La buena educación

Con cierta frecuencia observo en mi consulta, y en la vida, cómo algunos hijos adoptan posturas autoritarias disfrazadas de celosa preocupación en la atención a sus padres ancianos. Algunas posiciones me parecen que rayan lo irrespetuoso y hasta la intromisión en la libertad individual de las personas. Evidentemente no me refiero a pacientes que sufren un deterioro cognitivo que les impide tomar decisiones de forma independiente, sino a personas de mente lúcida, que no siempre tiene que ver con los años, y por tanto con capacidad para decidir de manera libre sobre su vida o incluso sobre su muerte. Personas mayores de edad, no hay que olvidarlo, y por tanto con sus derechos ciudadanos intactos.

            Detrás de este aparente sobrecuidado se pueden esconder varias cuestiones. Una de ellas es el sentimiento de culpa por abrigar deseos inconscientes de que desaparezcan, porque les carga su cuidado o porque nunca les parece bastante una atención que en el fondo no desean ofrecer, y por eso siempre se sienten en números rojos; o bien por rencores pasados no elaborados a su debido tiempo, lo que también generará sentimiento de culpa cuando al final, según la ley de la vida, enfermen o fallezcan. En ocasiones estos rencores pueden degenerar hasta en venganza por hacer culpable a los padres de todas las frustraciones vitales. Quizá en estos casos sería más sano plantearse delegar el cuidado en otros, pero es una decisión muy íntima de cada familia.

            Otra cuestión que se pone en juego cuando los padres envejecen es que muestran la evidencia del envejecimiento también de los hijos, así que si los padres enferman y fallecen, es que esto les ocurrirá de la misma manera a los hijos. La demostración del tan temido paso del tiempo que muchos se empeñan en taponar con las múltiples distracciones de la vida diaria.

            Para hacer de abogado del diablo, aunque debemos abstenernos de opinar en asuntos internos, habría que plantearse el grado de responsabilidad que tienen también los padres en la educación de esos hijos, siempre teniendo en cuenta que a partir de la mayoría de edad todos somos responsables de nuestra propia educación. Y es que algunas veces la venganza viene de parte de los padres por no poder soportar la envidia de que sus hijos los hayan superado en la vida, por otra parte regla elemental para el progreso de la humanidad.

            Es cierto que en cada familia se producen las relaciones de una manera particular. Lo saludable sería elaborar los conflictos en el momento en que aparecen para vivir con serenidad el forzoso paso del tiempo. Esto es necesario porque no se puede vivir ignorando a la familia, pensar que eso es posible y tratar de conseguirlo es un autoengaño tan perezoso por no enfrentarse al problema como inviable. El que crea que lo ha conseguido que reflexione sinceramente consigo mismo. Otra cosa es que en el proceso se haya decidido, tras un trabajo en la relación familiar, que es tóxica y se determine que lo mejor es apartarse de ella, pero eso es con trabajo, no silenciando las dificultades.

            Un motivo frecuente de queja por parte de los hijos es la manipulación emocional a que los someten los padres en cuanto a que les demandan atención constante. Esto es así porque las personas al envejecer se sienten vulnerables y necesitan tener a alguien cercano que les dé seguridad. Aunque también forma parte del proceder personal de cada uno. La forma de manejar este asunto pasa por el establecimiento apropiado de límites que ayuden a los padres a tener más confianza en sus capacidades –me llamas si necesitas algo; o llamas a esta persona de referencia–, para de esta manera mantener su independencia el máximo tiempo posible, y también a los hijos a no sentirse culpables por sobrevivirlos y continuar con sus asuntos sin descuidarlos.

            Así que seamos educados y adultos maduros, concedamos a nuestros padres vivir con independencia todo lo que su salud les permita, cuidémoslos de manera sana para las dos partes, sin rencores ni culpas, sin abandonarlos ni dejarnos la piel en el camino, no es necesario. Así, cuando llegue el momento de la despedida, lo viviremos con sana tristeza, como debe ser.

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Envejecimiento

La vejez es como todo lo demás, para hacerla un éxito hay que empezar desde jóvenes, Theodore Roosevelt

Efectivamente, sería recomendable reflexionar sobre el éxito en la vida de cada uno antes de envejecer, cuando aún se está a tiempo de reconducirse, porque si no solo quedará lamentarse por lo que pudo haber sido y no fue. Como abuelos contadores de batallas trasnochadas incapaces de disfrutar un presente que debieron labrarse durante toda la vida, incapaces de vivir de las rentas por no haber hecho inversiones rentables.

Es cierto que el éxito de envejecer no está solo en durar, que algo hay que durar para poder envejecer, aunque nada más relativo que la edad cronológica, sino que estará en la valoración que cada uno haga de su paso por la vida, por eso es algo completamente individual y subjetivo. Se podría empezar por reformular una frase atribuida a Gandhi (aunque él la articuló para el presente) en cuanto a que se ha vivido feliz si en general lo que se ha pensado, lo que se ha dicho y lo que se ha hecho, a lo que me han sugerido recientemente añadir lo que se ha sentido, han estado en armonía. Pero para hablar de éxito habría que sumar algún aspecto objetivo que concrete ese concepto siempre etéreo de felicidad, o se convertirá en una ilusión delirante de autocomplacencia. Y lo objetivo que aportamos al mundo son nuestras producciones, aquello que nos sobrevivirá, ya sean hijos, trabajo, obras de arte, relaciones o cualquier cosa que contribuya al crecimiento humano. Ahí es donde se debe hacer balance, si lo producido ha contribuido de alguna manera a mejorar el mundo, aunque sea el micromundo circundante, o no. Y ojo con lo que se siembra porque de eso será la cosecha, aunque el resultado no esté garantizado.

Pensé en este asunto leyendo algunos textos relacionados con el cuidado a las personas mayores que, desde mi experiencia en la atención a estas personas, creo que hay que expresar con cautela, o por lo menos con matices. Es evidente que existen hijos ingratos que abandonan a sus mayores a su suerte, para qué negarlo, pero no son pocos los casos en los que algunas personas obtienen mucho más de lo que han invertido en su cosecha vital, lo que normalmente no se valora como injusto. Quizá la vulnerabilidad de ese momento final de la vida promueve olvidar el recorrido, o quizá no. En cualquier caso, creo que se trata de un asunto privado que en cada familia deberá decidirse individualmente, miembro a miembro. A los profesionales nos compete ocuparnos de estas personas lo mejor posible, sin hacer distinciones ni emitir arriesgados prejuicios de valor.

Segundos pensamientos aplicados

A propósito de lo que comenté en el post anterior, se me ha ocurrido dedicarle un segundo pensamiento a la publicidad que está triunfando en los últimos tiempos dedicada a activar la fibra sensible que, salvo algún bruto que otro, todos llevamos dentro. Me refiero a anuncios como el de la Lotería de Navidad de este año, en el que un hombre desolado porque no compró el número premiado teniéndolo tan a mano descubre no solo que sí que había un décimo para él, sino a un verdadero amigo en el colega del bar de la esquina, evidentemente, como no podía ser de otra manera en ese derroche de tópicos patrios. A ver, no hay que bajar la guardia crítica ni una milésima de milímetro o de milisegundo, sea como sea que se mida la actitud cuestionante, no se distraigan de que es un anuncio para vender lo anunciado, es decir, lotería en vísperas del sorteo más participado del año en este país. Porque a nadie se le ocurre no comprar el número del trabajo y que luego le toque a toda la peña y se vayan a vivir a algún destino paradisíaco de palmeras y cocoteros, previo envío del jefe a ese lugar a donde se suele enviar a los jefes, o el del equipo de fútbol, el de la parroquia o, por supuesto, el del bar donde se cafetea cada mañana, ¡a quién se le ocurre! Cómo negarse a comprar un número que te ofrecen, ¿y si luego toca? Así hasta la ruina, porque para que toque seguro habría que comprar de todos los números, sé que hay gente que lo intenta. Y si no, siempre nos quedará la salud, que no está mal. Como si salud, dinero y amor fueran cosas del azar, además de incompatibles, si se tiene de uno, no se tiene de la otra porque sería mucha suerte. Yo les recomendaría que apostaran en juegos más seguros como el trabajo (y no es excusa estar en el paro porque sin trabajo no se puede dejar de estarlo, hay que trabajar para encontrarlo o crearlo), el amor y el compromiso con la salud, y no dejaran los asuntos importantes en manos del azar porque además de mentira, es bastante inconveniente.

Otro anuncio interesante en este sentido secundario es el de Ikea con esos niños que escriben dos cartas, una con los regalos que les piden a los Reyes Magos y otra con lo que desearían de sus padres, esta última toda una alegoría a la necesidad de amor en forma de tiempo compartido. Pues bien, como creo que ya está todo dicho en cuanto a que los padres deben pasar todo el tiempo posible con sus hijos en aras de que estos crezcan saludables y equilibrados, esta vez me voy a colocar del otro lado, del de los padres culpabilizados por el presunto abandono de sus hijos en guarderías y colegios. Conozco a más de una madre trabajadora, y digo madre porque de los padres se espera que sean los mantenedores del hogar, que vive con una verdadera angustia culposa la separación diaria de su hijo, y valga decir que no importa mucho la edad del niño, como una mala madre que no cuida a su hijo debidamente, nada que ver a la dedicación con que su madre cuidó de ella. Anuncios como este calan en el inconsciente colectivo para reforzar este tipo de sentimientos sin que quede cabida para reflexionar en que los niños del siglo XXI han venido al mundo en una sociedad que ha cambiado respecto a la anterior, como debe ser, si no, cómo íbamos a evolucionar. Los niños de este siglo deben integrarse en una sociedad en que habitualmente los dos padres trabajan, vivan o no juntos, porque la sociedad se ha desarrollado así, la mayoría de las veces porque lo necesitan para poder pagar los gastos de la familia. Afortunadamente la mujer se ha ido incorporando al mercado laboral en igualdad de condiciones que el hombre, aunque todavía quede trabajo por hacer en este sentido, porque muchas mujeres quieren desarrollarse no solo como madres, sino también como profesionales. Lo que habría que considerar es el avance en políticas de conciliación familiar y laboral para madres y padres con hijos pequeños, de forma que el planteamiento no fuera elegir entre ser buena madre o buena profesional, sino que se pudiera ser buena en las dos cosas sin sentirse culpable y sin exigencias de mujer diez. Y menciono más a las madres que a los padres en primer lugar por razones biológicas, son las madres las que dan de mamar a los hijos, y en segundo lugar por el condicionamiento social todavía no tan trasnochado, y bastante cavernícola por otra parte ya que viene del hombre prehistórico, de que el padre es el que trabaja fuera y la madre la que cuida a los niños. Los niños, como sus padres, también tienen que adaptarse a la época que les ha tocado vivir, sanamente, como todas las adaptaciones evolutivas, no es necesario caer en la neurosis.

Entonces, adelante, no se queden con el contenido aparente de estas muestras de sensibilidad impostada, fíjense también en otras muchas que campan en la ancha red de la virtualidad. No se dejen engañar por el contenido manifiesto y búsquenle un segundo pensamiento.

Amor verdadero

Un artículo publicado en la sección de psicología de El País Semanal titulado Relaciones conscientes, de Raimón Samsó, me hizo pensar si realmente somos conscientes en nuestras relaciones personales, ya sean de pareja o de amistad, que tampoco hay tanta diferencia. Quiero decir, ¿realmente decidimos de forma consciente con quién nos relacionamos, a quién amamos? Pudiera parecer algo frívolo o interesado, como decidir si la relación con esta o aquella persona nos conviene o no. Pues es exactamente así, una cuestión de interés, o debería serlo. Y es que regirnos en la vida por nuestros propios intereses está mal visto, quizá porque está mal entendido, pero es de lo más conveniente.

Parece que una relación sentimental debiera ser totalmente inconsciente, guiada solo por la pasión del enamoramiento al más puro estilo principesco: románticas veladas a la luz de la luna intercambiando miradas embelesadas con cualquier fondo de película, según el gusto de cada cual; o encaminada a encontrar al príncipe o la princesa de tintes azulados que venga a completar la mitad que falta, como si se viviera demediado sin pareja. ¡Cuánto daño han hecho los cuentos infantiles tradicionales o sus versiones para adultos, las revistas del corazón! Nadie escribió cómo continúan esas historias después de que se comieron las perdices de la boda, a la vuelta de la luna de miel, cuando hay que madrugar a diario para trabajar, hacer la compra del supermercado, cuidar a los niños o visitar a la familia política. De ahí las frustraciones por expectativas irreales, fantásticas y del orden de lo mágico por pretenderlas sin trabajo.

No es así, no nos engañemos. Es indudable que la atracción erótica es fundamental en una relación de pareja, pero luego hay que trabajar diariamente para que una relación funcione, hay que enamorar, hay que dedicarle energía, ganas, deseo para que ese enamoramiento inicial se transforme en verdadero amor, algo mucho más elaborado y desde luego más consciente. Nunca se tiene pareja, se hace pareja al amar, desde que pensemos que tenemos algo o a alguien, ya lo estamos perdiendo porque no se desea lo que ya se tiene. No es cuestión de durar, se trata de amar.

Y esto tiene que ver con el modelo mayoritario de relación al uso, el narcisista, o amarse en el otro: querer y atribuir al otro la propia imagen y semejanza, sin valorar el enriquecimiento de lo diferente, como si se pudiera evolucionar en la igualdad, sin discrepancias. Esto, aparte de imposible, es bastante aburrido y el colmo del involucionismo, como casarse en familia, por eso está biológicamente prohibido, porque sería socialmente devastador.

Tienen algo de razón las abuelas cuando dicen que hoy ya no se aguanta nada, que al mínimo inconveniente las parejas se separan. Es cierto en parte, como dice una amiga mía, parece que lo difícil es no romper. Romper es fácil y hasta poético, lo difícil es quedarse a trabajar la relación, todo un arte. Sin aferrarse a lo imposible, que las relaciones normalmente se rompen solas y en ese punto ya suelen ser irrecuperables.

El verdadero amor es generoso, apasionado, ligero, divertido, progresivo –las relaciones crecen o decrecen, nunca se detienen– y muy interesante. Pero todo esto no viene dado por arte de encantamiento, sino que hay que hacerlo, hay que implicarse, hay que currárselo. Por eso hay que saber elegir con quién merece trabajarse una relación, porque nos define la calidad de nuestra relaciones sociales. No se trata de ir por ahí malgastando energía en trabajos poco productivos, abundan las buenas inversiones, muy convenientes para nuestros intereses.

Evidentemente que no me refiero solo a las relaciones de pareja, sino a todos los amores que se hacen fuera de la familia de origen, la familia que se crea cada uno, la producida y la elegida. Los amigos también forman parte de esa familia cultural porque somos seres sociales. No seamos descuidados ni perezosos, al final siempre recibimos de lo que damos y esto también es muy narcisista, como la naturaleza humana.

La familia muda

Leí hace unos días un comentario que Juan Carlos de Sancho hacía en su Factor Cotidiano al que tituló La familia muda, título que me he permitido copiarle, en relación a una afirmación del escritor libanés Amín Maalouf, que decía en una entrevista que él pertenecía a una familia muda, como muchas, una familia que no hablaba casi nunca de lo esencial, de sus emociones íntimas, como si eso fuera una incapacidad aceptada silenciosamente por todos. Me llamó la atención el comentario seguramente por identificación con mi propia familia, y el que diga que en su familia no hay silencios que se fije bien o que lo escriba para que todos podamos aprender de su experiencia, pero además por lo extendido que me parece esta mudez disfrazada con palabras distractoras en todas las relaciones sociales, disfraces que pueden rayar la hipocresía cuando no directamente la impostura.

Tenemos que asumir un cierto grado de falsedad o fingimiento en las normas de urbanidad que rigen las interacciones humanas. La educación, la cultura son puro artificio, en el fondo un invento para evitar matarnos salvajemente, y si no, miren la cantidad de ejemplos activos en el mundo entre pueblos que se han quedado incluso sin estas palabras un tanto mentirosas. Dicen los juristas que uno puede mentir para defenderse en un juicio, tampoco faltan los ejemplos al respecto. Y no digo que sea necesario pasearse por ahí con el alma al aire, que hay mucho ladrón desalmado suelto, pero lo que sí hace falta al menos es dejar este disfraz con el que todos nos vestimos cada mañana para andar en sociedad colgado de la percha de entrada en casa para movernos livianos en las distancias íntimas.

Cuando me refiero a relaciones mudas no quiero decir que en ellas no se hable, sino que no se dice nada: hablar para rellenar silencios espinosos; hablar para no tener que pensar en el qué decir; hablar para evitar implicarse con palabras comprometidas; hablar de otros para no hacerlo de uno mismo; hablar para nada…

Y a hablar también se aprende practicando, como a todo, y se le coge el gusto cuando se adquiere destreza, y se actúa mejor cuando se ensaya, y se interpreta mejor al personaje propio cuando se elaboran con sinceridad sus intervenciones, con amor hacia los elegidos como compañeros de escenario.

Hablemos más, de verdad…

Agresividad colectiva

Se podría pensar la agresividad como un impulso de lo inhumano, como algo más del lado de lo animal que de lo nuestro, pero no es así. Incluso muchas veces los animales nos dan lecciones de humanidad que ya querríamos que muchos hubieran aprendido en otros foros. Pero en realidad la agresividad es una tendencia tan humana como extendida, y no me refiero a la agresividad manifiesta, que de esa ya se ocupan los telediarios, sino a la otra, la encubierta, la latente, la contenida en las mordazas culturales de la conveniencia. Esa que intenta esconderse detrás de las apariencias para acabar aparentando por rebosamiento. La que de tanto tratar de esconder termina ocupando todos los rincones. Esa que se disemina como la gripe en otoño entre los que no se vacunan. Porque cuidado, que es muy contagiosa y hay que protegerse, ¿pero cómo? Pues como siempre, colocándonos del lado del trabajo y del amor, y también del amor al trabajo.

En algunas estructuras sociales, sobre todo en ambientes laborales, seguramente porque sus miembros no se eligen entre ellos, o familiares, porque la mayoría tampoco, resulta a veces indudable una hostilidad que casi podría palparse en el aire enrarecido que los rodea y que no debe tentarnos respirar. Se trata de utilizar cualquier pretexto para desatar la agresividad estrangulada de tanto tragar palabras por no saber decirlas y que de pronto encuentra justificación en un presunto abuso de otros. Pero la verdad es que se trata de aprender a hablar para poder nombrar aquello que no hay que tragarse porque produce indigestión. Se trata de ocupar la posición del que ama, del amante, del que trabaja, del saludable, porque todo esto también se contagia, depende de cuántos participen en cada bando. Habrá que trabajar para desequilibrar la balanza del otro lado.

Así que, venga, los invito a utilizar cualquier pretexto para neutralizar estas espirales de negatividad de las que ninguno de nosotros está inmunizado. Ya saben, la protección de la gripe hay que renovarla periódicamente, no sobreestimen sus defensas ni subestimen sus posibilidades.

Una cuestión de límites

Límites, esa es la cuestión, es imposible el crecimiento si no hay límites. Parece sencillo, hasta trivial o una abstracción irrelevante, pero no es así, muchos de los problemas de la vida cotidiana se derivan de la falta de ellos: por no ponerlos o por no ponérselos a uno mismo. Los límites, que inicialmente deben establecer los padres, estructuran al sujeto, lo ingresan en la cultura, lo enfrentan con la ley. Primero los padres, luego los educadores y luego los otros imponen restricciones a un infinito existencial donde no es posible habitar. Son restricciones socializadoras sin las cuales se vive en un mundo primitivo, aunque se resida en la ciudad más avanzada de la Tierra.

El problema es que poner límites cuesta trabajo, asumirlos también, no es lo natural, es puro artificio cultural, lo natural sería seguir viviendo en la cavernas. Vivir en el artificial siglo XXI exige disciplina y trabajo, se podría sintetizar en la renuncia a conductas asociales de placeres inmediatos por otros placeres diferidos más elaborados y productivos, y esta también es la cuestión.

Lo más cómodo, en lo inmediato, es dejarse llevar por la inercia de lo cotidiano, dejar que las cosas fluyan por gravedad, que se arreglen solas y evitar tomarse la molestia de intervenir para organizarlas según nuestra conveniencia y nuestros deseos. Pero ojo, que la física clásica de la teoría gravitacional se está viendo desplazada cada vez más por la nueva teoría cuántica, así que en estos tiempos tan artificiosamente inventados por el hombre para imponerse sus propios civilizadores límites, la inercia no parece llevar a ningún lugar estable. Más bien todo lo contrario, conduce a la incomodidad de la desorganización, que es la organización de los otros, porque se sabe de sobra que las cosas no se arreglan solas, o las arreglamos nosotros o nos las arreglan otros, y esto último no es nada recomendable para nuestros intereses.

Es lo que pasa en las familias en las que no se han establecido los límites en el momento oportuno del crecimiento de la propia familia, porque los límites son bidireccionales, parten de los padres y vuelven a ellos, escasos límites podría establecer el educador que no se los aplica o lo hace arbitrariamente. Los hijos criados sin límites van a tener dificultades para manejarse en su comunidad derivadas de tratar de imponer su concepción familiar en una sociedad con leyes de obligado cumplimiento. En una sociedad en la que forzosamente debemos relacionarnos con los otros, establecer nuestros límites nos ayuda a pertenecer a ella de pleno derecho, si no, siempre la andaremos de puntillas, siempre al borde de la expulsión en cualquiera de sus variedades: legal, social, comunitaria o personal por inadaptación. Además de que esta educación lábil y no comprometida crea con frecuencia hijos déspotas merecedores de todo y obligados a nada que ya está descrita como la generación ni-ni, una generación vacía porque vive sin proyectos. Mejor educar jóvenes trabajadores y productivos que valoren el esfuerzo en cuanto a la responsabilidad individual en materializar las fantasías de cada uno, que la realidad objetiva actual seguramente va a complicar, por lo que tendrán que trabajar más, ser más creativos, más inmunes al fracaso, más vitales, sin olvidar que es muy muy importante que aprendan a pensar.

Entonces, alejémonos de comodidades incómodas, trabajemos por los asuntos que nos interesan, invirtamos nuestros deseos y dejémonos de esperar a la caída de la manzana, habrá que cultivar primero el árbol.