Humo

El humo, como la niebla, puede resultar engañoso, lo mismo que el miedo, por eso pueden ser muy peligrosos si no se anda con cautela y se los atraviesa con tiento. Esa es la cuestión, mantener la serenidad para no perder el rumbo. Y también es la cuestión que para abordarlos hay que atravesarlos, no vale detenerse paralizado, ni tomar un rodeo, ni tampoco enfrentarse a ellos sin recursos, ya sea una mascarilla antigás, unos faros antiniebla o unas buenas piernas.

Y a enfrentarse a los miedos se aprende. De hecho, los miedos abstractos también se aprenden, sobre todo en la familia. Los otros no, los miedos objetivos a preservar la integridad física ya vienen incrustados en la herencia filogenética desde tiempos anteriores a la cultura. Sin embargo, los miedos subjetivos nacen con la cultura y cambian con ella: no se tenían los mismos miedos hace un siglo ni tienen los mismos los ciudadanos de todos los países. Si se teme no poder comer mañana, el miedo al efecto invernadero se coloca en otro plano.

Es cierto que muchas veces es más grande el miedo al miedo que el asunto temido en cuestión: al examen que el propio examen o a la entrevista de trabajo que la propia entrevista; igual que a la niebla, que se deshace en nada en cuanto se está atravesando. La mayoría de los miedos se deshacen en nada.

Lo mismo pasa con algunas referencias vitales cuando uno se va erigiendo en su propia referencia, cuando se crece, que no es exactamente lo mismo que cumplir años, aunque algunos años haya que cumplir para dar tiempo a la evolución. Un ejemplo fácil es el de nuestros admirados maestros cuando nos los tropezamos como achacosos abuelos nostálgicos de otros tiempos. Y no porque hayan cumplido más o menos años, que en el fondo es a lo que aspiramos todos, a envejecer lo más y lo mejor posible, sino porque detuvieron su evolución probablemente porque confundieron jubilarse con dejar de trabajar, y así no se puede vivir. Se nos deshacen como fantasmas trasnochados. Incluso pueden producir inquietud por temor a involucionar igual, como si eso fuera inherente al cumplir años, pero no es así, los años han de permitirnos evolucionar con ellos: ser joven es llegar a tener la edad que se tiene (Emilio González Martínez).

Un ejemplo más elaborado es el humo en que se convierten ciertas figuras de poder precisamente por eso, porque detrás de ellas no había nada y su espectro se deshace con solo mirar atentos. Son los vendedores de humo, la mayoría sin saberlo, creídos en sus fantasías infantiles con personajes disfrazados de adultos, pero que se quedaron enganchados entre príncipes y princesas. Figuras con identidad impostada que no soportan ya ningún cribaje. Humo, niebla.

Pero no hay que inquietarse, o quizá sí, un poco, porque el crecimiento supone soportar ciertas dosis de inquietud y cuando pasa esto es una señal de que hemos avanzado más que nuestros maestros, más que nuestros padres, y aunque esta orfandad pueda activar inseguridades inciertas, no hay nada que temer, el humo, la niebla, el miedo son nada.

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¿Y tú qué tomas? Decisiones

Alguna vez tendrás que jugártela a una sola carta, Jorge Armas

Últimamente he leído varias veces a modo de aforismo sin autoría, que yo sepa, ¿Y tú que tomas para ser feliz? Decisiones, y se me ha ocurrido que dentro de las frases lapidarias que se han puesto tan de moda en la red para colgar en el perfil sin tener que elaborarse una propia, menos lapidaria pero también más auténtica y comprometida, esta tiene su contenido.

Tomar decisiones no es tarea fácil, y eso que las tomamos continuamente sin darnos cuenta, pero son un tratamiento necesario para la vida, digamos que es incompatible con la vida no tomarlas. Claro que tomar decisiones que consideramos importantes nos asusta a todos. ¿Por qué? Aunque quizá sería mejor plantearse, ¿para qué?, el para qué de la duda.

Cualquiera diría que por miedo a equivocarse, pero entonces tendríamos que entrar a definir equivocarse. La vía fácil definiría no conseguir el resultado esperado, pero lo que se debe valorar es el camino mostrado por ese presunto error de resultado, lo aprendido en él, lo que nos ha recolocado en la posición vital que cada uno tiene que elaborarse personalmente. Porque podría ser que esa supuesta equivocación nos haya abierto alguna posibilidad antes insospechada que no le hemos atribuido oportunamente al error. Igual que las crisis, como ya he escrito en otro post, los errores también son oportunidades de crecimiento si los tomamos como caminos de aprendizaje, aunque sea para aprender cómo no queremos hacer las cosas. Es imposible hacer las cosas bien a la primera. La humanidad empezó a investigar por el método del ensayo-error, aunque es cierto que, igual que el método científico ha evolucionado bastante desde entonces, la evolución personal también tiene que avanzar más allá, pero el ensayo es una parte imprescindible en toda investigación, y en toda evolución. No probar por miedo a equivocarse es de perezosos. Abandonar la reducida zona de certezas confortables nos lleva a infinita región de las incertidumbres del crecimiento.

Entonces, podríamos cambiar el porqué del miedo al error por el para qué de la duda, y esa sí es la auténtica cuestión inconsciente. No tomar decisiones para ver si la duda se resuelve sola, que de hecho es lo que ocurre y si no decidimos otros lo harán por nosotros, normalmente de forma inconveniente a nuestros intereses, para de esa manera tener a quién atribuir la responsabilidad de los resultados. Si son malos, no es culpa nuestra, y si son buenos, no tenemos que asumir la responsabilidad derivada de ellos, que no es poca cosa. Si triunfamos en una empresa, por ejemplo al poner un negocio, tendremos que asumir la responsabilidad de este triunfo: pagar a los empleados, mantener a la familia, ofrecer un buen servicio a los clientes, aceptar que otros nos critiquen envidiosos, como probablemente nosotros también hayamos hecho antes, crecer más que nuestros padres, tener más dinero que ellos. Para muchos esto es del orden de lo insoportable.

Pero más profundo e inconsciente que todo eso está el asunto de que mientras no se toma una decisión se delira con que el tiempo no pasa, está detenido, y así se juguetea con la fantasía de la inmortalidad que todos llevamos dentro. Aunque seamos plenamente conscientes de la realidad de la muerte, en el inconsciente la idea de la propia muerte no tiene representación. Así, de repente nos damos cuenta de lo que han crecido los niños de nuestros amigos mientras nos decidimos a tener los nuestros, de que al primo lo han nombrado jefe de su departamento mientras nosotros dudamos si hacemos o no ese máster, de la estupenda casa nueva a la que se han mudado los vecinos mientras nos decidimos a ganar más dinero para comprarnos una casa mejor que en la que vivimos de niños. La cuestión es no creerse estos delirios y apostar, incluso a veces a una sola carta…

Vivir tiene eso, que nada es cierto, lo contrario de la muerte, que es todo certidumbre.

Segundos pensamientos aplicados

A propósito de lo que comenté en el post anterior, se me ha ocurrido dedicarle un segundo pensamiento a la publicidad que está triunfando en los últimos tiempos dedicada a activar la fibra sensible que, salvo algún bruto que otro, todos llevamos dentro. Me refiero a anuncios como el de la Lotería de Navidad de este año, en el que un hombre desolado porque no compró el número premiado teniéndolo tan a mano descubre no solo que sí que había un décimo para él, sino a un verdadero amigo en el colega del bar de la esquina, evidentemente, como no podía ser de otra manera en ese derroche de tópicos patrios. A ver, no hay que bajar la guardia crítica ni una milésima de milímetro o de milisegundo, sea como sea que se mida la actitud cuestionante, no se distraigan de que es un anuncio para vender lo anunciado, es decir, lotería en vísperas del sorteo más participado del año en este país. Porque a nadie se le ocurre no comprar el número del trabajo y que luego le toque a toda la peña y se vayan a vivir a algún destino paradisíaco de palmeras y cocoteros, previo envío del jefe a ese lugar a donde se suele enviar a los jefes, o el del equipo de fútbol, el de la parroquia o, por supuesto, el del bar donde se cafetea cada mañana, ¡a quién se le ocurre! Cómo negarse a comprar un número que te ofrecen, ¿y si luego toca? Así hasta la ruina, porque para que toque seguro habría que comprar de todos los números, sé que hay gente que lo intenta. Y si no, siempre nos quedará la salud, que no está mal. Como si salud, dinero y amor fueran cosas del azar, además de incompatibles, si se tiene de uno, no se tiene de la otra porque sería mucha suerte. Yo les recomendaría que apostaran en juegos más seguros como el trabajo (y no es excusa estar en el paro porque sin trabajo no se puede dejar de estarlo, hay que trabajar para encontrarlo o crearlo), el amor y el compromiso con la salud, y no dejaran los asuntos importantes en manos del azar porque además de mentira, es bastante inconveniente.

Otro anuncio interesante en este sentido secundario es el de Ikea con esos niños que escriben dos cartas, una con los regalos que les piden a los Reyes Magos y otra con lo que desearían de sus padres, esta última toda una alegoría a la necesidad de amor en forma de tiempo compartido. Pues bien, como creo que ya está todo dicho en cuanto a que los padres deben pasar todo el tiempo posible con sus hijos en aras de que estos crezcan saludables y equilibrados, esta vez me voy a colocar del otro lado, del de los padres culpabilizados por el presunto abandono de sus hijos en guarderías y colegios. Conozco a más de una madre trabajadora, y digo madre porque de los padres se espera que sean los mantenedores del hogar, que vive con una verdadera angustia culposa la separación diaria de su hijo, y valga decir que no importa mucho la edad del niño, como una mala madre que no cuida a su hijo debidamente, nada que ver a la dedicación con que su madre cuidó de ella. Anuncios como este calan en el inconsciente colectivo para reforzar este tipo de sentimientos sin que quede cabida para reflexionar en que los niños del siglo XXI han venido al mundo en una sociedad que ha cambiado respecto a la anterior, como debe ser, si no, cómo íbamos a evolucionar. Los niños de este siglo deben integrarse en una sociedad en que habitualmente los dos padres trabajan, vivan o no juntos, porque la sociedad se ha desarrollado así, la mayoría de las veces porque lo necesitan para poder pagar los gastos de la familia. Afortunadamente la mujer se ha ido incorporando al mercado laboral en igualdad de condiciones que el hombre, aunque todavía quede trabajo por hacer en este sentido, porque muchas mujeres quieren desarrollarse no solo como madres, sino también como profesionales. Lo que habría que considerar es el avance en políticas de conciliación familiar y laboral para madres y padres con hijos pequeños, de forma que el planteamiento no fuera elegir entre ser buena madre o buena profesional, sino que se pudiera ser buena en las dos cosas sin sentirse culpable y sin exigencias de mujer diez. Y menciono más a las madres que a los padres en primer lugar por razones biológicas, son las madres las que dan de mamar a los hijos, y en segundo lugar por el condicionamiento social todavía no tan trasnochado, y bastante cavernícola por otra parte ya que viene del hombre prehistórico, de que el padre es el que trabaja fuera y la madre la que cuida a los niños. Los niños, como sus padres, también tienen que adaptarse a la época que les ha tocado vivir, sanamente, como todas las adaptaciones evolutivas, no es necesario caer en la neurosis.

Entonces, adelante, no se queden con el contenido aparente de estas muestras de sensibilidad impostada, fíjense también en otras muchas que campan en la ancha red de la virtualidad. No se dejen engañar por el contenido manifiesto y búsquenle un segundo pensamiento.

De infidelidades

Siempre me ha llamado la atención lo fácil que es equivocarse al pronunciar la palabra infidelidad con la cercana infelicidad, supongo que por la contigüidad de una con la otra. Se entienden juntas porque la infidelidad como traición genera cuando menos tristeza, si no frustración y rabia. Pero la fidelidad no es un concepto natural de la especie, sino que se trata de un artificio adquirido en la evolución humana para mantener la cohesión social, que se asume como inherente y de obligado cumplimiento sin necesidad de explicitarlo en las relaciones de pareja. Aunque algunas parejas pactan vínculos abiertos en los que se aceptan relaciones externas, también habrá infidelidad en lo que se aparte de dicho pacto, porque algún pacto habrá que establecer o no habrá relación que infidelizar.

Por eso de que normalmente no se explicita el contenido del pacto en el sentido de definir a partir de qué nivel de relación con otros se puede empezar a hablar de infidelidad, a veces se cae en grotescas especulaciones que rayan lo cómico en cuanto a la unidad de medida a utilizar para definir la distancia que separó a los dos cuerpos en el momento, o momentos, de autos: metros, centímetros, milímetros, unidades negativas o kilómetros fulminados por internet… Para algunos solo se puede hablar de infidelidad si ha habido relación sexual, para otros basta una mirada libidinosa, pero en el fondo lo que importa es el sentimiento asociado al acto, incluso el asociado meramente a la fantasía infiel. De ahí la preocupación del engañado con los porqués del engaño.

Y por aquello de que se trata de un artificio cultural, hay que asumir que todos somos potencialmente infieles, así que no hay que culparse porque nos atraiga el nuevo vecino o la nueva compañera de trabajo aunque tengamos una pareja de la que nos sintamos completamente enamorados, es normal. Otra cosa es entrar en el juego de la seducción, sería de inmaduros si no nos interesa cambiar de pareja o no hemos establecido ese pacto de relación.

Es fácil ser fiel al principio de las relaciones, cuando el enamoramiento endorfínico anega la visión periférica, pero cuando las relaciones evolucionan a algo más elaborado, más del orden del amor implicado, hay que valorar la tentación de pasiones adolescentes como golosinas de absorción rápida por la pereza de trabajar en las pasiones actuales, más maduras y laboriosas, de lenta absorción pero sin duda más nutritivas. En las relaciones largas, la pasión hay que crearla todos los días, no se genera espontáneamente. Si la relación languidece, ¿a quién le amarga un dulce? Habrá que plantearse si se desea darla por terminada o se decide trabajar en ella.

Por otra parte, es una realidad que algo de celos tiene que jugarse en la pareja o si no, ¿cómo nos va a interesar alguien que no le interesa a nadie más o cómo vamos a desear algo que ya tenemos, o creemos que tenemos, y no tememos perder? No se debe abandonar el juego de la seducción después del enamoramiento, hay que repartir fichas hasta el último día, sea cual sea ese día.

Y si nos engañan, nos traicionan, nos son infieles, será inevitable que suframos por ello si estamos en-amorados, sería muy raro que no fuera así, lo que no debemos es engañarnos a nosotros mismos con que no nos importa o aquí no pasa nada, sí pasa y es una buena ocasión para el crecimiento, como todas las crisis, ya sea que decidamos continuar o concluir la relación.

Con todo esto, les propongo que cada día reserven un rato para enamorar con la pareja, y si no lo encuentran un ejercicio delicioso, háganse otros planteamientos más decididos, pero nunca, nunca se abandonen al aburrimiento, es una pérdida de tiempo.

La calidad de nuestras relaciones

Encontré hace unos días en El País Semanal un artículo interesante en la sección de psicología titulado Cuidar las relaciones y me hizo pensar que quizá se promuevan demasiado las relaciones interpersonales, imprescindibles por otra parte para la socialización del hombre, sin prestar la atención debida a la calidad de estas relaciones.

El ser humano crece en sociedad, en su relación con los otros, el individuo solo se embrutece. Así, la mayoría teme a la soledad en su estado puro, que no es lo mismo que estar solo o vivir solo, como a la peste. Y es que las personas crecemos conversando, compartiendo palabras con otros; los libros son eso, palabras de otros, la educación también nos viene de la mano de otros. Nadie puede crecer solo.

De ahí la importancia de con quién nos relacionamos, de quién tomamos esas palabras para crecer, con quién conversamos, que es mucho más elaborado que el hablar cotidiano de parloteo de pasillo. Cuidado con esto porque debemos evitar a las personas que nos roban palabras, energía, se trata de compartirlas, de un aporte mutuo al crecimiento de cada uno. Hay personas que tratan de robarnos las palabras de nuestros proyectos, de nuestras ilusiones para colocarlas revertidas en sus discursos regresivos y envidiosos, sacadas de contexto, de nuestro contexto para colocarlas donde no encajan. Por eso tenemos que elaborar nuestra propia conversación con las palabras de nuestros planes, intransferibles por definición, y añadirle palabras de otros que anden también ocupados en su crecimiento para que generen energía que pueda compartirse. Se trata de enredarnos con palabras que produzcan más, no en argumentos con cargas negativas que resten brillo a nuestras fantasías, porque creer es crear (Jorge Armas) y crear es crecer.

Las crisis

Las crisis surgen cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer, Bertolt Brecht.

Las crisis siempre son duelos por pérdidas conscientes o inconscientes de algo o alguien que amábamos, de un proyecto vital, y como en el duelo, no se superan hasta que no se acepta la desaparición, la muerte de lo que ya ha pasado. No es posible el nacimiento del futuro sin acabar con la agonía de un pasado envejecido, no se pueden concebir nuevos proyectos mientras andemos enredados en proyectos caducados.

Comprobamos que efectivamente esto es así si examinamos con perspectiva nuestras crisis superadas, porque todos pasamos períodos de crisis en nuestra evolución personal y el que piense que no, que se lo haga ver, difícilmente habrá crecido si no ha superado algunas angustias del vivir.

¿Y cuándo damos por superada una crisis? Cuando certificamos la muerte de un proyecto anterior disfuncionante, cuando nos ponemos a trabajar de nuevo, cuando trasladamos nuestra visión del pasado al futuro. Cuando recuperamos la fe. Porque tampoco se puede crecer sin creer, hay que creer en algo para poder avanzar, y lo mejor es creer en uno mismo, en nuestro trabajo.

Ahora pensemos en nuestras crisis actuales, si es el caso, y preguntémonos en qué fase estamos para ir enfocando la siguiente. Porque eso sí, mejor no saltarse ninguna fase, que son fisiológicas y por algo están ahí, o nos quedarán capítulos pendientes, trabajo sin hacer. Los duelos también se elaboran con trabajo. Pero trabajo con perspectiva, con objetivos, con un plan, si no daremos palos de ciego, o nos quedaremos asentados rumiando en un pasado ya estéril pensando que trabajamos cuando en realidad estamos agotados destrabajando, que es como trabajar en marcha atrás.

Y además insistir, no abandonar al primer obstáculo, sin tampoco obstinarse en un plan que no funciona, puede que por imposible o porque lo hemos planteado mal. En ese caso tendremos que revisarlo y reorientarlo, quizá incluso abandonarlo del todo y definirlo de nuevo. Además de no cerrar nuestras posibilidades centrándonos en lo que no podemos, sino en aquello que tenemos para poder, en nuestras destrezas.

A esto se ha puesto de moda llamarlo resiliencia: capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas. En esta época de macro-microcrisis con aspecto infinito, ocupémonos de nuestros asuntos con resiliencia, con diligencia. Actuar localmente tiene efectos globales, siempre, es pura física, no sé si todavía de física cuántica, será cuestión de tiempo pasar de cuantificar a cualificar, a pensar, a subjetivar. El ser humano es así, pura cualidad, la cantidad es solo el envoltorio.

Error evolutivo

Dicen que rectificar es de sabios y, evitando vaciar la frase en el consuelo fácil, ciertamente es así, sin error no hay avance, el error es lo que nos permite evolucionar. ¿Cómo si no aprenden a caminar los niños?, cayéndose, pero ojo, y levantándose de nuevo una y otra vez, las que haga falta, hasta aprender, hasta hacerlo perfecto, y luego no parar de caminar durante toda la vida. También así se aprende a hablar, probando, escuchando, repitiendo y no parando. Nunca terminaremos de decirlo todo, tampoco de caminarlo todo, seguro que nos moriremos con algo pendiente, con algo por hacer o por decir, aunque tengamos cien años. El que diga que ya se puede morir en paz porque lo tiene todo hecho, ese se murió ya.

El método ensayo-error lo aprovecha la ciencia del que empleamos todos los días en aprender a vivir, probando, equivocándonos y vuelta a probar de otra manera, aprendida la lección anterior, que si no es un desperdicio. Muchos métodos ya están inventados y no tenemos que inventarlos de nuevo, podemos aprovechar lo que ya han investigado otros, o nosotros mismos en otra ocasión, así hacen los científicos. Sería absurdo empezar siempre de cero, pretender crear siempre un método nuevo sin aprovechar lo que ya sabemos o lo que ya tenemos, lo que hemos aprendido de otros. Una pretensión tan inoperativa como patológica.

Probar, errar, insistir hasta saber. Recordar lo que aprendimos, repetir lo que queremos y reelaborarlo todo continuamente.

La vida funciona como el sistema inmunológico, que solo reconoce aquello que lo hace reaccionar la segunda vez que contacta, la primera vez lo aprende. Así funcionamos también los humanos, casi nunca hacemos las cosas bien a la primera, tenemos que ensayar. Por eso el que no ensaya, el que no arriesga, pues no investiga y, entonces, nada aprende y sabrá cada vez menos. Y que no piense que por eso arriesga menos, no, lo que hace es colocar sus ensayos, sus investigaciones en las manos de otros y eso puede ser muy perjudicial para los intereses de cada uno, incluso peligroso. Si no arriesgamos no sabremos hasta dónde podríamos llegar, que siempre es más lejos de lo que imaginamos sin trabajar. Si no arriesgamos, ¿cómo nos vamos a construir una vida mínimamente interesante?, acorde a nuestros intereses.

Entonces, lo que habría que definir es qué es equivocarse, ¿aprender una manera en la que no nos interesa hacer algo? ¿Y cómo vamos a saberlo sin hacerlo? Lo sabremos después.

Cuando debamos tomar una decisión importante y temamos equivocarnos, no permitamos que la indecisión nos paralice, lo que también es una decisión, revisemos nuestra experiencia y la de otros que hayan investigado en la misma línea, hagamos caso a nuestros deseos y adelante con el ensayo. Puede que no salga a la primera, de hecho es muy probable, pero aprenderemos incluso de las formas de cómo no hacerlo y creceremos con la experiencia.

Como diría Umbral, el talento, en buena medida, es una cuestión de insistencia.