“No tengo nada”

Los médicos me han dicho que no tengo nada, que lo mío es todo de la cabeza, pero entonces qué hago para no sufrir tanto…

Quizá el problema estaría en definir qué es tener o no tener algo, salud, por ejemplo, y si la cabeza, la mente, puede estar enferma aunque los parámetros bioquímicos y las modernas técnicas de neuroimagen no muestren ninguna alteración según los estándares científicos del momento. Quizá la pregunta sería si se puede considerar que una persona está sana si no es capaz de levantarse de la cama con ganas de mirar el día, o si no es capaz de dormirse por miedo a su propia oscuridad. Puede que los marcadores de salud y enfermedad haya que revisarlos en el sentido del desmarcar, del cuantificar hasta un punto y cualificar el resto, porque la parte cuantificable de lo humano es siempre cualitativamente la menor. Todo está tocado por lo subjetivo, lo cuantitativo también, aunque no lo parezca, y el médico desde luego, aunque no quiera. De hecho, el no querer no es más que una subjetividad mal empleada, o mal educada por temor a que los miedos del paciente despierten en el médico desvelos agazapados.

Se podría empezar por dejar de pretender que cuerpo y mente sean asuntos diversos, separados o disociados; como si se pudiera enfermar uno y permanecer el otro intacto, como si se pudiera tratar a uno sin abordar al otro porque no es de mi especialidad. Como si la enfermedad de uno descartara la enfermedad del otro.

Cómo va a ser posible que una persona aquejada de un dolor crónico no haya que tratarle también el ánimo enfermo, que además le empeora el dolor, por más orgánica y objetiva que sea la causa del cuadro doloroso. Cómo podría no tratársele un dolor de espalda persistente a una persona diagnosticada de depresión por más que el peso que se ha echado sobre los hombros no sea valorable en la resonancia magnética. Tan disparatado como ignorar que los dolores del alma acaban imprimiendo huellas en el cuerpo, que la angustia y la tristeza terminan por lesionar los órganos de pura depresión inmunológica, de puro agotamiento de los recursos naturales para afrontar el estrés que cada uno se vea forzado a soportar.

La subespecialización de la Medicina no puede servir de excusa para posicionarnos del lado del cuerpo o de la mente de forma excluyente pensando al ser humano de forma fragmentada, porque las personas lo llevamos siempre todo puesto. Tal vez el médico es el que debería empezar por no fragmentarse.

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Psicofármacos o Psicoterapia

Se podrían pensar como irreconciliables, incompatibles, que profesionales y pacientes deben decidir posicionamiento, pero no debe ser así. Todo depende de cómo se articulen, porque esta relación, como cualquier otra, para que funcione hay que elaborarla. Es mejor aprovecharla para conseguir que ambos sanen sinérgicamente que antagonismos estériles teñidos de fundamentalismos de uno y otro bando.

Vivimos inmersos en la cultura de lo inmediato, que suele ser sinónimo de lo efímero, porque las soluciones expeditivas normalmente llevan aparejada la transitoriedad, y esto se entrama en lo ideológico hasta que resulta difícil valorarlo con objetividad o desde la crítica creativa. La rapidez produce espejismos engañosos, no hay que dejarse seducir por simplicidades. Nada que merezca realmente la pena se produce sin trabajo, aunque lo elaborado al final suele ser bastante sencillo, que no es lo mismo que simple, siempre poco interesante.

Si nos proponemos destejer la intrincada tela de araña en la que nos hemos atrapado después de muchos años de dedicación, sería ingenuo pensar que podemos hacerlo de un pastillazo, algo de trabajo e implicación nos va a costar, y mucho de responsabilidad nos va a exigir. Pero la recompensa, si pudiéramos vislumbrarla de inicio, justificaría cualquier esfuerzo.

El trabajo en psicoterapia corresponde al paciente, el terapeuta ejercerá su función, pero su trabajo es de otro orden. Es el paciente el que se tiene que comprometer con su deseo de re-crearse para no repetirse de la misma manera. Sin deseo no hay terapia. Y desenredarse lleva un tiempo que hay que colocar en la perspectiva de los objetivos en los que se ha puesto el interés. Desinstalarnos del principio de placer y aprender a posponer la recompensa inmediata por otra futura más conveniente a nuestros propósitos nos inserta en la cultura, ese hecho tan artificiosamente humano. Y esto hay que trabajarlo para aprender a desearlo.

Los psicofármacos también son un artificio humano, como los aviones, las telecomunicaciones o la poesía, incuestionablemente aptos para hacer la vida más fácil y agradable, pero como todo lo demás, en su justa medida, los extremos conducen al mismo punto. Internet es un instrumento poderosísimo de información y comunicación, a la vez que se convierte, mal empleado, en una trampa aislante y embrutecedora. Lo mismo ocurre con los fármacos indicados para apaciguar los dolores del alma, que como los indicados para los dolores del cuerpo, son apropiados para el alivio sintomático, pero perversos si se convierten en un fin en sí mismos como obturadores de lo manifiesto. No progresaremos si no encaramos la angustia del no saber para ponerle palabras. Los psicofármacos no curan, facilitan la cura trabajada con la ayuda profesional. La autoayuda no es terapéutica.

Entonces, psicofármacos que permitan soportar aperturas psicoterapéuticas que puedan resultar transitoriamente dolorosas, y más psicoterapia para elaborarlas. Ni unos ni otras deben aplicarse en peligrosos taponamientos psíquicos que a la larga provocarán cataclismos imprevisibles.

Presentación “Mejor Vivir”, de Jorge Armas

Nos reúne la presentación de un libro de la vida, o de un libro para la vida, un libro que refleja los cuestionamientos que antes o después se nos plantean a casi todos, por lo menos a los que pretendemos vivir lo mejor posible.

De cómo nos planteamos la vida y cómo resolvemos sus retos los seres humanos sabe bastante el autor, Jorge Armas, asunto al que se dedica profesionalmente desde su formación como psicoanalista, en ejercicio en esta ciudad desde 1998. Sus muchas horas de escucha a los dolores del alma humana le han dado para extractar los más comunes, aunque lo humano no sea muy dado a extractarse o a globalizarse, asumiendo que no a todos nos preocupan las mismas cosas de la misma manera.

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