Ejecutar

La palabra ejecutar tiene mala prensa, demasiadas ejecuciones a lo largo de la Historia de la humanidad, pero aquí la voy a rescatar desde otro lado: ejecutar es lo que permite crecer al ser humano. Ejecutar es hacer, es ponerse a ello, es realizar, es llevar a cabo, es comprometerse y responsabilizarse con lo que se ha decidido hacer. Es poner un límite a lo posible para que se haga de verdad posible.

Cuando imaginamos lo felices que seríamos si consiguiéramos ese nuevo trabajo, esa nueva casa o incluso esa nueva pareja que tanto nos gusta, al principio se abre un amplio abanico de posibilidades, casi que todo es posible, aunque haya algunos matices poco probables. Se podría considerar esta primera fase de elaboración de los deseos como una fase de tormenta de ideas, y así debe ser, la mayoría de los proyectos nacen y se enriquecen de esta manera. Pero para que la fantasía se convierta en realidad hay que hacer algo más, hay que hacer algo, algo tan inquietante como tomar una decisión, comprometerse con ella, elaborar un plan de acción y ejecutarlo, y después una cosa más en la que por lo general no se piensa, responsabilizarse de los resultados, de los efectos de la decisión, en definitiva, disfrutar de la realización de nuestros deseos. Este último aspecto no suele tenerse en cuenta porque parece evidente, pero no lo es tanto. En nuestra cultura no está bien visto disfrutar de lo que se ha conseguido con trabajo, de las rentas, como ya he comentado en otro post, pareciera arrogante decir ¡pero qué a gusto estoy conduciendo mi nuevo coche!, cuando resulta que lo pago con mi dinero y trabajo para ganarlo. Da igual decirlo o no, la cuestión es sentirlo. Esto podría pensarse como un asunto envidioso, si digo lo que me gusta mi coche otros me van a envidiar y podría ser que me lo rayaran, aunque en realidad los envidiosos somos nosotros pensando desde nuestro propio punto de vista si las circunstancias fueran a la inversa. También se esconde detrás la ideología de que si estamos disfrutando, algo malo va a pasar, porque a este mundo no se viene a disfrutar, eso será en el paraíso del más allá. Y esto es una cuestión ideológica, da igual que se sea creyente o no. Pero además, influye la salud mental que tenga cada uno a la hora de ponerse a trabajar para ejecutar lo que fantasea y dejar de pensar infinitos imposibles para crear un concreto posible. Algunas personas tienen dificultades para tomar una decisión porque la piensan como una renuncia a todas las demás posibilidades teóricas imaginadas, pero en vez de solo pensarlas hay que elegir una para que se haga posible, en la infinitud de posibilidades ninguna es posible, solo es posible en la finitud, si no se elige un camino para caminar por él, se estará siempre al principio. Los límites al infinito son los que nos permiten habitar un universo finito.

Muchas veces lo que subyace en las dificultades para tomar decisiones y ponerse a trabajar en ellas es la incapacidad para responsabilizarse de estas decisiones, es decir, la incapacidad para responsabilizarse de los deseos. Si tomo una decisión y luego las cosas no salen como yo quería, será por culpa mía, pero si no decido y pasa algo malo, la culpa será de los demás. Lo que pasa es que en primer lugar, no decidir también es una decisión, por tanto todo lo que nos pasa, bueno o malo, es de nuestra entera responsabilidad, y en segundo lugar, ¿cómo vamos a asumir el que nos sucedan cosas buenas? Para eso también se han creado coartadas, la de la suerte es la más extendida. ¿Qué suerte?, será que habremos trabajado para poner la suerte de nuestro lado, incluso si nos tocara la lotería, sería porque habremos ido a comprar el número y tendremos que trabajar para administrar el premio o lo malgastaremos.

Si en algún momento dudamos si en realidad estamos viviendo acorde a nuestros deseos o no, si los estamos poniendo en práctica o solo estamos fantaseando con ellos, solo tenemos que tomar perspectiva y mirar hacia atrás en el tiempo, quizá tomando algún punto de referencia como un acontecimiento importante o una circunstancia que recordamos especialmente. Veamos desde entonces qué es lo que hemos hecho, no lo que hemos pensado hacer, que será mucho más, sino de verdad lo que hemos ejecutado, así podremos hacer balance y decidir cómo queremos vernos cuando en el futuro volvamos a hacer esta reflexión respecto al momento que estamos viviendo.

No tengamos miedo, si conseguimos el trabajo deseado, la casa de nuestros sueños, la pareja perfecta y además nos toca la Lotería de Navidad, no va a ocurrir un cataclismo, por lo menos no derivado de todo esto, podemos disfrutarlo placenteramente, ¡lo hemos conseguido! Quizá nos envidie el vecino, pero eso es asunto suyo.

Y entonces, a pensar en lo siguiente, si no, nos aburriremos.

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Ni lo sueñes

¿Cómo que no lo sueñes? ¿Entonces cómo se materializan los deseos? Es justo así, se empieza por soñarlos, por fantasearlos despiertos, por desearlos de verdad y con decisión para que de forma imperceptible nos pongamos a trabajar en ellos. Y así un día, casi sin percatarnos del proceso, como sin querer, nos hallaremos instalados en ese lugar imaginado que como por arte de magia, porque algo de magia hay que ponerle a los deseos o se nos deslucirán, se habrá convertido en realidad. En ese momento puede que nos tiente recurrir a eso de ¡no me lo puedo creer!, como argumento exculpatorio de la responsabilidad que nosotros mismos hemos generado en lo que nos pasa, y tendremos que estar atentos y vigilarnos bien, porque si eludimos esta responsabilidad, desperdiciaremos tanto el trabajo realizado como las oportunidades que la nueva realidad nos pudiera ofrecer.

La cuestión no es solo que hay que pasar a la siguiente fase después del fantaseo, a la planificación y ejecución de lo soñado para que no se quede en un delirio de cuento de hadas sin fundamento, sino que una vez conseguido hay que continuar trabajando para lograr los mejores rendimientos. Y un paso importante del proceso consiste en disfrutar de los objetivos alcanzados, vivir un poco de las rentas, como ya comenté en otro post, porque ese ¡no me lo puedo creer! puede ser muy traicionero si no lo ponemos en su sitio: ¡cómo no me lo voy a creer con lo que he trabajado para conseguirlo!, lo raro sería no haber llegado hasta aquí con tanto trabajo invertido. Vivir de las rentas sin dormirse en los laureles, que una vez se llega al objetivo hay que empezar a soñar el siguiente. Así es la vida, todo un mundo de interesantes inquietudes, la tranquilidad es cosa de muertos.

Aunque parezca extraño, a muchas personas les cuesta disfrutar de lo que han conseguido con su trabajo, de los resultados de su esfuerzo. Parecieran diseñadas para lidiar con problemas, ya sean reales o magnificados, y si en un momento determinado logran resolverlos, se sienten como si su vida no tuviera sentido, como vacías, ¿y ahora qué hago yo con todo esto? Por eso muchas de ellas crean problemas nuevos para seguir distraídas dando vueltas en círculos siniestros. Puede que el problema sea que se han quedado enganchadas al mundo de los sueños pospuestos hasta que se solucione esto o aquello y cuando finalmente se soluciona, están perdidas en el universo delirante de las fantasías estériles, incapaces de asumir la responsabilidad de la posición en que las colocan sus logros. En realidad incapaces de asumir la responsabilidad de sus deseos. O también puede ser que se trate de personas que no han aprendido a gestionar su envidia, que también he comentado en otro sitio que es inherente al ser humano y la educa la cultura, y se escondan temerosas de despertarla en los otros, cosa que no hay que descartar pero que habrá que saber asumir, empezando por la propia.

Entonces, soñar sí, soñar, fantasear, imaginar, y luego proyectar, planificar, ejecutar, en definitiva, trabajar sin distracciones en lo que de verdad nos interesa, ocuparnos de nuestros asuntos, que ya saben que si no otros lo harán por nosotros, normalmente de manera poco conveniente. Y luego, cuando lleguemos a la cima, disfrutar de las vistas para empezar a planificar el siguiente ochomil desde arriba, no siempre desde el campamento base.

La elección de profesiones sanitarias

Existe una creencia muy extendida de que los que elegimos estudiar profesiones sanitarias lo hacemos por el compromiso generoso de ayudar a los demás, y ciertamente que esto es así en muchos casos, afortunadamente; en no pocos se hace por continuar la tradición familiar o por no atreverse a contradecirla; en otros por el prestigio social otorgado en general a estas profesiones; pero a lo que normalmente no se atribuye esta elección es a la fantasía inconsciente de querer autocurarse de los propios males, ya sean pasados, presentes o temidos. Quizá porque es inconsciente suele pasar desapercibido para propios y ajenos.

Y la motivación que lleva a elegir dedicarse toda la vida a tratar con el sufrimiento humano tiene mucha importancia, de hecho, tiene toda la importancia del mundo. Solo si la elección está dirigida por el deseo podrá producirse un auténtico terapeuta. Si se origina en el deseo de otros, además será difícil de soportar. Pero si surge de una pretendida autoterapia, entonces es una perversión.

Es una perversión porque la autoterapia no existe, aunque seamos profesionales del mal que nos aqueje necesitaremos a otro para que nos trate, nadie se puede operar a sí mismo, tampoco tratarse el psiquismo, ni vivir se puede solo. En realidad podemos hacer muy pocas cosas solos, únicamente tareas básicas como respirar, que nos lata el corazón y poco más. Incluso por si alguien quiere argumentar que un médico sí que se puede tratar él mismo una hipertensión o una diabetes, también ha sido necesario que alguien antes investigue el tratamiento. Pero además es perverso porque se suplanta la posición terapéutica y habrá confusión en cuanto a quién tiene que tratar a quién, cuál de los dos es el paciente y cuál el terapeuta. Es el ejemplo del médico que se levanta con dolor de cabeza y acude un paciente a consultarle que no puede soportar lo que le duele la cabeza: para dolor de cabeza el mío, y así y todo estoy aquí pasando la consulta. El paciente podría muy bien argumentarle que el dolor de cabeza del médico a él no le importa en absoluto, que el que le importa es el suyo, y tendría razón.

También sirve el ejemplo del terapeuta que sufre con el dolor del paciente como si fuera el propio, llora con él su pena, se lo lleva a casa a convivir con su familia (normalmente en sentido figurado) en una empatía mal entendida y pierde así completamente su posición terapéutica. Los pacientes vienen en busca de ayuda profesional, no de amigos, que ellos ya tienen los suyos y no los han podido ayudar, por eso han venido. O el caso contrario (en el inconsciente los opuestos son lo mismo) en que el profesional no se implica en absoluto con el sufrimiento del paciente por temor a confundirse en él.

Todas estas situaciones esconden una implicación personal que debió quedarse colgada en la percha de la entrada sin participar en la relación terapéutica, y esta identificación tiene que ver con un temor al contagio, a que le pase lo mismo que al paciente y no lo pueda resolver. Al final, si el paciente no mejora o fallece, se vive como un fracaso porque entonces nos damos cuenta de que no lo podemos todo, que la ciencia no es infalible y, en realidad, que nosotros tampoco conseguiremos alcanzar la inmortalidad.

En definitiva, es preciso reflexionar sobre qué parte de autoayuda se ha ido a buscar en la Facultad para poder identificarla y apartarla de la relación con los pacientes, se será mejor profesional y se disfrutará mucho de ello. Y si alguien considera que necesita ayuda, que la busque en un profesional competente, así cada uno ocupará el lugar que le corresponde.

Entretiempos

Se me ha ocurrido rescatar un texto publicado por Javier Marías en El País Semanal al que tituló Si solo vivieran los vivos como excusa para proponer esta reflexión de entretiempos, que son todos los tiempos. Marías le da una vuelta a nuestro presente en el que se pretende Que en la Tierra no vivan más que los vivos, y solo si son muy recientes, para recordar el papel de la Historia en la elaboración de cada presente, en la edificación de la cultura que nos mantiene más o menos humanizados. Aunque algunas realidades nos hagan dudarlo, sin cultura ya nos habríamos aniquilado.

El problema no es que el mundo cambie cada vez a mayor velocidad, sino que todo lo habido sea inmediatamente relegado al absoluto olvido. Hay una fecha de caducidad cada vez más corta para cuanto sabemos y hacemos, señala Marías. Y quizá como consecuencia de ese vivir a contratiempo se haya desarrollado tanto la psicología amarillista del aquí y ahora, como si el ayer hubiera que borrarlo cual desmemoriados dementes, sinmentes, y el mañana hubiera que improvisarlo cuando se convierta en hoy, como delirantes inmortales.

Claro que es cierto eso de que hay que vivir el presente porque en realidad es donde único vivimos, pero no es posible hacerlo sin pasado ni futuro, necesitamos un contexto, o un contiempo. Lo que no hay que hacer es anclarse en el pasado, ya sea porque lo fantaseemos idílico olvidada toda angustia contemporánea, o porque lo utilicemos como la excusa traumática responsable de nuestras incapacidades. Tampoco delirar con un futuro por el que no trabajamos soñando con que la suerte nos venga a rescatar como los héroes clásicos a sus musas, recuerden que Dulcinea es un personaje de ficción producto a su vez de la enajenación mental de otra ficción. Ambas posiciones garantizan la parálisis, puede que de aquí venga el malentendido que promueve vivir un presente aislado.

Vivir el presente sí, pero desde el futuro anterior, un presente proyectado desde el futuro, un presente primero fantaseado, pero luego planificado dentro de un proyecto vital por el que estamos dispuestos a trabajar, si no la fantasía se convierte en delirio, y los delirios solo producen enfermedad.

Si nos imaginamos sentados en el espléndido salón acristalado de una casa con vistas al mar contemplando un atardecer de verano, tendremos que ponernos a trabajar para conseguirla, y si excede nuestras posibilidades, tendremos que pensar en otra más asequible en la que igualmente nos deleitemos al atardecer y nos olvidemos de la primera de forma inmediata.

Lo improductivo es sentarse a pensar en tiempos pasados supuestamente mejores, o peores a los que atribuir todas nuestras desventuras actuales, o en paradisíacos futuros a los que presuntamente se viaja en una mágica alfombra voladora. Igual de improductivo que sentarse a lamerse las heridas atribuidas a un fracaso porque puede que ese obstáculo esté en el camino del éxito y además, hurgar las heridas las cronifica. Vamos, que lo improductivo es sentarse a vivir de esperanzas perezosas, hay que levantarse a hacer camino.

En definitiva, lo mejor es vivir entretiempos, entre tiempo y tiempo, pero vivir, que el tiempo no es asunto nuestro.

¿Y tú qué tomas? Decisiones

Alguna vez tendrás que jugártela a una sola carta, Jorge Armas

Últimamente he leído varias veces a modo de aforismo sin autoría, que yo sepa, ¿Y tú que tomas para ser feliz? Decisiones, y se me ha ocurrido que dentro de las frases lapidarias que se han puesto tan de moda en la red para colgar en el perfil sin tener que elaborarse una propia, menos lapidaria pero también más auténtica y comprometida, esta tiene su contenido.

Tomar decisiones no es tarea fácil, y eso que las tomamos continuamente sin darnos cuenta, pero son un tratamiento necesario para la vida, digamos que es incompatible con la vida no tomarlas. Claro que tomar decisiones que consideramos importantes nos asusta a todos. ¿Por qué? Aunque quizá sería mejor plantearse, ¿para qué?, el para qué de la duda.

Cualquiera diría que por miedo a equivocarse, pero entonces tendríamos que entrar a definir equivocarse. La vía fácil definiría no conseguir el resultado esperado, pero lo que se debe valorar es el camino mostrado por ese presunto error de resultado, lo aprendido en él, lo que nos ha recolocado en la posición vital que cada uno tiene que elaborarse personalmente. Porque podría ser que esa supuesta equivocación nos haya abierto alguna posibilidad antes insospechada que no le hemos atribuido oportunamente al error. Igual que las crisis, como ya he escrito en otro post, los errores también son oportunidades de crecimiento si los tomamos como caminos de aprendizaje, aunque sea para aprender cómo no queremos hacer las cosas. Es imposible hacer las cosas bien a la primera. La humanidad empezó a investigar por el método del ensayo-error, aunque es cierto que, igual que el método científico ha evolucionado bastante desde entonces, la evolución personal también tiene que avanzar más allá, pero el ensayo es una parte imprescindible en toda investigación, y en toda evolución. No probar por miedo a equivocarse es de perezosos. Abandonar la reducida zona de certezas confortables nos lleva a infinita región de las incertidumbres del crecimiento.

Entonces, podríamos cambiar el porqué del miedo al error por el para qué de la duda, y esa sí es la auténtica cuestión inconsciente. No tomar decisiones para ver si la duda se resuelve sola, que de hecho es lo que ocurre y si no decidimos otros lo harán por nosotros, normalmente de forma inconveniente a nuestros intereses, para de esa manera tener a quién atribuir la responsabilidad de los resultados. Si son malos, no es culpa nuestra, y si son buenos, no tenemos que asumir la responsabilidad derivada de ellos, que no es poca cosa. Si triunfamos en una empresa, por ejemplo al poner un negocio, tendremos que asumir la responsabilidad de este triunfo: pagar a los empleados, mantener a la familia, ofrecer un buen servicio a los clientes, aceptar que otros nos critiquen envidiosos, como probablemente nosotros también hayamos hecho antes, crecer más que nuestros padres, tener más dinero que ellos. Para muchos esto es del orden de lo insoportable.

Pero más profundo e inconsciente que todo eso está el asunto de que mientras no se toma una decisión se delira con que el tiempo no pasa, está detenido, y así se juguetea con la fantasía de la inmortalidad que todos llevamos dentro. Aunque seamos plenamente conscientes de la realidad de la muerte, en el inconsciente la idea de la propia muerte no tiene representación. Así, de repente nos damos cuenta de lo que han crecido los niños de nuestros amigos mientras nos decidimos a tener los nuestros, de que al primo lo han nombrado jefe de su departamento mientras nosotros dudamos si hacemos o no ese máster, de la estupenda casa nueva a la que se han mudado los vecinos mientras nos decidimos a ganar más dinero para comprarnos una casa mejor que en la que vivimos de niños. La cuestión es no creerse estos delirios y apostar, incluso a veces a una sola carta…

Vivir tiene eso, que nada es cierto, lo contrario de la muerte, que es todo certidumbre.

Amor verdadero

Un artículo publicado en la sección de psicología de El País Semanal titulado Relaciones conscientes, de Raimón Samsó, me hizo pensar si realmente somos conscientes en nuestras relaciones personales, ya sean de pareja o de amistad, que tampoco hay tanta diferencia. Quiero decir, ¿realmente decidimos de forma consciente con quién nos relacionamos, a quién amamos? Pudiera parecer algo frívolo o interesado, como decidir si la relación con esta o aquella persona nos conviene o no. Pues es exactamente así, una cuestión de interés, o debería serlo. Y es que regirnos en la vida por nuestros propios intereses está mal visto, quizá porque está mal entendido, pero es de lo más conveniente.

Parece que una relación sentimental debiera ser totalmente inconsciente, guiada solo por la pasión del enamoramiento al más puro estilo principesco: románticas veladas a la luz de la luna intercambiando miradas embelesadas con cualquier fondo de película, según el gusto de cada cual; o encaminada a encontrar al príncipe o la princesa de tintes azulados que venga a completar la mitad que falta, como si se viviera demediado sin pareja. ¡Cuánto daño han hecho los cuentos infantiles tradicionales o sus versiones para adultos, las revistas del corazón! Nadie escribió cómo continúan esas historias después de que se comieron las perdices de la boda, a la vuelta de la luna de miel, cuando hay que madrugar a diario para trabajar, hacer la compra del supermercado, cuidar a los niños o visitar a la familia política. De ahí las frustraciones por expectativas irreales, fantásticas y del orden de lo mágico por pretenderlas sin trabajo.

No es así, no nos engañemos. Es indudable que la atracción erótica es fundamental en una relación de pareja, pero luego hay que trabajar diariamente para que una relación funcione, hay que enamorar, hay que dedicarle energía, ganas, deseo para que ese enamoramiento inicial se transforme en verdadero amor, algo mucho más elaborado y desde luego más consciente. Nunca se tiene pareja, se hace pareja al amar, desde que pensemos que tenemos algo o a alguien, ya lo estamos perdiendo porque no se desea lo que ya se tiene. No es cuestión de durar, se trata de amar.

Y esto tiene que ver con el modelo mayoritario de relación al uso, el narcisista, o amarse en el otro: querer y atribuir al otro la propia imagen y semejanza, sin valorar el enriquecimiento de lo diferente, como si se pudiera evolucionar en la igualdad, sin discrepancias. Esto, aparte de imposible, es bastante aburrido y el colmo del involucionismo, como casarse en familia, por eso está biológicamente prohibido, porque sería socialmente devastador.

Tienen algo de razón las abuelas cuando dicen que hoy ya no se aguanta nada, que al mínimo inconveniente las parejas se separan. Es cierto en parte, como dice una amiga mía, parece que lo difícil es no romper. Romper es fácil y hasta poético, lo difícil es quedarse a trabajar la relación, todo un arte. Sin aferrarse a lo imposible, que las relaciones normalmente se rompen solas y en ese punto ya suelen ser irrecuperables.

El verdadero amor es generoso, apasionado, ligero, divertido, progresivo –las relaciones crecen o decrecen, nunca se detienen– y muy interesante. Pero todo esto no viene dado por arte de encantamiento, sino que hay que hacerlo, hay que implicarse, hay que currárselo. Por eso hay que saber elegir con quién merece trabajarse una relación, porque nos define la calidad de nuestra relaciones sociales. No se trata de ir por ahí malgastando energía en trabajos poco productivos, abundan las buenas inversiones, muy convenientes para nuestros intereses.

Evidentemente que no me refiero solo a las relaciones de pareja, sino a todos los amores que se hacen fuera de la familia de origen, la familia que se crea cada uno, la producida y la elegida. Los amigos también forman parte de esa familia cultural porque somos seres sociales. No seamos descuidados ni perezosos, al final siempre recibimos de lo que damos y esto también es muy narcisista, como la naturaleza humana.

Sin memoria

Somos nuestra memoria, ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos. Jorge Luis Borges

Recuerdo una vez de niña que nos quedamos solos todos los primos porque los mayores se fueron a las fiestas del pueblo. Lo recuerdo perfectamente, nos quedamos hasta tarde asomados a la ventana de la casa de la abuela –que ya no estaba– curioseando la fiesta escondidos para que no nos vieran y nos mandaran a la cama. Fue mi primer trasnoche, lo tengo grabado en la memoria. Sin embargo, ninguno de mis primos lo recuerda y mi madre insiste en que jamás me dejó sola de chica. Entonces, ¿quién tiene razón? ¿Qué ocurrió en realidad?

Pues no lo sabemos, y tampoco importa demasiado porque la realidad pasada es la que cada uno se haya elaborado desde el futuro, casi podría decirse que la realidad objetiva es prácticamente imposible de reconstruir. Seguro que a muchos les han ocurrido ejemplos similares cuando han contado anécdotas compartidas con otros que las recuerdan de manera diferente o que ni siquiera las recuerdan. Y esto es así porque en los recuerdos intervienen las fantasías de cada uno, las vivencias de cada uno y se elaboran plenos de subjetividad individual, cada uno pone el acento en el lugar que le interesa y encubre el que no le interesa, a veces con algunos recuerdos inventados a conveniencia.

Claro que esto no quiere decir que la Historia sea todo subjetividad y que no haya hechos contrastados y documentos acreditativos, pero incluso ahí, si se quiere ser exhaustivo, hay que cuidarse de la subjetividad de los informantes, siempre recordantes. Lo que no hay es que sobreestimar nuestras posibilidades de objetivación en los asuntos que nos conciernen porque esto es prácticamente imposible. Por otra parte, de nada nos sirve que los demás participantes del recuerdo insistan en que las cosas fueron de otro modo, porque aunque les creamos, para nuestro inconsciente seguirán siendo como las recordamos y con esa realidad psíquica viviremos, siempre subjetivamente, como todo lo humano. Lo objetivo es solo una parte en la vida del hombre, la más aparente, la manifiesta, pero hasta el cientificismo más recalcitrante empieza con una hipótesis subjetiva, también sugestiva.

Por eso no hay que creerse todo lo que uno piensa, ni lo que uno recuerda. O quizá habría que creérselo del todo, como las novelas o como las películas, que si uno no se las cree es porque son malas, a sabiendas de que son un artificio de la fantasía de la prodigiosa mente humana.