¿Y tú qué tomas? Decisiones

Alguna vez tendrás que jugártela a una sola carta, Jorge Armas

Últimamente he leído varias veces a modo de aforismo sin autoría, que yo sepa, ¿Y tú que tomas para ser feliz? Decisiones, y se me ha ocurrido que dentro de las frases lapidarias que se han puesto tan de moda en la red para colgar en el perfil sin tener que elaborarse una propia, menos lapidaria pero también más auténtica y comprometida, esta tiene su contenido.

Tomar decisiones no es tarea fácil, y eso que las tomamos continuamente sin darnos cuenta, pero son un tratamiento necesario para la vida, digamos que es incompatible con la vida no tomarlas. Claro que tomar decisiones que consideramos importantes nos asusta a todos. ¿Por qué? Aunque quizá sería mejor plantearse, ¿para qué?, el para qué de la duda.

Cualquiera diría que por miedo a equivocarse, pero entonces tendríamos que entrar a definir equivocarse. La vía fácil definiría no conseguir el resultado esperado, pero lo que se debe valorar es el camino mostrado por ese presunto error de resultado, lo aprendido en él, lo que nos ha recolocado en la posición vital que cada uno tiene que elaborarse personalmente. Porque podría ser que esa supuesta equivocación nos haya abierto alguna posibilidad antes insospechada que no le hemos atribuido oportunamente al error. Igual que las crisis, como ya he escrito en otro post, los errores también son oportunidades de crecimiento si los tomamos como caminos de aprendizaje, aunque sea para aprender cómo no queremos hacer las cosas. Es imposible hacer las cosas bien a la primera. La humanidad empezó a investigar por el método del ensayo-error, aunque es cierto que, igual que el método científico ha evolucionado bastante desde entonces, la evolución personal también tiene que avanzar más allá, pero el ensayo es una parte imprescindible en toda investigación, y en toda evolución. No probar por miedo a equivocarse es de perezosos. Abandonar la reducida zona de certezas confortables nos lleva a infinita región de las incertidumbres del crecimiento.

Entonces, podríamos cambiar el porqué del miedo al error por el para qué de la duda, y esa sí es la auténtica cuestión inconsciente. No tomar decisiones para ver si la duda se resuelve sola, que de hecho es lo que ocurre y si no decidimos otros lo harán por nosotros, normalmente de forma inconveniente a nuestros intereses, para de esa manera tener a quién atribuir la responsabilidad de los resultados. Si son malos, no es culpa nuestra, y si son buenos, no tenemos que asumir la responsabilidad derivada de ellos, que no es poca cosa. Si triunfamos en una empresa, por ejemplo al poner un negocio, tendremos que asumir la responsabilidad de este triunfo: pagar a los empleados, mantener a la familia, ofrecer un buen servicio a los clientes, aceptar que otros nos critiquen envidiosos, como probablemente nosotros también hayamos hecho antes, crecer más que nuestros padres, tener más dinero que ellos. Para muchos esto es del orden de lo insoportable.

Pero más profundo e inconsciente que todo eso está el asunto de que mientras no se toma una decisión se delira con que el tiempo no pasa, está detenido, y así se juguetea con la fantasía de la inmortalidad que todos llevamos dentro. Aunque seamos plenamente conscientes de la realidad de la muerte, en el inconsciente la idea de la propia muerte no tiene representación. Así, de repente nos damos cuenta de lo que han crecido los niños de nuestros amigos mientras nos decidimos a tener los nuestros, de que al primo lo han nombrado jefe de su departamento mientras nosotros dudamos si hacemos o no ese máster, de la estupenda casa nueva a la que se han mudado los vecinos mientras nos decidimos a ganar más dinero para comprarnos una casa mejor que en la que vivimos de niños. La cuestión es no creerse estos delirios y apostar, incluso a veces a una sola carta…

Vivir tiene eso, que nada es cierto, lo contrario de la muerte, que es todo certidumbre.

En principio, la incertidumbre

Qué mal nos manejamos con la incertidumbre y cómo nos cuesta aceptar lo imprescindible que resulta para progresar. Pretendemos diseñar una sociedad de certezas elaborada con respuestas cerradas que nos aporten seguridad, cuando son las preguntas las que mueven el mundo, cuando en el fondo los porqués no importan, mejor ocuparnos de los para qué.

Es la ideología generalizada en la sociedad de diario, quizá desde siempre, con sus particularidades según la época. Pensemos por ejemplo en la enorme oferta de seguros disponible para asegurar lo que es por definición incierto, la vida y sus avatares; empresas de seguridad para que no nos roben en las casas; dispositivos de seguridad en los vehículos con protecciones infinitamente imposibles; incluso pretendemos que nos aseguren el tiempo que va a hacer el fin de semana y cuánto nos incomoda que la meteorología no sea una ciencia más exacta.

Todo para escapar de la única gran certeza que supone nuestra propia mortalidad, de esa no queremos saber nada y así nos perdemos vivir de tanto evitar. Ignorando que estamos limitados por la muerte, que no somos inmortales, nos olvidamos de lo evidente, que tenemos toda la vida por delante, que vivir es el camino más largo hasta la muerte.

Y para vivir hay que dudar. Si no dudamos, cómo vamos a cambiar de estado, o cómo vamos a hacer evolucionar el estado en el que estemos. Pero para eso tenemos que aceptar un cierto grado de incertidumbre, de angustia, hasta reposicionarnos en un nuevo lugar, siempre más elaborado que el anterior si hemos trabajado para ello, si nuestras posiciones no dependen de los caprichos de la corriente. Y siempre dependen de nosotros, aunque haya quien evite dudar para así no tener que tomar decisiones, dejarse llevar por la corriente también es una decisión y suele ser contraria a nuestros intereses.

Pero la angustia inherente a la incertidumbre no es fácil de tolerar si no se acepta como parte del proceso. No se trata de instalarse en un sinvivir de dudas permanente, hay que tomar decisiones, elegir caminos y volver a tomarlas y volver a elegirlos y cambiarlos y reconducirse y así siempre. Sin embargo dudar está mal visto, tiene mala prensa, cuando vivir sin dudar no es más que vegetar.