La narrativa de la psicosomática

Una historia clínica clásica, detallada y rigurosa, con la secuencia cronológica de los acontecimientos clínicos sufridos por el sujeto ordenados de manera exhaustiva, en realidad no es más que un conjunto de datos que aportan información incompleta al auténtico proceso patológico del paciente, y por tanto a sus verdaderas motivaciones para vivir y morir, así como para enfermar en ese camino.

Si esto es así para todas las enfermedades, en la enfermedad psicosomática –y habría que considerar si existe alguna que no lo sea– la historia del sujeto, su narración se convierte en el instrumento imprescindible para poder ayudarlo. El paciente sabe, o mejor, no sabe que sabe, el momento exacto de su biografía en el que se desencadenó su cuadro clínico actual. Si conseguimos enlazar su historia vital con su historia patológica, habremos iniciado el camino de la mejoría. En medicina psicosomática, la narración de los acontecimientos clínicos ligados a los biográficos nos aportará las claves que, si sabemos descifrarlas, nos permitirán modificar el curso de la enfermedad. Se trata de interpretar el sentido de los síntomas, expresados en un lenguaje encriptado propio de cada individuo, para que sea capaz de permitirse dejar de hablar con el cuerpo y ponerle palabras a su padecimiento.

Integrar dos significaciones contradictorias, cuya incongruencia se manifiesta como un conflicto que genera sufrimiento, implica siempre trascenderlas en una unidad de sentido distinta y más amplia. En palabras del psicoanalista Luis Chiozza de su libro “¿Por qué enfermamos? La historia que se oculta en el cuerpo”.

Sara sabía que no podía ver desde que no quería saber que dio a luz un hijo autista hacía cuatro años. No sabía que lo sabía, no lo había interiorizado, aunque se lo habían dicho hasta en la calle. ¿Cómo iba a recuperar la visión si no se la escuchaba para que dijera lo que no podía?

Antonia había sufrido un traumatismo lumbar leve hacía un mes. Aunque en las radiografías no aparecía ninguna fractura, ella insistía en que tenía dolor y se encontraba muy mal. El marido matizó en la entrevista la preocupación de su mujer porque su madre falleció a los pocos días de una caída similar. ¿Se trata simplemente de temor a repetir la historia o quizá no haya elaborado el duelo por la madre? Habrá que escucharla.

¿Pero qué podemos hacer por estos pacientes? Este es el gran reto, ¿cómo podemos ayudarlos a mejorar? Pues escuchándoles las palabras que le ponen a su sufrimiento, pero sobre todo escuchándoles las que no son capaces de decir, las que ahogan porque prefieren enfermar que afrontar el conflicto vital que dio origen a su padecer. Escuchándoles las que dicen hasta conseguir que las enlacen con las que no dicen para poder nombrar lo innombrable y completar los huecos que han rellenado con silencio, y en este encadenamiento remontar hasta el momento, la mayoría de las veces olvidado, en que se inicia el proceso patológico. Así, cuando se pregunta ¿desde cuándo tiene ese dolor en la espalda? Y contestan, desde hace dos años, y ¿qué pasó hace dos años? Nada, doctor, en casa todo está bien, y en el trabajo también, si no tengo problemas, lo único es este dolor en la espalda que no se me va con nada… Todo esto dicho con cara de aflicción, aunque insistiendo en que su vida marcha muy bien. Por ahí hay que seguir hablando, ¿qué pasó hace dos años que le partió el espinazo, o qué se echó a la espalda, o quién le clavó un puñal por detrás?

Las clásicas preguntas hipocráticas no han perdido vigencia: ¿qué le pasa? ¿Desde cuándo? Y ¿a qué lo atribuye?

Para ayudar a estos pacientes, en realidad para ayudar a todos nuestros pacientes, los profesionales de la salud tenemos que abrir nuestra mente a sus palabras para escucharlos sin prejuicios, sin que intervengan nuestros propios valores vitales, y aceptar que las enfermedades psicosomáticas no son solo aquellas en las que no encontramos lesión orgánica, como entiende la medicina más cientificista, sino que las emociones mal tramitadas también producen alteraciones en el cuerpo. Las enfermedades que no tienen afectación orgánica no son enfermedades simuladas, el sufrimiento es igual de real con o sin daño histológico, igual de psicosomático. ¿Acaso es más real el sufrimiento del que se infarta que el dolor en el pecho del paciente que no tiene enfermedad coronaria, cuando ambos sufren porque se tomaron algo muy a pecho? ¿O son más reales las convulsiones de la epilepsia que las conversivas? De hecho los neurólogos calculan que más de un setenta por ciento de las epilepsias diagnosticadas son en realidad crisis disociativas. ¿Acaso las enfermedades inflamatorias intestinales o articulares, o los brotes de las enfermedades dermatológicas o endocrinas son independientes de profundos y crónicos malestares emocionales? Muchos pacientes lo entienden y así lo atribuyen, lo mío es de los nervios, y quién mejor que el propio sujeto para hacer esta asociación.

La narrativa es el tratamiento de la enfermedad psicosomática.

“No tengo nada”

Los médicos me han dicho que no tengo nada, que lo mío es todo de la cabeza, pero entonces qué hago para no sufrir tanto…

Quizá el problema estaría en definir qué es tener o no tener algo, salud, por ejemplo, y si la cabeza, la mente, puede estar enferma aunque los parámetros bioquímicos y las modernas técnicas de neuroimagen no muestren ninguna alteración según los estándares científicos del momento. Quizá la pregunta sería si se puede considerar que una persona está sana si no es capaz de levantarse de la cama con ganas de mirar el día, o si no es capaz de dormirse por miedo a su propia oscuridad. Puede que los marcadores de salud y enfermedad haya que revisarlos en el sentido del desmarcar, del cuantificar hasta un punto y cualificar el resto, porque la parte cuantificable de lo humano es siempre cualitativamente la menor. Todo está tocado por lo subjetivo, lo cuantitativo también, aunque no lo parezca, y el médico desde luego, aunque no quiera. De hecho, el no querer no es más que una subjetividad mal empleada, o mal educada por temor a que los miedos del paciente despierten en el médico desvelos agazapados.

Se podría empezar por dejar de pretender que cuerpo y mente sean asuntos diversos, separados o disociados; como si se pudiera enfermar uno y permanecer el otro intacto, como si se pudiera tratar a uno sin abordar al otro porque no es de mi especialidad. Como si la enfermedad de uno descartara la enfermedad del otro.

Cómo va a ser posible que una persona aquejada de un dolor crónico no haya que tratarle también el ánimo enfermo, que además le empeora el dolor, por más orgánica y objetiva que sea la causa del cuadro doloroso. Cómo podría no tratársele un dolor de espalda persistente a una persona diagnosticada de depresión por más que el peso que se ha echado sobre los hombros no sea valorable en la resonancia magnética. Tan disparatado como ignorar que los dolores del alma acaban imprimiendo huellas en el cuerpo, que la angustia y la tristeza terminan por lesionar los órganos de pura depresión inmunológica, de puro agotamiento de los recursos naturales para afrontar el estrés que cada uno se vea forzado a soportar.

La subespecialización de la Medicina no puede servir de excusa para posicionarnos del lado del cuerpo o de la mente de forma excluyente pensando al ser humano de forma fragmentada, porque las personas lo llevamos siempre todo puesto. Tal vez el médico es el que debería empezar por no fragmentarse.

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