Ejecutar

La palabra ejecutar tiene mala prensa, demasiadas ejecuciones a lo largo de la Historia de la humanidad, pero aquí la voy a rescatar desde otro lado: ejecutar es lo que permite crecer al ser humano. Ejecutar es hacer, es ponerse a ello, es realizar, es llevar a cabo, es comprometerse y responsabilizarse con lo que se ha decidido hacer. Es poner un límite a lo posible para que se haga de verdad posible.

Cuando imaginamos lo felices que seríamos si consiguiéramos ese nuevo trabajo, esa nueva casa o incluso esa nueva pareja que tanto nos gusta, al principio se abre un amplio abanico de posibilidades, casi que todo es posible, aunque haya algunos matices poco probables. Se podría considerar esta primera fase de elaboración de los deseos como una fase de tormenta de ideas, y así debe ser, la mayoría de los proyectos nacen y se enriquecen de esta manera. Pero para que la fantasía se convierta en realidad hay que hacer algo más, hay que hacer algo, algo tan inquietante como tomar una decisión, comprometerse con ella, elaborar un plan de acción y ejecutarlo, y después una cosa más en la que por lo general no se piensa, responsabilizarse de los resultados, de los efectos de la decisión, en definitiva, disfrutar de la realización de nuestros deseos. Este último aspecto no suele tenerse en cuenta porque parece evidente, pero no lo es tanto. En nuestra cultura no está bien visto disfrutar de lo que se ha conseguido con trabajo, de las rentas, como ya he comentado en otro post, pareciera arrogante decir ¡pero qué a gusto estoy conduciendo mi nuevo coche!, cuando resulta que lo pago con mi dinero y trabajo para ganarlo. Da igual decirlo o no, la cuestión es sentirlo. Esto podría pensarse como un asunto envidioso, si digo lo que me gusta mi coche otros me van a envidiar y podría ser que me lo rayaran, aunque en realidad los envidiosos somos nosotros pensando desde nuestro propio punto de vista si las circunstancias fueran a la inversa. También se esconde detrás la ideología de que si estamos disfrutando, algo malo va a pasar, porque a este mundo no se viene a disfrutar, eso será en el paraíso del más allá. Y esto es una cuestión ideológica, da igual que se sea creyente o no. Pero además, influye la salud mental que tenga cada uno a la hora de ponerse a trabajar para ejecutar lo que fantasea y dejar de pensar infinitos imposibles para crear un concreto posible. Algunas personas tienen dificultades para tomar una decisión porque la piensan como una renuncia a todas las demás posibilidades teóricas imaginadas, pero en vez de solo pensarlas hay que elegir una para que se haga posible, en la infinitud de posibilidades ninguna es posible, solo es posible en la finitud, si no se elige un camino para caminar por él, se estará siempre al principio. Los límites al infinito son los que nos permiten habitar un universo finito.

Muchas veces lo que subyace en las dificultades para tomar decisiones y ponerse a trabajar en ellas es la incapacidad para responsabilizarse de estas decisiones, es decir, la incapacidad para responsabilizarse de los deseos. Si tomo una decisión y luego las cosas no salen como yo quería, será por culpa mía, pero si no decido y pasa algo malo, la culpa será de los demás. Lo que pasa es que en primer lugar, no decidir también es una decisión, por tanto todo lo que nos pasa, bueno o malo, es de nuestra entera responsabilidad, y en segundo lugar, ¿cómo vamos a asumir el que nos sucedan cosas buenas? Para eso también se han creado coartadas, la de la suerte es la más extendida. ¿Qué suerte?, será que habremos trabajado para poner la suerte de nuestro lado, incluso si nos tocara la lotería, sería porque habremos ido a comprar el número y tendremos que trabajar para administrar el premio o lo malgastaremos.

Si en algún momento dudamos si en realidad estamos viviendo acorde a nuestros deseos o no, si los estamos poniendo en práctica o solo estamos fantaseando con ellos, solo tenemos que tomar perspectiva y mirar hacia atrás en el tiempo, quizá tomando algún punto de referencia como un acontecimiento importante o una circunstancia que recordamos especialmente. Veamos desde entonces qué es lo que hemos hecho, no lo que hemos pensado hacer, que será mucho más, sino de verdad lo que hemos ejecutado, así podremos hacer balance y decidir cómo queremos vernos cuando en el futuro volvamos a hacer esta reflexión respecto al momento que estamos viviendo.

No tengamos miedo, si conseguimos el trabajo deseado, la casa de nuestros sueños, la pareja perfecta y además nos toca la Lotería de Navidad, no va a ocurrir un cataclismo, por lo menos no derivado de todo esto, podemos disfrutarlo placenteramente, ¡lo hemos conseguido! Quizá nos envidie el vecino, pero eso es asunto suyo.

Y entonces, a pensar en lo siguiente, si no, nos aburriremos.

Ni lo sueñes

¿Cómo que no lo sueñes? ¿Entonces cómo se materializan los deseos? Es justo así, se empieza por soñarlos, por fantasearlos despiertos, por desearlos de verdad y con decisión para que de forma imperceptible nos pongamos a trabajar en ellos. Y así un día, casi sin percatarnos del proceso, como sin querer, nos hallaremos instalados en ese lugar imaginado que como por arte de magia, porque algo de magia hay que ponerle a los deseos o se nos deslucirán, se habrá convertido en realidad. En ese momento puede que nos tiente recurrir a eso de ¡no me lo puedo creer!, como argumento exculpatorio de la responsabilidad que nosotros mismos hemos generado en lo que nos pasa, y tendremos que estar atentos y vigilarnos bien, porque si eludimos esta responsabilidad, desperdiciaremos tanto el trabajo realizado como las oportunidades que la nueva realidad nos pudiera ofrecer.

La cuestión no es solo que hay que pasar a la siguiente fase después del fantaseo, a la planificación y ejecución de lo soñado para que no se quede en un delirio de cuento de hadas sin fundamento, sino que una vez conseguido hay que continuar trabajando para lograr los mejores rendimientos. Y un paso importante del proceso consiste en disfrutar de los objetivos alcanzados, vivir un poco de las rentas, como ya comenté en otro post, porque ese ¡no me lo puedo creer! puede ser muy traicionero si no lo ponemos en su sitio: ¡cómo no me lo voy a creer con lo que he trabajado para conseguirlo!, lo raro sería no haber llegado hasta aquí con tanto trabajo invertido. Vivir de las rentas sin dormirse en los laureles, que una vez se llega al objetivo hay que empezar a soñar el siguiente. Así es la vida, todo un mundo de interesantes inquietudes, la tranquilidad es cosa de muertos.

Aunque parezca extraño, a muchas personas les cuesta disfrutar de lo que han conseguido con su trabajo, de los resultados de su esfuerzo. Parecieran diseñadas para lidiar con problemas, ya sean reales o magnificados, y si en un momento determinado logran resolverlos, se sienten como si su vida no tuviera sentido, como vacías, ¿y ahora qué hago yo con todo esto? Por eso muchas de ellas crean problemas nuevos para seguir distraídas dando vueltas en círculos siniestros. Puede que el problema sea que se han quedado enganchadas al mundo de los sueños pospuestos hasta que se solucione esto o aquello y cuando finalmente se soluciona, están perdidas en el universo delirante de las fantasías estériles, incapaces de asumir la responsabilidad de la posición en que las colocan sus logros. En realidad incapaces de asumir la responsabilidad de sus deseos. O también puede ser que se trate de personas que no han aprendido a gestionar su envidia, que también he comentado en otro sitio que es inherente al ser humano y la educa la cultura, y se escondan temerosas de despertarla en los otros, cosa que no hay que descartar pero que habrá que saber asumir, empezando por la propia.

Entonces, soñar sí, soñar, fantasear, imaginar, y luego proyectar, planificar, ejecutar, en definitiva, trabajar sin distracciones en lo que de verdad nos interesa, ocuparnos de nuestros asuntos, que ya saben que si no otros lo harán por nosotros, normalmente de manera poco conveniente. Y luego, cuando lleguemos a la cima, disfrutar de las vistas para empezar a planificar el siguiente ochomil desde arriba, no siempre desde el campamento base.

Sin ganas

Algunas personas piensan que para hacer cualquier cosa hay que esperar a tener ganas, algo así como al advenimiento de las ganas, como si se hallaran en otro sitio y estuvieran al llegar. Pero en realidad las ganas no se encuentran en ningún sitio y por eso no van a venir, hay que crearlas, cada cual las suyas. Esperar a tener ganas es una posición perezosa y muy poco productiva para cada uno. Como dicen los artistas —en realidad lo dijo uno solo y los demás se lo han aprendido—, “que la inspiración te encuentre trabajando”, las ganas también se inspiran.

         Quizá el matiz del asunto está en confundir las ganas con el deseo, y no son lo mismo, digamos que el deseo se sitúa en un nivel superior al de las ganas. El deseo es algo más profundo, más estructural en el ser humano, tanto que transcurre fundamentalmente en la esfera del inconsciente, pero hay que aprender a hacerle caso, a darle la oportunidad de manifestarse porque de ello dependerá nuestra felicidad, nada menos. La cuestión está en que resulta difícil hacer caso a los deseos porque en ocasiones pueden parecer muy caprichosos, incluso aparentar inconvenientes, pero eso es solo la apariencia del deseo salvaje que habrá que educar. En realidad lo que hay que hacer es educarse en su lectura, porque utilizan un lenguaje simbólico peculiar, particular de cada individuo. Educarse y responsabilizarse de ellos, lo que no es nada fácil porque casi siempre exigen cambios personales que pueden ser difíciles de afrontar, por eso es más cómodo ignorarlos. Pero tengamos claro que solo podremos vivir una vida plena si lo hacemos acorde a nuestros deseos, así que cualquier esfuerzo en este sentido estará completamente justificado.

         Por ejemplo, si se desea ejercer una profesión determinada, habrá que decidir un plan de formación, de búsqueda de empleo, de lugar de residencia que permita el mejor desarrollo profesional posible, todo adecuado a las posibilidades individuales, y otros asuntos concretos que permitan llevarlo a cabo. Luego hay que ponerse a trabajar en lo que toque cada día para ejecutarlo, se tengan o no se tengan ganas de hacerlo, eso es de segundo orden, casi irrelevante. Pasa lo mismo si se quiere hacer cambios vitales importantes, tales como cambiar de profesión, de pareja, de lugar de residencia o de punto de vista con todo esto. Hay que empezar elaborando un plan para su puesta en marcha, con fechas y procedimiento, y una vez decidido, a trabajar en él sin tener en cuenta las ganas.

         Pensemos en que solo nos levantáramos para ir a trabajar las mañanas en que tuviéramos ganas, pensemos además que todos hiciéramos lo mismo, el mundo se paralizaría en el primer minuto de esa mañana. ¿Quién tiene de verdad ganas de levantarse cada día para trabajar —y todos trabajamos, es imposible no hacerlo, hasta el último día de la vida—? Pero lo hacemos, ¿no? Es el deseo el que nos levanta de la cama, el deseo de vivir. Por eso a las ganas no hay que admitirlas demasiado en el trámite de nuestros deseos.

         Y todo esto también funciona a la inversa, es decir, si se dice que se quiere hacer algo y después de un tiempo prudencial se continúa sin hacerlo y sin disponer de un plan concreto para ponerlo en marcha, es que no se desea de verdad; o si se quiere dejar de hacer algo que se está haciendo, por ejemplo, abandonar una situación en la que se está a disgusto, y después de un tiempo persiste la situación, es que en realidad algo gusta. No hay que engañarse, mejor afrontarlo para tratar de introducir alguna modificación.

         Al principio puede resultar difícil vivir acorde a los deseos, aprender a tenerlos en cuenta, saber ejecutarlos, pero luego la vida es mucho más fácil, deliciosamente fácil, y ahí sabremos que lo estamos consiguiendo —siempre en presente continuo—: el placer del más acá de vivir con ganas, que del más allá nada sabemos.

¿Aburrimiento o abulimiento?

Una ocupación solo empieza a convertirse en seria cuando lo que la constituye, es decir, la regularidad, llega a ser perfectamente aburrida, Lacan

Esta frase de Lacan me ha sugerido la reflexión sobre el aburrimiento paradójico tan extendido en las sociedades occidentales, porque es cierto que los pobres no tienen tiempo ni energías para aburrirse. Y digo aburrimiento en sus múltiples manifestaciones, ya sea en forma de abulia o tristeza sin un motivo aparente, o con uno elegido al azar a modo de excusa, o incluso de depresión, que hoy en día es un diagnóstico de etiquetado fácil. Monotonía de lo cotidiano, como si se pudiera vivir sin rutinas, como si no se pudiera hacer de lo cotidiano algo nuevo cada día. No encontrarle sentido a la vida, como si tuviera algún sentido que buscarle en lugar de crearlo todos los días. Sobrevivir el presente con la esperanza perezosa de que algún día todo cambiará, por arte de magia, sin tener en cuenta que incluso a los genios de las lámparas hay que hacerles una petición, o varias según el que nos tropecemos (es curioso que siempre aparezcan con un tropezón), en forma de deseo. De hecho abundan los chistes de malos entendidos si al genio no se le detallan instrucciones precisas. Vivir con la esperanza de que cuando ocurra esto o aquello se va a ser completamente feliz, como si este momento no fuera tan bueno como cualquier otro para ponerse a ello, sea lo que sea el ello de cada uno, el deseo de cada uno.

Y paradójico porque disponemos de un amplísimo catálogo de oportunidades al alcance de la mano, o de un click, en el que es imposible no encontrarse, o no crearse , porque además es un catálogo interactivo en el que podemos hacer nuestras propias aportaciones. El catálogo del mundo con todos sus matices.

Pero no es un catálogo mágico, aunque funciona de forma similar a las lámparas, a base de deseos, es un catálogo de propuestas que solo se ven si uno se adentra a escrutarlo trabajando, si uno quiere algo con pasión y está dispuesto a esforzarse comprometiéndose con su deseo, entonces se despliega en toda su dimensión y aparecen las herramientas, los caminos, las perspectivas imaginadas. Entonces el deseo se hace realidad, como si fuera magia.

Cuando uno se instala en el aburrimiento, no me refiero a un asunto puntual porque una tarde no se tenga planes, sino de forma estructural a modo de vida, siempre es porque se está dejando de hacer algo que se desea, la mayoría de las veces sin saberlo, por pereza incluso para elaborarlo.

Mientras estemos entretenidos en aburrirnos porque nos sentimos frustrados en un trabajo que creemos no está acorde a nuestras posibilidades, en la pareja, la familia o en nuestra vida, nos distraeremos de ocuparnos en trabajar, que será lo único que nos permita modificar la situación, o la forma en la que vemos la situación. Trabajando para triunfar en el más acá conseguiremos posicionarnos en un más allá, que se convertirá en un nuevo más acá mejor. Solo podemos manejarnos en el más acá, pensar el más allá sin trabajo es procrastinar. El más acá situado más allá del principio de placer.

Lacan consideraba que para conseguir la excelencia profesional hay que repetir las cosas hasta el aburrimiento, pero evidentemente se refería a un aburrimiento de otra índole. Piensen las veces que debe repetir un bailarín o un gimnasta un ejercicio para lograr ganar un campeonato, seguro que se aburre muchas veces, pero la pasión lo sube al podio. Así es el éxito, por repetición e insistencia, en los tropezones aparecen los genios.

Sobre la intuición y el deseo

Se escucha con frecuencia eso de “me da que” se va a producir o no una determinada situación o eventualidad expresado en modo casi adivinatorio cuando las pruebas apuntan a una probabilidad más bien reducida de ocurrencia, o incluso sin disponer de prueba alguna que pudiera orientar en un sentido más previsible. Esa probabilidad suele ser más deseada que documentada. Y es que la intuición, las impresiones, pueden engañar si no se las tiene educadas y hechas a la mano de cada uno. Pero sin dejarse engañar al confundirlas con el deseo de que efectivamente se materialice lo que se anhela, o con el prejuicio al compararlas con estereotipos mentales elaborados con experiencias previas, propias o de la cultura, hay que aprender a tenerlas en cuenta.

Y esto es así de conveniente porque las intuiciones son unas aliadas enviadas desde el inconsciente para ayudarnos a vivir mejor, a hacernos la vida más fácil al aportar información que le pasa desapercibida al consciente, información que la mayor parte de las veces hemos registrado sin darnos cuenta.

Por ejemplo, “me da que mi primo no va a venir a la fiesta”, puede que sea del orden de lo deseado si no soportamos al primo o que se apoye en signos que no recordamos explícitamente como que el primo suele irse de vacaciones en estas fechas. O “me da que mi ex tiene a otra”, puede que lo temamos, que es lo mismo que desearlo, o que hayamos captado indicios en su nueva y cuidada indumentaria o en que ya no puede quedarse con los niños los sábados por la noche. Otras veces las intuiciones son más irracionales porque no logramos darles una mínima explicación lógica, pero a la vez son más potentes, como cuando alguien nos propone hacer un trato y nos produce mala impresión. Ojo, seguramente estará tratando de engañarnos, no hay que ignorar el aviso de peligro porque algo le habremos leído en la intención, aunque no sepamos lo que es con certeza. Otra cosa es creer a pie juntillas, por ejemplo, que un problema económico se arreglará solo porque “nos da que el número que hemos comprado va a ser el premiado en la lotería”. Es posible, pero será más probable que resolvamos el problema si además trabajamos para ello (aunque a la vez compremos el número de lotería). O “me voy a embarcar en este negocio porque me da que me va a ir bien” sin demasiados datos objetivos para ser tan optimista, cuidado porque podría estar confundido el deseo con la intuición. Y a no confundirlos se aprende con la práctica, estando atentos para aprender de la experiencia, esta sí que debe ser absolutamente particular, las experiencias ajenas solo sirven de referencia.

También hay que tener en cuenta que cuando se desea algo de verdad, normalmente uno se pone a trabajar en ello, a veces sin notarlo, por lo que evidentemente aumenta la probabilidad de que el deseo se realice. Y esto no es intuitivo, está basado en la evidencia.

En definitiva, cuando algo o alguien nos dé mala espina, seamos cautelosos, no digo que haya que rechazarlo, pero habrá que considerarlo con reservas. Tampoco se trata de dejarse llevar solo por la intuición sin razonamiento, porque alguna reflexión lógica tendremos que aplicar en la vida, pero hasta las modernas teorías neurocientíficas han llegado a la conclusión de que la toma de decisiones se realiza en mayor medida tomando en cuenta cuestiones emocionales, y de hecho lo humano no podría decidirse de otra manera.

Como habrán podido observar, he rechazado expresamente el término “corazonada” porque no me gusta poner a hablar a los órganos lo que tendría que decirse con palabras, es peligroso, mejor cada órgano con su función y la palabra es una función mental, el corazón que se ocupe se sus asuntos, que no son pocos. Hablar con el cuerpo enferma.

La elección de profesiones sanitarias

Existe una creencia muy extendida de que los que elegimos estudiar profesiones sanitarias lo hacemos por el compromiso generoso de ayudar a los demás, y ciertamente que esto es así en muchos casos, afortunadamente; en no pocos se hace por continuar la tradición familiar o por no atreverse a contradecirla; en otros por el prestigio social otorgado en general a estas profesiones; pero a lo que normalmente no se atribuye esta elección es a la fantasía inconsciente de querer autocurarse de los propios males, ya sean pasados, presentes o temidos. Quizá porque es inconsciente suele pasar desapercibido para propios y ajenos.

Y la motivación que lleva a elegir dedicarse toda la vida a tratar con el sufrimiento humano tiene mucha importancia, de hecho, tiene toda la importancia del mundo. Solo si la elección está dirigida por el deseo podrá producirse un auténtico terapeuta. Si se origina en el deseo de otros, además será difícil de soportar. Pero si surge de una pretendida autoterapia, entonces es una perversión.

Es una perversión porque la autoterapia no existe, aunque seamos profesionales del mal que nos aqueje necesitaremos a otro para que nos trate, nadie se puede operar a sí mismo, tampoco tratarse el psiquismo, ni vivir se puede solo. En realidad podemos hacer muy pocas cosas solos, únicamente tareas básicas como respirar, que nos lata el corazón y poco más. Incluso por si alguien quiere argumentar que un médico sí que se puede tratar él mismo una hipertensión o una diabetes, también ha sido necesario que alguien antes investigue el tratamiento. Pero además es perverso porque se suplanta la posición terapéutica y habrá confusión en cuanto a quién tiene que tratar a quién, cuál de los dos es el paciente y cuál el terapeuta. Es el ejemplo del médico que se levanta con dolor de cabeza y acude un paciente a consultarle que no puede soportar lo que le duele la cabeza: para dolor de cabeza el mío, y así y todo estoy aquí pasando la consulta. El paciente podría muy bien argumentarle que el dolor de cabeza del médico a él no le importa en absoluto, que el que le importa es el suyo, y tendría razón.

También sirve el ejemplo del terapeuta que sufre con el dolor del paciente como si fuera el propio, llora con él su pena, se lo lleva a casa a convivir con su familia (normalmente en sentido figurado) en una empatía mal entendida y pierde así completamente su posición terapéutica. Los pacientes vienen en busca de ayuda profesional, no de amigos, que ellos ya tienen los suyos y no los han podido ayudar, por eso han venido. O el caso contrario (en el inconsciente los opuestos son lo mismo) en que el profesional no se implica en absoluto con el sufrimiento del paciente por temor a confundirse en él.

Todas estas situaciones esconden una implicación personal que debió quedarse colgada en la percha de la entrada sin participar en la relación terapéutica, y esta identificación tiene que ver con un temor al contagio, a que le pase lo mismo que al paciente y no lo pueda resolver. Al final, si el paciente no mejora o fallece, se vive como un fracaso porque entonces nos damos cuenta de que no lo podemos todo, que la ciencia no es infalible y, en realidad, que nosotros tampoco conseguiremos alcanzar la inmortalidad.

En definitiva, es preciso reflexionar sobre qué parte de autoayuda se ha ido a buscar en la Facultad para poder identificarla y apartarla de la relación con los pacientes, se será mejor profesional y se disfrutará mucho de ello. Y si alguien considera que necesita ayuda, que la busque en un profesional competente, así cada uno ocupará el lugar que le corresponde.

De infidelidades

Siempre me ha llamado la atención lo fácil que es equivocarse al pronunciar la palabra infidelidad con la cercana infelicidad, supongo que por la contigüidad de una con la otra. Se entienden juntas porque la infidelidad como traición genera cuando menos tristeza, si no frustración y rabia. Pero la fidelidad no es un concepto natural de la especie, sino que se trata de un artificio adquirido en la evolución humana para mantener la cohesión social, que se asume como inherente y de obligado cumplimiento sin necesidad de explicitarlo en las relaciones de pareja. Aunque algunas parejas pactan vínculos abiertos en los que se aceptan relaciones externas, también habrá infidelidad en lo que se aparte de dicho pacto, porque algún pacto habrá que establecer o no habrá relación que infidelizar.

Por eso de que normalmente no se explicita el contenido del pacto en el sentido de definir a partir de qué nivel de relación con otros se puede empezar a hablar de infidelidad, a veces se cae en grotescas especulaciones que rayan lo cómico en cuanto a la unidad de medida a utilizar para definir la distancia que separó a los dos cuerpos en el momento, o momentos, de autos: metros, centímetros, milímetros, unidades negativas o kilómetros fulminados por internet… Para algunos solo se puede hablar de infidelidad si ha habido relación sexual, para otros basta una mirada libidinosa, pero en el fondo lo que importa es el sentimiento asociado al acto, incluso el asociado meramente a la fantasía infiel. De ahí la preocupación del engañado con los porqués del engaño.

Y por aquello de que se trata de un artificio cultural, hay que asumir que todos somos potencialmente infieles, así que no hay que culparse porque nos atraiga el nuevo vecino o la nueva compañera de trabajo aunque tengamos una pareja de la que nos sintamos completamente enamorados, es normal. Otra cosa es entrar en el juego de la seducción, sería de inmaduros si no nos interesa cambiar de pareja o no hemos establecido ese pacto de relación.

Es fácil ser fiel al principio de las relaciones, cuando el enamoramiento endorfínico anega la visión periférica, pero cuando las relaciones evolucionan a algo más elaborado, más del orden del amor implicado, hay que valorar la tentación de pasiones adolescentes como golosinas de absorción rápida por la pereza de trabajar en las pasiones actuales, más maduras y laboriosas, de lenta absorción pero sin duda más nutritivas. En las relaciones largas, la pasión hay que crearla todos los días, no se genera espontáneamente. Si la relación languidece, ¿a quién le amarga un dulce? Habrá que plantearse si se desea darla por terminada o se decide trabajar en ella.

Por otra parte, es una realidad que algo de celos tiene que jugarse en la pareja o si no, ¿cómo nos va a interesar alguien que no le interesa a nadie más o cómo vamos a desear algo que ya tenemos, o creemos que tenemos, y no tememos perder? No se debe abandonar el juego de la seducción después del enamoramiento, hay que repartir fichas hasta el último día, sea cual sea ese día.

Y si nos engañan, nos traicionan, nos son infieles, será inevitable que suframos por ello si estamos en-amorados, sería muy raro que no fuera así, lo que no debemos es engañarnos a nosotros mismos con que no nos importa o aquí no pasa nada, sí pasa y es una buena ocasión para el crecimiento, como todas las crisis, ya sea que decidamos continuar o concluir la relación.

Con todo esto, les propongo que cada día reserven un rato para enamorar con la pareja, y si no lo encuentran un ejercicio delicioso, háganse otros planteamientos más decididos, pero nunca, nunca se abandonen al aburrimiento, es una pérdida de tiempo.

Fracasar para no triunfar

¿Y miedo de qué? De tu propia luz, Jorge Armas.

Pareciera evidente que todos buscamos el éxito, el triunfo en todos los ámbitos de nuestra vida para alcanzar esa tan ansiada felicidad, tan ansiada como etérea y escurridiza. Pareciera sin lugar a dudas que todos deseamos tener una familia perfecta, como las que nos vende la publicidad institucional, un trabajo perfecto, una casa perfecta, unos amigos perfectos, una cuenta corriente perfecta… y en esta búsqueda algo indeterminada se nos va la vida. Está claro que es a través del deseo que nos mueve a buscar que parimos nuestras producciones, pero hay que leer bien este deseo para que sea el nuestro y no confundirlo con el de otros, para no perdernos en lo que otros esperan de nosotros, que no tiene necesariamente que coincidir con lo que nosotros deseamos para nosotros. Esa felicidad etérea por mal definida nos puede llevar al fracaso cuando se nos escurre porque al conseguir aquello que creíamos desear y por lo que trabajamos tanto nos quedamos vacíos, ese logro no nos conduce a la plenitud del gozo que habíamos imaginado. Por ejemplo, hemos trabajado mucho para comprar la casa de nuestros sueños y cuando nos instalamos en ella nos sentimos indiferentes. Quizá habría que ver si era la casa de nuestros sueños o la de los sueños de nuestra madre o nuestra pareja o de nuestro entorno social. Escurridiza si se piensa la felicidad como un estado al que se llega sin trabajar o trabajando solo una vez en un proyecto. No es así, en la felicidad hay que trabajar todos los días, enlazar un proyecto detrás del otro porque lo que nos hace felices hoy mañana estará obsoleto y necesitaremos otra cosa. No es un estatus, es un proceso. La felicidad hay que pensarla bien porque es un asunto particular, personal, privado, subjetivo, no comparable y para la que no hay guías o protocolos preelaborados que seguir, cada uno tiene que elaborarse el suyo.

Pero en lo que no se suele pensar es en si seremos capaces de vivir nuestro éxito, disfrutar con plenitud lo que legítimamente hemos logrado con nuestro trabajo, gozarlo de manera abierta, sin escondernos ni exhibirnos. Porque por una parte aquí se entrama la idea religiosa de que a este mundo hemos venido a sufrir, con la promesa de la felicidad eterna —también etérea— y se piensa como pecaminoso el bienestar, como antesala de una desgracia que venga a imponernos la penitencia por tamaña desfachatez, que venga a aliviarnos la culpa de haber triunfado más que nuestros padres, como si la civilización pudiera progresar de otra manera. Y por otra, y mucho más impensada por inconsciente, el que directamente cuesta asimilar el éxito, el que se puede vivir solo con ocupaciones, sin preocupaciones, cuando se colocan los avatares de la vida justo en el lugar que les corresponde. Pongo otro ejemplo, es normal afligirse por la pérdida de los padres, pero no es una tragedia sobrevivirlos, es lo normal, no hay que vivir con ese temor porque lo deseable es que ocurra, evidentemente mejor cuanto más tarde. O vivir con cualquier otro miedo a perder lo que se tiene, preocupados, no, la cuestión es trabajar para conservarlo, ocuparnos de ello, porque si no lo perdemos seguro. Piensen en personas exitosas que no han podido superarlo, el cantante Michael Jackson por ejemplo, o tantos otros que lo tuvieron todo y se quedaron en nada porque pensaron que ya no tenían que trabajar más. Es verdad que se nos mal enseña desde niños a cómo superar las dificultades, esa vida llena de tropiezos que se nos muestra como inmodificable, pero ni se plantea cómo se vive cuando se superan estas dificultades con nuestro propio esfuerzo, que no sacrificio que también es del orden de lo religioso. El trabajo es un esfuerzo, no un sacrificio ritual.

Yo les propongo ser ambiciosos y trabajar más allá de las dificultades para ser capaces de habitar el Edén particular sin sentirse culpables por ello. No fracasen cuando triunfen ni se boicoteen para no hacerlo. No crean que es tan sencillo, pero se puede si se quiere, como todo.

Amor verdadero

Un artículo publicado en la sección de psicología de El País Semanal titulado Relaciones conscientes, de Raimón Samsó, me hizo pensar si realmente somos conscientes en nuestras relaciones personales, ya sean de pareja o de amistad, que tampoco hay tanta diferencia. Quiero decir, ¿realmente decidimos de forma consciente con quién nos relacionamos, a quién amamos? Pudiera parecer algo frívolo o interesado, como decidir si la relación con esta o aquella persona nos conviene o no. Pues es exactamente así, una cuestión de interés, o debería serlo. Y es que regirnos en la vida por nuestros propios intereses está mal visto, quizá porque está mal entendido, pero es de lo más conveniente.

Parece que una relación sentimental debiera ser totalmente inconsciente, guiada solo por la pasión del enamoramiento al más puro estilo principesco: románticas veladas a la luz de la luna intercambiando miradas embelesadas con cualquier fondo de película, según el gusto de cada cual; o encaminada a encontrar al príncipe o la princesa de tintes azulados que venga a completar la mitad que falta, como si se viviera demediado sin pareja. ¡Cuánto daño han hecho los cuentos infantiles tradicionales o sus versiones para adultos, las revistas del corazón! Nadie escribió cómo continúan esas historias después de que se comieron las perdices de la boda, a la vuelta de la luna de miel, cuando hay que madrugar a diario para trabajar, hacer la compra del supermercado, cuidar a los niños o visitar a la familia política. De ahí las frustraciones por expectativas irreales, fantásticas y del orden de lo mágico por pretenderlas sin trabajo.

No es así, no nos engañemos. Es indudable que la atracción erótica es fundamental en una relación de pareja, pero luego hay que trabajar diariamente para que una relación funcione, hay que enamorar, hay que dedicarle energía, ganas, deseo para que ese enamoramiento inicial se transforme en verdadero amor, algo mucho más elaborado y desde luego más consciente. Nunca se tiene pareja, se hace pareja al amar, desde que pensemos que tenemos algo o a alguien, ya lo estamos perdiendo porque no se desea lo que ya se tiene. No es cuestión de durar, se trata de amar.

Y esto tiene que ver con el modelo mayoritario de relación al uso, el narcisista, o amarse en el otro: querer y atribuir al otro la propia imagen y semejanza, sin valorar el enriquecimiento de lo diferente, como si se pudiera evolucionar en la igualdad, sin discrepancias. Esto, aparte de imposible, es bastante aburrido y el colmo del involucionismo, como casarse en familia, por eso está biológicamente prohibido, porque sería socialmente devastador.

Tienen algo de razón las abuelas cuando dicen que hoy ya no se aguanta nada, que al mínimo inconveniente las parejas se separan. Es cierto en parte, como dice una amiga mía, parece que lo difícil es no romper. Romper es fácil y hasta poético, lo difícil es quedarse a trabajar la relación, todo un arte. Sin aferrarse a lo imposible, que las relaciones normalmente se rompen solas y en ese punto ya suelen ser irrecuperables.

El verdadero amor es generoso, apasionado, ligero, divertido, progresivo –las relaciones crecen o decrecen, nunca se detienen– y muy interesante. Pero todo esto no viene dado por arte de encantamiento, sino que hay que hacerlo, hay que implicarse, hay que currárselo. Por eso hay que saber elegir con quién merece trabajarse una relación, porque nos define la calidad de nuestra relaciones sociales. No se trata de ir por ahí malgastando energía en trabajos poco productivos, abundan las buenas inversiones, muy convenientes para nuestros intereses.

Evidentemente que no me refiero solo a las relaciones de pareja, sino a todos los amores que se hacen fuera de la familia de origen, la familia que se crea cada uno, la producida y la elegida. Los amigos también forman parte de esa familia cultural porque somos seres sociales. No seamos descuidados ni perezosos, al final siempre recibimos de lo que damos y esto también es muy narcisista, como la naturaleza humana.

Felicidad

La felicidad, ese bien tan ansiado como escurridizo, tan subjetivo como individual, parece que se nos escapa en cuanto atisbamos su presencia, o apenas su proximidad. Incluso algunos la temen como presagio de alguna desgracia, un pensamiento mágico-ideológico de la tradición judeocristiana del que no es fácil evadirse, aunque no seamos conscientes de ello.

Pero pensemos un poco más: ¿Somos realmente capaces de vivir felices? ¿Sabemos? ¿Somos capaces de soportar vivir con nuestros éxitos o de ellos? Pues no crean que es tan sencillo, algunos fracasan cuando triunfan y otros ni siquiera son capaces de triunfar y se boicotean antes para no tener que soportarlo. Es bueno saberlo, darse cuenta, porque a esto también se aprende, se entrena uno triunfando.

Por eso no se puede pretender elaborar una definición universal de la felicidad, porque los éxitos son un asunto absolutamente particular, lo que sí es universal es que se consigue con trabajo, la suerte es de otro orden. Trabajo como esfuerzo, no como sacrificio, que también es tradición ideológica y no es necesario trabajar sufriendo, incluso podemos divertirnos, que no es pecado. Nos puede alegrar tener un golpe de suerte, pero la felicidad solo se obtiene con el producto del trabajo, con los resultados de un proyecto en el que hemos depositado nuestras fantasías, al que hemos dedicado nuestro esfuerzo con ilusión, donde hemos colocado las ganas hasta los días en que no las teníamos. Está demostrado que la mayoría de las personas a las que les toca una importante cantidad de dinero en la lotería al cabo de unos años están económicamente igual o peor que antes, y desde luego no más felices. Son pocos los que aprovechan la suerte para cambiar su vida, y lo hacen trabajando, los otros creen que ya no tienen que trabajar más y por eso se empobrecen.

Entonces, trabajemos con tesón en nuestro proyecto vital, pongámosle imaginación a nuestros objetivos sin temor y andemos con valentía el camino que hayamos decidido transitar. Y cuando lleguemos al destino deseado, disfrutémoslo sin rubor, pero también sin olvidar empezar a plantearnos el siguiente objetivo porque ya saben, el que no trabaja se empobrece. La felicidad, el éxito no son estables ni estancos, la dicha de hoy estará obsoleta mañana y así está bien, es lo que nos hace evolucionar, la inquietud, la quietud nos mata. Si pensamos que ya hemos llegado a la cima, ahí empezaremos a descender.

Y todo esto sin esperar fantásticas ayudas externas, que no digo sin contar con los otros, que no es posible, sino sin esperar intervenciones divinas, quiero decir, sin esperanzas, que esto además de infantil es bastante poco productivo. Y tampoco responsabilizando a los demás de lo que nos pasa o de lo que no nos pasa, porque de todo eso somos nosotros los únicos responsables, por tanto también los únicos capaces de cambiarlo si lo deseamos de veras y nos ponemos a ello.

Mejor no esperar, mejor andar, amar y trabajar, que sin amor no somos capaces de lograr ningún objetivo y mucho menos de vivir felices.

Quizá podríamos quedarnos con la propuesta de Gandhi de que la felicidad se alcanza cuando lo que uno piensa, lo que uno dice y lo que uno hace están en armonía. Sin confundir la armonía con la estabilidad, mejor pensarla como un equilibrio inestable del que hay que ocuparse constantemente, siempre, hasta que la muerte venga a estabilizarlo todo.