Medicina Psicosomática IV: Real

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La enfermedad psicosomática se extiende por todo el mundo sin tener en consideración las fronteras culturales. Se calcula que la media diaria de consultas al médico de familia por “síntomas sin explicación médica” es del 33%. Aunque no todos los síntomas sin explicación médica son psicosomáticos, en algunos casos puede tratarse de enfermedades pasajeras que las exploraciones habituales no revelan, como es el caso de las viriasis. En 1997 la OMS cuantificó la frecuencia de síntomas psicosomáticos en ambulatorios de 15 ciudades de diversos países: EEUU, Nigeria, Alemania, Chile, Japón, Italia, Brasil y la India. En el estudio se encontró que el 20% de los pacientes encuestados presentaban al menos 6 de estos síntomas, con tasas de presentación similares en todos los países, independientemente de su grado de desarrollo. Estas personas cuestan a la sanidad pública el doble que el resto de los ciudadanos, lo que no es desestimable, aparte del sufrimiento y la incapacidad que pueden llegar a producir. Un dato muy gráfico conocido por los neurólogos es que hasta el 70% de las epilepsias diagnosticadas no lo son, se trata de síntomas conversivos o convulsiones disociativas.

Las manifestaciones físicas del estrés están relacionadas con las experiencias personales de cada uno y con la sociedad en que vivimos. En este sentido, los medios de comunicación también influyen en la determinación de los tipos de síntomas que desarrollarán las personas. Por ejemplo, la extensión progresiva de las intolerancias alimenticias, como a la lactosa o al gluten no celíaca, o las alergias a cada vez más sustancias tienen que ver con esta cuestión, que implica la manera de vivir de la época. La personas, en general, buscan explicaciones externas a sus malestares por no ser capaces de responsabilizarse de ellos, incluso al simple hecho de envejecer en una sociedad que eleva la juventud a los altares.

Las vivencias personales pueden determinar la manera de enfermar hasta casos tan gráficos como el que describe la neuróloga británica Suzzane O’Sullivan en su libro “Todo está en tu cabeza”: Alice tiene veinticuatro años, acaba de terminar sus estudios de Medicina y le acaban de diagnosticar un cáncer de mama. Su madre falleció de un cáncer de mama cuando ella tenía doce años. Ahí decidió hacerse médico, viendo la profesionalidad combinada con la humanidad implicada del personal que atendió a su madre. La madre padeció una monoparesia del brazo afectado derivada de la radioterapia a la que la sometieron. Alice consulta a la neuróloga por idéntica monoparesia, solo que ella no ha recibido radioterapia ni tiene ninguna afectación orgánica que la justifique. Se trata de una monoparesia conversiva, una monoparesia cargada de simbolismo. Eso si nos quedamos en que el cáncer lo haya heredado, porque podríamos especular más allá de la genética convencional.

Una propuesta para el abordaje de los procesos psicosomáticos desde la perspectiva psicoanalítica es el Estudio Patobiográfico desarrollado por el Dr. Luis Chiozza, diseñado según su propia descripción para ocuparse de las situaciones puntuales que requieren tiempos breves y en las que se hace necesaria una intervención terapéutica rápida, es decir, situaciones que escapan al marco del encuadre psicoanalítico clásico. En la urgencia médica el Estudio Patobiográfico posibilita una intervención que parte de la inclusión de la perspectiva psicoanalítica, teniendo en cuenta que toda enfermedad constituye un capítulo pleno de sentido en la biografía del enfermo y posee un significado inconsciente que la determina en su forma y evolución. Se trata de un significado por el cual el padecer se vincula con emociones inconscientes que se mantienen ocultas en la enfermedad. Es decir, se trataría de estudiar la enfermedad del paciente insertada en su propia biografía como un episodio más de su vivencia personal pleno de sentido, y no considerarla a la manera clásica como un accidente que irrumpe sin sentido en la vida de una persona y que es necesario extirpar sin elaborar.

En ocasiones, cuando la enfermedad sirve de muleta, resulta demasiado difícil renunciar a ella y se requiere algo que la sustituya, este algo no siempre es positivo, funciona como una adicción. En estos casos, suele ocurrir que cuando se descarta un diagnóstico los síntomas se reemplazan inmediatamente por otros, a veces puede identificarse una expresión simbólica parecida, pero la mayoría se manifiesta con ese patrón mutante que habría que interpretar.

Atiendo desde hace unos meses en la consulta de Atención Primaria a una paciente de dieciocho años con una cefalea de reciente comienzo por la que le he solicitado pruebas complementarias que finalmente han descartado la organicidad del proceso. Le informo de estos resultados y de mi impresión diagnóstica de la vinculación emocional de sus síntomas. Parece aceptarlo. Después de varias semanas de mejoría del dolor de cabeza, sufrió un episodio de dolor abdominal que valoraron en el hospital y que no acabó en apendicectomía porque el diagnóstico ecográfico fue concluyente en el sentido de descartar un proceso quirúrgico. Se trata de un dolor abdominal conversivo que cedió espontáneamente. Ahora me pregunto si cuando le aparezca el próximo síntoma habrá alguna posibilidad de reconducción simbólica que le sirva de interpretación para que pueda emocionarse sin enfermarse.

Aun con todo esto, en muchos casos la Medicina, los profesionales de la salud tendremos que aceptar que no todas las preguntas tienen respuestas y retomar el viejo paradigma de curar o si no, mejorar o si no, cuidar. Enfermar forma parte natural del proceso de vivir y morir, y sus expresiones son peripecias de esa vida en su transcurrir haciéndose.

Los médicos tendremos que aceptar que muchos pacientes con enfermedades psicosomáticas habremos de catalogarlos de irreversibles porque su proceso está tan establecido que ya es imposible de eliminar. A estos pacientes habrá que aliviarlos y confortarlos, descartando la intención de pretender curarlos porque además, en casos muy evolucionados, retirarles la base de sustentación del síntoma, si es que fuera posible, los podría precipitar en el abismo de su existencia sin recursos para sobrevivir.

Por otra parte, hay que tener presente que un trastorno psicosomático puede combinarse, puede coexistir una enfermedad diagnosticada, pero el grado de incapacidad es desproporcionado a ese diagnóstico. Los factores psicológicos afectan a las enfermedades médicas de manera que cada persona vive su dolencia o padecimiento de acuerdo a su subjetividad individual. Dolencia y padecimiento que no son sinónimos de enfermedad, sino que describen la respuesta humana frente a ella, la experiencia subjetiva de la persona en cuanto a sus sensaciones, independientemente de que exista o no enfermedad subyacente. Así, una dolencia puede ser tanto orgánica como psicológica: se puede padecer sin enfermedad orgánica y presentar una enfermedad orgánica sin padecer, por ejemplo, un niño con epilepsia tiene una enfermedad pero si no presenta crisis, no padece.

Por todo esto la Medicina es mucho más que una ciencia, es el arte de tratar el sufrimiento humano, ¿acaso existe mayor privilegio?

Lecturas:

– “¿Por qué enfermamos?”, Luis Chiozza

– “El corazón enfermo”, Carlos Tajer

– “Todo está en tu cabeza”, Suzanne O’Sullivan

– “El cuerpo, extraño”, Lierni Irizar

– “Temas de frontera entre psicoanálisis y medicina”, varios autores

– “La hermana”, Sándor Márai

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Un pensamiento en “Medicina Psicosomática IV: Real

  1. Las enfermedades como muletas, como razón de ser. A veces es lo único que sostiene a una persona. La cuestión es ¿a qué precio?

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