Angustia y libertad

La angustia, señal que no engaña.

JACQUES LACAN

Contra el silencio y el bullicio invento la Palabra,

libertad que se inventa y me inventa cada día.

OCTAVIO PAZ

 

Pienso -angustiado- todas las mañanas que la libertad no existe y que -con alegría- me la tengo que ganar, ejerciéndola.

Este pensamiento es una buena compañía para despertar al vértigo de toda posibilidad.

Porque la angustia no es una emoción ni un sentimiento, ni se refiere a nada determinado, sino a la pura posibilidad de poder.

Es un afecto, el afecto por excelencia, algo que me afecta y en lo que me veo implicado, inmerso, y a medio paso del vértigo de la libertad.

Si fuésemos ángeles o animales, nunca seríamos presa de la angustia.

Y no ha habido tan gran inquisidor que haya tenido preparados espantosos tormentos, como la angustia.

Ni ha habido espía que haya sabido comprender al sospechoso con tanta astucia, justamente en el momento en que es más débil, o que haya sabido extender la red en que aquél acaba por caer, como la angustia.

Ni juez tan sagaz que acierte a interrogar al acusado, como la angustia, que no le deje escapar jamás, ni en la ociosidad, ni en el trabajo, ni de día, ni de noche.

Si has sido educado por la angustia, has sido educado por la posibilidad, con arreglo a tu infinitud en un cuerpo finito.

Aprender a angustiarse es una aventura que todos debemos correr y el que no, sucumbe, por no sentir angustia nunca o por anegarse en ella.

La angustia es siempre un conato de libertad, de creación, es la posibilidad antes de toda posibilidad.

EMILIO GONZÁLEZ MARTÍNEZ, Psicoanalista

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Con pasión

Se me ha ocurrido este juego de palabras por salir del lugar común de lo políticamente correcto, tan común en estos tiempos que puede pasarnos desapercibido, de apelar a la compasión hacia el desfavorecido como recurso sin pensamiento, por lo que se sitúa en la frontera de lo hipócrita.

Las posibilidades de conmovernos por lo que vemos todos los días en las noticias rayan lo insoportable, tanto que casi nos obligamos a mirar a otro lado para poder sobrevivir; es como si el mundo se ensañara para no dejar vivir en paz a nadie, ni a los afectados ni a los que no les toca en esa ronda. Además, la Historia nos hace ser pesimistas porque muestra que parece que va a ser siempre así, parece que al hombre, el animal más evolucionado del mundo conocido, le cuesta vivir de manera civilizada, parece que no soporta vivir con tranquilidad y se pasa la vida inventando cómo boicotearse. En realidad, el hombre, si no ingresa en la cultura, es un animal más, incluso más brutal porque ha perdido el beneficio que los instintos procuran a la supervivencia de la especie. El hombre acultural es un salvaje al descubierto, sin límites que velen por su propia suerte, incapaz de protegerse siquiera a sí mismo, impotente para cuidar de los suyos.

Estas cuestiones globales son extrapolables a nuestros pequeños mundos de diario en los que también contemplamos situaciones conmovedoras que según la posición que ocupemos en la sociedad tendremos más o menos recursos con los que implicarnos. Para los que nos dedicamos a profesiones sanitarias, las situaciones de desamparo, soledad, falta de recursos –no solo económicos, en muchos casos se trata de recursos psíquicos–, desilusión, impotencia, tristeza o desamor constituyen una dimensión importante de nuestros retos laborales, pero al menos nosotros tenemos la capacidad, mayor o menor según las circunstancias, de intervenir de alguna manera para tratar de mejorar en lo posible las condiciones. Entiendo que muchas personas sientan compasión por otras y no sepan cómo ayudarlas.

Aquí voy a rescatar el eslogan de los activistas medioambientales, aunque también suene un poco a lugar común, del piensa globalmente y actúa localmente en cuanto a que no podemos hacer mucho por la paz del mundo pero sí que podemos hacer bastante por el bienestar de nuestros micromundos. Y nuestros micromundos empiezan por trabajar para elaborarnos nuestra propia paz; sí, así de aparentemente egoísta es el asunto, si nosotros no estamos bien cómo vamos a aportar bienestar a los demás. Eso que comentaba antes de que parece que el mundo se ensañara para no dejar vivir en paz a nadie, parte del propio individuo, ¿acaso conocen a muchos individuos que se dejen vivir en paz a sí mismos? ¿No les resulta más conocido contemplar sujetos que insisten una y otra vez en complicarse la vida? ¿No escuchan a veces los motivos que han llevado a algunas personas a enfadarse definitivamente con otras en los que no parece jugarse más que una cuestión de matices?

La realidad es que al ser humano le cuesta vivir bien, en general se pasa la vida tratando de resolver problemas para empezar a vivir después –cuando tenga trabajo fijo, cuando tenga casa propia, cuando crezcan los hijos– sin darse cuenta de que la vida se vive en el proceso, no al final, al final se muere. Está bien fantasear, planificar y ejecutar los proyectos vitales, pero hay que saber disfrutar del proceso y lo que suele ser más complicado, disfrutar del resultado, sin dormirse en los laureles para iniciar el siguiente proyecto, pero dándose tiempo para saborear las delicias del producto del trabajo: una agradable profesión, una casa estupenda, unos hijos saludables.

Pues a esto, a vivir bien, es a lo que hay que ponerle pasión; la vida hay que vivirla con pasión y sin compasión; con pasión hacia nosotros mismos y hacia los demás se atraviesa la compasión inmovilista y estéril. Y tratar de vivir bien es una responsabilidad de cada uno, para cada uno y para los otros de alrededor, si no, fíjense de lo que es capaz el hombre que solo sabe mal vivir.

Con las pasiones educadas de todos haremos un mundo mejor, así que eduquémoslas en la cultura.

Ejecutar

La palabra ejecutar tiene mala prensa, demasiadas ejecuciones a lo largo de la Historia de la humanidad, pero aquí la voy a rescatar desde otro lado: ejecutar es lo que permite crecer al ser humano. Ejecutar es hacer, es ponerse a ello, es realizar, es llevar a cabo, es comprometerse y responsabilizarse con lo que se ha decidido hacer. Es poner un límite a lo posible para que se haga de verdad posible.

Cuando imaginamos lo felices que seríamos si consiguiéramos ese nuevo trabajo, esa nueva casa o incluso esa nueva pareja que tanto nos gusta, al principio se abre un amplio abanico de posibilidades, casi que todo es posible, aunque haya algunos matices poco probables. Se podría considerar esta primera fase de elaboración de los deseos como una fase de tormenta de ideas, y así debe ser, la mayoría de los proyectos nacen y se enriquecen de esta manera. Pero para que la fantasía se convierta en realidad hay que hacer algo más, hay que hacer algo, algo tan inquietante como tomar una decisión, comprometerse con ella, elaborar un plan de acción y ejecutarlo, y después una cosa más en la que por lo general no se piensa, responsabilizarse de los resultados, de los efectos de la decisión, en definitiva, disfrutar de la realización de nuestros deseos. Este último aspecto no suele tenerse en cuenta porque parece evidente, pero no lo es tanto. En nuestra cultura no está bien visto disfrutar de lo que se ha conseguido con trabajo, de las rentas, como ya he comentado en otro post, pareciera arrogante decir ¡pero qué a gusto estoy conduciendo mi nuevo coche!, cuando resulta que lo pago con mi dinero y trabajo para ganarlo. Da igual decirlo o no, la cuestión es sentirlo. Esto podría pensarse como un asunto envidioso, si digo lo que me gusta mi coche otros me van a envidiar y podría ser que me lo rayaran, aunque en realidad los envidiosos somos nosotros pensando desde nuestro propio punto de vista si las circunstancias fueran a la inversa. También se esconde detrás la ideología de que si estamos disfrutando, algo malo va a pasar, porque a este mundo no se viene a disfrutar, eso será en el paraíso del más allá. Y esto es una cuestión ideológica, da igual que se sea creyente o no. Pero además, influye la salud mental que tenga cada uno a la hora de ponerse a trabajar para ejecutar lo que fantasea y dejar de pensar infinitos imposibles para crear un concreto posible. Algunas personas tienen dificultades para tomar una decisión porque la piensan como una renuncia a todas las demás posibilidades teóricas imaginadas, pero en vez de solo pensarlas hay que elegir una para que se haga posible, en la infinitud de posibilidades ninguna es posible, solo es posible en la finitud, si no se elige un camino para caminar por él, se estará siempre al principio. Los límites al infinito son los que nos permiten habitar un universo finito.

Muchas veces lo que subyace en las dificultades para tomar decisiones y ponerse a trabajar en ellas es la incapacidad para responsabilizarse de estas decisiones, es decir, la incapacidad para responsabilizarse de los deseos. Si tomo una decisión y luego las cosas no salen como yo quería, será por culpa mía, pero si no decido y pasa algo malo, la culpa será de los demás. Lo que pasa es que en primer lugar, no decidir también es una decisión, por tanto todo lo que nos pasa, bueno o malo, es de nuestra entera responsabilidad, y en segundo lugar, ¿cómo vamos a asumir el que nos sucedan cosas buenas? Para eso también se han creado coartadas, la de la suerte es la más extendida. ¿Qué suerte?, será que habremos trabajado para poner la suerte de nuestro lado, incluso si nos tocara la lotería, sería porque habremos ido a comprar el número y tendremos que trabajar para administrar el premio o lo malgastaremos.

Si en algún momento dudamos si en realidad estamos viviendo acorde a nuestros deseos o no, si los estamos poniendo en práctica o solo estamos fantaseando con ellos, solo tenemos que tomar perspectiva y mirar hacia atrás en el tiempo, quizá tomando algún punto de referencia como un acontecimiento importante o una circunstancia que recordamos especialmente. Veamos desde entonces qué es lo que hemos hecho, no lo que hemos pensado hacer, que será mucho más, sino de verdad lo que hemos ejecutado, así podremos hacer balance y decidir cómo queremos vernos cuando en el futuro volvamos a hacer esta reflexión respecto al momento que estamos viviendo.

No tengamos miedo, si conseguimos el trabajo deseado, la casa de nuestros sueños, la pareja perfecta y además nos toca la Lotería de Navidad, no va a ocurrir un cataclismo, por lo menos no derivado de todo esto, podemos disfrutarlo placenteramente, ¡lo hemos conseguido! Quizá nos envidie el vecino, pero eso es asunto suyo.

Y entonces, a pensar en lo siguiente, si no, nos aburriremos.

Ni lo sueñes

¿Cómo que no lo sueñes? ¿Entonces cómo se materializan los deseos? Es justo así, se empieza por soñarlos, por fantasearlos despiertos, por desearlos de verdad y con decisión para que de forma imperceptible nos pongamos a trabajar en ellos. Y así un día, casi sin percatarnos del proceso, como sin querer, nos hallaremos instalados en ese lugar imaginado que como por arte de magia, porque algo de magia hay que ponerle a los deseos o se nos deslucirán, se habrá convertido en realidad. En ese momento puede que nos tiente recurrir a eso de ¡no me lo puedo creer!, como argumento exculpatorio de la responsabilidad que nosotros mismos hemos generado en lo que nos pasa, y tendremos que estar atentos y vigilarnos bien, porque si eludimos esta responsabilidad, desperdiciaremos tanto el trabajo realizado como las oportunidades que la nueva realidad nos pudiera ofrecer.

La cuestión no es solo que hay que pasar a la siguiente fase después del fantaseo, a la planificación y ejecución de lo soñado para que no se quede en un delirio de cuento de hadas sin fundamento, sino que una vez conseguido hay que continuar trabajando para lograr los mejores rendimientos. Y un paso importante del proceso consiste en disfrutar de los objetivos alcanzados, vivir un poco de las rentas, como ya comenté en otro post, porque ese ¡no me lo puedo creer! puede ser muy traicionero si no lo ponemos en su sitio: ¡cómo no me lo voy a creer con lo que he trabajado para conseguirlo!, lo raro sería no haber llegado hasta aquí con tanto trabajo invertido. Vivir de las rentas sin dormirse en los laureles, que una vez se llega al objetivo hay que empezar a soñar el siguiente. Así es la vida, todo un mundo de interesantes inquietudes, la tranquilidad es cosa de muertos.

Aunque parezca extraño, a muchas personas les cuesta disfrutar de lo que han conseguido con su trabajo, de los resultados de su esfuerzo. Parecieran diseñadas para lidiar con problemas, ya sean reales o magnificados, y si en un momento determinado logran resolverlos, se sienten como si su vida no tuviera sentido, como vacías, ¿y ahora qué hago yo con todo esto? Por eso muchas de ellas crean problemas nuevos para seguir distraídas dando vueltas en círculos siniestros. Puede que el problema sea que se han quedado enganchadas al mundo de los sueños pospuestos hasta que se solucione esto o aquello y cuando finalmente se soluciona, están perdidas en el universo delirante de las fantasías estériles, incapaces de asumir la responsabilidad de la posición en que las colocan sus logros. En realidad incapaces de asumir la responsabilidad de sus deseos. O también puede ser que se trate de personas que no han aprendido a gestionar su envidia, que también he comentado en otro sitio que es inherente al ser humano y la educa la cultura, y se escondan temerosas de despertarla en los otros, cosa que no hay que descartar pero que habrá que saber asumir, empezando por la propia.

Entonces, soñar sí, soñar, fantasear, imaginar, y luego proyectar, planificar, ejecutar, en definitiva, trabajar sin distracciones en lo que de verdad nos interesa, ocuparnos de nuestros asuntos, que ya saben que si no otros lo harán por nosotros, normalmente de manera poco conveniente. Y luego, cuando lleguemos a la cima, disfrutar de las vistas para empezar a planificar el siguiente ochomil desde arriba, no siempre desde el campamento base.

Sin ganas

Algunas personas piensan que para hacer cualquier cosa hay que esperar a tener ganas, algo así como al advenimiento de las ganas, como si se hallaran en otro sitio y estuvieran al llegar. Pero en realidad las ganas no se encuentran en ningún sitio y por eso no van a venir, hay que crearlas, cada cual las suyas. Esperar a tener ganas es una posición perezosa y muy poco productiva para cada uno. Como dicen los artistas —en realidad lo dijo uno solo y los demás se lo han aprendido—, “que la inspiración te encuentre trabajando”, las ganas también se inspiran.

         Quizá el matiz del asunto está en confundir las ganas con el deseo, y no son lo mismo, digamos que el deseo se sitúa en un nivel superior al de las ganas. El deseo es algo más profundo, más estructural en el ser humano, tanto que transcurre fundamentalmente en la esfera del inconsciente, pero hay que aprender a hacerle caso, a darle la oportunidad de manifestarse porque de ello dependerá nuestra felicidad, nada menos. La cuestión está en que resulta difícil hacer caso a los deseos porque en ocasiones pueden parecer muy caprichosos, incluso aparentar inconvenientes, pero eso es solo la apariencia del deseo salvaje que habrá que educar. En realidad lo que hay que hacer es educarse en su lectura, porque utilizan un lenguaje simbólico peculiar, particular de cada individuo. Educarse y responsabilizarse de ellos, lo que no es nada fácil porque casi siempre exigen cambios personales que pueden ser difíciles de afrontar, por eso es más cómodo ignorarlos. Pero tengamos claro que solo podremos vivir una vida plena si lo hacemos acorde a nuestros deseos, así que cualquier esfuerzo en este sentido estará completamente justificado.

         Por ejemplo, si se desea ejercer una profesión determinada, habrá que decidir un plan de formación, de búsqueda de empleo, de lugar de residencia que permita el mejor desarrollo profesional posible, todo adecuado a las posibilidades individuales, y otros asuntos concretos que permitan llevarlo a cabo. Luego hay que ponerse a trabajar en lo que toque cada día para ejecutarlo, se tengan o no se tengan ganas de hacerlo, eso es de segundo orden, casi irrelevante. Pasa lo mismo si se quiere hacer cambios vitales importantes, tales como cambiar de profesión, de pareja, de lugar de residencia o de punto de vista con todo esto. Hay que empezar elaborando un plan para su puesta en marcha, con fechas y procedimiento, y una vez decidido, a trabajar en él sin tener en cuenta las ganas.

         Pensemos en que solo nos levantáramos para ir a trabajar las mañanas en que tuviéramos ganas, pensemos además que todos hiciéramos lo mismo, el mundo se paralizaría en el primer minuto de esa mañana. ¿Quién tiene de verdad ganas de levantarse cada día para trabajar —y todos trabajamos, es imposible no hacerlo, hasta el último día de la vida—? Pero lo hacemos, ¿no? Es el deseo el que nos levanta de la cama, el deseo de vivir. Por eso a las ganas no hay que admitirlas demasiado en el trámite de nuestros deseos.

         Y todo esto también funciona a la inversa, es decir, si se dice que se quiere hacer algo y después de un tiempo prudencial se continúa sin hacerlo y sin disponer de un plan concreto para ponerlo en marcha, es que no se desea de verdad; o si se quiere dejar de hacer algo que se está haciendo, por ejemplo, abandonar una situación en la que se está a disgusto, y después de un tiempo persiste la situación, es que en realidad algo gusta. No hay que engañarse, mejor afrontarlo para tratar de introducir alguna modificación.

         Al principio puede resultar difícil vivir acorde a los deseos, aprender a tenerlos en cuenta, saber ejecutarlos, pero luego la vida es mucho más fácil, deliciosamente fácil, y ahí sabremos que lo estamos consiguiendo —siempre en presente continuo—: el placer del más acá de vivir con ganas, que del más allá nada sabemos.

Humo

El humo, como la niebla, puede resultar engañoso, lo mismo que el miedo, por eso pueden ser muy peligrosos si no se anda con cautela y se los atraviesa con tiento. Esa es la cuestión, mantener la serenidad para no perder el rumbo. Y también es la cuestión que para abordarlos hay que atravesarlos, no vale detenerse paralizado, ni tomar un rodeo, ni tampoco enfrentarse a ellos sin recursos, ya sea una mascarilla antigás, unos faros antiniebla o unas buenas piernas.

Y a enfrentarse a los miedos se aprende. De hecho, los miedos abstractos también se aprenden, sobre todo en la familia. Los otros no, los miedos objetivos a preservar la integridad física ya vienen incrustados en la herencia filogenética desde tiempos anteriores a la cultura. Sin embargo, los miedos subjetivos nacen con la cultura y cambian con ella: no se tenían los mismos miedos hace un siglo ni tienen los mismos los ciudadanos de todos los países. Si se teme no poder comer mañana, el miedo al efecto invernadero se coloca en otro plano.

Es cierto que muchas veces es más grande el miedo al miedo que el asunto temido en cuestión: al examen que el propio examen o a la entrevista de trabajo que la propia entrevista; igual que a la niebla, que se deshace en nada en cuanto se está atravesando. La mayoría de los miedos se deshacen en nada.

Lo mismo pasa con algunas referencias vitales cuando uno se va erigiendo en su propia referencia, cuando se crece, que no es exactamente lo mismo que cumplir años, aunque algunos años haya que cumplir para dar tiempo a la evolución. Un ejemplo fácil es el de nuestros admirados maestros cuando nos los tropezamos como achacosos abuelos nostálgicos de otros tiempos. Y no porque hayan cumplido más o menos años, que en el fondo es a lo que aspiramos todos, a envejecer lo más y lo mejor posible, sino porque detuvieron su evolución probablemente porque confundieron jubilarse con dejar de trabajar, y así no se puede vivir. Se nos deshacen como fantasmas trasnochados. Incluso pueden producir inquietud por temor a involucionar igual, como si eso fuera inherente al cumplir años, pero no es así, los años han de permitirnos evolucionar con ellos: ser joven es llegar a tener la edad que se tiene (Emilio González Martínez).

Un ejemplo más elaborado es el humo en que se convierten ciertas figuras de poder precisamente por eso, porque detrás de ellas no había nada y su espectro se deshace con solo mirar atentos. Son los vendedores de humo, la mayoría sin saberlo, creídos en sus fantasías infantiles con personajes disfrazados de adultos, pero que se quedaron enganchados entre príncipes y princesas. Figuras con identidad impostada que no soportan ya ningún cribaje. Humo, niebla.

Pero no hay que inquietarse, o quizá sí, un poco, porque el crecimiento supone soportar ciertas dosis de inquietud y cuando pasa esto es una señal de que hemos avanzado más que nuestros maestros, más que nuestros padres, y aunque esta orfandad pueda activar inseguridades inciertas, no hay nada que temer, el humo, la niebla, el miedo son nada.

Despreocuparnos

Mi vida ha estado llena de terribles desgracias, la mayoría de las cuales nunca sucedieron, Michel de Montaigne.

Si se piensa bien, ¿cuántas de las preocupaciones cotidianas por supuestas tragedias vitales venideras se han confirmado? Muy pocas, por no poner aisladas y tirando a ninguna. Por lo general, las desgracias son difíciles de prever, incluso a veces los que rodean al implicado las prevén antes que él mismo: se me ocurre el caso de algunos problemas económicos en que las personas del entorno pueden verlos venir solo porque el balance ingresos/gastos tiene apariencias de negativo. Además de que habría que calibrar si la preocupación es proporcional al presunto problema, las más de las veces es desproporcionadamente peor que la ocupación necesaria para resolver el asunto.

El ejemplo tópico es el caso de los problemas de salud: ¿cuántos síntomas menores angustian hasta la enfermedad terminal irreversible?, no hay más que revisar los motivos de consulta diarios en un centro de Atención Primaria o en un servicio de Urgencias.

Pero el ejemplo estrella es el de que “fulanito lleva tres minutos de retraso, seguro que le pasó algo.” “¿Algo? ¿Le tocó la Lotería y está de camino a la Polinesia Francesa?” No, el pensamiento se debate entre el accidente con múltiples víctimas y el escape nuclear, porque “ayer escuché en las noticias lo que le pasó a esa pobre gente en una remota aldea del desierto de Gobi y eso puede sucederle a cualquiera…”

Pues sí, es cierto, todo eso malo le puede pasar a cualquiera, y de hecho pasa, pero comparado con el número de infinitas veces en que no pasa, es mejor colocarse del lado de la estadística. Mejor, más saludable y más productivo. Es mucho más eficiente emplear la energía en ocuparse de los asuntos que interesen a cada uno que emplearla en preocupaciones posibles, porque todo es posible y con esa incertidumbre hay que vivir, pero poco probables y que la mayoría de las veces no se materializarán, o lo harán en un nivel de desgracia inferior al preocupado. Además de que también esas cosas buenas que no salen en las noticias porque no venden tragicabilidad neurótica, pueden sucederle a cualquiera, y de hecho suceden.

Por otra parte, en cuanto a que hay que aceptar las incertidumbres de la vida si queremos llevar una vida mínimamente interesante, los que hayan sufrido cualquier desgracia sabrán explicar que suele llegar sin avisar, de repente, sin dar tiempo a la preocupación, y además, la mayoría de las tragedias verdaderas son inevitables. Así es la vida.

Otra cosa son las pseudotragedias de la vida cotidiana: “se me rompió la plancha el mismo día que la aspiradora y que el secador del pelo, además de que a mi madre se le subió la tensión cuando le conté la cantidad de ropa que tenía que planchar y que mi marido iba a tener que ir a trabajar con la camisa arrugada y al final tuve que llevarla a Urgencias, por eso no me dio tiempo de comprar una plancha nueva y entonces…” “Lo sabía, Leoncio, no podía salir bien.”

La tragicabilidad neurótica es otra cosa, yo diría que incluso es del orden de lo ideológico, arraigado en nuestra tradición judeo-cristiana, aquello que enseñaban en las escuelas religiosas (espero que lo hayan matizado con el tiempo) de que el paraíso existía más allá de la muerte y que la vida era un simple calvario que cuanto más espinoso más directo conducía a ese ansiado lugar sin inquietudes vitales, el tranquilo reino de los muertos. Así, se aprendía aquello de que la felicidad es la antesala del llanto, de que lo bueno es solo la apariencia engañosa de la desgracia, de que gozar es pecado. Por eso muchas personas no son capaces de disfrutar de lo que tienen, porque piensan que si lo hacen, el Altísimo o cualquier otro Ente superior les enviará el castigo correspondiente a tremenda desfachatez. Y esto es independiente de que se sea creyente o no, ya comenté que es ideológico.

Esta es la cuestión, un asunto nada fácil por lo arraigado que se encuentra en nuestra cultura: la incapacidad de mucha gente para vivir de las rentas, como ya escribí en otro post, en el sentido de vivir del resultado de nuestro esfuerzo, de nuestro trabajo, disfrutar de verdad de lo que hemos conseguido porque un día lo deseamos con decisión y muchos otros posteriores lo trabajamos con devoción.

Pues eso, a despreocuparse y a vivir, preferiblemente más de dos días.

No es exagerado decir que vivir es jugarse la vida, ya que la vida, inevitablemente, se apuesta, se pone entera en el vivir, Luis Chiozza en “¿Por qué enfermamos?”.