La buena educación

Con cierta frecuencia observo en mi consulta, y en la vida, cómo algunos hijos adoptan posturas autoritarias disfrazadas de celosa preocupación en la atención a sus padres ancianos. Algunas posiciones me parecen que rayan lo irrespetuoso y hasta la intromisión en la libertad individual de las personas. Evidentemente no me refiero a pacientes que sufren un deterioro cognitivo que les impide tomar decisiones de forma independiente, sino a personas de mente lúcida, que no siempre tiene que ver con los años, y por tanto con capacidad para decidir de manera libre sobre su vida o incluso sobre su muerte. Personas mayores de edad, no hay que olvidarlo, y por tanto con sus derechos ciudadanos intactos.

            Detrás de este aparente sobrecuidado se pueden esconder varias cuestiones. Una de ellas es el sentimiento de culpa por abrigar deseos inconscientes de que desaparezcan, porque les carga su cuidado o porque nunca les parece bastante una atención que en el fondo no desean ofrecer, y por eso siempre se sienten en números rojos; o bien por rencores pasados no elaborados a su debido tiempo, lo que también generará sentimiento de culpa cuando al final, según la ley de la vida, enfermen o fallezcan. En ocasiones estos rencores pueden degenerar hasta en venganza por hacer culpable a los padres de todas las frustraciones vitales. Quizá en estos casos sería más sano plantearse delegar el cuidado en otros, pero es una decisión muy íntima de cada familia.

            Otra cuestión que se pone en juego cuando los padres envejecen es que muestran la evidencia del envejecimiento también de los hijos, así que si los padres enferman y fallecen, es que esto les ocurrirá de la misma manera a los hijos. La demostración del tan temido paso del tiempo que muchos se empeñan en taponar con las múltiples distracciones de la vida diaria.

            Para hacer de abogado del diablo, aunque debemos abstenernos de opinar en asuntos internos, habría que plantearse el grado de responsabilidad que tienen también los padres en la educación de esos hijos, siempre teniendo en cuenta que a partir de la mayoría de edad todos somos responsables de nuestra propia educación. Y es que algunas veces la venganza viene de parte de los padres por no poder soportar la envidia de que sus hijos los hayan superado en la vida, por otra parte regla elemental para el progreso de la humanidad.

            Es cierto que en cada familia se producen las relaciones de una manera particular. Lo saludable sería elaborar los conflictos en el momento en que aparecen para vivir con serenidad el forzoso paso del tiempo. Esto es necesario porque no se puede vivir ignorando a la familia, pensar que eso es posible y tratar de conseguirlo es un autoengaño tan perezoso por no enfrentarse al problema como inviable. El que crea que lo ha conseguido que reflexione sinceramente consigo mismo. Otra cosa es que en el proceso se haya decidido, tras un trabajo en la relación familiar, que es tóxica y se determine que lo mejor es apartarse de ella, pero eso es con trabajo, no silenciando las dificultades.

            Un motivo frecuente de queja por parte de los hijos es la manipulación emocional a que los someten los padres en cuanto a que les demandan atención constante. Esto es así porque las personas al envejecer se sienten vulnerables y necesitan tener a alguien cercano que les dé seguridad. Aunque también forma parte del proceder personal de cada uno. La forma de manejar este asunto pasa por el establecimiento apropiado de límites que ayuden a los padres a tener más confianza en sus capacidades –me llamas si necesitas algo; o llamas a esta persona de referencia–, para de esta manera mantener su independencia el máximo tiempo posible, y también a los hijos a no sentirse culpables por sobrevivirlos y continuar con sus asuntos sin descuidarlos.

            Así que seamos educados y adultos maduros, concedamos a nuestros padres vivir con independencia todo lo que su salud les permita, cuidémoslos de manera sana para las dos partes, sin rencores ni culpas, sin abandonarlos ni dejarnos la piel en el camino, no es necesario. Así, cuando llegue el momento de la despedida, lo viviremos con sana tristeza, como debe ser.

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Con pasión

Se me ha ocurrido este juego de palabras por salir del lugar común de lo políticamente correcto, tan común en estos tiempos que puede pasarnos desapercibido, de apelar a la compasión hacia el desfavorecido como recurso sin pensamiento, por lo que se sitúa en la frontera de lo hipócrita.

Las posibilidades de conmovernos por lo que vemos todos los días en las noticias rayan lo insoportable, tanto que casi nos obligamos a mirar a otro lado para poder sobrevivir; es como si el mundo se ensañara para no dejar vivir en paz a nadie, ni a los afectados ni a los que no les toca en esa ronda. Además, la Historia nos hace ser pesimistas porque muestra que parece que va a ser siempre así, parece que al hombre, el animal más evolucionado del mundo conocido, le cuesta vivir de manera civilizada, parece que no soporta vivir con tranquilidad y se pasa la vida inventando cómo boicotearse. En realidad, el hombre, si no ingresa en la cultura, es un animal más, incluso más brutal porque ha perdido el beneficio que los instintos procuran a la supervivencia de la especie. El hombre acultural es un salvaje al descubierto, sin límites que velen por su propia suerte, incapaz de protegerse siquiera a sí mismo, impotente para cuidar de los suyos.

Estas cuestiones globales son extrapolables a nuestros pequeños mundos de diario en los que también contemplamos situaciones conmovedoras que según la posición que ocupemos en la sociedad tendremos más o menos recursos con los que implicarnos. Para los que nos dedicamos a profesiones sanitarias, las situaciones de desamparo, soledad, falta de recursos –no solo económicos, en muchos casos se trata de recursos psíquicos–, desilusión, impotencia, tristeza o desamor constituyen una dimensión importante de nuestros retos laborales, pero al menos nosotros tenemos la capacidad, mayor o menor según las circunstancias, de intervenir de alguna manera para tratar de mejorar en lo posible las condiciones. Entiendo que muchas personas sientan compasión por otras y no sepan cómo ayudarlas.

Aquí voy a rescatar el eslogan de los activistas medioambientales, aunque también suene un poco a lugar común, del piensa globalmente y actúa localmente en cuanto a que no podemos hacer mucho por la paz del mundo pero sí que podemos hacer bastante por el bienestar de nuestros micromundos. Y nuestros micromundos empiezan por trabajar para elaborarnos nuestra propia paz; sí, así de aparentemente egoísta es el asunto, si nosotros no estamos bien cómo vamos a aportar bienestar a los demás. Eso que comentaba antes de que parece que el mundo se ensañara para no dejar vivir en paz a nadie, parte del propio individuo, ¿acaso conocen a muchos individuos que se dejen vivir en paz a sí mismos? ¿No les resulta más conocido contemplar sujetos que insisten una y otra vez en complicarse la vida? ¿No escuchan a veces los motivos que han llevado a algunas personas a enfadarse definitivamente con otras en los que no parece jugarse más que una cuestión de matices?

La realidad es que al ser humano le cuesta vivir bien, en general se pasa la vida tratando de resolver problemas para empezar a vivir después –cuando tenga trabajo fijo, cuando tenga casa propia, cuando crezcan los hijos– sin darse cuenta de que la vida se vive en el proceso, no al final, al final se muere. Está bien fantasear, planificar y ejecutar los proyectos vitales, pero hay que saber disfrutar del proceso y lo que suele ser más complicado, disfrutar del resultado, sin dormirse en los laureles para iniciar el siguiente proyecto, pero dándose tiempo para saborear las delicias del producto del trabajo: una agradable profesión, una casa estupenda, unos hijos saludables.

Pues a esto, a vivir bien, es a lo que hay que ponerle pasión; la vida hay que vivirla con pasión y sin compasión; con pasión hacia nosotros mismos y hacia los demás se atraviesa la compasión inmovilista y estéril. Y tratar de vivir bien es una responsabilidad de cada uno, para cada uno y para los otros de alrededor, si no, fíjense de lo que es capaz el hombre que solo sabe mal vivir.

Con las pasiones educadas de todos haremos un mundo mejor, así que eduquémoslas en la cultura.

Envidia universal

Ya he comentado alguna vez que envidiosos somos todos, y el que crea que no lo es, está mal informado o tiene anulada su capacidad de introspección o sencillamente se engaña. La envidia no es desear lo que tiene el otro, este argumento sería de fácil refutación, y seguro que los negacionistas se apoyan en él: si a mí no me gusta para nada el coche nuevo de mi vecino, yo no soy envidioso, que le diera un golpe al salir del garaje es un suceso fortuito, a cualquiera le puede pasar… Podría ser cierto si no fuera porque lo que se le envidia al vecino no es el coche, lo que cuesta soportar es la felicidad que se le atribuye con su flamante coche nuevo. Y ahí estamos todos atravesados por ese afecto estructural del ser humano. Como los celos, pero odiar a un tercero que se interpone en el camino de dos, un hermano, un amante, en condiciones normales no suele ser tan peligroso como una envidia desenfrenada y salvaje, aunque muchas veces ambos afectos caminan de la mano confundidos. Por eso hay que aprender a domesticarla y a identificarla en los otros para protegernos.

Lo importante no es tanto sentir envidia, que ya mencioné antes que es inherente al ser humano, como lo que se hace con ella: si la identificamos con naturalidad, no tendremos la necesidad de abollarle sin querer el coche nuevo al vecino, si acaso nos servirá para ganar el dinero suficiente para comprarnos uno igual o mejor, o seguiremos a nuestras cosas sin acordarnos más del asunto. Si no aprendemos a domesticarla, nos asalvajará, porque la envidia es un afecto muy primitivo, de mentes muy poco elaboradas. Seguro que el vecino ha trabajado mucho para conseguir ese coche nuevo, o el compañero de trabajo ese merecido ascenso, o mi amiga Paqui para tener ese cuerpo escultural. El envidioso es incapaz de valorar el esfuerzo que le ha costado al envidiado lograr lo que parece hacerlo tan feliz.

No debemos caer en sus redes, ni en las del envidioso ni en las del envidiado, porque insisto en que pueden llegar a ser muy peligrosos si nos rayan el coche, le critican al jefe nuestro trabajo o nos tiran por encima de nuestro estupendo vestido blanco una copa llena de vino tinto, por proponer ejemplos básicos. Del envidioso hay que apartarse, no darle cancha, ni exhibirse ni esconderse, pero mantenerlo vigilado. Y si nos descubrimos a nosotros mismos envidiando, pues igual, no darnos cancha, ni tregua y mantenernos vigilados. Crecer, así se nos pasarán las ganas de rajarle las cinco ruedas –incluida la de repuesto– a ese descapotable rojo recién estrenado que a saber cómo habrá comprado la flaca de la vecina que me imagino cómo consiguió que su director la ascendiera a jefe de sección del departamento donde lleva trabajando desde que terminó el máster que se pagó sirviendo copas hasta las tantas para luego estudiar todo el día que ni se le veía el pelo en la calle…

Hay que evitar distraerse en la vigilancia de la propia envidia, porque abandonada a sus anchas suele resultar devastadora en lo personal, y en aspectos que suelen pasar desapercibidos por confundirlos con otras cosas. Es el caso por ejemplo del que no triunfa en sus proyectos personales porque no soporta el triunfo de los demás, que interpreta en el terreno de la competición y así, si no puede ser el mejor, abandona con cualquier excusa por no soportar que otros sean más brillantes que él. Es el caso típico del que no consigue terminar sus estudios o encontrar un trabajo interesante y bien remunerado porque siempre se tropieza con otros mejores, sin darse cuenta de que la única comparación y competición posible es con uno mismo, y que ser capaz de tolerar rodearse de la gente mejor es de lo más enriquecedor.

Otro efecto devastador de esta envidia universal, tan poco tenida en cuenta por aquello de que está mal vista y yo no soy envidioso, es el que en una sociedad con poca cultura, con mala educación, la envidia florece sin control y cuesta identificarla en un ambiente de uniformidad envidiosa. Así se crean sociedades mediocres porque el envidioso no soporta la luz del brillante: la sociedad no progresa, el brillante se deslustra y el envidioso rumia su resentimiento con el mundo anodino y gris que él contribuye a crear. Con esta perspectiva, la queja está servida, y el que se queja no trabaja para superar el motivo de su disgusto porque si no, de qué va a quejarse.

No es mundo para mediocres

Una amiga me contaba hace unos días una anécdota de su hija de cinco años. Al parecer la maestra pidió a la clase que dibujara “una madre paseando al sol”, lo que la niña de mi amiga representó como una señora paseando el sol dentro de un carrito de bebé. La maestra corrigió el dibujo por incorrecto y la niña de cinco años se quedó sin entender nada, su madre tampoco. Mi amiga fue a comentárselo a la maestra que insistió en la incorrección del dibujo. Según su encorsetado criterio, el dibujo debía consistir en las previsibles variantes de madre con niño bajo sol que brilla en su correcta posición celeste.

Otra amiga me contó que la profesora de francés de su hijo de trece años los avisó para que acudieran a una entrevista los tres: madre, padre e hijo. Tampoco entendió por qué, su hijo había aprobado todas las asignaturas del trimestre, incluido el francés y la tutora, con la que habló por teléfono en relación a la inesperada cita, no dio importancia a la ligera caída de las calificaciones en un adolescente interesado en otras cosas, como le corresponde, ni conocía el motivo del apercibimiento de la profesora de francés. El problema parecía consistir en que el hijo adolescente de mi amiga no había contestado en el examen a las preguntas de gramática, evidentemente porque no estudió, y sin embargo contestó perfectamente un difícil ejercicio de audición que fallaron todos los demás. Por eso, y pese a sus evidentes reticencias, la profesora tuvo que aprobarlo, algo que aparentemente no llevaba muy bien.

¿Qué podemos leer entre líneas en estos dos casos? Qué ninguna de las dos docentes pudo soportar que sus alumnos se apartaran de forma inteligente de la norma que ellas habían establecido, dentro de su limitada capacidad de imaginar. Pero si se le impide a los jóvenes que reten a sus padres y profesores, que los sorprendan, que puedan ser más listos, ¿cómo avanzará la humanidad? Pues lo vemos todos los días en la envidiosa mediocridad cotidiana que nos vemos obligados a soportar en diversos (más de los debidos) ámbitos sociales, y que de tan cotidiana a veces nos pasa desapercibida. Por ejemplo, que muchos de los dirigentes de las instituciones públicas no sean las personas más brillantes, sino las que hacen menos sombra a sus grises y anodinos predecesores: en la Sanidad, la Educación, la Justicia, la Universidad…

La humanidad evoluciona por la disidencia de una generación con la anterior. En oposición al conservadurismo de los padres, los hijos deben ser progresistas, y esto no es una cuestión de partidos, sino de la Política como generadora del ordenamiento social. Por eso, evitemos una educación mediocre, envidiosa y homogeneizadora en el bajo rasero y promovamos una sociedad de gente inteligente, brillante, diferente, con imaginación, que nos estimule a todos en el reto de estar a la altura, pero en la altura de arriba. Para ello tenemos que atravesar la envidia que nos paraliza a nosotros mismos y nos impide progresar, y que tan involucionista resulta tanto para nosotros como para la sociedad, para así poder soportar el triunfo ajeno, primer paso para soportar nuestro triunfo personal. En realidad lo que no soporta el envidioso no es la sombra que le pueda hacer el otro, sino que lo encandila su luz. Pero lo peor es que también lo encandila su propia luz.

Se trata de contrarrestar esa pátina de grisácea uniformidad burocratizada al más puro estilo de los países del Este antes de la caída de El Muro, con el colorido de las ideas de mentes despiertas, curiosas, que se dejan sorprender, críticas, elaboradas a base de segundos pensamientos, generosas, trabajadoras y con una incondicional capacidad de amar. Así seremos capaces de hacer crecer a la humanidad, y tenemos encomendada esta responsabilidad en lo que corresponde a nuestra parcela de relevo generacional. No cultivemos un mundo mediocre, sino el mejor que nuestras posibilidades nos permitan construir.

Los límites de la libertad en cultura

Se escucha en un decir de la calle que los límites de la libertad individual terminan donde empiezan los de los otros, lo que sin entrar en posibles matizaciones podríamos aceptar como principio de aplicabilidad universal. Lo cierto es que esta libertad se la debe construir cada uno edificándose sus propios límites, dentro de los cuales regirán las normas personales establecidas por el único habitante de ese micropaís, siempre que no sean incompatibles con la Ley, de la misma manera que dentro de las fronteras de un país rigen las leyes establecidas por su Gobierno. Así, igual que cuando viajamos a un país extranjero debemos respetar sus leyes aunque nos suenen extrañas desde nuestra cultura, lo mismo que las respetamos en el nuestro aunque no estemos de acuerdo, cuando alguien se acerque a nuestro micropaís deberá respetar nuestras leyes, nuestros límites. Y nosotros los de los demás.

Dentro de estos límites culturales se me ha ocurrido reflexionar sobre la sinceridad y la libertad de expresión. Me refiero en primer lugar a esa sinceridad mal entendida en la que parece que hay que decir todo lo que se piensa de algo o de alguien, entendiendo que nuestros pensamientos son de validez incuestionable, lo que es incuestionablemente falso: nuestras opiniones solo nos sirven a nosotros y por lo general por un limitado periodo de tiempo, y así debe ser porque si no involucionaríamos en vez de avanzar. Decirlo todo sin tener en cuenta al otro indica una incontinencia verbal y emocional solo explicable desde la incultura, y muchas veces desde la envidia. Hay que saber decir las cosas y también saber callarlas, aprender qué decir y cómo decirlo forma parte de la educación de las personas civilizadas. Decir todo lo que se piensa con frecuencia es más un método catártico para liberar una hostilidad encubierta que debería reconducirse en otros ámbitos (yoga, meditación, psicoterapia o ansiolíticos, por ejemplo), que una forma de honestidad bienintencionada. Y también con bastante frecuencia se trata de una incapacidad para contener una envidia desbocada.

Así, decirle a una amiga que la ropa le queda horrible porque hay que ver lo que ha engordado con los años —te lo digo por tu bien, como amiga—, no tiene nada que ver con decirle que quizá debería controlar un poco el peso porque es más saludable, y siempre que haya solicitado una opinión al respecto. Los comentarios perversos suelen esconder envidia, por ejemplo, de no soportar el placer con el que la otra disfruta de una buena mesa asumiendo los kilos de más sin demasiada preocupación.

Y ojo con aquello de le voy a decir cuatro cosas o cuatro verdades, porque lo mismo no nos conviene soltárselas a nuestro jefe, por muy sinceras y lapidarias verdades que sean, o sí, pero habrá que pensárselo sin incontinencias. No hay nada deshonesto en el silencio prudente.

Además de todo esto, cada uno de nosotros tiene derecho a reservarse una parcela de intimidad que no tiene la obligación de compartir con nadie, los límites de la sinceridad también son particulares y no canjeables: nada de sinceridad con sinceridad se paga…

La sinceridad trasladada al ámbito de lo público se podría encuadrar dentro de la tan defendida como políticamente correcta libertad de expresión, defendida a cualquier precio, o al precio de cualquiera. Pues no parece correcto que se traspasen los límites de la libertad de expresión del otro o que se defienda la libertad de expresión solo de un lado: mi libertad de expresión está bien, digo lo que quiero sin tapujos, sin límites porque yo estoy en posesión de la Verdad, pero al otro que no se le ocurra expresar libremente algo que no convenga a mis intereses, porque eso será del orden de lo inaceptable. En este planteamiento sí que hay hipocresía, parcialidad y una completa incapacidad para defender lo que parecen endebles argumentaciones, porque los argumentos sólidos se defienden solos.

La libertad es un concepto abstracto que hay que elaborar dentro de los límites de la cultura para convertirlo en un modo de vida productivo, si no es una salvajada.

La incultura del miedo

El miedo es una de las sensaciones humanas más primitivas que nos ha permitido la supervivencia en entornos hostiles, que son de todos los tiempos, al protegernos de peligros externos que pudieran amenazar nuestra vida. Sin miedo nos moriríamos nada más poner un pie en la calle atropellados por un conductor también sin miedo. El miedo es automático, preconsciente, alimentado por situaciones similares vividas en la evolución del hombre y trasmitidas entre generaciones. Hay algunos miedos generales para todas las sociedades y culturas, como el miedo a la oscuridad o a las serpientes, y otros más específicos relacionados con determinados ambientes, como al castigo divino en comunidades muy religiosas. El miedo prepara para la lucha o para la huida, según convenga, y aparece incluso en los animales superiores del lado del instinto.

Lo que no es protector es la angustia, que es miedo a nada, o a no se sabe qué, como ya he comentado en otro post. La angustia es del orden de lo inconsciente, aunque se le quiera hacer alguna atribución tranquilizadora a modo de excusa, porque el miedo sin objeto resulta realmente angustiante. Por ejemplo, tener miedo a quedarse en paro con un contrato fijo en una empresa próspera, o a que se muera alguien querido que ni siquiera está enfermo. Son miedos irracionales que tienen que ver con otra cosa que habría que investigar.

Desde aquí, algunos autores como Chomsky, proponen la cultura del miedo promovida por los medios de comunicación masiva como una estrategia de manipulación de las estructuras del poder político-económico con el fin de controlar a la población; para otros se trataría de un simple devenir natural de la sociedad solo modificable desde la educación. Sea como fuera, y sin tener que recurrir a la Historia, lo cierto es que cualquiera de nosotros que tenga cierta edad podrá revisar los miedos que han atemorizado al mundo en los últimos tiempos: desde la guerra fría a las crisis del petróleo, de la pandemia de SIDA a la de gripe A o a la reciente del Ébola, desde el terrorismo local al multinacional, del paro a la reconversión personal. Crisis que hemos ido superando con mayor o menor coste personal, pero que no dejan inmunidad para no temer a la siguiente.

Estrategia deliberada o evolución natural, no debemos dejar de ver los árboles entre el bosque: no hay que dejarse distraer con desgracias puntuales o tragedias particulares como si estuvieran a punto de generalizarse haciendo brotar una emotividad que anula el entendimiento crítico. Ya saben, dedicarles un segundo pensamiento, una vuelta reflexiva que evite la alienación. Ni dejarse atemorizar por previsiones apocalípticas, por aquello tan sabio de que si no podemos hacer nada para evitarlo, para qué preocuparse, y si podemos hacer algo, ¿qué hacemos preocupándonos en vez de trabajar?

Trabajar, esa es la cuestión, ocuparnos de nuestros asuntos particulares, aquellos que corresponden a nuestra área de influencia, es la mejor manera de mejorar el mundo. Si nos dedicamos profesionalmente a ayudar a los demás, pues ahí es donde tenemos que ejercer nuestra influencia. Si nos dedicamos a otra cosa, pues mejorémonos a nosotros mismos que eso se contagia.

Pongo un ejemplo muy extendido en las redes, por no entrar en asuntos de actualidad más trascendentales y complejos. Me refiero a esas cadenas que circulan enredadas mediante las que con un solo click supuestamente se colabora con alguna causa benéfica. A mí me dejan un regusto algo hipócrita, como para acallar conciencias. Si uno es activista, pues adelante, a trabajar en ello con implicación y dedicación, pero si uno no lo es, pues a trabajar en sus actividades sin complejos, colaborando en lo que pueda para ayudar a los que tiene cerca, que es la forma del activismo local.

Y ¿cómo evitar este miedo generalizado y contagioso? Miedo a todo, miedo a moverse, miedo a vivir para no morir. Pues mediante la cultura y la educación: leyendo, conversando, en el cine, el teatro, la música, las artes plásticas, el conocimiento científico y todas las manifestaciones culturales que tantos grandes hombres han creado a lo largo de la Historia. De hecho es una responsabilidad de cada generación no solo trasmitir este conocimiento, sino hacer nuevas aportaciones que lo enriquezcan.

Y con todo esto, criticar, criticar y criticar sin parar, así le crecen los hijos a los padres.

Pensamientos divergentes o segundos pensamientos

Si solo lees los libros que todos leen, solo puedes pensar lo que todos están pensando, atribuido a Murakami. Yo añadiría, si solo suscribes lo que todos dicen, solo puedes pensar lo que todos están pensando, y eso no quiere decir que sea lo más acertado, de hecho normalmente no lo es.

Y no lo es porque la mayor parte del pensamiento colectivo, del pensamiento en masa, aunque en origen pudiera ser reflexivo e incluso reaccionario, al masificarse tiende a alienarse. Hay que darle una vuelta y decidir cómo nos posicionamos, si queremos ser consecuentes con nosotros mismos, independientemente de que hagamos o no pública nuestra posición según nuestros intereses. No nos dejemos llevar por lo políticamente correcto, lo que a la mayoría le parece oportuno y pertinente, porque la mayoría tiende a pensar lo que toca sin darle otra vuelta más para mirar detrás, aquello de que no es oro todo lo que reluce ni tampoco basura todo lo deslucido. Mirar, investigar, reflexionar, criticar, desconfiar, en definitiva, no quedarse en lo aparente porque a veces engaña, y a veces no. Porque las posiciones contrapuestas, si ambas son irreflexivas, son la misma posición.

Por ejemplo, me llama la atención la facilidad con que en las redes sociales la gente se coloca de su lado ideológico. Esto lo podríamos considerar normal si no fuera porque casi nadie se hace planteamientos más elaborados que vayan un poco más allá, aunque luego sea para quedarse del mismo lado, pero una vez decidida y reflexionada la posición, no de forma automática sin un segundo pensamiento.

Y a pensar segundos pensamientos hay que aprender porque son más trabajados que los primeros, que casi nos vienen dados solo con seguir la corriente en curso. Se aprende con buenas lecturas, con buenas películas, con buena radio o televisión, con buenas conversaciones, en definitiva, con buenos viajes a través de la cultura.

Es la educación la que nos introduce en la cultura y debería fomentar la capacidad de criticarlo todo, por muy establecido que esté, ¿de qué manera iba a evolucionar la humanidad si no? La cuestión es que esta evolución sea cada vez más humana, o sería involución.

Por eso yo les propongo que cuando aparentemente todo el mundo esté de acuerdo y promoviendo una idea, por lo menos todo el mundo que consideramos más cercano a nuestras creencias, pues dejemos de considerarla un acto de fe y sometámosla a la prueba de nuestro juicio, de nuestra opinión, a mirarla desde una perspectiva nueva, a darle una vuelta de calcetín, a ver qué pasa. Si se queda donde mismo, pues esa es la posición que hemos elegido libremente, si se mueve, pues seamos valientes para defender una postura original.

Adelante, a trabajar para los segundos pensamientos.