La salud en Psí

Charla-Coloquio en la Sala del Ámbito Cultural de El Corte Inglés de la Av. Tres de Mayo de Santa Cruz de Tenerife, jueves 25 de septiembre.–

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¿Se puede tener salud?, quiero decir, ¿a la salud se la puede tener? Entonces, se la podría perder, y por tanto, habría que plantearse recuperarla.

Pero es que la salud no se tiene, se produce, y la enfermedad también.

La cuestión es que los límites entre la salud y la enfermedad son tan difusos como individuales y subjetivos. No me refiero, evidentemente, a la enfermedad instaurada de forma objetiva que precisa control y tratamiento médicos, sino a cuál es el punto a partir del cual se considera que una persona enferma.

A la salud se la ha caracterizado por la ausencia de males de consideración y por la capacidad que tiene una persona para perseguir sus metas vitales y desenvolverse adecuadamente en contextos sociales y laborales habituales. Desde la OMS se la definió hace más de sesenta años como un estado completo de bienestar físico, mental y social, y no solamente como la ausencia de afecciones o enfermedades. Para Freud salud es la capacidad de amar y trabajar.

Y ¿qué es la salud para cada uno de nosotros? Pues como comentaba antes, algo absolutamente particular.

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“No tengo nada”

Los médicos me han dicho que no tengo nada, que lo mío es todo de la cabeza, pero entonces qué hago para no sufrir tanto…

Quizá el problema estaría en definir qué es tener o no tener algo, salud, por ejemplo, y si la cabeza, la mente, puede estar enferma aunque los parámetros bioquímicos y las modernas técnicas de neuroimagen no muestren ninguna alteración según los estándares científicos del momento. Quizá la pregunta sería si se puede considerar que una persona está sana si no es capaz de levantarse de la cama con ganas de mirar el día, o si no es capaz de dormirse por miedo a su propia oscuridad. Puede que los marcadores de salud y enfermedad haya que revisarlos en el sentido del desmarcar, del cuantificar hasta un punto y cualificar el resto, porque la parte cuantificable de lo humano es siempre cualitativamente la menor. Todo está tocado por lo subjetivo, lo cuantitativo también, aunque no lo parezca, y el médico desde luego, aunque no quiera. De hecho, el no querer no es más que una subjetividad mal empleada, o mal educada por temor a que los miedos del paciente despierten en el médico desvelos agazapados.

Se podría empezar por dejar de pretender que cuerpo y mente sean asuntos diversos, separados o disociados; como si se pudiera enfermar uno y permanecer el otro intacto, como si se pudiera tratar a uno sin abordar al otro porque no es de mi especialidad. Como si la enfermedad de uno descartara la enfermedad del otro.

Cómo va a ser posible que una persona aquejada de un dolor crónico no haya que tratarle también el ánimo enfermo, que además le empeora el dolor, por más orgánica y objetiva que sea la causa del cuadro doloroso. Cómo podría no tratársele un dolor de espalda persistente a una persona diagnosticada de depresión por más que el peso que se ha echado sobre los hombros no sea valorable en la resonancia magnética. Tan disparatado como ignorar que los dolores del alma acaban imprimiendo huellas en el cuerpo, que la angustia y la tristeza terminan por lesionar los órganos de pura depresión inmunológica, de puro agotamiento de los recursos naturales para afrontar el estrés que cada uno se vea forzado a soportar.

La subespecialización de la Medicina no puede servir de excusa para posicionarnos del lado del cuerpo o de la mente de forma excluyente pensando al ser humano de forma fragmentada, porque las personas lo llevamos siempre todo puesto. Tal vez el médico es el que debería empezar por no fragmentarse.

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