La riqueza de la educación

[…] un país no es rico porque tenga diamantes o petróleo, un país es rico porque tiene educación…

antonio_escohotado

Así empieza Antonio Escohotado esta entrevista viralizada por las redes, algo que podría pensarse desdibujado en nuestro rutilante siglo XXI occidental, porque tampoco es de ese tono nuestro siglo en muchos países del mundo, ni siquiera para muchos occidentales que solo alcanzan a observar un mate sin matices.

Desdibujado porque parece un asunto de segunda clase, del que no merece la pena ocuparse por irrelevante o improductivo desde el punto de vista mercantil, que viene a ser lo mismo en nuestros días. Algo que no se estima con las prisas por llegar a tiempo sin saber muy bien a dónde o para qué. Sin planes para apreciar el combinado de colores del camino. Un camino prediseñado por otros según sus propios intereses con objetivos que habría que redireccionar según los intereses de cada uno.

Sin embargo, la educación, la cultura es lo que ha rescatado al hombre de las cavernas. Sí, efectivamente, eso tan irrelevante como decir por favor o gracias ha conseguido producir nada menos que toda la civilización, ¡qué prodigio! Entonces, tenemos la responsabilidad no solo de conservarla, sino de contribuir a su crecimiento. Cada uno de nosotros tiene el cometido de aportar algo que nos enriquezca a todos, algo que no puede tenerse si no se da –dar lo que no se tiene a quien no es, que diría Lacan–, y para ello tendremos que ser capaces de soportar que otros disfruten de nuestras producciones, y hasta de que nos sobrevivan –otros y nuestras producciones–. Producir es regalar al mundo lo que no puede poseerse porque entonces no participaría del mundo. El máximo exponente de esta idea es la concepción de los hijos como miembros del mundo, y no como propiedad de los padres. Una idea muy sana tanto para los hijos, como para los padres, y para la madurez de la sociedad entera.

Hay que decir buenos días, pase o ¿le puedo ayudar en algo?, con autenticidad, no como un mantra automatizado –que también–, porque de esta manera introducimos amabilidad en la relación, lo que mimetiza al otro con el mismo tono. En un mundo amable cabe menos la hostilidad y más la complicidad; en un mundo amable las armas son las letras y las diferencias se abordan con palabras; con amabilidad se puede uno ocupar en ser amable porque –como la hostilidad– es extremadamente contagiosa, y además apetece contagiarse. No creo que haya alguien cuerdo que no se deje seducir por un ambiente amable. Pero no nos engañemos, de la misma manera se contagia la hostilidad. Entonces, habrá que elegir del lado que uno se coloca, decidir de qué se va a dejar contagiar o seducir.

Por eso es tan importante elegir concienzudamente de quién nos rodeamos, no solo para impedir contagios innecesarios, sino para evitar predicar en el desierto. Es decir, hay que ser amable con la vecina del tercero que nunca da los buenos días en la escalera, porque eso es asunto suyo, pero hay que decidir donde queremos incluir nuestras aportaciones, no vayan a caer en un territorio estéril donde no crecerían o peor, en una zona minada por la envidia que pudiera cortarnos las alas y las intenciones. Ahí no es.

La envidia y su compañera inseparable, la mediocridad son amigas íntimas de la mala educación, porque aunque he atribuido a la amabilidad los grandes logros de nuestra cultura, evidentemente hay que añadir muchos otros ingredientes a este caldo social que cocinamos entre todos cada día. Y esos ingredientes se añaden en forma de trabajo, creaciones, fantasías, deseos, amor, todos asuntos muy difíciles de digerir por los envidiosos, que harán todo lo posible porque se nos queme el guiso, no vaya a ser que pongamos en evidencia su propia ineptitud disfrutando del trabajo.

Pero no se distraigan ni se escuden en la hostilidad, la envidia o la mala educación del mundo para dejar de producir sus sueños, porque en este mundo hay sueños para todos, se trata de saber elegir aquellos que nos hagan mejores personas. Cuantos más nos coloquemos en este bando, más inclinaremos la balanza del lado de la civilización y la cultura.

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Con pasión

Se me ha ocurrido este juego de palabras por salir del lugar común de lo políticamente correcto, tan común en estos tiempos que puede pasarnos desapercibido, de apelar a la compasión hacia el desfavorecido como recurso sin pensamiento, por lo que se sitúa en la frontera de lo hipócrita.

Las posibilidades de conmovernos por lo que vemos todos los días en las noticias rayan lo insoportable, tanto que casi nos obligamos a mirar a otro lado para poder sobrevivir; es como si el mundo se ensañara para no dejar vivir en paz a nadie, ni a los afectados ni a los que no les toca en esa ronda. Además, la Historia nos hace ser pesimistas porque muestra que parece que va a ser siempre así, parece que al hombre, el animal más evolucionado del mundo conocido, le cuesta vivir de manera civilizada, parece que no soporta vivir con tranquilidad y se pasa la vida inventando cómo boicotearse. En realidad, el hombre, si no ingresa en la cultura, es un animal más, incluso más brutal porque ha perdido el beneficio que los instintos procuran a la supervivencia de la especie. El hombre acultural es un salvaje al descubierto, sin límites que velen por su propia suerte, incapaz de protegerse siquiera a sí mismo, impotente para cuidar de los suyos.

Estas cuestiones globales son extrapolables a nuestros pequeños mundos de diario en los que también contemplamos situaciones conmovedoras que según la posición que ocupemos en la sociedad tendremos más o menos recursos con los que implicarnos. Para los que nos dedicamos a profesiones sanitarias, las situaciones de desamparo, soledad, falta de recursos –no solo económicos, en muchos casos se trata de recursos psíquicos–, desilusión, impotencia, tristeza o desamor constituyen una dimensión importante de nuestros retos laborales, pero al menos nosotros tenemos la capacidad, mayor o menor según las circunstancias, de intervenir de alguna manera para tratar de mejorar en lo posible las condiciones. Entiendo que muchas personas sientan compasión por otras y no sepan cómo ayudarlas.

Aquí voy a rescatar el eslogan de los activistas medioambientales, aunque también suene un poco a lugar común, del piensa globalmente y actúa localmente en cuanto a que no podemos hacer mucho por la paz del mundo pero sí que podemos hacer bastante por el bienestar de nuestros micromundos. Y nuestros micromundos empiezan por trabajar para elaborarnos nuestra propia paz; sí, así de aparentemente egoísta es el asunto, si nosotros no estamos bien cómo vamos a aportar bienestar a los demás. Eso que comentaba antes de que parece que el mundo se ensañara para no dejar vivir en paz a nadie, parte del propio individuo, ¿acaso conocen a muchos individuos que se dejen vivir en paz a sí mismos? ¿No les resulta más conocido contemplar sujetos que insisten una y otra vez en complicarse la vida? ¿No escuchan a veces los motivos que han llevado a algunas personas a enfadarse definitivamente con otras en los que no parece jugarse más que una cuestión de matices?

La realidad es que al ser humano le cuesta vivir bien, en general se pasa la vida tratando de resolver problemas para empezar a vivir después –cuando tenga trabajo fijo, cuando tenga casa propia, cuando crezcan los hijos– sin darse cuenta de que la vida se vive en el proceso, no al final, al final se muere. Está bien fantasear, planificar y ejecutar los proyectos vitales, pero hay que saber disfrutar del proceso y lo que suele ser más complicado, disfrutar del resultado, sin dormirse en los laureles para iniciar el siguiente proyecto, pero dándose tiempo para saborear las delicias del producto del trabajo: una agradable profesión, una casa estupenda, unos hijos saludables.

Pues a esto, a vivir bien, es a lo que hay que ponerle pasión; la vida hay que vivirla con pasión y sin compasión; con pasión hacia nosotros mismos y hacia los demás se atraviesa la compasión inmovilista y estéril. Y tratar de vivir bien es una responsabilidad de cada uno, para cada uno y para los otros de alrededor, si no, fíjense de lo que es capaz el hombre que solo sabe mal vivir.

Con las pasiones educadas de todos haremos un mundo mejor, así que eduquémoslas en la cultura.

Humo

El humo, como la niebla, puede resultar engañoso, lo mismo que el miedo, por eso pueden ser muy peligrosos si no se anda con cautela y se los atraviesa con tiento. Esa es la cuestión, mantener la serenidad para no perder el rumbo. Y también es la cuestión que para abordarlos hay que atravesarlos, no vale detenerse paralizado, ni tomar un rodeo, ni tampoco enfrentarse a ellos sin recursos, ya sea una mascarilla antigás, unos faros antiniebla o unas buenas piernas.

Y a enfrentarse a los miedos se aprende. De hecho, los miedos abstractos también se aprenden, sobre todo en la familia. Los otros no, los miedos objetivos a preservar la integridad física ya vienen incrustados en la herencia filogenética desde tiempos anteriores a la cultura. Sin embargo, los miedos subjetivos nacen con la cultura y cambian con ella: no se tenían los mismos miedos hace un siglo ni tienen los mismos los ciudadanos de todos los países. Si se teme no poder comer mañana, el miedo al efecto invernadero se coloca en otro plano.

Es cierto que muchas veces es más grande el miedo al miedo que el asunto temido en cuestión: al examen que el propio examen o a la entrevista de trabajo que la propia entrevista; igual que a la niebla, que se deshace en nada en cuanto se está atravesando. La mayoría de los miedos se deshacen en nada.

Lo mismo pasa con algunas referencias vitales cuando uno se va erigiendo en su propia referencia, cuando se crece, que no es exactamente lo mismo que cumplir años, aunque algunos años haya que cumplir para dar tiempo a la evolución. Un ejemplo fácil es el de nuestros admirados maestros cuando nos los tropezamos como achacosos abuelos nostálgicos de otros tiempos. Y no porque hayan cumplido más o menos años, que en el fondo es a lo que aspiramos todos, a envejecer lo más y lo mejor posible, sino porque detuvieron su evolución probablemente porque confundieron jubilarse con dejar de trabajar, y así no se puede vivir. Se nos deshacen como fantasmas trasnochados. Incluso pueden producir inquietud por temor a involucionar igual, como si eso fuera inherente al cumplir años, pero no es así, los años han de permitirnos evolucionar con ellos: ser joven es llegar a tener la edad que se tiene (Emilio González Martínez).

Un ejemplo más elaborado es el humo en que se convierten ciertas figuras de poder precisamente por eso, porque detrás de ellas no había nada y su espectro se deshace con solo mirar atentos. Son los vendedores de humo, la mayoría sin saberlo, creídos en sus fantasías infantiles con personajes disfrazados de adultos, pero que se quedaron enganchados entre príncipes y princesas. Figuras con identidad impostada que no soportan ya ningún cribaje. Humo, niebla.

Pero no hay que inquietarse, o quizá sí, un poco, porque el crecimiento supone soportar ciertas dosis de inquietud y cuando pasa esto es una señal de que hemos avanzado más que nuestros maestros, más que nuestros padres, y aunque esta orfandad pueda activar inseguridades inciertas, no hay nada que temer, el humo, la niebla, el miedo son nada.

Envidia universal

Ya he comentado alguna vez que envidiosos somos todos, y el que crea que no lo es, está mal informado o tiene anulada su capacidad de introspección o sencillamente se engaña. La envidia no es desear lo que tiene el otro, este argumento sería de fácil refutación, y seguro que los negacionistas se apoyan en él: si a mí no me gusta para nada el coche nuevo de mi vecino, yo no soy envidioso, que le diera un golpe al salir del garaje es un suceso fortuito, a cualquiera le puede pasar… Podría ser cierto si no fuera porque lo que se le envidia al vecino no es el coche, lo que cuesta soportar es la felicidad que se le atribuye con su flamante coche nuevo. Y ahí estamos todos atravesados por ese afecto estructural del ser humano. Como los celos, pero odiar a un tercero que se interpone en el camino de dos, un hermano, un amante, en condiciones normales no suele ser tan peligroso como una envidia desenfrenada y salvaje, aunque muchas veces ambos afectos caminan de la mano confundidos. Por eso hay que aprender a domesticarla y a identificarla en los otros para protegernos.

Lo importante no es tanto sentir envidia, que ya mencioné antes que es inherente al ser humano, como lo que se hace con ella: si la identificamos con naturalidad, no tendremos la necesidad de abollarle sin querer el coche nuevo al vecino, si acaso nos servirá para ganar el dinero suficiente para comprarnos uno igual o mejor, o seguiremos a nuestras cosas sin acordarnos más del asunto. Si no aprendemos a domesticarla, nos asalvajará, porque la envidia es un afecto muy primitivo, de mentes muy poco elaboradas. Seguro que el vecino ha trabajado mucho para conseguir ese coche nuevo, o el compañero de trabajo ese merecido ascenso, o mi amiga Paqui para tener ese cuerpo escultural. El envidioso es incapaz de valorar el esfuerzo que le ha costado al envidiado lograr lo que parece hacerlo tan feliz.

No debemos caer en sus redes, ni en las del envidioso ni en las del envidiado, porque insisto en que pueden llegar a ser muy peligrosos si nos rayan el coche, le critican al jefe nuestro trabajo o nos tiran por encima de nuestro estupendo vestido blanco una copa llena de vino tinto, por proponer ejemplos básicos. Del envidioso hay que apartarse, no darle cancha, ni exhibirse ni esconderse, pero mantenerlo vigilado. Y si nos descubrimos a nosotros mismos envidiando, pues igual, no darnos cancha, ni tregua y mantenernos vigilados. Crecer, así se nos pasarán las ganas de rajarle las cinco ruedas –incluida la de repuesto– a ese descapotable rojo recién estrenado que a saber cómo habrá comprado la flaca de la vecina que me imagino cómo consiguió que su director la ascendiera a jefe de sección del departamento donde lleva trabajando desde que terminó el máster que se pagó sirviendo copas hasta las tantas para luego estudiar todo el día que ni se le veía el pelo en la calle…

Hay que evitar distraerse en la vigilancia de la propia envidia, porque abandonada a sus anchas suele resultar devastadora en lo personal, y en aspectos que suelen pasar desapercibidos por confundirlos con otras cosas. Es el caso por ejemplo del que no triunfa en sus proyectos personales porque no soporta el triunfo de los demás, que interpreta en el terreno de la competición y así, si no puede ser el mejor, abandona con cualquier excusa por no soportar que otros sean más brillantes que él. Es el caso típico del que no consigue terminar sus estudios o encontrar un trabajo interesante y bien remunerado porque siempre se tropieza con otros mejores, sin darse cuenta de que la única comparación y competición posible es con uno mismo, y que ser capaz de tolerar rodearse de la gente mejor es de lo más enriquecedor.

Otro efecto devastador de esta envidia universal, tan poco tenida en cuenta por aquello de que está mal vista y yo no soy envidioso, es el que en una sociedad con poca cultura, con mala educación, la envidia florece sin control y cuesta identificarla en un ambiente de uniformidad envidiosa. Así se crean sociedades mediocres porque el envidioso no soporta la luz del brillante: la sociedad no progresa, el brillante se deslustra y el envidioso rumia su resentimiento con el mundo anodino y gris que él contribuye a crear. Con esta perspectiva, la queja está servida, y el que se queja no trabaja para superar el motivo de su disgusto porque si no, de qué va a quejarse.

Vivir de las rentas

Vivir de las rentas está desenfocado. En general nos imaginamos a alguien que vive sin trabajar, lo que es en sí mismo una contradicción por incompatible con la vida, o si lo fantaseamos para nuestro futuro, lo pensamos de la misma forma, sin dar palo al agua más que para comprobar que el banco nos ingresa cada mes los dividendos de lo invertido. Pero si esta situación fuera posible, crearla exenta trabajo sería un desperdicio.

Voy a plantear otro enfoque del vivir de las rentas, que en principio se define de la misma manera, vivir del resultado de nuestro trabajo, pero con amplios matices. Si la situación que comenté al principio consiste en vivir sin trabajar, esta nueva matizada consiste en trabajar a partir del trabajo previo, en utilizar lo que hemos conseguido en la vida para producir más, en realidad se trata de aprovechar el trabajo realizado para trabajar más.

Claro que estoy refiriéndome no solo al trabajo regulado por un contrato de tiempo por dinero, como son los contratos de trabajo, y que nadie se confunda, si piensan otra cosa están incumpliendo el contrato. El contrato de trabajo se incumple tanto si se abandona el puesto de trabajo antes del horario pactado como si se hace después, tanto si se ocupa el horario laboral en resolver cuestiones personales como si se ocupa el tiempo en casa para asuntos profesionales si no está contratado ese tiempo. Lo mismo que es una trasgresión del pacto implicar un componente emocional en las relaciones laborales que seguro no está contemplado en la redacción del contrato, podrán crearse relaciones personales a partir de las laborales, pero tendrán que construirse en otro horario.

Pues no solo me refiero a ese trabajo, que también, debemos ser los mejores profesionales que seamos capaces en nuestro territorio laboral, sino que me refiero al trabajo como producción, al que nos hace crecer, y de este no podemos ni debemos desprendernos o nos confinaremos a un sinvivir vegetativo, da igual que se conserve la respiración y el pulso si no se utiliza para irrigar neuronas. Hay trabajo que hacer hasta el último día de nuestra vida, hasta el último aliento que nutra a una de nuestras maravillosas neuronas. Es una cuestión de responsabilidad, podría decirse que hasta estamos obligados como miembros de nuestra especie. Sin trabajo, ¿cómo vamos a mejorar la sociedad? Lo que hace evolucionar la cultura son las producciones humanas, si no, estamos condenados a la vida salvaje en la sinrazón.

Se escucha muchas veces decir a personas que están atravesando una crisis personal que se plantean la salida de esa situación con un “borrón y cuenta nueva”, “comenzar de cero”, quizá confundiendo dar un giro al rumbo de su vida para reorientarse con empezarlo todo otra vez. Pero sería un derroche tirar a la basura el trabajo realizado durante mucho tiempo para reiniciarse. Es conveniente decidir un punto de partida que esté en el rango positivo, por lo menos a partir de uno, y revisar desde ahí, utilizando lo aprovechable de lo que ya se tiene, de lo que se ha logrado hasta ese momento, siempre lo hay. Incluso puede haber aspectos que se consideren no tan positivos y que puedan reconvertirse trabajándolos, así que no se pueden descartar. Ese reinventarse que está en boca de todos en estos momentos de crisis social no debe pensarse desde la nada, todos los inventores aprovechan lo que ya ha sido inventado por otros para progresar, incluso lo que haya podido ser inventado por uno mismo. Quizá empezar de cero oculte la fantasía omnipotente de no depender de otros, ni siquiera de otro yo anterior, pero nadie puede vivir independiente de forma absoluta, dependemos de otros hasta para respirar: el aire es un otro compartido y global. Nos creamos en relación con los demás y crecemos en la medida en que somos capaces de hacer crecer estas relaciones.

Se trata de vivir de las rentas, de los dividendos de nuestros logros y fracasos, que de ambos se aprende, aunque sea la manera de no repetirse o de repetirse distinto, si fuera el caso. Vivir a partir de lo vivido, no de lo sin vivir, o vivir de lo por venir, el presente elaborado desde un futuro fantaseado antes: el porvenir de una ilusión.

Los límites de la libertad en cultura

Se escucha en un decir de la calle que los límites de la libertad individual terminan donde empiezan los de los otros, lo que sin entrar en posibles matizaciones podríamos aceptar como principio de aplicabilidad universal. Lo cierto es que esta libertad se la debe construir cada uno edificándose sus propios límites, dentro de los cuales regirán las normas personales establecidas por el único habitante de ese micropaís, siempre que no sean incompatibles con la Ley, de la misma manera que dentro de las fronteras de un país rigen las leyes establecidas por su Gobierno. Así, igual que cuando viajamos a un país extranjero debemos respetar sus leyes aunque nos suenen extrañas desde nuestra cultura, lo mismo que las respetamos en el nuestro aunque no estemos de acuerdo, cuando alguien se acerque a nuestro micropaís deberá respetar nuestras leyes, nuestros límites. Y nosotros los de los demás.

Dentro de estos límites culturales se me ha ocurrido reflexionar sobre la sinceridad y la libertad de expresión. Me refiero en primer lugar a esa sinceridad mal entendida en la que parece que hay que decir todo lo que se piensa de algo o de alguien, entendiendo que nuestros pensamientos son de validez incuestionable, lo que es incuestionablemente falso: nuestras opiniones solo nos sirven a nosotros y por lo general por un limitado periodo de tiempo, y así debe ser porque si no involucionaríamos en vez de avanzar. Decirlo todo sin tener en cuenta al otro indica una incontinencia verbal y emocional solo explicable desde la incultura, y muchas veces desde la envidia. Hay que saber decir las cosas y también saber callarlas, aprender qué decir y cómo decirlo forma parte de la educación de las personas civilizadas. Decir todo lo que se piensa con frecuencia es más un método catártico para liberar una hostilidad encubierta que debería reconducirse en otros ámbitos (yoga, meditación, psicoterapia o ansiolíticos, por ejemplo), que una forma de honestidad bienintencionada. Y también con bastante frecuencia se trata de una incapacidad para contener una envidia desbocada.

Así, decirle a una amiga que la ropa le queda horrible porque hay que ver lo que ha engordado con los años —te lo digo por tu bien, como amiga—, no tiene nada que ver con decirle que quizá debería controlar un poco el peso porque es más saludable, y siempre que haya solicitado una opinión al respecto. Los comentarios perversos suelen esconder envidia, por ejemplo, de no soportar el placer con el que la otra disfruta de una buena mesa asumiendo los kilos de más sin demasiada preocupación.

Y ojo con aquello de le voy a decir cuatro cosas o cuatro verdades, porque lo mismo no nos conviene soltárselas a nuestro jefe, por muy sinceras y lapidarias verdades que sean, o sí, pero habrá que pensárselo sin incontinencias. No hay nada deshonesto en el silencio prudente.

Además de todo esto, cada uno de nosotros tiene derecho a reservarse una parcela de intimidad que no tiene la obligación de compartir con nadie, los límites de la sinceridad también son particulares y no canjeables: nada de sinceridad con sinceridad se paga…

La sinceridad trasladada al ámbito de lo público se podría encuadrar dentro de la tan defendida como políticamente correcta libertad de expresión, defendida a cualquier precio, o al precio de cualquiera. Pues no parece correcto que se traspasen los límites de la libertad de expresión del otro o que se defienda la libertad de expresión solo de un lado: mi libertad de expresión está bien, digo lo que quiero sin tapujos, sin límites porque yo estoy en posesión de la Verdad, pero al otro que no se le ocurra expresar libremente algo que no convenga a mis intereses, porque eso será del orden de lo inaceptable. En este planteamiento sí que hay hipocresía, parcialidad y una completa incapacidad para defender lo que parecen endebles argumentaciones, porque los argumentos sólidos se defienden solos.

La libertad es un concepto abstracto que hay que elaborar dentro de los límites de la cultura para convertirlo en un modo de vida productivo, si no es una salvajada.

La incultura del miedo

El miedo es una de las sensaciones humanas más primitivas que nos ha permitido la supervivencia en entornos hostiles, que son de todos los tiempos, al protegernos de peligros externos que pudieran amenazar nuestra vida. Sin miedo nos moriríamos nada más poner un pie en la calle atropellados por un conductor también sin miedo. El miedo es automático, preconsciente, alimentado por situaciones similares vividas en la evolución del hombre y trasmitidas entre generaciones. Hay algunos miedos generales para todas las sociedades y culturas, como el miedo a la oscuridad o a las serpientes, y otros más específicos relacionados con determinados ambientes, como al castigo divino en comunidades muy religiosas. El miedo prepara para la lucha o para la huida, según convenga, y aparece incluso en los animales superiores del lado del instinto.

Lo que no es protector es la angustia, que es miedo a nada, o a no se sabe qué, como ya he comentado en otro post. La angustia es del orden de lo inconsciente, aunque se le quiera hacer alguna atribución tranquilizadora a modo de excusa, porque el miedo sin objeto resulta realmente angustiante. Por ejemplo, tener miedo a quedarse en paro con un contrato fijo en una empresa próspera, o a que se muera alguien querido que ni siquiera está enfermo. Son miedos irracionales que tienen que ver con otra cosa que habría que investigar.

Desde aquí, algunos autores como Chomsky, proponen la cultura del miedo promovida por los medios de comunicación masiva como una estrategia de manipulación de las estructuras del poder político-económico con el fin de controlar a la población; para otros se trataría de un simple devenir natural de la sociedad solo modificable desde la educación. Sea como fuera, y sin tener que recurrir a la Historia, lo cierto es que cualquiera de nosotros que tenga cierta edad podrá revisar los miedos que han atemorizado al mundo en los últimos tiempos: desde la guerra fría a las crisis del petróleo, de la pandemia de SIDA a la de gripe A o a la reciente del Ébola, desde el terrorismo local al multinacional, del paro a la reconversión personal. Crisis que hemos ido superando con mayor o menor coste personal, pero que no dejan inmunidad para no temer a la siguiente.

Estrategia deliberada o evolución natural, no debemos dejar de ver los árboles entre el bosque: no hay que dejarse distraer con desgracias puntuales o tragedias particulares como si estuvieran a punto de generalizarse haciendo brotar una emotividad que anula el entendimiento crítico. Ya saben, dedicarles un segundo pensamiento, una vuelta reflexiva que evite la alienación. Ni dejarse atemorizar por previsiones apocalípticas, por aquello tan sabio de que si no podemos hacer nada para evitarlo, para qué preocuparse, y si podemos hacer algo, ¿qué hacemos preocupándonos en vez de trabajar?

Trabajar, esa es la cuestión, ocuparnos de nuestros asuntos particulares, aquellos que corresponden a nuestra área de influencia, es la mejor manera de mejorar el mundo. Si nos dedicamos profesionalmente a ayudar a los demás, pues ahí es donde tenemos que ejercer nuestra influencia. Si nos dedicamos a otra cosa, pues mejorémonos a nosotros mismos que eso se contagia.

Pongo un ejemplo muy extendido en las redes, por no entrar en asuntos de actualidad más trascendentales y complejos. Me refiero a esas cadenas que circulan enredadas mediante las que con un solo click supuestamente se colabora con alguna causa benéfica. A mí me dejan un regusto algo hipócrita, como para acallar conciencias. Si uno es activista, pues adelante, a trabajar en ello con implicación y dedicación, pero si uno no lo es, pues a trabajar en sus actividades sin complejos, colaborando en lo que pueda para ayudar a los que tiene cerca, que es la forma del activismo local.

Y ¿cómo evitar este miedo generalizado y contagioso? Miedo a todo, miedo a moverse, miedo a vivir para no morir. Pues mediante la cultura y la educación: leyendo, conversando, en el cine, el teatro, la música, las artes plásticas, el conocimiento científico y todas las manifestaciones culturales que tantos grandes hombres han creado a lo largo de la Historia. De hecho es una responsabilidad de cada generación no solo trasmitir este conocimiento, sino hacer nuevas aportaciones que lo enriquezcan.

Y con todo esto, criticar, criticar y criticar sin parar, así le crecen los hijos a los padres.