Consejos de Ramón y Cajal* para ser feliz

Positivismo de Cajal.–

Máximas recomendables para ser relativamente dichosos**:

  1. Sé indulgente “con la pobre bestia humana”, según frase de Renan, y conténtate buenamente con lo que pueda dar de sí.
  2. A título provisional, considera con zoólogos y anatómicos que el hombre tiene más de mono que de ángel, y que carece de títulos para envanecerse y engreírse. Se imponen, pues, la piedad y la tolerancia.
  3. Inspírate, si puedes, en las conocidas máximas griegas: “Obrar a tiempo” (Chilón) y “En todo la medida” (Solón), frase traducida por los latinos con el manoseado nihil nimis (de nada demasiado).
  4. No contestes jamás a invectivas e insultos groseros, y aparta inexorablemente de tu trato a los malintencionados y envidiosos.
  5. Vive de ti mismo, y aun ensimismado, si te ocupas en la ciencia o en cualquier trabajo intelectual socialmente útil.
  6. Distrae tus cavilaciones y enojos (que nunca faltan) con el estudio de la Historia, la Literatura y, si es posible, con la práctica del dibujo y la fotografía.
  7. Huye de las pasiones vehementes, que absorben, esclavizan y esterilizan el espíritu.
  8. Aprende a callar; alaba cuanto digan bueno tus amigos y adversarios y si hablas, hazlo con mesura, modestia y oportunidad.
  9. Jamás mortifiques a nadie con verdades desagradables para su orgullo o sus pretensiones. Maneja la verdad como la dinamita, que a menudo destruye aun a quien la manipula con precauciones.
  10. Sigue a Gracián cuando sentencia: “Sólo el honrador es honrado”.
  11. Si eres heterodoxo o escéptico, no te mofes de los sentimientos religiosos de nadie, siquiera sea por respeto a las creencias de tus antepasados.
  12. Y por si el supremo Hacedor ha forjado la vida como un ensayo o esbozo, precursor de más serias y sublimes empresas ultraterrenas, ríete, como el irónico Luciano, de las incongruencias, contradicciones y absurdos de filósofos, políticos y poetas. De acuerdo con el gran humorista que nos creó, tómalo todo a broma, porque sólo la alegría es garantía de salud y longevidad.

*Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), Premio Nobel de Medicina en 1906 compartido con Camillo Golgi

**Charlas de café (1920), capítulo VII: “Sobre el carácter, la moral y las costumbres”

Sin ganas

Algunas personas piensan que para hacer cualquier cosa hay que esperar a tener ganas, algo así como al advenimiento de las ganas, como si se hallaran en otro sitio y estuvieran al llegar. Pero en realidad las ganas no se encuentran en ningún sitio y por eso no van a venir, hay que crearlas, cada cual las suyas. Esperar a tener ganas es una posición perezosa y muy poco productiva para cada uno. Como dicen los artistas —en realidad lo dijo uno solo y los demás se lo han aprendido—, “que la inspiración te encuentre trabajando”, las ganas también se inspiran.

         Quizá el matiz del asunto está en confundir las ganas con el deseo, y no son lo mismo, digamos que el deseo se sitúa en un nivel superior al de las ganas. El deseo es algo más profundo, más estructural en el ser humano, tanto que transcurre fundamentalmente en la esfera del inconsciente, pero hay que aprender a hacerle caso, a darle la oportunidad de manifestarse porque de ello dependerá nuestra felicidad, nada menos. La cuestión está en que resulta difícil hacer caso a los deseos porque en ocasiones pueden parecer muy caprichosos, incluso aparentar inconvenientes, pero eso es solo la apariencia del deseo salvaje que habrá que educar. En realidad lo que hay que hacer es educarse en su lectura, porque utilizan un lenguaje simbólico peculiar, particular de cada individuo. Educarse y responsabilizarse de ellos, lo que no es nada fácil porque casi siempre exigen cambios personales que pueden ser difíciles de afrontar, por eso es más cómodo ignorarlos. Pero tengamos claro que solo podremos vivir una vida plena si lo hacemos acorde a nuestros deseos, así que cualquier esfuerzo en este sentido estará completamente justificado.

         Por ejemplo, si se desea ejercer una profesión determinada, habrá que decidir un plan de formación, de búsqueda de empleo, de lugar de residencia que permita el mejor desarrollo profesional posible, todo adecuado a las posibilidades individuales, y otros asuntos concretos que permitan llevarlo a cabo. Luego hay que ponerse a trabajar en lo que toque cada día para ejecutarlo, se tengan o no se tengan ganas de hacerlo, eso es de segundo orden, casi irrelevante. Pasa lo mismo si se quiere hacer cambios vitales importantes, tales como cambiar de profesión, de pareja, de lugar de residencia o de punto de vista con todo esto. Hay que empezar elaborando un plan para su puesta en marcha, con fechas y procedimiento, y una vez decidido, a trabajar en él sin tener en cuenta las ganas.

         Pensemos en que solo nos levantáramos para ir a trabajar las mañanas en que tuviéramos ganas, pensemos además que todos hiciéramos lo mismo, el mundo se paralizaría en el primer minuto de esa mañana. ¿Quién tiene de verdad ganas de levantarse cada día para trabajar —y todos trabajamos, es imposible no hacerlo, hasta el último día de la vida—? Pero lo hacemos, ¿no? Es el deseo el que nos levanta de la cama, el deseo de vivir. Por eso a las ganas no hay que admitirlas demasiado en el trámite de nuestros deseos.

         Y todo esto también funciona a la inversa, es decir, si se dice que se quiere hacer algo y después de un tiempo prudencial se continúa sin hacerlo y sin disponer de un plan concreto para ponerlo en marcha, es que no se desea de verdad; o si se quiere dejar de hacer algo que se está haciendo, por ejemplo, abandonar una situación en la que se está a disgusto, y después de un tiempo persiste la situación, es que en realidad algo gusta. No hay que engañarse, mejor afrontarlo para tratar de introducir alguna modificación.

         Al principio puede resultar difícil vivir acorde a los deseos, aprender a tenerlos en cuenta, saber ejecutarlos, pero luego la vida es mucho más fácil, deliciosamente fácil, y ahí sabremos que lo estamos consiguiendo —siempre en presente continuo—: el placer del más acá de vivir con ganas, que del más allá nada sabemos.

Envejecimiento

La vejez es como todo lo demás, para hacerla un éxito hay que empezar desde jóvenes, Theodore Roosevelt

Efectivamente, sería recomendable reflexionar sobre el éxito en la vida de cada uno antes de envejecer, cuando aún se está a tiempo de reconducirse, porque si no solo quedará lamentarse por lo que pudo haber sido y no fue. Como abuelos contadores de batallas trasnochadas incapaces de disfrutar un presente que debieron labrarse durante toda la vida, incapaces de vivir de las rentas por no haber hecho inversiones rentables.

Es cierto que el éxito de envejecer no está solo en durar, que algo hay que durar para poder envejecer, aunque nada más relativo que la edad cronológica, sino que estará en la valoración que cada uno haga de su paso por la vida, por eso es algo completamente individual y subjetivo. Se podría empezar por reformular una frase atribuida a Gandhi (aunque él la articuló para el presente) en cuanto a que se ha vivido feliz si en general lo que se ha pensado, lo que se ha dicho y lo que se ha hecho, a lo que me han sugerido recientemente añadir lo que se ha sentido, han estado en armonía. Pero para hablar de éxito habría que sumar algún aspecto objetivo que concrete ese concepto siempre etéreo de felicidad, o se convertirá en una ilusión delirante de autocomplacencia. Y lo objetivo que aportamos al mundo son nuestras producciones, aquello que nos sobrevivirá, ya sean hijos, trabajo, obras de arte, relaciones o cualquier cosa que contribuya al crecimiento humano. Ahí es donde se debe hacer balance, si lo producido ha contribuido de alguna manera a mejorar el mundo, aunque sea el micromundo circundante, o no. Y ojo con lo que se siembra porque de eso será la cosecha, aunque el resultado no esté garantizado.

Pensé en este asunto leyendo algunos textos relacionados con el cuidado a las personas mayores que, desde mi experiencia en la atención a estas personas, creo que hay que expresar con cautela, o por lo menos con matices. Es evidente que existen hijos ingratos que abandonan a sus mayores a su suerte, para qué negarlo, pero no son pocos los casos en los que algunas personas obtienen mucho más de lo que han invertido en su cosecha vital, lo que normalmente no se valora como injusto. Quizá la vulnerabilidad de ese momento final de la vida promueve olvidar el recorrido, o quizá no. En cualquier caso, creo que se trata de un asunto privado que en cada familia deberá decidirse individualmente, miembro a miembro. A los profesionales nos compete ocuparnos de estas personas lo mejor posible, sin hacer distinciones ni emitir arriesgados prejuicios de valor.

Toxicidades peligrosas

Se ha escrito mucho sobre las malas influencias de la gente tóxica, con mala energía, esas personas que nos cansan cuando las tenemos cerca más de lo recomendable, tiempo y espacio variables según el nivel de energía negativa que irradien. En esto existen auténticos agujeros negros que no conviene tener por los alrededores. Y no me refiero a personas que nos caigan mal, impertinentes o mal educadas, porque esas pueden enfadarnos o incomodarnos, pero no nos cansan, me refiero a aquellas que solo permiten conversaciones negativas de las que uno se va con menos cosas que con las que llegó, cuando por definición debería ser al revés. Ladrones de energía que se alimentan de eso porque son incapaces de producirla por sí mismos. Si escudriñamos entre bastidores, no suele faltar una intensa corriente envidiosa que pretende arrastrar a todo lo que se mueve en su espiral descendente porque no soportan la luz de arriba.

Pero ojo, cuando nos sintamos atrapados en una relación o conversación de este tipo, hagamos la reflexión de qué es lo que nos está tentando de esa persona o de esa circunstancia, porque si nos afecta de ese modo es porque algo tiene que ver con nosotros, algo nos tienta a imitarla, nos identifica, lo que de verdad no nos importa no nos afecta de ninguna manera. Quizá nos recuerde un poco a nosotros mismos. Si estamos centrados en nuestros asuntos y nuestros objetivos, estas personas serán solo un inconveniente fácilmente subsanable que no nos cansará.

Se incluyen en esta categoría tóxica los enredadores profesionales, aquellos en que su prioridad vital es enredar, enmarañar, complicar cualquier situación para alimentar o incluso crear el conflicto donde no lo hay. Los que ven el mundo en clave egocéntrica de perjudicados paranoicos. Son personas que no tienen ninguna intención de solucionar los problemas porque se alimentan de los enfrentamientos y su vida no tendría sentido sin ellos. También en esta estructura conflictiva subyace la envidia de los que no soportan la existencia de personas que consideran más felices que ellas, sin valorar el trabajo que hacen esas personas para conseguirlo y sin pensar que sería mucho más sano aprender de ellas que tratar de destruirlas. Para evitar que se alimenten de nuestra energía, no discutamos, así se diluyen, se les agotan las pilas.

Y yo no subestimaría en este apartado de toxicidades a la gente enredadora en sí misma, personas que viven enredados por falta de organización y que nos pueden enganchar, quizá sin pretenderlo, en sus redes ineficientes de vueltas viciosas sin conclusiones, puede que para evitar responsabilizarse de los resultados. También cansan, pero sobre todo comprometen nuestra propia eficiencia.

De todos ellos debemos protegernos, si no podemos apartarnos, o nos enfermarán con ellos. Porque por regla general acabarán enfermando, de neurosis ya lo están, y probablemente además de alguna otra cosa.

Una cuestión que no debemos dejar de preguntarnos es si nosotros podríamos también ser tóxicos para los demás, ¿cómo saberlo? Yo les propongo plantearse si creen que todo en la vida les está resultando un problema irresoluble, además de encadenado uno detrás de otro, si parece que todo el mundo conspira para hacerles la vida un calvario, si se consideran elegidos por la mala suerte, si también las enfermedades se les encadenan al cuerpo, si llegan a casa muy cansados y les cuesta desconectar de la actividad del día, si comen y duermen mal, si no se miman ni miman a los que tienen cerca, y también a los que no, pues entonces, háganselo ver.

Recuerden que salud es la capacidad de amar y trabajar (Sigmund Freud), y la envidia no es nada saludable.

De infidelidades

Siempre me ha llamado la atención lo fácil que es equivocarse al pronunciar la palabra infidelidad con la cercana infelicidad, supongo que por la contigüidad de una con la otra. Se entienden juntas porque la infidelidad como traición genera cuando menos tristeza, si no frustración y rabia. Pero la fidelidad no es un concepto natural de la especie, sino que se trata de un artificio adquirido en la evolución humana para mantener la cohesión social, que se asume como inherente y de obligado cumplimiento sin necesidad de explicitarlo en las relaciones de pareja. Aunque algunas parejas pactan vínculos abiertos en los que se aceptan relaciones externas, también habrá infidelidad en lo que se aparte de dicho pacto, porque algún pacto habrá que establecer o no habrá relación que infidelizar.

Por eso de que normalmente no se explicita el contenido del pacto en el sentido de definir a partir de qué nivel de relación con otros se puede empezar a hablar de infidelidad, a veces se cae en grotescas especulaciones que rayan lo cómico en cuanto a la unidad de medida a utilizar para definir la distancia que separó a los dos cuerpos en el momento, o momentos, de autos: metros, centímetros, milímetros, unidades negativas o kilómetros fulminados por internet… Para algunos solo se puede hablar de infidelidad si ha habido relación sexual, para otros basta una mirada libidinosa, pero en el fondo lo que importa es el sentimiento asociado al acto, incluso el asociado meramente a la fantasía infiel. De ahí la preocupación del engañado con los porqués del engaño.

Y por aquello de que se trata de un artificio cultural, hay que asumir que todos somos potencialmente infieles, así que no hay que culparse porque nos atraiga el nuevo vecino o la nueva compañera de trabajo aunque tengamos una pareja de la que nos sintamos completamente enamorados, es normal. Otra cosa es entrar en el juego de la seducción, sería de inmaduros si no nos interesa cambiar de pareja o no hemos establecido ese pacto de relación.

Es fácil ser fiel al principio de las relaciones, cuando el enamoramiento endorfínico anega la visión periférica, pero cuando las relaciones evolucionan a algo más elaborado, más del orden del amor implicado, hay que valorar la tentación de pasiones adolescentes como golosinas de absorción rápida por la pereza de trabajar en las pasiones actuales, más maduras y laboriosas, de lenta absorción pero sin duda más nutritivas. En las relaciones largas, la pasión hay que crearla todos los días, no se genera espontáneamente. Si la relación languidece, ¿a quién le amarga un dulce? Habrá que plantearse si se desea darla por terminada o se decide trabajar en ella.

Por otra parte, es una realidad que algo de celos tiene que jugarse en la pareja o si no, ¿cómo nos va a interesar alguien que no le interesa a nadie más o cómo vamos a desear algo que ya tenemos, o creemos que tenemos, y no tememos perder? No se debe abandonar el juego de la seducción después del enamoramiento, hay que repartir fichas hasta el último día, sea cual sea ese día.

Y si nos engañan, nos traicionan, nos son infieles, será inevitable que suframos por ello si estamos en-amorados, sería muy raro que no fuera así, lo que no debemos es engañarnos a nosotros mismos con que no nos importa o aquí no pasa nada, sí pasa y es una buena ocasión para el crecimiento, como todas las crisis, ya sea que decidamos continuar o concluir la relación.

Con todo esto, les propongo que cada día reserven un rato para enamorar con la pareja, y si no lo encuentran un ejercicio delicioso, háganse otros planteamientos más decididos, pero nunca, nunca se abandonen al aburrimiento, es una pérdida de tiempo.

Fracasar para no triunfar

¿Y miedo de qué? De tu propia luz, Jorge Armas.

Pareciera evidente que todos buscamos el éxito, el triunfo en todos los ámbitos de nuestra vida para alcanzar esa tan ansiada felicidad, tan ansiada como etérea y escurridiza. Pareciera sin lugar a dudas que todos deseamos tener una familia perfecta, como las que nos vende la publicidad institucional, un trabajo perfecto, una casa perfecta, unos amigos perfectos, una cuenta corriente perfecta… y en esta búsqueda algo indeterminada se nos va la vida. Está claro que es a través del deseo que nos mueve a buscar que parimos nuestras producciones, pero hay que leer bien este deseo para que sea el nuestro y no confundirlo con el de otros, para no perdernos en lo que otros esperan de nosotros, que no tiene necesariamente que coincidir con lo que nosotros deseamos para nosotros. Esa felicidad etérea por mal definida nos puede llevar al fracaso cuando se nos escurre porque al conseguir aquello que creíamos desear y por lo que trabajamos tanto nos quedamos vacíos, ese logro no nos conduce a la plenitud del gozo que habíamos imaginado. Por ejemplo, hemos trabajado mucho para comprar la casa de nuestros sueños y cuando nos instalamos en ella nos sentimos indiferentes. Quizá habría que ver si era la casa de nuestros sueños o la de los sueños de nuestra madre o nuestra pareja o de nuestro entorno social. Escurridiza si se piensa la felicidad como un estado al que se llega sin trabajar o trabajando solo una vez en un proyecto. No es así, en la felicidad hay que trabajar todos los días, enlazar un proyecto detrás del otro porque lo que nos hace felices hoy mañana estará obsoleto y necesitaremos otra cosa. No es un estatus, es un proceso. La felicidad hay que pensarla bien porque es un asunto particular, personal, privado, subjetivo, no comparable y para la que no hay guías o protocolos preelaborados que seguir, cada uno tiene que elaborarse el suyo.

Pero en lo que no se suele pensar es en si seremos capaces de vivir nuestro éxito, disfrutar con plenitud lo que legítimamente hemos logrado con nuestro trabajo, gozarlo de manera abierta, sin escondernos ni exhibirnos. Porque por una parte aquí se entrama la idea religiosa de que a este mundo hemos venido a sufrir, con la promesa de la felicidad eterna —también etérea— y se piensa como pecaminoso el bienestar, como antesala de una desgracia que venga a imponernos la penitencia por tamaña desfachatez, que venga a aliviarnos la culpa de haber triunfado más que nuestros padres, como si la civilización pudiera progresar de otra manera. Y por otra, y mucho más impensada por inconsciente, el que directamente cuesta asimilar el éxito, el que se puede vivir solo con ocupaciones, sin preocupaciones, cuando se colocan los avatares de la vida justo en el lugar que les corresponde. Pongo otro ejemplo, es normal afligirse por la pérdida de los padres, pero no es una tragedia sobrevivirlos, es lo normal, no hay que vivir con ese temor porque lo deseable es que ocurra, evidentemente mejor cuanto más tarde. O vivir con cualquier otro miedo a perder lo que se tiene, preocupados, no, la cuestión es trabajar para conservarlo, ocuparnos de ello, porque si no lo perdemos seguro. Piensen en personas exitosas que no han podido superarlo, el cantante Michael Jackson por ejemplo, o tantos otros que lo tuvieron todo y se quedaron en nada porque pensaron que ya no tenían que trabajar más. Es verdad que se nos mal enseña desde niños a cómo superar las dificultades, esa vida llena de tropiezos que se nos muestra como inmodificable, pero ni se plantea cómo se vive cuando se superan estas dificultades con nuestro propio esfuerzo, que no sacrificio que también es del orden de lo religioso. El trabajo es un esfuerzo, no un sacrificio ritual.

Yo les propongo ser ambiciosos y trabajar más allá de las dificultades para ser capaces de habitar el Edén particular sin sentirse culpables por ello. No fracasen cuando triunfen ni se boicoteen para no hacerlo. No crean que es tan sencillo, pero se puede si se quiere, como todo.

Presentación “Mejor Vivir”, de Jorge Armas

Nos reúne la presentación de un libro de la vida, o de un libro para la vida, un libro que refleja los cuestionamientos que antes o después se nos plantean a casi todos, por lo menos a los que pretendemos vivir lo mejor posible.

De cómo nos planteamos la vida y cómo resolvemos sus retos los seres humanos sabe bastante el autor, Jorge Armas, asunto al que se dedica profesionalmente desde su formación como psicoanalista, en ejercicio en esta ciudad desde 1998. Sus muchas horas de escucha a los dolores del alma humana le han dado para extractar los más comunes, aunque lo humano no sea muy dado a extractarse o a globalizarse, asumiendo que no a todos nos preocupan las mismas cosas de la misma manera.

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