La riqueza de la educación

[…] un país no es rico porque tenga diamantes o petróleo, un país es rico porque tiene educación…

antonio_escohotado

Así empieza Antonio Escohotado esta entrevista viralizada por las redes, algo que podría pensarse desdibujado en nuestro rutilante siglo XXI occidental, porque tampoco es de ese tono nuestro siglo en muchos países del mundo, ni siquiera para muchos occidentales que solo alcanzan a observar un mate sin matices.

Desdibujado porque parece un asunto de segunda clase, del que no merece la pena ocuparse por irrelevante o improductivo desde el punto de vista mercantil, que viene a ser lo mismo en nuestros días. Algo que no se estima con las prisas por llegar a tiempo sin saber muy bien a dónde o para qué. Sin planes para apreciar el combinado de colores del camino. Un camino prediseñado por otros según sus propios intereses con objetivos que habría que redireccionar según los intereses de cada uno.

Sin embargo, la educación, la cultura es lo que ha rescatado al hombre de las cavernas. Sí, efectivamente, eso tan irrelevante como decir por favor o gracias ha conseguido producir nada menos que toda la civilización, ¡qué prodigio! Entonces, tenemos la responsabilidad no solo de conservarla, sino de contribuir a su crecimiento. Cada uno de nosotros tiene el cometido de aportar algo que nos enriquezca a todos, algo que no puede tenerse si no se da –dar lo que no se tiene a quien no es, que diría Lacan–, y para ello tendremos que ser capaces de soportar que otros disfruten de nuestras producciones, y hasta de que nos sobrevivan –otros y nuestras producciones–. Producir es regalar al mundo lo que no puede poseerse porque entonces no participaría del mundo. El máximo exponente de esta idea es la concepción de los hijos como miembros del mundo, y no como propiedad de los padres. Una idea muy sana tanto para los hijos, como para los padres, y para la madurez de la sociedad entera.

Hay que decir buenos días, pase o ¿le puedo ayudar en algo?, con autenticidad, no como un mantra automatizado –que también–, porque de esta manera introducimos amabilidad en la relación, lo que mimetiza al otro con el mismo tono. En un mundo amable cabe menos la hostilidad y más la complicidad; en un mundo amable las armas son las letras y las diferencias se abordan con palabras; con amabilidad se puede uno ocupar en ser amable porque –como la hostilidad– es extremadamente contagiosa, y además apetece contagiarse. No creo que haya alguien cuerdo que no se deje seducir por un ambiente amable. Pero no nos engañemos, de la misma manera se contagia la hostilidad. Entonces, habrá que elegir del lado que uno se coloca, decidir de qué se va a dejar contagiar o seducir.

Por eso es tan importante elegir concienzudamente de quién nos rodeamos, no solo para impedir contagios innecesarios, sino para evitar predicar en el desierto. Es decir, hay que ser amable con la vecina del tercero que nunca da los buenos días en la escalera, porque eso es asunto suyo, pero hay que decidir donde queremos incluir nuestras aportaciones, no vayan a caer en un territorio estéril donde no crecerían o peor, en una zona minada por la envidia que pudiera cortarnos las alas y las intenciones. Ahí no es.

La envidia y su compañera inseparable, la mediocridad son amigas íntimas de la mala educación, porque aunque he atribuido a la amabilidad los grandes logros de nuestra cultura, evidentemente hay que añadir muchos otros ingredientes a este caldo social que cocinamos entre todos cada día. Y esos ingredientes se añaden en forma de trabajo, creaciones, fantasías, deseos, amor, todos asuntos muy difíciles de digerir por los envidiosos, que harán todo lo posible porque se nos queme el guiso, no vaya a ser que pongamos en evidencia su propia ineptitud disfrutando del trabajo.

Pero no se distraigan ni se escuden en la hostilidad, la envidia o la mala educación del mundo para dejar de producir sus sueños, porque en este mundo hay sueños para todos, se trata de saber elegir aquellos que nos hagan mejores personas. Cuantos más nos coloquemos en este bando, más inclinaremos la balanza del lado de la civilización y la cultura.

Anuncios

El arte de conversar

Así se titula un libro de aforismos y otras ocurrencias del gran conversador Oscar Wilde. Y efectivamente, conversar es un arte que, como el resto, nos estructura como humanos. Claro que se puede vivir desentendidos de lo artístico, pero es una vida muy básica. Aunque algunos con problemas para subjetivar rechacen las manifestaciones de la creatividad del hombre, nuestra especie se distingue del resto justamente por esto, porque imagina, porque inventa, por eso el arte no es ajeno a ningún asunto de la vida, por simple, real y objetivo que sea.

Pero conversar, igual que pintar, escribir, tocar un instrumento o cantar, no es cualquier cosa. Es cierto que algunas personas nacen con un talento específico más desarrollado para alguna disciplina artística que otras, pero así y todo, ese talento hay que cultivarlo para que produzca rendimiento y se manifieste en todo su potencial, e igualmente puede aprenderse o descubrirse donde parecía que no había posibilidades. Si no se trabaja, cómo va a descubrirse nada. Y una forma de iniciarse en el arte de la conversación es rodearse de buenos conversadores, como todo, porque las palabras son muy contagiosas. Por eso mismo hay que alejarse de los conversadores negativos, porque se pega.

Conversar no es solo hablar o charlar, se trata de decir palabras con contenido, palabras que merezca la pena escuchar; no se trata de desear que el que habla se calle para intervenir con otra cuestión diferente o con nuestras propias vivencias, que esto, además de narcisista, es tremendamente aburrido; se trata de que si algo interrumpe el discurso, se retome el asunto sin cambiar de conversación; se trata de “con-versar”, de compartir versos, de compartir palabras. La palabra plena que decía Lacan.

Les propongo que hagan la prueba y cuando tengan la palabra en un grupo y se produzca una interrupción, esperen a ver qué pasa cuando se retome la conversación: si les piden que continúen con lo que estaban hablando, es que les estaba pareciendo interesante (o es una audiencia muy educada), si cambian de tema, o los estaban aburriendo o no son buenos conversadores, porque para conversar es tan importante saber hablar como saber escuchar.

Una conversación puede definirse como tal cuando de ella nos llevamos algo a la vez que aportamos algo a los otros, un aprendizaje, una frase, una emoción. No es necesario llevarse una gran sabiduría o tratar siempre cuestiones trascendentales, que eso también cansa, pero si nos vamos igual que llegamos, no hubo palabra plena, fue hablar por hablar.