección de psicología de El País Semanal titulado Relaciones conscientes, de Raimón Samsó, me hizo pensar si realmente somos conscientes en nuestras relaciones personales, ya sean de pareja o de amistad, que tampoco hay tanta diferencia. Quiero decir, ¿realmente decidimos de forma consciente con quién nos relacionamos, a quién amamos? Pudiera parecer algo frívolo o interesado, como decidir si la relación con esta o aquella persona nos conviene o no. Pues es exactamente así, una cuestión de interés, o debería serlo. Y es que regirnos en la vida por nuestros propios intereses está mal visto, quizá porque está mal entendido, pero es de lo más conveniente.

Parece que una relación sentimental debiera ser totalmente inconsciente, guiada solo por la pasión del enamoramiento al más puro estilo principesco: románticas veladas a la luz de la luna intercambiando miradas embelesadas con cualquier fondo de película, según el gusto de cada cual; o encaminada a encontrar al príncipe o la princesa de tintes azulados que venga a completar la mitad que falta, como si se viviera demediado sin pareja. ¡Cuánto daño han hecho los cuentos infantiles tradicionales o sus versiones para adultos, las revistas del corazón! Nadie escribió cómo continúan esas historias después de que se comieron las perdices de la boda, a la vuelta de la luna de miel, cuando hay que madrugar a diario para trabajar, hacer la compra del supermercado, cuidar a los niños o visitar a la familia política. De ahí las frustraciones por expectativas irreales, fantásticas y del orden de lo mágico por pretenderlas sin trabajo.

No es así, no nos engañemos. Es indudable que la atracción erótica es fundamental en una relación de pareja, pero luego hay que trabajar diariamente para que una relación funcione, hay que enamorar, hay que dedicarle energía, ganas, deseo para que ese enamoramiento inicial se transforme en verdadero amor, algo mucho más elaborado y desde luego más consciente. Nunca se tiene pareja, se hace pareja al amar, desde que pensemos que tenemos algo o a alguien, ya lo estamos perdiendo porque no se desea lo que ya se tiene. No es cuestión de durar, se trata de amar.

Y esto tiene que ver con el modelo mayoritario de relación al uso, el narcisista, o amarse en el otro: querer y atribuir al otro la propia imagen y semejanza, sin valorar el enriquecimiento de lo diferente, como si se pudiera evolucionar en la igualdad, sin discrepancias. Esto, aparte de imposible, es bastante aburrido y el colmo del involucionismo, como casarse en familia, por eso está biológicamente prohibido, porque sería socialmente devastador.

Tienen algo de razón las abuelas cuando dicen que hoy ya no se aguanta nada, que al mínimo inconveniente las parejas se separan. Es cierto en parte, como dice una amiga mía, parece que lo difícil es no romper. Romper es fácil y hasta poético, lo difícil es quedarse a trabajar la relación, todo un arte. Sin aferrarse a lo imposible, que las relaciones normalmente se rompen solas y en ese punto ya suelen ser irrecuperables.

El verdadero amor es generoso, apasionado, ligero, divertido, progresivo –las relaciones crecen o decrecen, nunca se detienen– y muy interesante. Pero todo esto no viene dado por arte de encantamiento, sino que hay que hacerlo, hay que implicarse, hay que currárselo. Por eso hay que saber elegir con quién merece trabajarse una relación, porque nos define la calidad de nuestra relaciones sociales. No se trata de ir por ahí malgastando energía en trabajos poco productivos, abundan las buenas inversiones, muy convenientes para nuestros intereses.

Evidentemente que no me refiero solo a las relaciones de pareja, sino a todos los amores que se hacen fuera de la familia de origen, la familia que se crea cada uno, la producida y la elegida. Los amigos también forman parte de esa familia cultural porque somos seres sociales. No seamos descuidados ni perezosos, al final siempre recibimos de lo que damos y esto también es muy narcisista, como la naturaleza humana.

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2 pensamientos en “Amor verdadero

  1. Gran parte del fracaso de las parejas hoy en día se encuentra en la cultura de lo inmediato, de la satisfacción a corto, que tan arraigada está en la sociedad. La cultura del esfuerzo, (que bien sirve para el trabajo, para el cultivo de las amistades, de las aficiones) debemos inculcarla a los niños de hoy para que pongan en perspectiva sus vidas y aprendan a elegir y luego currar: sobre todo elegir su amor.

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