Maltratados

Texto publicado en Acta Médica en la edición de septiembre-octubre de 2014.–

Cristóbal y Lucrecia se casaron antes de cumplir los veinte años, más que suficientes para una época en que había que reponer a los caídos en la guerra pariendo pronto y mucho, seguros de que la mayoría no llegaría a la edad de parir de tanta escasez. Ellos nunca supieron si se casaron por amor, nadie se lo explicó ni tenían referencias. La gente se casaba según la disponibilidad entre pueblos, cuando tocaba por edad, temprana, que si no estaba mal visto. Y Lucrecia parió lo que pudo, ocho veces, le quedaron tres hijas y dos hijos. Así dio por concluida su misión y se retiró de mujer para dedicarse en exclusiva a lo que los hijos le impidieron ejercer con el esmero requerido, mortificar al marido.

Cristóbal nunca se quejó, que eso tampoco estaba bien visto ni entraba en sus esquemas —cosas de mujeres— y dejó a Lucrecia crecerse hasta quitarle el habla. Sí, el habla, que la palabra ya se la había quitado de joven y hasta al médico le explicaba ella, que entendía mejor sus padeceres. Hubo que operarlo de cáncer de laringe y ella le tomó la palabra un poco más, hasta el final. Iban juntos a todas partes, ella de portavoz sufridora gozando toda esa desgracia muda —con lo mal que estaba ella y tener que soportar a ese marido tan enfermo—, y él haciendo como que allí no pasaba nada —la pobre Lucrecia, con lo que me aguanta, con lo que me cuida—. Ella lo cuidaba condicionalmente, le cobraba caro: quería arrancarle la vida para quedársela ella.

En eso andaba Lucrecia cuando un día la presión de sus malsanos objetivos le rompió una arteria que le inundó el cerebro de mala sangre. Se quedó hemipléjica del lado derecho y sin habla que pudiera entenderse. Cristóbal mal disimulaba su contento por las palabras retomadas, sin laringe y todo. Rejuvenecido, se dedicaba a cuidarla sin rencores. Ella envejeció carcomida proporcionalmente.

Pero ya se sabe que dos que duermen en el mismo colchón… se contagian. Así, como si de una maldición ideada por el demoníaco pensamiento de una bruja mala se tratara, Cristóbal también sufrió un ictus que le afectó el otro lado, el izquierdo, como para complementarse, lo que no le afectó su ya dificultoso hablar sin laringe.

Y Lucrecia se alegró, claro que se alegró, ahora ya estaban iguales, complementados por fin en la vida, ahora sí que hacían buena pareja, a quién le hacía falta hablar. Ya se podía morir en paz.

Pero no se murió, cómo renunciar al tremendo placer de disfrutar del trabajo bien hecho, entonces se marcó un objetivo más ambicioso: sobrevivirle.

Ayer enterramos a Cristóbal, su corazón claudicó para liberarlo de la culpa por no haberla eliminado a tiempo.

Hoy ingresaban a Lucrecia en la residencia para que por fin pueda morirse en paz con ella misma, a nadie más rendirá cuentas.

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2 pensamientos en “Maltratados

  1. Impresionante, Ángeles! Cómo has sabido captar la esencia de esas relaciones hemipléjicas más allá de lo físico.
    Excelente!!!!!

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