Medicina Psicosomática II: Somática

Lo que ya no es tan frecuente en Medicina, aunque me gusta creer que algunos médicos con planteamientos más elaborados empiezan a pensarlo de esta manera, es que se consideren psicosomáticas enfermedades con evidente afectación orgánica, evidente desde las pruebas complementarias que muestran alteraciones histológicas, radiológicas o analíticas. Por lo menos escucho a algunos tener en cuenta la posibilidad de que el factor psíquico contribuya al curso evolutivo de la enfermedad. Me refiero a procesos como las enfermedades inflamatorias intestinales, la úlcera péptica, los procesos reumáticos, cardiovasculares tales como la hipertensión arterial o incluso el infarto agudo de miocardio, algunas enfermedades neurológicas, la mayoría de las dermatológicas y muchas del sistema endocrino o del aparato respiratorio, por mencionar quizá las más gráficas.

Aunque para algunos autores, el propio Freud lo mencionó en algunos de sus escritos, hasta los accidentes serían psicosomáticos si los pensamos como actos fallidos inducidos desde el inconsciente, de momento no voy a proponer enfoques tan abstractos.

Una paciente de veintiocho años de mi cupo está diagnosticada de colitis ulcerosa desde hace dos años mediante biopsia con los cambios anatomopatológicos propios de la enfermedad y clínica compatible. La paciente estaba diagnosticada previamente, desde su adolescencia de colon irritable, por lo que podría pensarse que la clínica de ambas enfermedades se habría superpuesto y retrasado el diagnóstico de la enfermedad inflamatoria intestinal. No lo sabemos porque no se hizo biopsia previa con la que poder comparar. Sin embargo, la paciente relaciona de forma clara el inicio de la enfermedad, digamos el primer brote de colitis a raíz del cual se inició el estudio, con una crisis familiar importante ocurrida hace dos años. Incluso relaciona los brotes con crisis personales sucesivas, de hecho, se encuentra tan ansiosa por diversas circunstancias vitales que refiere que ella vive en un brote continuo. En la visita de seguimiento al Servicio de Digestivo, la doctora que la atiende le prescribió un corticoide para que lo tomara en caso de que le apareciera un brote, a lo que la paciente comentó que ella vive en un brote continuo, así que la doctora le prescribió el corticoide para tres meses y la citó para nueva valoración transcurrido ese periodo. Perfecto, este es el proceder que indican las Guías de Práctica Clínica, pero en el caso individual de esta paciente, como en todos los otros casos individuales de todos los pacientes atendidos por todas las especialidades de la Medicina –cada caso es siempre individual–, ¿no se tratará de un brote originado más allá del colon? Así lo cree la propia paciente. ¿Podría pensarse un retraso en el diagnóstico dada la clínica previa de colon irritable o esta cuestión estaría más del lado de que esta paciente, de enfermarse, no podía ser de otro órgano diferente a los intestinos, porque es en ese órgano donde ella somatiza su malestar? De momento no hay evidencia científica en este sentido, aunque sí se ha mostrado evidente para los clínicos la relación directa entre el estrés emocional y los brotes de este tipo de enfermedades inflamatorias. Pero si vamos un poco más allá y consideramos estos brotes relacionados con algún malestar sin elaborar por la vía psíquica, ¿cuál sería el lugar idóneo para remitir a esta paciente? ¿La Unidad de Salud Mental? Desde mi experiencia, y evitando generalizaciones injustas, los psiquiatras y psicólogos no están habitualmente formados para el manejo de la enfermedad psicosomática, mucho menos cuando existe una afectación orgánica comprobada. Si no, me remito al caso que señalé antes de la paciente con dolor crónico y estenosis del canal lumbar sumida en una profunda depresión, de la que el dolor no le permitía salir porque la depresión se alimentaba de él parasitándose mutuamente hasta la aniquilación.

En realidad, si lo pensamos bien, ¿puede haber algún padecimiento que no sea psicosomático? ¿Acaso existe una enfermedad orgánica aislada del componente psíquico o alguna enfermedad de la mente que no toque al cuerpo?

Esta cuestión también se plantea del lado de los pacientes. Si bien es cierto que a muchas personas les cuesta aceptar el componente psíquico de su malestar, y por tanto la responsabilidad personal implicada en el proceso de enfermar, por otra parte imprescindible en la transformación necesaria para sanar, también es cierto que a veces los pacientes no se conforman con una explicación exclusivamente orgánica, aunque puedan no manifestarlo de forma consciente. Varias pacientes controladas por trastornos tiroideos en el Servicio de Endocrinología –trastornos más frecuentes en las mujeres– me han planteado la misma pregunta, si su enfermedad no podría tener que ver con los nervios. Me dicen que se lo han comentado al especialista y este les ha contestado que los nervios no tienen nada que ver, pero ellas creen que sí influyen. Siempre les devuelvo la pregunta de si lo relacionan con alguna circunstancia en particular y me suelen contestar con alguna atribución a un episodio o situación personal concretos.

Las personas a las que los aspectos psíquicos de su enfermedad se les muestran más aparentes, en general resultan abordables de manera más sencilla desde las psicoterapias, por lo que de no hacerlo de inicio, se desperdicia la oportunidad de tratar de evitar la organización del proceso psicosomático hasta establecerse de manera irreversible. La oportunidad de dejar de hablar con el cuerpo para ponerle palabras a las angustias del alma.

Aceptar la responsabilidad de lo que pasa en la vida, de lo que se hace con ella como un asunto de cada individuo no es tarea fácil. Lo sencillo es atribuir todos los males a causas externas, para las enfermedades, a la herencia o a la mala suerte, en cualquier caso, responsabilidad de otros, de los médicos. Quizá de ahí surja el estigma de los tratamientos psí, porque visualizan el problema del lado de cada uno. También la solución.

Más aun, no es un hecho aislado que los médicos depositen en cualquier anomalía menor mostrada de las pruebas complementarias la explicación a los síntomas que presenta un paciente, así también es más sencillo explicárselo: se etiqueta el padecimiento con un diagnóstico específico y acallamos la angustia escondida en el síntoma. La angustia del paciente y la angustia a la incertidumbre del médico. De momento… Con el tiempo el síntoma reaparecerá, con frecuencia serán síntomas del mismo aparato, del mismo orden, de la misma esfera, como si cada persona tuviera una particular manera de simbolizar en el cuerpo, y entonces la explicación ya no podrá ser tan directa.

Un caso típico es el de la mujer joven o de mediana edad que consulta por astenia y caída del cabello; suelen solicitar un análisis por si tienen anemia o hipotiroidismo, porque ya en una ocasión anterior cuando consultaron por síntomas idénticos les apareció alguna anomalía de esta índole en el análisis de sangre. Podría aparecer efectivamente en el resultado del laboratorio una discreta anemia o una mínima hipofunción tiroidea que no justificaría en cualquier caso los síntomas. Si por simplificar o por pereza explicamos los síntomas aparentemente psicógenos como derivados de las alteraciones reflejadas en los análisis, ¿qué explicación le daremos a la persistencia de los síntomas una vez corregidas esas anomalías? De hecho, no es infrecuente que persista la astenia una vez normalizados los controles de hormonas tiroideas en pacientes con hipotiroidismo clínico, lo que demuestra que no solo de bioquímica vive el hombre.

Por otra parte, adentrados en la influencia psíquica en la enfermedad orgánica, se podría plantear qué fue primero, el conflicto psíquico o la afectación orgánica, es el cáncer el que deprime a los pacientes o es la depresión la que produce cáncer. Descartada la idea de la psicogénesis como causa de la enfermedad del cuerpo, en el sentido de una hipótesis causa-efecto simplista, el planteamiento sería que la enfermedad siempre afecta de manera holística a la persona, no es posible la afectación aislada de una parte del cuerpo sin intervención de la mente, ni del alma sin que duela el cuerpo. En palabras del Dr. Luis Chiozza en el reciente Congreso de la Sociedad Española de Medicina Psicosomática de Sevilla, sería como preguntarse qué fue primero, el rayo, que viaja a la velocidad de la luz, o el trueno, que viaja a la velocidad del sonido. Está claro que no se trata de fenómenos sucesivos.

Un hombre se enferma porque se oculta a sí mismo una historia cuyo significado le es insoportable. Su enfermedad, además, es una respuesta simbólica que procura, inconscientemente, alterar el significado de la historia, o lo que es lo mismo, su desenlace. En “¿Por qué enfermamos? La historia que se oculta en el cuerpo”, de Luis Chiozza.

Vivir de las rentas

Vivir de las rentas está desenfocado. En general nos imaginamos a alguien que vive sin trabajar, lo que es en sí mismo una contradicción por incompatible con la vida, o si lo fantaseamos para nuestro futuro, lo pensamos de la misma forma, sin dar palo al agua más que para comprobar que el banco nos ingresa cada mes los dividendos de lo invertido. Pero si esta situación fuera posible, crearla exenta trabajo sería un desperdicio.

Voy a plantear otro enfoque del vivir de las rentas, que en principio se define de la misma manera, vivir del resultado de nuestro trabajo, pero con amplios matices. Si la situación que comenté al principio consiste en vivir sin trabajar, esta nueva matizada consiste en trabajar a partir del trabajo previo, en utilizar lo que hemos conseguido en la vida para producir más, en realidad se trata de aprovechar el trabajo realizado para trabajar más.

Claro que estoy refiriéndome no solo al trabajo regulado por un contrato de tiempo por dinero, como son los contratos de trabajo, y que nadie se confunda, si piensan otra cosa están incumpliendo el contrato. El contrato de trabajo se incumple tanto si se abandona el puesto de trabajo antes del horario pactado como si se hace después, tanto si se ocupa el horario laboral en resolver cuestiones personales como si se ocupa el tiempo en casa para asuntos profesionales si no está contratado ese tiempo. Lo mismo que es una trasgresión del pacto implicar un componente emocional en las relaciones laborales que seguro no está contemplado en la redacción del contrato, podrán crearse relaciones personales a partir de las laborales, pero tendrán que construirse en otro horario.

Pues no solo me refiero a ese trabajo, que también, debemos ser los mejores profesionales que seamos capaces en nuestro territorio laboral, sino que me refiero al trabajo como producción, al que nos hace crecer, y de este no podemos ni debemos desprendernos o nos confinaremos a un sinvivir vegetativo, da igual que se conserve la respiración y el pulso si no se utiliza para irrigar neuronas. Hay trabajo que hacer hasta el último día de nuestra vida, hasta el último aliento que nutra a una de nuestras maravillosas neuronas. Es una cuestión de responsabilidad, podría decirse que hasta estamos obligados como miembros de nuestra especie. Sin trabajo, ¿cómo vamos a mejorar la sociedad? Lo que hace evolucionar la cultura son las producciones humanas, si no, estamos condenados a la vida salvaje en la sinrazón.

Se escucha muchas veces decir a personas que están atravesando una crisis personal que se plantean la salida de esa situación con un “borrón y cuenta nueva”, “comenzar de cero”, quizá confundiendo dar un giro al rumbo de su vida para reorientarse con empezarlo todo otra vez. Pero sería un derroche tirar a la basura el trabajo realizado durante mucho tiempo para reiniciarse. Es conveniente decidir un punto de partida que esté en el rango positivo, por lo menos a partir de uno, y revisar desde ahí, utilizando lo aprovechable de lo que ya se tiene, de lo que se ha logrado hasta ese momento, siempre lo hay. Incluso puede haber aspectos que se consideren no tan positivos y que puedan reconvertirse trabajándolos, así que no se pueden descartar. Ese reinventarse que está en boca de todos en estos momentos de crisis social no debe pensarse desde la nada, todos los inventores aprovechan lo que ya ha sido inventado por otros para progresar, incluso lo que haya podido ser inventado por uno mismo. Quizá empezar de cero oculte la fantasía omnipotente de no depender de otros, ni siquiera de otro yo anterior, pero nadie puede vivir independiente de forma absoluta, dependemos de otros hasta para respirar: el aire es un otro compartido y global. Nos creamos en relación con los demás y crecemos en la medida en que somos capaces de hacer crecer estas relaciones.

Se trata de vivir de las rentas, de los dividendos de nuestros logros y fracasos, que de ambos se aprende, aunque sea la manera de no repetirse o de repetirse distinto, si fuera el caso. Vivir a partir de lo vivido, no de lo sin vivir, o vivir de lo por venir, el presente elaborado desde un futuro fantaseado antes: el porvenir de una ilusión.

La incultura del miedo

El miedo es una de las sensaciones humanas más primitivas que nos ha permitido la supervivencia en entornos hostiles, que son de todos los tiempos, al protegernos de peligros externos que pudieran amenazar nuestra vida. Sin miedo nos moriríamos nada más poner un pie en la calle atropellados por un conductor también sin miedo. El miedo es automático, preconsciente, alimentado por situaciones similares vividas en la evolución del hombre y trasmitidas entre generaciones. Hay algunos miedos generales para todas las sociedades y culturas, como el miedo a la oscuridad o a las serpientes, y otros más específicos relacionados con determinados ambientes, como al castigo divino en comunidades muy religiosas. El miedo prepara para la lucha o para la huida, según convenga, y aparece incluso en los animales superiores del lado del instinto.

Lo que no es protector es la angustia, que es miedo a nada, o a no se sabe qué, como ya he comentado en otro post. La angustia es del orden de lo inconsciente, aunque se le quiera hacer alguna atribución tranquilizadora a modo de excusa, porque el miedo sin objeto resulta realmente angustiante. Por ejemplo, tener miedo a quedarse en paro con un contrato fijo en una empresa próspera, o a que se muera alguien querido que ni siquiera está enfermo. Son miedos irracionales que tienen que ver con otra cosa que habría que investigar.

Desde aquí, algunos autores como Chomsky, proponen la cultura del miedo promovida por los medios de comunicación masiva como una estrategia de manipulación de las estructuras del poder político-económico con el fin de controlar a la población; para otros se trataría de un simple devenir natural de la sociedad solo modificable desde la educación. Sea como fuera, y sin tener que recurrir a la Historia, lo cierto es que cualquiera de nosotros que tenga cierta edad podrá revisar los miedos que han atemorizado al mundo en los últimos tiempos: desde la guerra fría a las crisis del petróleo, de la pandemia de SIDA a la de gripe A o a la reciente del Ébola, desde el terrorismo local al multinacional, del paro a la reconversión personal. Crisis que hemos ido superando con mayor o menor coste personal, pero que no dejan inmunidad para no temer a la siguiente.

Estrategia deliberada o evolución natural, no debemos dejar de ver los árboles entre el bosque: no hay que dejarse distraer con desgracias puntuales o tragedias particulares como si estuvieran a punto de generalizarse haciendo brotar una emotividad que anula el entendimiento crítico. Ya saben, dedicarles un segundo pensamiento, una vuelta reflexiva que evite la alienación. Ni dejarse atemorizar por previsiones apocalípticas, por aquello tan sabio de que si no podemos hacer nada para evitarlo, para qué preocuparse, y si podemos hacer algo, ¿qué hacemos preocupándonos en vez de trabajar?

Trabajar, esa es la cuestión, ocuparnos de nuestros asuntos particulares, aquellos que corresponden a nuestra área de influencia, es la mejor manera de mejorar el mundo. Si nos dedicamos profesionalmente a ayudar a los demás, pues ahí es donde tenemos que ejercer nuestra influencia. Si nos dedicamos a otra cosa, pues mejorémonos a nosotros mismos que eso se contagia.

Pongo un ejemplo muy extendido en las redes, por no entrar en asuntos de actualidad más trascendentales y complejos. Me refiero a esas cadenas que circulan enredadas mediante las que con un solo click supuestamente se colabora con alguna causa benéfica. A mí me dejan un regusto algo hipócrita, como para acallar conciencias. Si uno es activista, pues adelante, a trabajar en ello con implicación y dedicación, pero si uno no lo es, pues a trabajar en sus actividades sin complejos, colaborando en lo que pueda para ayudar a los que tiene cerca, que es la forma del activismo local.

Y ¿cómo evitar este miedo generalizado y contagioso? Miedo a todo, miedo a moverse, miedo a vivir para no morir. Pues mediante la cultura y la educación: leyendo, conversando, en el cine, el teatro, la música, las artes plásticas, el conocimiento científico y todas las manifestaciones culturales que tantos grandes hombres han creado a lo largo de la Historia. De hecho es una responsabilidad de cada generación no solo trasmitir este conocimiento, sino hacer nuevas aportaciones que lo enriquezcan.

Y con todo esto, criticar, criticar y criticar sin parar, así le crecen los hijos a los padres.

De infidelidades

Siempre me ha llamado la atención lo fácil que es equivocarse al pronunciar la palabra infidelidad con la cercana infelicidad, supongo que por la contigüidad de una con la otra. Se entienden juntas porque la infidelidad como traición genera cuando menos tristeza, si no frustración y rabia. Pero la fidelidad no es un concepto natural de la especie, sino que se trata de un artificio adquirido en la evolución humana para mantener la cohesión social, que se asume como inherente y de obligado cumplimiento sin necesidad de explicitarlo en las relaciones de pareja. Aunque algunas parejas pactan vínculos abiertos en los que se aceptan relaciones externas, también habrá infidelidad en lo que se aparte de dicho pacto, porque algún pacto habrá que establecer o no habrá relación que infidelizar.

Por eso de que normalmente no se explicita el contenido del pacto en el sentido de definir a partir de qué nivel de relación con otros se puede empezar a hablar de infidelidad, a veces se cae en grotescas especulaciones que rayan lo cómico en cuanto a la unidad de medida a utilizar para definir la distancia que separó a los dos cuerpos en el momento, o momentos, de autos: metros, centímetros, milímetros, unidades negativas o kilómetros fulminados por internet… Para algunos solo se puede hablar de infidelidad si ha habido relación sexual, para otros basta una mirada libidinosa, pero en el fondo lo que importa es el sentimiento asociado al acto, incluso el asociado meramente a la fantasía infiel. De ahí la preocupación del engañado con los porqués del engaño.

Y por aquello de que se trata de un artificio cultural, hay que asumir que todos somos potencialmente infieles, así que no hay que culparse porque nos atraiga el nuevo vecino o la nueva compañera de trabajo aunque tengamos una pareja de la que nos sintamos completamente enamorados, es normal. Otra cosa es entrar en el juego de la seducción, sería de inmaduros si no nos interesa cambiar de pareja o no hemos establecido ese pacto de relación.

Es fácil ser fiel al principio de las relaciones, cuando el enamoramiento endorfínico anega la visión periférica, pero cuando las relaciones evolucionan a algo más elaborado, más del orden del amor implicado, hay que valorar la tentación de pasiones adolescentes como golosinas de absorción rápida por la pereza de trabajar en las pasiones actuales, más maduras y laboriosas, de lenta absorción pero sin duda más nutritivas. En las relaciones largas, la pasión hay que crearla todos los días, no se genera espontáneamente. Si la relación languidece, ¿a quién le amarga un dulce? Habrá que plantearse si se desea darla por terminada o se decide trabajar en ella.

Por otra parte, es una realidad que algo de celos tiene que jugarse en la pareja o si no, ¿cómo nos va a interesar alguien que no le interesa a nadie más o cómo vamos a desear algo que ya tenemos, o creemos que tenemos, y no tememos perder? No se debe abandonar el juego de la seducción después del enamoramiento, hay que repartir fichas hasta el último día, sea cual sea ese día.

Y si nos engañan, nos traicionan, nos son infieles, será inevitable que suframos por ello si estamos en-amorados, sería muy raro que no fuera así, lo que no debemos es engañarnos a nosotros mismos con que no nos importa o aquí no pasa nada, sí pasa y es una buena ocasión para el crecimiento, como todas las crisis, ya sea que decidamos continuar o concluir la relación.

Con todo esto, les propongo que cada día reserven un rato para enamorar con la pareja, y si no lo encuentran un ejercicio delicioso, háganse otros planteamientos más decididos, pero nunca, nunca se abandonen al aburrimiento, es una pérdida de tiempo.

Tiempo de preguntas

Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas. Mario Benedetti.

Esta frase de Benedetti podría venir a explicarnos lo que ha tratado de justificarse de múltiples maneras: la crisis de los cuarenta, que en estos tiempos cada vez más longevos podría trasladarse la cincuentena, aunque en realidad no se trata de una cuestión de edad cronológica, sino más bien del agotamiento de un proyecto vital. Ha tratado de explicarse en la mujer, por ejemplo, por la finalización de sus funciones maternales cuando los hijos abandonan el hogar o por la menopausia, y en el hombre por el inicio fisiológico del declive de su masculinidad, entre otras posibilidades. A lo que no suele atribuirse este asunto es a que hacia la mitad de la vida el proyecto vital planteado en la juventud, generalmente laboral y familiar, ya sea por haberlo logrado o por darlo por descartado, ya ha concluido. Además, en estos tiempos de crisis global, estas cuestiones se plantean de una forma más manifiesta, incluso en algunos casos de manera dramática por la pérdida del trabajo de toda la vida o una ruptura familiar.

Y es que habitualmente no se dedica ninguna planificación al proyecto para la segunda mitad de la vida, cada vez más larga, como si a partir de ahí ya no hubiera nada nuevo que aportar. Quizá porque para ese período no hay referencias sociales como las del primero. En la juventud se tiene más o menos claro, aunque sea por una inercia no pensada, a lo que uno se va a dedicar, la familia que quiere tener, la casa donde desea vivir… ¿Pero luego qué? Pues habrá que ser más creativo, habrá que inventar el proyecto individualizado al que cada uno quiera dedicar los años que le queden y en los que ya no tendrá que preocuparse por criar a los hijos, pagar la casa, competir por su trabajo o su pareja o tratar de caerle bien a todo el mundo. Un periodo de la vida al que no se tiene en la estima debida y se piensa como una fase de declive involucionista e inevitable en el que no hay otras posibilidades más activas.

Pero esto no es cierto, lo que sí es nuevo. Concluidas las funciones que una vez consideramos que eran nuestra misión en este mundo, sería muy perezoso e improductivo no aprovechar esa etapa más madura y serena en la que podemos aplicar todo lo que hemos aprendido antes para disfrutarlo ampliamente y utilizarlo para conseguir más: más sabiduría, más cultura, más amor, más de todo y especialmente, más de uno mismo.

Una etapa para hacerse nuevas preguntas y dedicarse tranquilamente a elaborarles respuestas, sabiendo de antemano que morirá sin contestarlas todas y que además no le importará.

Las crisis

Las crisis surgen cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer, Bertolt Brecht.

Las crisis siempre son duelos por pérdidas conscientes o inconscientes de algo o alguien que amábamos, de un proyecto vital, y como en el duelo, no se superan hasta que no se acepta la desaparición, la muerte de lo que ya ha pasado. No es posible el nacimiento del futuro sin acabar con la agonía de un pasado envejecido, no se pueden concebir nuevos proyectos mientras andemos enredados en proyectos caducados.

Comprobamos que efectivamente esto es así si examinamos con perspectiva nuestras crisis superadas, porque todos pasamos períodos de crisis en nuestra evolución personal y el que piense que no, que se lo haga ver, difícilmente habrá crecido si no ha superado algunas angustias del vivir.

¿Y cuándo damos por superada una crisis? Cuando certificamos la muerte de un proyecto anterior disfuncionante, cuando nos ponemos a trabajar de nuevo, cuando trasladamos nuestra visión del pasado al futuro. Cuando recuperamos la fe. Porque tampoco se puede crecer sin creer, hay que creer en algo para poder avanzar, y lo mejor es creer en uno mismo, en nuestro trabajo.

Ahora pensemos en nuestras crisis actuales, si es el caso, y preguntémonos en qué fase estamos para ir enfocando la siguiente. Porque eso sí, mejor no saltarse ninguna fase, que son fisiológicas y por algo están ahí, o nos quedarán capítulos pendientes, trabajo sin hacer. Los duelos también se elaboran con trabajo. Pero trabajo con perspectiva, con objetivos, con un plan, si no daremos palos de ciego, o nos quedaremos asentados rumiando en un pasado ya estéril pensando que trabajamos cuando en realidad estamos agotados destrabajando, que es como trabajar en marcha atrás.

Y además insistir, no abandonar al primer obstáculo, sin tampoco obstinarse en un plan que no funciona, puede que por imposible o porque lo hemos planteado mal. En ese caso tendremos que revisarlo y reorientarlo, quizá incluso abandonarlo del todo y definirlo de nuevo. Además de no cerrar nuestras posibilidades centrándonos en lo que no podemos, sino en aquello que tenemos para poder, en nuestras destrezas.

A esto se ha puesto de moda llamarlo resiliencia: capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas. En esta época de macro-microcrisis con aspecto infinito, ocupémonos de nuestros asuntos con resiliencia, con diligencia. Actuar localmente tiene efectos globales, siempre, es pura física, no sé si todavía de física cuántica, será cuestión de tiempo pasar de cuantificar a cualificar, a pensar, a subjetivar. El ser humano es así, pura cualidad, la cantidad es solo el envoltorio.

Del miedo a la angustia

En estos tiempos que corren en que parece que se ha instalado la cultura del miedo al miedo, miedo a todo a la vez que un pretendido miedo a nada, se me ocurrió hacer algunas matizaciones respecto a ese todo o nada, que vienen a ser lo mismo.

El miedo es inherente al ser humano, nos ha permitido la supervivencia desde los tiempos primitivos, plagados de peligros externos reales, hasta hoy en día en que tampoco sobreviviríamos si no tuviéramos miedo a cruzar una calle sin mirar si vienen coches, miedo a que nos atraquen en un callejón oscuro e incluso a que nos despidan del trabajo si sabemos que hay un ERE en ciernes. Estos son miedos sanos, protectores, previsores, preparan al cuerpo para la lucha o la huida. Pero en el lenguaje cotidiano se tiende a llamar miedo a lo que en realidad es angustia. La angustia es el miedo sin objeto. Aunque en realidad siempre tiene objeto, lo que pasa es que es inconsciente, tenemos miedo pero no sabemos a qué y esto resulta bastante intolerable. Y como es bastante intolerable se tiende a depositar la angustia en algún sitio y entonces se pasa a tener miedo a las arañas, a las serpientes, a volar o a la oscuridad. En casos extremos estos miedos desplazados se convierten en fobias que según a qué se atribuyan pueden acabar siendo muy incapacitantes. Por ejemplo, si se tiene fobia a las serpientes pero se vive en un lugar donde no hay serpientes, pues con dejar de verlas en la televisión es suficiente, pero si se tiene miedo a volar y es necesario viajar en avión por una propuesta laboral interesante, dejar de hacerlo sí que puede ocasionar un perjuicio considerable. Sin llegar a la categoría de estas fobias tan manifiestas, lo más común es colocar la angustia buscando como excusa cualquier mínima incomodidad diaria: me enfado con el conductor que va delante porque tengo prisa y se tarda más de tres milisegundos en arrancar el coche del semáforo, con la vecina de arriba porque el sonido de su música a media tarde me saca de mis rumiantes pensamientos, o con mis compañeros de trabajo porque nunca hacen las cosas tan perfectamente como yo las haría. Así, se vive en un continuo malestar atribuido a causas externas, un malestar desresponsabilizado, pero ojo, que solo podemos modificar aquello de lo que nos hacemos responsables, y nuestras angustias vitales son de nuestra entera responsabilidad.

El miedo es protector, la angustia es paralizante. El miedo al futuro, que más que miedo es angustia, a lo que podría ocurrir, siempre pensado en términos negativos, nos aparta de vivir el presente, de disfrutar el aquí y ahora que en definitiva es todo lo que con seguridad tenemos. Pero también nos protege de vivir las angustias que siempre están en el presente como presentificaciones del pasado, como alucinaciones del futuro. Claro que si no le ponemos objeto a nuestros miedos angustiantes, ¿cómo pensamos encararlos? Nada puede enfrentarse si no está presente, así que habrá que ponerle cara, palabras, a esa nada, o a ese todo que es lo mismo, para poder asignarle verbos presentes, palabras en acto, en presente continuo.

Familia y crisis económica

El papel de padres y abuelos ante los efectos de una crisis persistente

En el mundo está la familia, en la familia no está el mundo, “Nuestras cosas de todos los días”, Emilio González Martínez.

La familia está en crisis, mejor, la familia está en la crisis, la crisis está en la familia, ha llegado a la familia.

La familia se establece como la estructura social básica a partir de la cual todos nos desarrollamos como individuos, como adultos autónomos y productivos, o así debería ser, un lugar para crecer: enseñar es dejar aprender.

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