Consejos de Ramón y Cajal* para ser feliz

Positivismo de Cajal.–

Máximas recomendables para ser relativamente dichosos**:

  1. Sé indulgente “con la pobre bestia humana”, según frase de Renan, y conténtate buenamente con lo que pueda dar de sí.
  2. A título provisional, considera con zoólogos y anatómicos que el hombre tiene más de mono que de ángel, y que carece de títulos para envanecerse y engreírse. Se imponen, pues, la piedad y la tolerancia.
  3. Inspírate, si puedes, en las conocidas máximas griegas: “Obrar a tiempo” (Chilón) y “En todo la medida” (Solón), frase traducida por los latinos con el manoseado nihil nimis (de nada demasiado).
  4. No contestes jamás a invectivas e insultos groseros, y aparta inexorablemente de tu trato a los malintencionados y envidiosos.
  5. Vive de ti mismo, y aun ensimismado, si te ocupas en la ciencia o en cualquier trabajo intelectual socialmente útil.
  6. Distrae tus cavilaciones y enojos (que nunca faltan) con el estudio de la Historia, la Literatura y, si es posible, con la práctica del dibujo y la fotografía.
  7. Huye de las pasiones vehementes, que absorben, esclavizan y esterilizan el espíritu.
  8. Aprende a callar; alaba cuanto digan bueno tus amigos y adversarios y si hablas, hazlo con mesura, modestia y oportunidad.
  9. Jamás mortifiques a nadie con verdades desagradables para su orgullo o sus pretensiones. Maneja la verdad como la dinamita, que a menudo destruye aun a quien la manipula con precauciones.
  10. Sigue a Gracián cuando sentencia: “Sólo el honrador es honrado”.
  11. Si eres heterodoxo o escéptico, no te mofes de los sentimientos religiosos de nadie, siquiera sea por respeto a las creencias de tus antepasados.
  12. Y por si el supremo Hacedor ha forjado la vida como un ensayo o esbozo, precursor de más serias y sublimes empresas ultraterrenas, ríete, como el irónico Luciano, de las incongruencias, contradicciones y absurdos de filósofos, políticos y poetas. De acuerdo con el gran humorista que nos creó, tómalo todo a broma, porque sólo la alegría es garantía de salud y longevidad.

*Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), Premio Nobel de Medicina en 1906 compartido con Camillo Golgi

**Charlas de café (1920), capítulo VII: “Sobre el carácter, la moral y las costumbres”

Corajes y collejas

Texto publicado en Acta Médica, la revista del Colegio Oficial de Médicos de Tenerife, en junio de 2016.–

Aurelia y Ceferino eran pacientes de don Nicolás, el médico de toda la vida, el que en vacaciones no salía del pueblo, que no era muy viajero el hombre, y sus pacientes seguían consultándole en casa en lugar de al sustituto, que solía plantearse aburrido para qué lo habían contratado. Pero llegó el día en que a don Nicolás lo obligaron a tomarse vacaciones para toda la vida y lo jubilaron por decreto. Entonces sí se fue del pueblo, o sus paisanos no lo dejarían retirarse.

A Aurelia y Ceferino les ha costado adaptarse, el nuevo no es como don Nicolás, se empeña en que caminen todos los días, en que no coman sal ni rosquetes, en que vayan a la consulta cuando los cita para control —¡para controlarlos! ¡Qué atrevido!—. Podrían cambiarse de médico, porque ahora en el centro de salud hay varios para elegir, pero para qué, si los otros son iguales, según cuentan los vecinos: caminar, nada de grasa, ni dulces, ni tabaco, ni vino, ni bebida blanca, ni siquiera con el frío —¡increíble!

Eso sí, Aurelia siempre ha sido muy disciplinada y lo que ha dicho el médico va a misa, quiera o no quiera Ceferino, que tiene unas ínfulas de autonomía para las que ella no le ha dado permiso.

Médico: ¡Pero Ceferino, los análisis dicen que sigue bebiendo!

Aurelia: —Le suelta una colleja— ¿No dijo don Francisco que dejaras el bar?

El médico nuevo, que solo los había visto una vez en la consulta cuando les pidió los análisis, se quedó tan perplejo que no fue capaz de reaccionar, pensó que quizá había malinterpretado el gesto, aunque no quedaba mucho margen para interpretaciones. Lo dejó estar por esa vez y los citó de nuevo en un mes para ver cómo iba la tensión arterial, que tenían un poco descontrolada.

Médico: Aurelia, su tensión se ha controlado bastante bien con el tratamiento que le receté, se ve que está comiendo bien y moviéndose un poco, además de tomarse las pastillas.

Aurelia: Yo hago lo que me dice, don Francisco, y no como este, ¿a cómo la tiene él?

Médico: —Dirigiéndose a Ceferino y recordando la última visita— Ceferino la tiene peor, parece que el tratamiento no le ha hecho tanto efecto o está comiendo con sal, ¿y el alcohol? ¿Lo ha dejado como le dije? Porque podría ser por eso que no se le controla la tensión.

Aurelia: —Colleja— ¡¿Qué te dije?! Que don Francisco te iba a meter las cabras en el corral, ¿te creías que no se iba a dar cuenta de que sigues pasándote la tarde con los borrachos esos? —Otra— ¡Venga pa’ casa, que te voy a dar yo! —Y se lo llevó a rastras sin esperar por la cita de control y dejando al médico sin habla.

El médico pensó, “si la situación fuera al revés y la colleja se la diera él a ella, ya estaría llamando a la Guardia Civil; pero esto es injusto, intolerable, tengo que hacer algo”. No podía quedarse callado cada vez que viera cómo le pegaba en la consulta y el pobre Ceferino, amedrentado, ni se atrevía a protestar.

Se le ocurrió contactar con un hijo para informarlo de la situación.

Médico: ¿Es usted el hijo de Aurelia y Ceferino?

Hijo por teléfono: Sí, soy yo, dígame.

Médico: Soy el médico de cabecera de sus padres y lo llamo porque tengo que comentarle algo.

Hijo: ¿Les pasó algo a mis padres? —Contestó asustado.

Médico: En realidad no se trata de un problema de salud en este momento, sino de un asunto de la relación entre ellos que observo en la consulta y que creo que los hijos deben conocer.

Hijo: ¿De relación? ¡Pero si ellos se llevan bien, hasta mejor de lo que deberían!

Médico: Veo que no está al tanto de la hostilidad que manifiesta su madre respecto a su padre, por eso lo llamo. Quiero que sepa que en la consulta su madre golpea a su padre porque no cumple con las recomendaciones que le he sugerido, y su padre parece tenerle miedo y no replica.

Hijo: ¡Ah, me llama por eso! Descuide, doctor, ellos lo llevan así. Mi padre es un sinvergüenza, nos abandonó a mis hermanos y a mi madre cuando ella estaba embarazada del pequeño, ¡imagínese! Se fue a Venezuela y se lió con otra mujer, con la que tuvo hijos y todo. Nunca nos mandó dinero para criarnos, así que mi madre tuvo que hacerlo ella sola. Cuando volvió, mi madre lo acogió de nuevo, cosas de su educación. Déjelos, ellos lo llevan así, mi madre consuma su venganza y mi padre purga su culpa, todo está bien. Gracias por el interés, doctor. Buenos días.

Médico: Buenos días.

El médico se quedó confuso, con un regusto amargo mezcla de resignación e impotencia, pero ¡qué derecho tenía a inmiscuirse en asuntos familiares a los que no había sido invitado a participar!

Rincones olvidados

Texto publicado en Acta Médica, la revista del Colegio Oficial de Médicos de Tenerife, en marzo de 2016.–

— ¿Este no es Antonio, Antonio Garmendia? ¿Te acuerdas, de hace tres o cuatro años? Sí, es él, yo creo que es él.

— ¿Antonio? ¿El qué los hijos dejaron de venir a verlo desde que se lió con Francisca? Claro, ya me acuerdo. Ya ves tú, el pobre, con la edad que tenía y arrastrando esa pierna, si no podía ni con su cuerpo.

— Por eso me di cuenta de que es él, por el bastón, era de Federico, se lo traspasé yo mismo cuando se murió. ¿De dónde sacaría ese abrigo que lleva encima del pijama?

— Fíjate tú que ahora hacía tiempo que no nos encontrábamos a ninguno, pero es verdad que a este lo perdimos y luego se nos pasó. Deberíamos apuntarlos en algún sitio cuando desaparecen, pero como el supervisor dice que no, que esto siempre ha sido así, pues ya está. En fin, ¿cómo hacemos?

— Como siempre, avisamos a Anselmo, el del mortuorio, él trae la camilla y se encarga de todo.

— ¿Y no avisamos primero al supervisor?

— Que no, que ya te digo que a ese le da igual, a él cuanto menos problemas mejor.

— Pues nada, llamamos a Anselmo.

Anselmo trabajaba arrastrando las camillas de los muertos desde los tiempos en que eran más frecuentes, cuando el hospital se dedicaba a la asistencia de pacientes agudos y había más movimiento. Y él mismo también podía hacer más movimientos, que ahora la espalda ya no le daba para tantos bríos. Hizo bien cuando le ofrecieron quedarse en el hospital viejo, transformado en centro de últimas voluntades, el que hicieron nuevo era para los jóvenes con ganas de exploraciones más vitales, los que se deshacen a hurtadillas de sus éxitus. Pero a él los muertos le daban tranquilidad, no le trasmitían prisa, le permitían trabajar a su ritmo, profesional, concienzudo, riguroso. Para él eran un asunto muy serio. Consideraba de su exclusiva incumbencia devolverlos en perfecto estado muerto, que la vida se la había gastado cada uno según le dio el entendimiento, eso no era asunto suyo.

Al principio, cuando el antiguo hospital empezó a funcionar como centro socio-sanitario y Anselmo y otros de los viejos de la plantilla que se quedaron todavía conservaban algo de energía, estaban pendientes cuando se perdía algún ingresado para buscarlo, pero la laberíntica estructura del edificio también fue envejeciendo y con el tiempo dejaron de utilizarse las áreas que no lo soportaron bien. Cada vez fue más fácil perderlos y más difícil encontrarlos entre camillas destartaladas, camas desmontadas a medias, viejos aspiradores de flemas, soportes de suero herrumbrosos, sillas con ruedas desinfladas y diverso material sanitario de épocas superpuestas.

Rincones y recovecos fuera de circulación como imanes para mentes en desuso. Con el tiempo a Anselmo también se le fueron desconectando algunos de estos circuitos y ya no los buscaba con tanta escrupulosidad. Si lo avisaban porque encontraban a alguno de sus clientes, acudía, pero si no, cada cual con lo suyo, y lo suyo era la recogida, el transporte y la entrega. De la investigación sobre desaparecidos que se ocuparan las unidades pertinentes.

Pues eso, que con el tiempo y la desgana de la generación de Anselmo, cuando no se sabía nada de algún paciente en varios días y nadie preguntaba por él, se daba por desaparecido “a los efectos oportunos” y se reemplazaba su lugar. En realidad no existía la unidad pertinente para la búsqueda de enajenados entre bastidores. En realidad parecía que tampoco importaba demasiado que estos cuerpos deslustrados fueran a amalgamarse con viejos artificios médicos diseñados un día para prorrogar la vida. La verdad es que allí todo importaba casi nada.

Por eso nadie se escandalizaba si de repente se encontraba detrás de un archivador los restos del cuerpo de un internado al que se había olvidado recordar desde hacía tiempo, como queriendo incorporarse a la documentación de su historia clínica. O encerrado en un antiguo baño, o sobre la mesa polvorienta de una sala de reuniones, o al final del pasillo que daba a las escaleras que comunicaban con los ascensores que antes llevaban a las escaleras del pasillo de detrás de la sala de rayos al lado del corredor que terminaba en la torre de las escaleras de la planta por donde se accedía a los ascensores desde donde se podía llegar a… a ninguna parte, porque los hospitales están diseñados para enredarse y una vez en ellos solo se sale de permiso. O de la mano de Anselmo.

Así y todo algunos conseguían volver, se perdían durante unos días pero encontraban de pura casualidad el camino de regreso a su cama. A veces, si se demoraban mucho, la cama ya estaba ocupada por otro ingreso y entonces el personal habilitaba una supletoria hasta que apareciera un hueco. Quizá con suerte alguno se aventurara en una nueva exploración laberíntica y dejara su cama libre. O quizá el explorador tuviera más suerte la próxima vez.

Ese fue el caso de Antonio, el que encontraron en el rincón donde ponían la máquina del café de la antigua entrada de personal. Llevaba varios años desaparecido y no lo echaron de menos enseguida porque no era la primera vez que lo perdían. Se pasaba algunos días por ahí, suponían que por los pasillos abandonados, y luego volvía sin dar explicaciones de lo que parecía no recordar. Sabían que sus hijos lo dejaron de visitar con la excusa de sus amoríos seniles con Francisca, una compañera de internado que falleció por aquellos días en que no volvieron a verlo. Pero Antonio no falleció entonces, eran evidentes las señales de que encontró un resquicio para entrar y salir del hospital solo con su propio permiso. Antonio se murió cuando le dio la gana, Anselmo no le metió prisa para que le devolviera el abrigo.

En la tela de una araña

Texto publicado en Acta Médica, la revista del Colegio Oficial de Médicos de Tenerife, en diciembre de 2015.–

Eliseo tenía tres hijas. Sí, Antonia solo le dio chicas, así que creyó que no le quedaba otra que dejarse vivir entre mujeres que se remplazaban entre ellas para mangonearle hasta el pensamiento. Aunque es verdad que no todas participaron en su cautiverio, Adela, la del medio, siempre se ocupó de sus asuntos, por eso nunca hizo buenas migas con las otras tres. A veces la veía como el hijo que no tuvo, y puede que fuera por eso que se hizo taxista y compartía fútbol y cañas con otra camionera con la que acabó yéndose a vivir. Dijeron que para compartir gastos.

El acoso de su mujer y sus hijas lo empujaba al bar por retrasar la vuelta a casa, cada vez más tarde, cada vez más cañas, más tabaco. Su médico le recomendó dejarlo todo. Pero cómo motivarlo si en realidad el bar era el único lugar donde podía respirar su propio aire.

La mujer y las hijas fueron a hablar con su médico porque veían a Eliseo muy mal, llegaba todos los días bebido, no comía, no se aseaba, no podía ir a trabajar. Su médico no tomó partido por ellas y se fueron ofuscadas.

Unas semanas después, las dos hijas mandamases se presentaron en la consulta con el padre en silla de ruedas recién dado de alta del hospital –lo ve, doctora, lo que nosotras le decíamos–. Había sufrido un ictus que lo dejó paralítico, sin habla y sin mirada, con la expresión del que ya no está por aquí. Las hijas gozosas de tamaña bendición, se organizaban para desplegar el control irrestricto de sus cuidados. Eliseo ya no importaba. Competían en su rivalidad por el padre que no era aquel. Aquel que no supo imponer los límites de su función, desestimado por la madre que se dejó anegar por las hijas. Quizá por eso Adela quiso ser chico, para no participar de ese cortocircuito vicioso.

La doctora le preguntó a Eliseo qué tal se encontraba, contestaron a coro las hijas cómo se encontraban ellas. La doctora insistió mirándolo a los ojos, sin reproches por no haberse cuidado según sus recomendaciones. Eliseo no podía contestar porque sus palabras se le habían atascado en la cabeza para siempre, pero la mirada vidriosa no necesitaba más palabras.

Iniciaron un plan de cuidados conjuntos con la rehabilitación en curso, pero su médico sabía que Eliseo ya era irrecuperable porque no tenía para qué recuperarse.

En los meses posteriores apareció un nódulo pulmonar en los controles sucesivos que no estaba en los previos. Era lo de menos. Cuando la médico leyó el pronóstico en el informe que le trajeron las hijas casi se alegró, aunque sin comparación con la euforia que las embriagaba a ellas, exultantes, poderosas, ganadoras.

La partida acabó en tablas, las que empataron a las hijas ahora dispuestas a iniciar la siguiente partida, y las que cobijaron a Eliseo para siempre.

— Doctora, mi madre no anda bien. Desde que murió mi padre tiene todo descontrolado, el azúcar, la tensión, y eso que bien sabe usted cómo nos ocupamos de ella, que no prueba la sal, ni un dulce entra en la casa, que la vigilamos de cerca. Pero lo peor es que se le está yendo la cabeza, es como si se olvidara de las cosas adrede.

— Antonia, ¿cómo se encuentra?

La misma mirada vidriosa que la doctora no podría olvidar respondió por ella. De lo que trataba de desprenderse Antonia era de la evidencia de sentirse atrapada en la tela de araña que ella misma promovió a tejer. No había remedio, médico y paciente sellaron el acuerdo en silencio.

Continúa el plan de cuidados con la esperanza de que al cuerpo se le termine de descomponer algo que la ayude a descansar en paz.

El amante pastillero

Texto publicado en Acta Médica, la revista del Colegio Oficial de Médicos de Tenerife, en junio de 2015.–

—¡Pero Ignacio, otra vez con las pastillas? ¿Cuántas te has tomado hoy?

—La caja entera.

—¿Estaba llena? ¿Te tomaste las veinte?

—Todas.

—Pero, ¿para qué haces eso? ¿No ves que vamos a tener que lavarte el estómago de nuevo?

—Porque estaba muy nervioso.

—Ya, siempre estás muy nervioso, ¿y tú crees que esta es la solución?

—Ahora estoy más tranquilo.

—Pero tendremos que hacerte otro lavado y trasladarte al hospital, una vez más.

—No me importa.

Ignacio era un pastillero empedernido, últimamente no dejaba pasar más de una semana para hacernos una visita al centro de salud. Lo conocíamos todos. Una de las enfermeras contaba que solo ella le había hecho veinticinco lavados de estómago, y llevaba menos de un año en el centro. Se sabía el rito de memoria, tanto que acudía pertrechado con su bolsa de aseo para la estancia en el hospital.

Tenía elaborado su método: hacia la hora de empezar la guardia se apostaba por los alrededores de urgencias y según el equipo de turno, entraba o no. Y esto porque lo habíamos descubierto: no siempre se encontraban pastillas en el estómago y los profesionales veteranos no lo derivábamos si el lavado resultaba negativo. Entonces, para qué entrar si conocía al equipo de guardia, una oportunidad perdida y un lavado inútil. Mejor esperar una ocasión más propicia con personal desconocido, más fácil de embaucar.

Pero en caso de necesidad, Ignacio se tomaba la caja entera, o más si encontraba alguna extraviada por los rincones. Todas. Esperaba un rato a que le hicieran efecto y buscaba a alguien que lo llevara al médico. Así le hacíamos más caso y avisábamos a la ambulancia para que lo trasladara de inmediato al hospital. Justo esa era la verdadera necesidad de Ignacio, la ambulancia. Por muy adormilado que lo hubieran dejado los ansiolíticos, solo con adivinar las luces amarillas que vendrían a buscarlo se le iluminaban los ojos con destellos giratorios.

Destellos de corazoncitos de colores al imaginarse el reencuentro con su amado que vivía justo enfrente de la puerta del Servicio de Urgencias del Hospital General.

Por eso, cada erótico lavado prometía una cita romántica al amparo de las sirenas locas. Por eso los preparativos de la bolsa de aseo con tentaciones de escapada para dos. Por eso la limpieza obsesiva por dentro y por fuera.

Por eso ha dejado de venir a urgencias, porque ahora sí que debe de necesitar el tratamiento y no querrá que se lo saquemos a la fuerza. Los técnicos de la ambulancia nos contaron que hace unas semanas encontraron a su novio pasado de tóxicos mal mezclados. Parece que ya no va a velarle más el despertar, parece que no supo manejar su propio adormecimiento.

Ahora no sabemos nada de las necesidades de Ignacio, no quiso contárselas al enfermero de enlace que lo visitó hace unos días. Quizá empeñados en lavarle la barriga no dejamos que se vaciara de pastillas con palabras. Quizá haya llegado el momento de devolverle las visitas.

Gracias, Mariola

Manena

Texto publicado en Acta Médica, la revista del Colegio Oficial de Médicos de Tenerife, en febrero de 2015.–

El olor a humo empezó en la cuarta planta. Avisaron a seguridad y al resto del personal de emergencias. Una colilla delató a otros desechos del patinillo hasta asfixiar de humo gris la primera planta del hospital general a través de los tubos del aire acondicionado. Carreras, gritos

—Rápido, tú encárgate de los válidos y sácalos al jardín. Tú del 23/1 y 25/2, que no pueden caminar. Yo me ocupo de los más graves. Todos al jardín.

Los bomberos entraron como una tromba sin demorarse en detalles clínicos ni en matices asistenciales: cascos, mascarillas, trajes ignífugos, balas de oxígeno. El del casco rojo era el jefe, el jefe siempre es el de rojo. Ordenaba salir, salir, agacharse, no demorarse.

En 15 minutos toda la planta se había desocupado y al humo no le quedaba ni un rincón sin explorar. El puto amo…

—¿Dónde está Magdalena? Ella podía caminar, ¿no la sacaste?

—No estaba en la habitación y no podía entretenerme en buscarla, saqué a diecisiete.

—¿Pero nadie revisó si habían salido todos?

—No dejaban volver a entrar.

—¡Magdalena! ¡Magdalena! ¿Me escuchas?

—No se puede entrar, ahí dentro es imposible respirar. —El de rojo se cuadró en la puerta.

—Pero una paciente se quedó dentro, es mayor y seguramente se habrá asustado y por eso no salió.

—Ahora no se puede entrar.

—¿Cómo que no se puede entrar? Ya lo creo que se puede.

—Le digo que no, yo soy el jefe de la emergencia.

—Pero usted qué sabe de Magdalena…

—No se puede.

—Se puede, vaya si se puede. Deme su traje o entre usted mismo, pero que entramos, entramos.

—¿En qué habitación está? —Preguntó otro que llevaba el casco negro, parece que es un asunto jerárquico. El jefe lo miró afilado.

—En la quince, está frente al control, le da miedo estar sola. —El de negro no esperó permiso. El que estaba al lado no esperó instrucciones y entró con él.

La encontraron acuclillada en un rincón de la habitación mirándolos sin ver a través del humo y las cataratas. Ya en el jardín, la mascarilla de oxígeno apenas le añadió un suspiro para irse con el rostro agradecido, casi feliz, como si lo considerara el alta perfecta para su ingreso. Quizá fuera así, un final feliz para su historia de soledades, un final rodeada de los suyos, porque los suyos siempre fueron en realidad de otros.

Nació en un país que crecía atropelladamente, puede que por eso sus padres la abandonaran de niña, víctimas del atropello. La adoptaron unos emigrantes sin hijos que la trajeron con ellos a la vuelta. Pero eran muy mayores y la dejaron pronto otra vez sola. Por eso no tenía familia, porque nunca hizo la suya propia, no sabía cómo hacerlo y se confundió entre las de otros. Su familia era la de los vecinos del pueblo, que la visitaron con frecuencia durante el ingreso, ayudó a criar a varias generaciones como una abuela añadida, tal vez pensara que con eso ya tenía bastante descendencia.

Vivía sola, así que nadie se percató de la gravedad de las quemaduras de aceite en la piernas. Como no le dolían no consultó al médico hasta que se las mostró infectadas a una vecina un mes después. Llevaba ingresada varios meses entre antibióticos e injertos, feliz con la compañía de la planta y el personal feliz con ella, adoptados, como si se fuera a quedar a vivir allí, encantados. Insistía sin pudor en que era la mejor época de su vida. Pero eso no era posible y tampoco podía volver a casa sola, así que ya le estaban tramitando un centro de mayores para darle de alta, las quemaduras evolucionaban favorablemente. Pero ella no quería cambiar más de familia ni de residencia.

Maltratados

Texto publicado en Acta Médica en la edición de septiembre-octubre de 2014.–

Cristóbal y Lucrecia se casaron antes de cumplir los veinte años, más que suficientes para una época en que había que reponer a los caídos en la guerra pariendo pronto y mucho, seguros de que la mayoría no llegaría a la edad de parir de tanta escasez. Ellos nunca supieron si se casaron por amor, nadie se lo explicó ni tenían referencias. La gente se casaba según la disponibilidad entre pueblos, cuando tocaba por edad, temprana, que si no estaba mal visto. Y Lucrecia parió lo que pudo, ocho veces, le quedaron tres hijas y dos hijos. Así dio por concluida su misión y se retiró de mujer para dedicarse en exclusiva a lo que los hijos le impidieron ejercer con el esmero requerido, mortificar al marido.

Cristóbal nunca se quejó, que eso tampoco estaba bien visto ni entraba en sus esquemas —cosas de mujeres— y dejó a Lucrecia crecerse hasta quitarle el habla. Sí, el habla, que la palabra ya se la había quitado de joven y hasta al médico le explicaba ella, que entendía mejor sus padeceres. Hubo que operarlo de cáncer de laringe y ella le tomó la palabra un poco más, hasta el final. Iban juntos a todas partes, ella de portavoz sufridora gozando toda esa desgracia muda —con lo mal que estaba ella y tener que soportar a ese marido tan enfermo—, y él haciendo como que allí no pasaba nada —la pobre Lucrecia, con lo que me aguanta, con lo que me cuida—. Ella lo cuidaba condicionalmente, le cobraba caro: quería arrancarle la vida para quedársela ella.

En eso andaba Lucrecia cuando un día la presión de sus malsanos objetivos le rompió una arteria que le inundó el cerebro de mala sangre. Se quedó hemipléjica del lado derecho y sin habla que pudiera entenderse. Cristóbal mal disimulaba su contento por las palabras retomadas, sin laringe y todo. Rejuvenecido, se dedicaba a cuidarla sin rencores. Ella envejeció carcomida proporcionalmente.

Pero ya se sabe que dos que duermen en el mismo colchón… se contagian. Así, como si de una maldición ideada por el demoníaco pensamiento de una bruja mala se tratara, Cristóbal también sufrió un ictus que le afectó el otro lado, el izquierdo, como para complementarse, lo que no le afectó su ya dificultoso hablar sin laringe.

Y Lucrecia se alegró, claro que se alegró, ahora ya estaban iguales, complementados por fin en la vida, ahora sí que hacían buena pareja, a quién le hacía falta hablar. Ya se podía morir en paz.

Pero no se murió, cómo renunciar al tremendo placer de disfrutar del trabajo bien hecho, entonces se marcó un objetivo más ambicioso: sobrevivirle.

Ayer enterramos a Cristóbal, su corazón claudicó para liberarlo de la culpa por no haberla eliminado a tiempo.

Hoy ingresaban a Lucrecia en la residencia para que por fin pueda morirse en paz con ella misma, a nadie más rendirá cuentas.