En la tela de una araña

Texto publicado en Acta Médica, la revista del Colegio Oficial de Médicos de Tenerife, en diciembre de 2015.–

Eliseo tenía tres hijas. Sí, Antonia solo le dio chicas, así que creyó que no le quedaba otra que dejarse vivir entre mujeres que se remplazaban entre ellas para mangonearle hasta el pensamiento. Aunque es verdad que no todas participaron en su cautiverio, Adela, la del medio, siempre se ocupó de sus asuntos, por eso nunca hizo buenas migas con las otras tres. A veces la veía como el hijo que no tuvo, y puede que fuera por eso que se hizo taxista y compartía fútbol y cañas con otra camionera con la que acabó yéndose a vivir. Dijeron que para compartir gastos.

El acoso de su mujer y sus hijas lo empujaba al bar por retrasar la vuelta a casa, cada vez más tarde, cada vez más cañas, más tabaco. Su médico le recomendó dejarlo todo. Pero cómo motivarlo si en realidad el bar era el único lugar donde podía respirar su propio aire.

La mujer y las hijas fueron a hablar con su médico porque veían a Eliseo muy mal, llegaba todos los días bebido, no comía, no se aseaba, no podía ir a trabajar. Su médico no tomó partido por ellas y se fueron ofuscadas.

Unas semanas después, las dos hijas mandamases se presentaron en la consulta con el padre en silla de ruedas recién dado de alta del hospital –lo ve, doctora, lo que nosotras le decíamos–. Había sufrido un ictus que lo dejó paralítico, sin habla y sin mirada, con la expresión del que ya no está por aquí. Las hijas gozosas de tamaña bendición, se organizaban para desplegar el control irrestricto de sus cuidados. Eliseo ya no importaba. Competían en su rivalidad por el padre que no era aquel. Aquel que no supo imponer los límites de su función, desestimado por la madre que se dejó anegar por las hijas. Quizá por eso Adela quiso ser chico, para no participar de ese cortocircuito vicioso.

La doctora le preguntó a Eliseo qué tal se encontraba, contestaron a coro las hijas cómo se encontraban ellas. La doctora insistió mirándolo a los ojos, sin reproches por no haberse cuidado según sus recomendaciones. Eliseo no podía contestar porque sus palabras se le habían atascado en la cabeza para siempre, pero la mirada vidriosa no necesitaba más palabras.

Iniciaron un plan de cuidados conjuntos con la rehabilitación en curso, pero su médico sabía que Eliseo ya era irrecuperable porque no tenía para qué recuperarse.

En los meses posteriores apareció un nódulo pulmonar en los controles sucesivos que no estaba en los previos. Era lo de menos. Cuando la médico leyó el pronóstico en el informe que le trajeron las hijas casi se alegró, aunque sin comparación con la euforia que las embriagaba a ellas, exultantes, poderosas, ganadoras.

La partida acabó en tablas, las que empataron a las hijas ahora dispuestas a iniciar la siguiente partida, y las que cobijaron a Eliseo para siempre.

— Doctora, mi madre no anda bien. Desde que murió mi padre tiene todo descontrolado, el azúcar, la tensión, y eso que bien sabe usted cómo nos ocupamos de ella, que no prueba la sal, ni un dulce entra en la casa, que la vigilamos de cerca. Pero lo peor es que se le está yendo la cabeza, es como si se olvidara de las cosas adrede.

— Antonia, ¿cómo se encuentra?

La misma mirada vidriosa que la doctora no podría olvidar respondió por ella. De lo que trataba de desprenderse Antonia era de la evidencia de sentirse atrapada en la tela de araña que ella misma promovió a tejer. No había remedio, médico y paciente sellaron el acuerdo en silencio.

Continúa el plan de cuidados con la esperanza de que al cuerpo se le termine de descomponer algo que la ayude a descansar en paz.

El amante pastillero

Texto publicado en Acta Médica, la revista del Colegio Oficial de Médicos de Tenerife, en junio de 2015.–

—¡Pero Ignacio, otra vez con las pastillas? ¿Cuántas te has tomado hoy?

—La caja entera.

—¿Estaba llena? ¿Te tomaste las veinte?

—Todas.

—Pero, ¿para qué haces eso? ¿No ves que vamos a tener que lavarte el estómago de nuevo?

—Porque estaba muy nervioso.

—Ya, siempre estás muy nervioso, ¿y tú crees que esta es la solución?

—Ahora estoy más tranquilo.

—Pero tendremos que hacerte otro lavado y trasladarte al hospital, una vez más.

—No me importa.

Ignacio era un pastillero empedernido, últimamente no dejaba pasar más de una semana para hacernos una visita al centro de salud. Lo conocíamos todos. Una de las enfermeras contaba que solo ella le había hecho veinticinco lavados de estómago, y llevaba menos de un año en el centro. Se sabía el rito de memoria, tanto que acudía pertrechado con su bolsa de aseo para la estancia en el hospital.

Tenía elaborado su método: hacia la hora de empezar la guardia se apostaba por los alrededores de urgencias y según el equipo de turno, entraba o no. Y esto porque lo habíamos descubierto: no siempre se encontraban pastillas en el estómago y los profesionales veteranos no lo derivábamos si el lavado resultaba negativo. Entonces, para qué entrar si conocía al equipo de guardia, una oportunidad perdida y un lavado inútil. Mejor esperar una ocasión más propicia con personal desconocido, más fácil de embaucar.

Pero en caso de necesidad, Ignacio se tomaba la caja entera, o más si encontraba alguna extraviada por los rincones. Todas. Esperaba un rato a que le hicieran efecto y buscaba a alguien que lo llevara al médico. Así le hacíamos más caso y avisábamos a la ambulancia para que lo trasladara de inmediato al hospital. Justo esa era la verdadera necesidad de Ignacio, la ambulancia. Por muy adormilado que lo hubieran dejado los ansiolíticos, solo con adivinar las luces amarillas que vendrían a buscarlo se le iluminaban los ojos con destellos giratorios.

Destellos de corazoncitos de colores al imaginarse el reencuentro con su amado que vivía justo enfrente de la puerta del Servicio de Urgencias del Hospital General.

Por eso, cada erótico lavado prometía una cita romántica al amparo de las sirenas locas. Por eso los preparativos de la bolsa de aseo con tentaciones de escapada para dos. Por eso la limpieza obsesiva por dentro y por fuera.

Por eso ha dejado de venir a urgencias, porque ahora sí que debe de necesitar el tratamiento y no querrá que se lo saquemos a la fuerza. Los técnicos de la ambulancia nos contaron que hace unas semanas encontraron a su novio pasado de tóxicos mal mezclados. Parece que ya no va a velarle más el despertar, parece que no supo manejar su propio adormecimiento.

Ahora no sabemos nada de las necesidades de Ignacio, no quiso contárselas al enfermero de enlace que lo visitó hace unos días. Quizá empeñados en lavarle la barriga no dejamos que se vaciara de pastillas con palabras. Quizá haya llegado el momento de devolverle las visitas.

Gracias, Mariola

Manena

Texto publicado en Acta Médica, la revista del Colegio Oficial de Médicos de Tenerife, en febrero de 2015.–

El olor a humo empezó en la cuarta planta. Avisaron a seguridad y al resto del personal de emergencias. Una colilla delató a otros desechos del patinillo hasta asfixiar de humo gris la primera planta del hospital general a través de los tubos del aire acondicionado. Carreras, gritos

—Rápido, tú encárgate de los válidos y sácalos al jardín. Tú del 23/1 y 25/2, que no pueden caminar. Yo me ocupo de los más graves. Todos al jardín.

Los bomberos entraron como una tromba sin demorarse en detalles clínicos ni en matices asistenciales: cascos, mascarillas, trajes ignífugos, balas de oxígeno. El del casco rojo era el jefe, el jefe siempre es el de rojo. Ordenaba salir, salir, agacharse, no demorarse.

En 15 minutos toda la planta se había desocupado y al humo no le quedaba ni un rincón sin explorar. El puto amo…

—¿Dónde está Magdalena? Ella podía caminar, ¿no la sacaste?

—No estaba en la habitación y no podía entretenerme en buscarla, saqué a diecisiete.

—¿Pero nadie revisó si habían salido todos?

—No dejaban volver a entrar.

—¡Magdalena! ¡Magdalena! ¿Me escuchas?

—No se puede entrar, ahí dentro es imposible respirar. —El de rojo se cuadró en la puerta.

—Pero una paciente se quedó dentro, es mayor y seguramente se habrá asustado y por eso no salió.

—Ahora no se puede entrar.

—¿Cómo que no se puede entrar? Ya lo creo que se puede.

—Le digo que no, yo soy el jefe de la emergencia.

—Pero usted qué sabe de Magdalena…

—No se puede.

—Se puede, vaya si se puede. Deme su traje o entre usted mismo, pero que entramos, entramos.

—¿En qué habitación está? —Preguntó otro que llevaba el casco negro, parece que es un asunto jerárquico. El jefe lo miró afilado.

—En la quince, está frente al control, le da miedo estar sola. —El de negro no esperó permiso. El que estaba al lado no esperó instrucciones y entró con él.

La encontraron acuclillada en un rincón de la habitación mirándolos sin ver a través del humo y las cataratas. Ya en el jardín, la mascarilla de oxígeno apenas le añadió un suspiro para irse con el rostro agradecido, casi feliz, como si lo considerara el alta perfecta para su ingreso. Quizá fuera así, un final feliz para su historia de soledades, un final rodeada de los suyos, porque los suyos siempre fueron en realidad de otros.

Nació en un país que crecía atropelladamente, puede que por eso sus padres la abandonaran de niña, víctimas del atropello. La adoptaron unos emigrantes sin hijos que la trajeron con ellos a la vuelta. Pero eran muy mayores y la dejaron pronto otra vez sola. Por eso no tenía familia, porque nunca hizo la suya propia, no sabía cómo hacerlo y se confundió entre las de otros. Su familia era la de los vecinos del pueblo, que la visitaron con frecuencia durante el ingreso, ayudó a criar a varias generaciones como una abuela añadida, tal vez pensara que con eso ya tenía bastante descendencia.

Vivía sola, así que nadie se percató de la gravedad de las quemaduras de aceite en la piernas. Como no le dolían no consultó al médico hasta que se las mostró infectadas a una vecina un mes después. Llevaba ingresada varios meses entre antibióticos e injertos, feliz con la compañía de la planta y el personal feliz con ella, adoptados, como si se fuera a quedar a vivir allí, encantados. Insistía sin pudor en que era la mejor época de su vida. Pero eso no era posible y tampoco podía volver a casa sola, así que ya le estaban tramitando un centro de mayores para darle de alta, las quemaduras evolucionaban favorablemente. Pero ella no quería cambiar más de familia ni de residencia.

Maltratados

Texto publicado en Acta Médica en la edición de septiembre-octubre de 2014.–

Cristóbal y Lucrecia se casaron antes de cumplir los veinte años, más que suficientes para una época en que había que reponer a los caídos en la guerra pariendo pronto y mucho, seguros de que la mayoría no llegaría a la edad de parir de tanta escasez. Ellos nunca supieron si se casaron por amor, nadie se lo explicó ni tenían referencias. La gente se casaba según la disponibilidad entre pueblos, cuando tocaba por edad, temprana, que si no estaba mal visto. Y Lucrecia parió lo que pudo, ocho veces, le quedaron tres hijas y dos hijos. Así dio por concluida su misión y se retiró de mujer para dedicarse en exclusiva a lo que los hijos le impidieron ejercer con el esmero requerido, mortificar al marido.

Cristóbal nunca se quejó, que eso tampoco estaba bien visto ni entraba en sus esquemas —cosas de mujeres— y dejó a Lucrecia crecerse hasta quitarle el habla. Sí, el habla, que la palabra ya se la había quitado de joven y hasta al médico le explicaba ella, que entendía mejor sus padeceres. Hubo que operarlo de cáncer de laringe y ella le tomó la palabra un poco más, hasta el final. Iban juntos a todas partes, ella de portavoz sufridora gozando toda esa desgracia muda —con lo mal que estaba ella y tener que soportar a ese marido tan enfermo—, y él haciendo como que allí no pasaba nada —la pobre Lucrecia, con lo que me aguanta, con lo que me cuida—. Ella lo cuidaba condicionalmente, le cobraba caro: quería arrancarle la vida para quedársela ella.

En eso andaba Lucrecia cuando un día la presión de sus malsanos objetivos le rompió una arteria que le inundó el cerebro de mala sangre. Se quedó hemipléjica del lado derecho y sin habla que pudiera entenderse. Cristóbal mal disimulaba su contento por las palabras retomadas, sin laringe y todo. Rejuvenecido, se dedicaba a cuidarla sin rencores. Ella envejeció carcomida proporcionalmente.

Pero ya se sabe que dos que duermen en el mismo colchón… se contagian. Así, como si de una maldición ideada por el demoníaco pensamiento de una bruja mala se tratara, Cristóbal también sufrió un ictus que le afectó el otro lado, el izquierdo, como para complementarse, lo que no le afectó su ya dificultoso hablar sin laringe.

Y Lucrecia se alegró, claro que se alegró, ahora ya estaban iguales, complementados por fin en la vida, ahora sí que hacían buena pareja, a quién le hacía falta hablar. Ya se podía morir en paz.

Pero no se murió, cómo renunciar al tremendo placer de disfrutar del trabajo bien hecho, entonces se marcó un objetivo más ambicioso: sobrevivirle.

Ayer enterramos a Cristóbal, su corazón claudicó para liberarlo de la culpa por no haberla eliminado a tiempo.

Hoy ingresaban a Lucrecia en la residencia para que por fin pueda morirse en paz con ella misma, a nadie más rendirá cuentas.

Sin palabras

Ilustración de Inma Vinuesa

Ilustración de Inma Vinuesa

Capítulo II: Principios generales

Art. 5.2.- El médico debe atender con la misma diligencia y solicitud a todos los pacientes, sin discriminación alguna.

El teléfono de Elena sonó de madrugada, la llamaban del hospital: su padre empeoró y lo habían tenido que trasladar a la UCI. El médico le dijo que era cuestión de horas.

La llamada ni siquiera la sobresaltó, la esperaba. La sentencia del médico de guardia casi la alivió, por fin acababa la agonía que todos llevaban sufriendo más de un año. Pero luego, sentada con una taza de café, a punto de salir para el hospital, la invadió un sentimiento de pérdida, de duelo anticipado. Lo que no sabía muy bien era qué le dolía perder. A su padre no, desde luego. Quizá era la pena asociada a toda pérdida mezclada con la culpa de haber deseado tanto ese momento. No podría decirse que su padre hiciera méritos en la vida, y menos en el último año, para que alguien se doliera de su tan anunciada partida.

Sigue leyendo

Espaldas inclinadas

Ilustración de Inma Vinuesa

Ilustración de Inma Vinuesa

Extracto de la Oración de Maimónides:

Que mi espíritu se mantenga claro en el lecho del enfermo, que no se distraiga por cualquier pensamiento extraño, para que tenga presente todo lo que la experiencia y la ciencia le enseñaron; porque grandes y sublimes son los progresos de la ciencia que tienen como finalidad conservar la salud y la vida de todas las criaturas.

Olga acabó en la consulta de la doctora Valcárcel por casualidad. La doctora era especialista en columna, pero lo que ocupaba a Olga por aquel entonces era el hueso que se había roto en su tobillo derecho tratando de saltar la pared de piedra que separaba su huerta de las castañas del vecino. El médico que la atendió en Urgencias se preocupó más por la deformidad de su espalda que por la fractura, por eso la envió a la consulta especializada. A Olga nunca se le hubiera ocurrido que la anómala curvatura de su espalda fuera un problema por el que consultar, y mucho menos que tuviera remedio. Vivía rodeada de curvaturas excesivas, como la doctora comprobaría más adelante, así que para ella su espalda se inclinaba dentro de la normalidad.

Sigue leyendo

El divorcio me costó un riñón

Ilustración de Inma Vinuesa

Ilustración de Inma Vinuesa

Capítulo XI: Trasplante de órganos

Art. 49.3.c.- En el caso de donantes vivos se debe poner especial cuidado en asegurar que el proceso de información sea suficientemente claro y detallado, y que no haya mediado coacción, presión emocional, económica o cualquier otro vicio en el consentimiento.

Mire, señor juez, yo, si fuera otra cosa, no le digo, pero mi riñón se lo va a quedar él, ¿no?, pues entonces es de justicia que el chalet, el todoterreno y el apartamento en la playa sean para mí. Además de la pensión compensatoria de tres mil quinientos euros al mes, aparte de lo de los niños, en concepto del trabajo extra que ahora tiene que realizar mi otro riñón para compensar la falta. Estará conmigo en que ese trabajo es como si de alguna manera lo estuviera realizando para él, así que tendrá que pagarlo, ¿no es así?, aquí nadie trabaja gratis, y mi riñón no es menos que nadie.

Sigue leyendo

Manos sucias, manos limpias

Ilustración de Inma Vinuesa

Ilustración de Inma Vinuesa

Capítulo V: Secreto profesional del médico

Art. 27.2.- El secreto comporta para el médico la obligación de mantener la reserva y la confidencialidad de todo aquello que el paciente le haya revelado y confiado, lo que haya visto y deducido como consecuencia de su trabajo y tenga relación con la salud y la intimidad del paciente, incluyendo el contenido de la historia clínica.

Art. 30.1.h.- El médico podrá revelar el secreto por imperativo legal.

Las obsesiones de Miguel aparecieron poco después de volver de aquel viaje en barco a La Gomera con sus amigos, cuando Ignacio desapareció, dicen que se cayó por la borda. Miguel se quedó desolado por la pérdida del que había sido su mejor aliado desde los primeros días del colegio, su confidente, sin poder explicarse lo que pasó, sin conseguir elaborar una muerte sin entierro.

Sigue leyendo

Cándido

Texto publicado en Acta Médica en junio de 2013.–

A Cándido lo parieron con pocas luces, su madre hizo lo que pudo. Es difícil alumbrar bien a trece hijos y más en tiempos de auténticos y permanentes recortes. Y con recortes se fue él tejiendo el pensamiento: una puntada aquí, una zurcida allá, una remendada más allá. También hizo lo que pudo, lo poco que pudo, la verdad. Pero para manejarse por el pueblo iba bastante apañado. Le costaron las primeras palabras y no pasó de aprenderse las segundas, luego las cosió entre ellas, su mundo no necesitaba mucho más.

Su madre lo estuvo criando toda la vida, encantada de que por lo menos este no le terminara de crecer, hasta que se confirmaron sus temores y murió antes que él. El padre había fallecido primero, menos mal, la crianza era cosa de mujeres. Su hermana mayor tomó el relevo porque la autonomía de Cándido era de corto alcance.

Pronto encontró una ocupación que le llenaría el cuerpo de alegrías, de alegrías y gramos de alcohol: fabricar su propio vino, aprendió fácilmente de sus expertos vecinos. Pero sus limitadas neuronas se intoxicaban rápidamente y su carácter de natural tranquilo se transmutaba en agresividad incontenible bajo los efluvios enólicos. Difícil de reconducir, imposible de reelaborar.

Su nuevo médico lo intentó cuando trató de hacerle recomendaciones saludables al valorar en sus análisis el franco deterioro de la función de su hígado. Cándido no atendió a razones, él no entendía de razones: se levantó bruscamente dando un puñetazo en la mesa, gritando sin saber combinar sus escasas segundas palabras, amontonadas en un pensamiento lineal acelerado por la adrenalina del que se enfada porque no entiende, porque se asusta, porque no tiene palabras, como todos los que se enfadan. Los enfados siempre son sin palabras. Abandonó airado la consulta dejando a su hermana avergonzada sin poder disculparlo. El médico lo disculpó por ella.

Unas semanas más tarde, Cándido volvió a la consulta, perfectamente vestido y aseado, con cita concertada y sin su hermana, porque a lo que iba ara algo personal: “Doctor, vengo a disculparme por lo del otro día, no pasará más. Haré lo que usted me dice, si me deja seguir viniendo”, le pareció entender al médico adivinando entre palabras mal pronunciadas. “Pues claro que puede seguir viniendo, Cándido”, y estrechó la mano extendida del paciente. Dejaron concertada la siguiente visita.

Cándido ha seguido acudiendo puntualmente a sus citas programadas, con aspecto impecable, contento, sabedor de sus progresos, encantado de ir a contarlos.

­–Cándido, los últimos análisis han mejorado mucho, se nota que se está esforzando y bebe menos vino.

–Sí, doctor, ya solo me tomo un vaso de vino con la comida, pequeño, como usted me dijo, y del que hago yo mismo, que ya sabe que no le pongo alcohol, y la cerveza me la bebo toda sin.

–Estupendo, ya ve que podía hacerlo, así su hígado le funcionará mucho mejor. Pero recuerde lo que le dije, que aunque usted no le ponga alcohol a su vino, él lo hace solo.

Cándido le contestó que sí, aunque sabía que su vino no era de esos que fabrican alcohol por cuenta propia.

Quedaron para la próxima vez.

Angustias mudas

Texto publicado en Doctutor en abril de 2013:

Adrián era un paciente epiléptico, en realidad era su neurólogo el que pensaba que Adrián era un paciente epiléptico. Y quizá lo fuera, quién sabe. Pero Adrián no lo tenía tan claro, su médico de familia, tampoco. Con todo, él se tomaba la medicación prescrita para evitar esos temblores que le hacían perder el juicio. Irregularmente, eso sí. Más regularmente consumía productos que sabía de sobra le sacudían el cuerpo y el pensamiento: “me cuesta dejarlo, doctora”.

La verdad es que Adrián convulsionaba, vaya si lo hacía, como que todos los médicos del centro de salud habían tenido que acudir alguna vez a su domicilio para atenderlo en sus crisis. “¿Qué crisis?”, pensó la doctora cuando lo vio entrar desaliñado y avergonzado a la consulta de su nuevo cupo: “Doctora, perdone que venga sin cita, pero es que se me acabaron las pastillas y yo sin ellas no puedo dormir, y si no duermo, luego no me puedo levantar por la mañana para trabajar y… también necesito un justificante porque hoy no fui”.

No fue difícil conectar con él, estaba necesitado de que alguien aceptara sus preguntas sin pretender taponarlas con respuestas, sus reservas abiertas, sus dudas obsesivas, sus angustias, sus crisis… Su vivir sin palabras. La doctora solo le señaló que no podía vivir sin trabajar, y que no podría descansar por la noche si no se cansaba trabajando por el día, que nadie podía hacerlo, que el que vive sin trabajar se muere, aunque no lo parezca, más que vivir lo único que se consigue es deambular: “Y tú, Adrián, ¿qué quieres hacer?”

La nueva doctora pronto conoció a la familia de Adrián, los atendía a todos en su cupo. La madre es muda, por eso Adrián tuvo que aprender a hablar por su cuenta, a él la lengua materna se la enseñaron en la calle, con el lenguaje de la calle, con los símbolos de la calle. Así se estructuró su pensamiento adictivo: drogas para obturar la angustia de pensar. Nadie le dijo que pensar no tenía por qué ser doloroso, y que a la angustia hay que hacerla hablar, no acallarla. Nadie le dijo que para vivir es imprescindible trabajar, él solo había logrado hacerse despedir. Su padre, en paro permanente desde antes de la crisis, no podía explicárselo. Tampoco podía hablarle de adicciones sin entrar en las suyas. Nadie le dijo cómo hacer para vivir, ¡quién lo sabe!

Unas semanas después acudió a la consulta con su cita convenientemente concertada, quería hablar de sus sueños, o de sus ensueños porque no dormía bien. Cuando estaba a punto de marcharse, ya en la puerta, se giró y le comentó a la doctora, como en un alarde de atrevimiento: “nunca sabrá el bien que me hizo lo que me dijo el otro día, no lo sabe usted”, y abandonó la consulta con los ojos aguados.

En los últimos dos años ha habido más consultas, con y sin cita, casi siempre culpabilizándose de las cosas que cree no hacer bien, esperando los reproches de su doctora, aunque sabe de sobra que nunca se los escuchará y que por ahí no encontrará el castigo que busca para aliviarse la culpa. Pero Adrián no ha vuelto a convulsionar y, si bien es cierto que no acude a la consulta con regularidad, ha reducido la medicación a una única benzodiacepina nocturna para dormir, además del anticomicial prescrito por el neurólogo.

Ahora ha pedido que lo vean de nuevo en Neurología, quiere que le retiren la medicación para que le certifiquen que se ha curado, pero quizá debiera empezar por certificarse a sí mismo la capacitación para asumir sus responsabilidades.

Sigue leyendo