Sin recursos

Salud es la capacidad de amar y trabajar

S. Freud

Cuando se plantea el abordaje de una persona sin recursos, especialmente desde el entorno sanitario público, suele pensarse en individuos con dificultades económicas y sociales, que suelen ir de la mano, personas que por diversas circunstancias han perdido la capacidad de sostenerse con su trabajo y necesitan ayuda de las instituciones. Y sostenerse con su trabajo es un concepto más amplio que el solo mantenerse en el sentido más común en que suele emplearse el término: ser capaz de vivir con el dinero que se gana trabajando. Sostenerse implica disponer de pilares más amplios que el simple cobro de una nómina a final de mes, que también, y trabajo implica mucho más que acudir diariamente a cumplir el pactado contrato de tiempo por dinero, que también. Sostenerse con el trabajo implica tener recursos: biológicos, estar sano para poder trabajar; psíquicos, poseer capacidades mentales dispuestas para la producción; y sociales, en cuanto a haber creado un entorno de relaciones saludables. Soportes de la conocida máxima freudiana de la salud como la capacidad de amar y trabajar.

Últimamente se están abordando estos temas desde la propuesta del empoderamiento de la persona para hacerla capaz de disponer y gestionar sus propios recursos, porque si no lo condenaríamos a una eterna vida de beneficencia, como se hacía en otras épocas. Las ONGs hace tiempo que lo han entendido y sus intervenciones se basan en enseñar a los desfavorecidos a vivir con su trabajo: más que llevarles alimentos –excepto en la fase aguda de una catástrofe–, los enseñan a cultivar la tierra, por ejemplo. La educación de los hijos ha sido tradicionalmente así –aunque esta circunstancia esté algo pervertida en los últimos tiempos–, se les enseña a ser autónomos, a vivir de su trabajo, o así debería ser. Sin embargo, la realidad es que todas las dificultades de estas personas se concentran en una sola: no disponen de recursos psíquicos para producirse como seres humanos independientes y activos para la sociedad.

Los motivos de esta incapacidad son múltiples e individuales, pero si no los abordamos, no será posible una verdadera transformación. Y la verdad es que desde las instituciones sanitarias públicas lo psíquico está bastante desatendido; en realidad está desatendido desde lo social, porque atenderlo obliga a implicarse, y eso no puede hacerse sin trabajo.

Estos pacientes sin recursos acuden a las consultas demandando soluciones milagrosas a problemas que en muchas ocasiones ni siquiera son sanitarios. Soluciones externas para no tener que asumir la responsabilidad de lo que les pasa: soluciones externas y responsabilidades externas, y ¿no es esto una forma de beneficencia insostenible?

Se escribe mucho sobre la insostenibilidad del sistema sanitario público, sobre dónde y cómo reducir costes, pero es que reducir costes cuesta, cuesta trabajo y responsabilidad de todas las partes, empezando por los profesionales sanitarios, que deben cambiar el discurso de la demanda taponada con una pastilla por la apertura a las incertidumbres de la palabra. Los pacientes lo entenderán después.

En el centro de salud donde atiendo mi consulta de Medicina de Familia llevo dos grupos psicoterapéuticos desde hace más de un año. A los grupos acuden personas con dificultades personales diferentes, cada uno la suya individual e incomparable con las otras. No son personas sin recursos, los tienen, por eso son capaces de demandar atención y están dispuestos a trabajar en ello. Esta experiencia me está sirviendo para valorar lo poco que se estima el valor terapéutico de las palabras; cómo muchas personas no aceptan, porque no lo entienden, que si no se responsabilizan de su vida y sus malestares no los podrán modificar, y que esta modificación no se producirá si no se implican trabajando, y que trabajar es hablar. Pero cuando lo entienden, y lo hacen, alucinan de lo que son capaces de hacer con ello y tengo que explicarles que no es magia, que es trabajo, o que sí es magia, pero de la de verdad, de la que no tiene truco.

Entonces, la responsabilidad de los profesionales pasa por ofrecer un espacio donde reconstruir los recursos psíquicos dañados en el vivir para que las personas sean capaces de recuperase. La responsabilidad de los pacientes con su trabajo personal es imprescindible para implicarse en la reconstrucción, pero es necesario ese espacio.

Estos espacios terapéuticos, de cualquier tendencia, cuestan menos que el gasto en medicamentos y en vidas anestesiadas, así que más recursos para menos gente sin recursos.

Amor de transferencia

Uno de los momentos más gratos que puede vivirse en las profesiones sanitarias tiene lugar cuando un paciente nos agradece la atención que le hemos dispensado. Son momentos que hay que disfrutar con placer porque nos muestran que hemos hecho las cosas bien y además el paciente o sus familiares así lo han valorado. Algunas veces el agradecimiento nos coge por sorpresa y ni siquiera recordamos un motivo especial para merecerlo, pero algo habremos hecho, lo que además nos indica que hacemos las cosas bien sin darnos cuenta y por supuesto sin esperar nada a cambio, ese es el camino del buen ejercicio de la atención a la salud de las personas. Incluso a veces nos agradecen la atención aunque el paciente haya fallecido, lo que dice mucho de nuestra implicación en tratar de hacerles atravesar ese momento tan triste ofreciéndoles toda la ayuda que esté en nuestra mano. Recientemente ha fallecido una paciente mayor que se había adscrito poco antes a mi cupo por un cambio de domicilio, ya en estado terminal y a la que solo visité en dos ocasiones, una en la consulta y otra en su casa. Una de las hijas, también paciente mía, cuando vino a la consulta después del fallecimiento me comentó que su madre estaba muy agradecida de mi atención, lo que me hizo pensar por qué, si no hubo tiempo material de bien tratarla. Creo que el único mérito que se me puede atribuir es haberle dejado abierta la posibilidad de contactar conmigo si tenía algún problema; no llegó a hacerlo.

            Cuando trabajaba en urgencias hospitalarias, un lugar muy hostil no solo por la carga asistencial habitual en estos servicios, sino por la carga de angustia con la que las personas acuden a consultar, en una ocasión en que mis compañeros y yo salvamos literalmente la vida de una paciente joven que llegó al centro en parada cardiorrespiratoria –para eso estábamos allí, era nuestro trabajo–, y que no pudo agradecernos nada porque estaba inconsciente, por casualidad escuché una conversación varias semanas después entre un familiar que era trabajador del centro y un compañero al que le comentaba lo agradecida que estaba la familia y la propia paciente con el Servicio de Cardiología porque la habían salvado. No puedo negar que me asaltó la tentación de replicar que la vida se la habíamos salvado nosotros en Urgencias, sin desmerecer el buen trabajo de los cardiólogos, pero callé porque ser capaz de rescatar a alguien de la muerte no precisa de más agradecimientos. En esos días en que andaba yo con este tema en el pensamiento, un señor con la bata de los pacientes ingresados me preguntó en la zona interna del Servicio de Urgencias por otro compañero médico, le dije que no estaba de turno y le pregunté si lo podía ayudar en algo. Quiso saber cuándo podría encontrarlo porque deseaba agradecerle que según le contaron, le había salvado la vida. Mi compañero probablemente no lo necesitaba, pero seguro que se lo agradeció de corazón, y nunca mejor dicho, el paciente estaba ingresado en Cardiología.

            Quiero decir con todo esto que la gratitud siempre es bienvenida, sobe todo por lo que significa en cuanto a nuestro buen hacer profesional, pero no debe nublarnos el entendimiento disparando nuestro narcisismo estructural. No debemos trabajar para agradar a nuestros pacientes, eso siempre tenemos que valorarlo como un efecto secundario, si hacemos bien nuestro trabajo, técnica y humanamente, las personas nos lo reconocerán. Pero bien sabemos los que nos dedicamos a la asistencia sanitaria que hacer bien las cosas no siempre es correspondido de manera proporcional, y tampoco debemos buscarlo a toda costa, nos pagan por hacer bien nuestro trabajo y ese es nuestro deber profesional. Luego puede que nos lo agradezcan o que no, o que ni siquiera lo valoren, o que incluso nos lo critiquen. No debe preocuparnos demasiado.

            En lo que no podemos caer es en la complacencia para que así nos amen más, no, tenemos que hacer nuestro trabajo lo mejor posible, pero nosotros somos los expertos, los que sabemos lo que le conviene más a su salud, el paciente puede tener unas expectativas erróneas o estar mal informado, es nuestro deber informarlo bien y tratarlo según el estado del saber médico. Los pacientes no tienen que amarnos, tienen que confiar en nuestro criterio profesional porque nosotros nos hayamos ganado su confianza con nuestro trabajo, tampoco con nuestra sugestión, lo que no siempre es fácil de distinguir. Si un paciente joven que acude a la consulta por un dolor de espalda claramente relacionado con esfuerzos físicos, sin clínica que sugiera complicaciones nos solicita de entrada un escáner o una resonancia magnética, nuestro deber es informarlo convenientemente de su problema de salud, no pedirle una prueba que no está indicada y que no va a contribuir a mejorar su estado, luego él decidirá a quién amar.

            Comentaba lo de la sugestión porque es un arma peligrosa si no se la sabe manejar. Los pacientes no tienen que creernos como un acto de fe, sino porque trabajemos bien, aunque el efecto placebo de nuestra intervención no sea desestimable y el antiguo y a veces olvidado poder ensalmador de las palabras deba tenerse presente en toda relación asistencial.

            En Medicina no suele considerarse este amor que se despierta en la interacción con el paciente para utilizarlo en su mejoría. El Psicoanálisis lo describió como amor de transferencia y representa el fundamento de la relación terapéutica. Manejar la transferencia constituye el reto definitivo para la buena evolución de la cura. Tengámoslo en cuenta también en Medicina para el beneficio del paciente, no para creérnoslo embelesados.

No es mundo para mediocres

Una amiga me contaba hace unos días una anécdota de su hija de cinco años. Al parecer la maestra pidió a la clase que dibujara “una madre paseando al sol”, lo que la niña de mi amiga representó como una señora paseando el sol dentro de un carrito de bebé. La maestra corrigió el dibujo por incorrecto y la niña de cinco años se quedó sin entender nada, su madre tampoco. Mi amiga fue a comentárselo a la maestra que insistió en la incorrección del dibujo. Según su encorsetado criterio, el dibujo debía consistir en las previsibles variantes de madre con niño bajo sol que brilla en su correcta posición celeste.

Otra amiga me contó que la profesora de francés de su hijo de trece años los avisó para que acudieran a una entrevista los tres: madre, padre e hijo. Tampoco entendió por qué, su hijo había aprobado todas las asignaturas del trimestre, incluido el francés y la tutora, con la que habló por teléfono en relación a la inesperada cita, no dio importancia a la ligera caída de las calificaciones en un adolescente interesado en otras cosas, como le corresponde, ni conocía el motivo del apercibimiento de la profesora de francés. El problema parecía consistir en que el hijo adolescente de mi amiga no había contestado en el examen a las preguntas de gramática, evidentemente porque no estudió, y sin embargo contestó perfectamente un difícil ejercicio de audición que fallaron todos los demás. Por eso, y pese a sus evidentes reticencias, la profesora tuvo que aprobarlo, algo que aparentemente no llevaba muy bien.

¿Qué podemos leer entre líneas en estos dos casos? Qué ninguna de las dos docentes pudo soportar que sus alumnos se apartaran de forma inteligente de la norma que ellas habían establecido, dentro de su limitada capacidad de imaginar. Pero si se le impide a los jóvenes que reten a sus padres y profesores, que los sorprendan, que puedan ser más listos, ¿cómo avanzará la humanidad? Pues lo vemos todos los días en la envidiosa mediocridad cotidiana que nos vemos obligados a soportar en diversos (más de los debidos) ámbitos sociales, y que de tan cotidiana a veces nos pasa desapercibida. Por ejemplo, que muchos de los dirigentes de las instituciones públicas no sean las personas más brillantes, sino las que hacen menos sombra a sus grises y anodinos predecesores: en la Sanidad, la Educación, la Justicia, la Universidad…

La humanidad evoluciona por la disidencia de una generación con la anterior. En oposición al conservadurismo de los padres, los hijos deben ser progresistas, y esto no es una cuestión de partidos, sino de la Política como generadora del ordenamiento social. Por eso, evitemos una educación mediocre, envidiosa y homogeneizadora en el bajo rasero y promovamos una sociedad de gente inteligente, brillante, diferente, con imaginación, que nos estimule a todos en el reto de estar a la altura, pero en la altura de arriba. Para ello tenemos que atravesar la envidia que nos paraliza a nosotros mismos y nos impide progresar, y que tan involucionista resulta tanto para nosotros como para la sociedad, para así poder soportar el triunfo ajeno, primer paso para soportar nuestro triunfo personal. En realidad lo que no soporta el envidioso no es la sombra que le pueda hacer el otro, sino que lo encandila su luz. Pero lo peor es que también lo encandila su propia luz.

Se trata de contrarrestar esa pátina de grisácea uniformidad burocratizada al más puro estilo de los países del Este antes de la caída de El Muro, con el colorido de las ideas de mentes despiertas, curiosas, que se dejan sorprender, críticas, elaboradas a base de segundos pensamientos, generosas, trabajadoras y con una incondicional capacidad de amar. Así seremos capaces de hacer crecer a la humanidad, y tenemos encomendada esta responsabilidad en lo que corresponde a nuestra parcela de relevo generacional. No cultivemos un mundo mediocre, sino el mejor que nuestras posibilidades nos permitan construir.

Segundos pensamientos aplicados

A propósito de lo que comenté en el post anterior, se me ha ocurrido dedicarle un segundo pensamiento a la publicidad que está triunfando en los últimos tiempos dedicada a activar la fibra sensible que, salvo algún bruto que otro, todos llevamos dentro. Me refiero a anuncios como el de la Lotería de Navidad de este año, en el que un hombre desolado porque no compró el número premiado teniéndolo tan a mano descubre no solo que sí que había un décimo para él, sino a un verdadero amigo en el colega del bar de la esquina, evidentemente, como no podía ser de otra manera en ese derroche de tópicos patrios. A ver, no hay que bajar la guardia crítica ni una milésima de milímetro o de milisegundo, sea como sea que se mida la actitud cuestionante, no se distraigan de que es un anuncio para vender lo anunciado, es decir, lotería en vísperas del sorteo más participado del año en este país. Porque a nadie se le ocurre no comprar el número del trabajo y que luego le toque a toda la peña y se vayan a vivir a algún destino paradisíaco de palmeras y cocoteros, previo envío del jefe a ese lugar a donde se suele enviar a los jefes, o el del equipo de fútbol, el de la parroquia o, por supuesto, el del bar donde se cafetea cada mañana, ¡a quién se le ocurre! Cómo negarse a comprar un número que te ofrecen, ¿y si luego toca? Así hasta la ruina, porque para que toque seguro habría que comprar de todos los números, sé que hay gente que lo intenta. Y si no, siempre nos quedará la salud, que no está mal. Como si salud, dinero y amor fueran cosas del azar, además de incompatibles, si se tiene de uno, no se tiene de la otra porque sería mucha suerte. Yo les recomendaría que apostaran en juegos más seguros como el trabajo (y no es excusa estar en el paro porque sin trabajo no se puede dejar de estarlo, hay que trabajar para encontrarlo o crearlo), el amor y el compromiso con la salud, y no dejaran los asuntos importantes en manos del azar porque además de mentira, es bastante inconveniente.

Otro anuncio interesante en este sentido secundario es el de Ikea con esos niños que escriben dos cartas, una con los regalos que les piden a los Reyes Magos y otra con lo que desearían de sus padres, esta última toda una alegoría a la necesidad de amor en forma de tiempo compartido. Pues bien, como creo que ya está todo dicho en cuanto a que los padres deben pasar todo el tiempo posible con sus hijos en aras de que estos crezcan saludables y equilibrados, esta vez me voy a colocar del otro lado, del de los padres culpabilizados por el presunto abandono de sus hijos en guarderías y colegios. Conozco a más de una madre trabajadora, y digo madre porque de los padres se espera que sean los mantenedores del hogar, que vive con una verdadera angustia culposa la separación diaria de su hijo, y valga decir que no importa mucho la edad del niño, como una mala madre que no cuida a su hijo debidamente, nada que ver a la dedicación con que su madre cuidó de ella. Anuncios como este calan en el inconsciente colectivo para reforzar este tipo de sentimientos sin que quede cabida para reflexionar en que los niños del siglo XXI han venido al mundo en una sociedad que ha cambiado respecto a la anterior, como debe ser, si no, cómo íbamos a evolucionar. Los niños de este siglo deben integrarse en una sociedad en que habitualmente los dos padres trabajan, vivan o no juntos, porque la sociedad se ha desarrollado así, la mayoría de las veces porque lo necesitan para poder pagar los gastos de la familia. Afortunadamente la mujer se ha ido incorporando al mercado laboral en igualdad de condiciones que el hombre, aunque todavía quede trabajo por hacer en este sentido, porque muchas mujeres quieren desarrollarse no solo como madres, sino también como profesionales. Lo que habría que considerar es el avance en políticas de conciliación familiar y laboral para madres y padres con hijos pequeños, de forma que el planteamiento no fuera elegir entre ser buena madre o buena profesional, sino que se pudiera ser buena en las dos cosas sin sentirse culpable y sin exigencias de mujer diez. Y menciono más a las madres que a los padres en primer lugar por razones biológicas, son las madres las que dan de mamar a los hijos, y en segundo lugar por el condicionamiento social todavía no tan trasnochado, y bastante cavernícola por otra parte ya que viene del hombre prehistórico, de que el padre es el que trabaja fuera y la madre la que cuida a los niños. Los niños, como sus padres, también tienen que adaptarse a la época que les ha tocado vivir, sanamente, como todas las adaptaciones evolutivas, no es necesario caer en la neurosis.

Entonces, adelante, no se queden con el contenido aparente de estas muestras de sensibilidad impostada, fíjense también en otras muchas que campan en la ancha red de la virtualidad. No se dejen engañar por el contenido manifiesto y búsquenle un segundo pensamiento.

De infidelidades

Siempre me ha llamado la atención lo fácil que es equivocarse al pronunciar la palabra infidelidad con la cercana infelicidad, supongo que por la contigüidad de una con la otra. Se entienden juntas porque la infidelidad como traición genera cuando menos tristeza, si no frustración y rabia. Pero la fidelidad no es un concepto natural de la especie, sino que se trata de un artificio adquirido en la evolución humana para mantener la cohesión social, que se asume como inherente y de obligado cumplimiento sin necesidad de explicitarlo en las relaciones de pareja. Aunque algunas parejas pactan vínculos abiertos en los que se aceptan relaciones externas, también habrá infidelidad en lo que se aparte de dicho pacto, porque algún pacto habrá que establecer o no habrá relación que infidelizar.

Por eso de que normalmente no se explicita el contenido del pacto en el sentido de definir a partir de qué nivel de relación con otros se puede empezar a hablar de infidelidad, a veces se cae en grotescas especulaciones que rayan lo cómico en cuanto a la unidad de medida a utilizar para definir la distancia que separó a los dos cuerpos en el momento, o momentos, de autos: metros, centímetros, milímetros, unidades negativas o kilómetros fulminados por internet… Para algunos solo se puede hablar de infidelidad si ha habido relación sexual, para otros basta una mirada libidinosa, pero en el fondo lo que importa es el sentimiento asociado al acto, incluso el asociado meramente a la fantasía infiel. De ahí la preocupación del engañado con los porqués del engaño.

Y por aquello de que se trata de un artificio cultural, hay que asumir que todos somos potencialmente infieles, así que no hay que culparse porque nos atraiga el nuevo vecino o la nueva compañera de trabajo aunque tengamos una pareja de la que nos sintamos completamente enamorados, es normal. Otra cosa es entrar en el juego de la seducción, sería de inmaduros si no nos interesa cambiar de pareja o no hemos establecido ese pacto de relación.

Es fácil ser fiel al principio de las relaciones, cuando el enamoramiento endorfínico anega la visión periférica, pero cuando las relaciones evolucionan a algo más elaborado, más del orden del amor implicado, hay que valorar la tentación de pasiones adolescentes como golosinas de absorción rápida por la pereza de trabajar en las pasiones actuales, más maduras y laboriosas, de lenta absorción pero sin duda más nutritivas. En las relaciones largas, la pasión hay que crearla todos los días, no se genera espontáneamente. Si la relación languidece, ¿a quién le amarga un dulce? Habrá que plantearse si se desea darla por terminada o se decide trabajar en ella.

Por otra parte, es una realidad que algo de celos tiene que jugarse en la pareja o si no, ¿cómo nos va a interesar alguien que no le interesa a nadie más o cómo vamos a desear algo que ya tenemos, o creemos que tenemos, y no tememos perder? No se debe abandonar el juego de la seducción después del enamoramiento, hay que repartir fichas hasta el último día, sea cual sea ese día.

Y si nos engañan, nos traicionan, nos son infieles, será inevitable que suframos por ello si estamos en-amorados, sería muy raro que no fuera así, lo que no debemos es engañarnos a nosotros mismos con que no nos importa o aquí no pasa nada, sí pasa y es una buena ocasión para el crecimiento, como todas las crisis, ya sea que decidamos continuar o concluir la relación.

Con todo esto, les propongo que cada día reserven un rato para enamorar con la pareja, y si no lo encuentran un ejercicio delicioso, háganse otros planteamientos más decididos, pero nunca, nunca se abandonen al aburrimiento, es una pérdida de tiempo.

El arte de escuchar

He oído de toda la vida que la Medicina es una profesión vocacional, lo que siempre interpreté como el deseo de amar lo que se hace, pero no aportan muchos más detalles en la formación académica, se da desacertadamente por supuesto. Y es verdad que se necesita una generosa dosis de vocación para dedicarse a profesiones que tratan de forma directa con el dolor y el sufrimiento humanos, la enfermedad y la muerte, lo más delicado y trascendente del ciclo vital de una persona. Pero quizá lo que ocurre muchas veces es que no se valora lo suficiente en qué consiste y de qué se ocupan los médicos, los sanitarios en general. Porque si lo pensamos bien, si leemos entre líneas, deberíamos considerar un privilegio ocupar el lugar extraordinario que nos otorgan los pacientes cuando nos cuentan sus historias, cuando acuden a nosotros en busca de ayuda y nos colocan en la posición del que se supone que sabe lo que hay que hacer.

Muchas veces la ayuda consiste solo en escuchar, pero hay que saber hacerlo, empezar por dejar de escucharse a uno mismo para poder escuchar al otro sin prejuicios. Dejar colgada en la percha de la entrada nuestra personalidad para que en la consulta solo participe la del paciente. Y para poder ejercer esta función de la mejor manera posible resulta imprescindible estar también lo más sano posible, hay que cuidarse el cuerpo y el alma, de la manera que cada uno decida que le viene mejor. Difícilmente un médico enfermo podrá atender adecuadamente a un paciente que le consulte sus dolencias, entraría inmediatamente a compararlas con las suyas, nada más inoportuno, al paciente eso no le importa. Y si le importara, las posiciones de profesional y paciente estarían invertidas, o por lo menos confundidas: ¿quién sería el médico y quién el paciente? ¿Quién consulta a quién? Algunos opinan que asisten mejor a sus pacientes los profesionales que han sufrido de la misma enfermedad en una confusión de empatías; incluso algunos médicos eligen especialidad, consciente o inconscientemente, por padecer una determinada enfermedad en un vano intento de autoayuda –la autoayuda no existe, solo pueden ayudarnos los otros, y esto hay que ser capaz de aceptarlo–, pero no es cierto, ¿acaso iríamos a una peluquería de peluqueros despeinados o a un nutricionista obeso? Hay que tratar de estar más sanos que los pacientes que atendemos, por el bien de ambos.

Es escuchando que la relación médico-paciente se convierte en terapéutica, asumiendo por supuesta la incuestionable competencia clínica, sin la escucha atenta los avances científicos más costosos y espectaculares tendrán solo resultados parciales, un esfuerzo desperdiciado por todas las partes. De ahí nació la Medicina, de las narraciones contadas por los pacientes y escuchadas hasta componer historias. Probablemente por eso ha habido tantos médicos que además han sido grandes escritores (Chéjov, Conan Doyle, Pío Baroja, Marañón, Laín Entralgo o Freud), por esta costumbre de hilvanar relatos. Y es ahí donde se coloca el arte, en esta capacidad creativa de aunar conocimiento y subjetividad, poco se consigue del uno sin la otra o al revés: miope el médico que solo aplica protocolos, curandero el que solo aplica palabrería insustancial.

Pero hay que ser muy cuidadoso al manejar esta confianza depositada en nosotros, a veces ciega y otras perezosa, y siempre tentadora a vanidades ingenuas. No se trata de adoctrinar ni de sugestionar, sino de que el paciente asuma la responsabilidad de lo que le pasa alejándonos de paternalismos trasnochados, de apoyarlo en la toma de sus propias decisiones, voluntarias, independientes y adecuadamente informadas.

Pues sí, la Medicina es un arte, el arte de escuchar…

En palabras de Marañón: ¿Cuál es el instrumento que más ha contribuido al avance de la Medicina? La silla para sentarse y escuchar al enfermo.

Amor verdadero

Un artículo publicado en la sección de psicología de El País Semanal titulado Relaciones conscientes, de Raimón Samsó, me hizo pensar si realmente somos conscientes en nuestras relaciones personales, ya sean de pareja o de amistad, que tampoco hay tanta diferencia. Quiero decir, ¿realmente decidimos de forma consciente con quién nos relacionamos, a quién amamos? Pudiera parecer algo frívolo o interesado, como decidir si la relación con esta o aquella persona nos conviene o no. Pues es exactamente así, una cuestión de interés, o debería serlo. Y es que regirnos en la vida por nuestros propios intereses está mal visto, quizá porque está mal entendido, pero es de lo más conveniente.

Parece que una relación sentimental debiera ser totalmente inconsciente, guiada solo por la pasión del enamoramiento al más puro estilo principesco: románticas veladas a la luz de la luna intercambiando miradas embelesadas con cualquier fondo de película, según el gusto de cada cual; o encaminada a encontrar al príncipe o la princesa de tintes azulados que venga a completar la mitad que falta, como si se viviera demediado sin pareja. ¡Cuánto daño han hecho los cuentos infantiles tradicionales o sus versiones para adultos, las revistas del corazón! Nadie escribió cómo continúan esas historias después de que se comieron las perdices de la boda, a la vuelta de la luna de miel, cuando hay que madrugar a diario para trabajar, hacer la compra del supermercado, cuidar a los niños o visitar a la familia política. De ahí las frustraciones por expectativas irreales, fantásticas y del orden de lo mágico por pretenderlas sin trabajo.

No es así, no nos engañemos. Es indudable que la atracción erótica es fundamental en una relación de pareja, pero luego hay que trabajar diariamente para que una relación funcione, hay que enamorar, hay que dedicarle energía, ganas, deseo para que ese enamoramiento inicial se transforme en verdadero amor, algo mucho más elaborado y desde luego más consciente. Nunca se tiene pareja, se hace pareja al amar, desde que pensemos que tenemos algo o a alguien, ya lo estamos perdiendo porque no se desea lo que ya se tiene. No es cuestión de durar, se trata de amar.

Y esto tiene que ver con el modelo mayoritario de relación al uso, el narcisista, o amarse en el otro: querer y atribuir al otro la propia imagen y semejanza, sin valorar el enriquecimiento de lo diferente, como si se pudiera evolucionar en la igualdad, sin discrepancias. Esto, aparte de imposible, es bastante aburrido y el colmo del involucionismo, como casarse en familia, por eso está biológicamente prohibido, porque sería socialmente devastador.

Tienen algo de razón las abuelas cuando dicen que hoy ya no se aguanta nada, que al mínimo inconveniente las parejas se separan. Es cierto en parte, como dice una amiga mía, parece que lo difícil es no romper. Romper es fácil y hasta poético, lo difícil es quedarse a trabajar la relación, todo un arte. Sin aferrarse a lo imposible, que las relaciones normalmente se rompen solas y en ese punto ya suelen ser irrecuperables.

El verdadero amor es generoso, apasionado, ligero, divertido, progresivo –las relaciones crecen o decrecen, nunca se detienen– y muy interesante. Pero todo esto no viene dado por arte de encantamiento, sino que hay que hacerlo, hay que implicarse, hay que currárselo. Por eso hay que saber elegir con quién merece trabajarse una relación, porque nos define la calidad de nuestra relaciones sociales. No se trata de ir por ahí malgastando energía en trabajos poco productivos, abundan las buenas inversiones, muy convenientes para nuestros intereses.

Evidentemente que no me refiero solo a las relaciones de pareja, sino a todos los amores que se hacen fuera de la familia de origen, la familia que se crea cada uno, la producida y la elegida. Los amigos también forman parte de esa familia cultural porque somos seres sociales. No seamos descuidados ni perezosos, al final siempre recibimos de lo que damos y esto también es muy narcisista, como la naturaleza humana.