El arte de escuchar

He oído de toda la vida que la Medicina es una profesión vocacional, lo que siempre interpreté como el deseo de amar lo que se hace, pero no aportan muchos más detalles en la formación académica, se da desacertadamente por supuesto. Y es verdad que se necesita una generosa dosis de vocación para dedicarse a profesiones que tratan de forma directa con el dolor y el sufrimiento humanos, la enfermedad y la muerte, lo más delicado y trascendente del ciclo vital de una persona. Pero quizá lo que ocurre muchas veces es que no se valora lo suficiente en qué consiste y de qué se ocupan los médicos, los sanitarios en general. Porque si lo pensamos bien, si leemos entre líneas, deberíamos considerar un privilegio ocupar el lugar extraordinario que nos otorgan los pacientes cuando nos cuentan sus historias, cuando acuden a nosotros en busca de ayuda y nos colocan en la posición del que se supone que sabe lo que hay que hacer.

Muchas veces la ayuda consiste solo en escuchar, pero hay que saber hacerlo, empezar por dejar de escucharse a uno mismo para poder escuchar al otro sin prejuicios. Dejar colgada en la percha de la entrada nuestra personalidad para que en la consulta solo participe la del paciente. Y para poder ejercer esta función de la mejor manera posible resulta imprescindible estar también lo más sano posible, hay que cuidarse el cuerpo y el alma, de la manera que cada uno decida que le viene mejor. Difícilmente un médico enfermo podrá atender adecuadamente a un paciente que le consulte sus dolencias, entraría inmediatamente a compararlas con las suyas, nada más inoportuno, al paciente eso no le importa. Y si le importara, las posiciones de profesional y paciente estarían invertidas, o por lo menos confundidas: ¿quién sería el médico y quién el paciente? ¿Quién consulta a quién? Algunos opinan que asisten mejor a sus pacientes los profesionales que han sufrido de la misma enfermedad en una confusión de empatías; incluso algunos médicos eligen especialidad, consciente o inconscientemente, por padecer una determinada enfermedad en un vano intento de autoayuda –la autoayuda no existe, solo pueden ayudarnos los otros, y esto hay que ser capaz de aceptarlo–, pero no es cierto, ¿acaso iríamos a una peluquería de peluqueros despeinados o a un nutricionista obeso? Hay que tratar de estar más sanos que los pacientes que atendemos, por el bien de ambos.

Es escuchando que la relación médico-paciente se convierte en terapéutica, asumiendo por supuesta la incuestionable competencia clínica, sin la escucha atenta los avances científicos más costosos y espectaculares tendrán solo resultados parciales, un esfuerzo desperdiciado por todas las partes. De ahí nació la Medicina, de las narraciones contadas por los pacientes y escuchadas hasta componer historias. Probablemente por eso ha habido tantos médicos que además han sido grandes escritores (Chéjov, Conan Doyle, Pío Baroja, Marañón, Laín Entralgo o Freud), por esta costumbre de hilvanar relatos. Y es ahí donde se coloca el arte, en esta capacidad creativa de aunar conocimiento y subjetividad, poco se consigue del uno sin la otra o al revés: miope el médico que solo aplica protocolos, curandero el que solo aplica palabrería insustancial.

Pero hay que ser muy cuidadoso al manejar esta confianza depositada en nosotros, a veces ciega y otras perezosa, y siempre tentadora a vanidades ingenuas. No se trata de adoctrinar ni de sugestionar, sino de que el paciente asuma la responsabilidad de lo que le pasa alejándonos de paternalismos trasnochados, de apoyarlo en la toma de sus propias decisiones, voluntarias, independientes y adecuadamente informadas.

Pues sí, la Medicina es un arte, el arte de escuchar…

En palabras de Marañón: ¿Cuál es el instrumento que más ha contribuido al avance de la Medicina? La silla para sentarse y escuchar al enfermo.

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