Fracasar para no triunfar

¿Y miedo de qué? De tu propia luz, Jorge Armas.

Pareciera evidente que todos buscamos el éxito, el triunfo en todos los ámbitos de nuestra vida para alcanzar esa tan ansiada felicidad, tan ansiada como etérea y escurridiza. Pareciera sin lugar a dudas que todos deseamos tener una familia perfecta, como las que nos vende la publicidad institucional, un trabajo perfecto, una casa perfecta, unos amigos perfectos, una cuenta corriente perfecta… y en esta búsqueda algo indeterminada se nos va la vida. Está claro que es a través del deseo que nos mueve a buscar que parimos nuestras producciones, pero hay que leer bien este deseo para que sea el nuestro y no confundirlo con el de otros, para no perdernos en lo que otros esperan de nosotros, que no tiene necesariamente que coincidir con lo que nosotros deseamos para nosotros. Esa felicidad etérea por mal definida nos puede llevar al fracaso cuando se nos escurre porque al conseguir aquello que creíamos desear y por lo que trabajamos tanto nos quedamos vacíos, ese logro no nos conduce a la plenitud del gozo que habíamos imaginado. Por ejemplo, hemos trabajado mucho para comprar la casa de nuestros sueños y cuando nos instalamos en ella nos sentimos indiferentes. Quizá habría que ver si era la casa de nuestros sueños o la de los sueños de nuestra madre o nuestra pareja o de nuestro entorno social. Escurridiza si se piensa la felicidad como un estado al que se llega sin trabajar o trabajando solo una vez en un proyecto. No es así, en la felicidad hay que trabajar todos los días, enlazar un proyecto detrás del otro porque lo que nos hace felices hoy mañana estará obsoleto y necesitaremos otra cosa. No es un estatus, es un proceso. La felicidad hay que pensarla bien porque es un asunto particular, personal, privado, subjetivo, no comparable y para la que no hay guías o protocolos preelaborados que seguir, cada uno tiene que elaborarse el suyo.

Pero en lo que no se suele pensar es en si seremos capaces de vivir nuestro éxito, disfrutar con plenitud lo que legítimamente hemos logrado con nuestro trabajo, gozarlo de manera abierta, sin escondernos ni exhibirnos. Porque por una parte aquí se entrama la idea religiosa de que a este mundo hemos venido a sufrir, con la promesa de la felicidad eterna —también etérea— y se piensa como pecaminoso el bienestar, como antesala de una desgracia que venga a imponernos la penitencia por tamaña desfachatez, que venga a aliviarnos la culpa de haber triunfado más que nuestros padres, como si la civilización pudiera progresar de otra manera. Y por otra, y mucho más impensada por inconsciente, el que directamente cuesta asimilar el éxito, el que se puede vivir solo con ocupaciones, sin preocupaciones, cuando se colocan los avatares de la vida justo en el lugar que les corresponde. Pongo otro ejemplo, es normal afligirse por la pérdida de los padres, pero no es una tragedia sobrevivirlos, es lo normal, no hay que vivir con ese temor porque lo deseable es que ocurra, evidentemente mejor cuanto más tarde. O vivir con cualquier otro miedo a perder lo que se tiene, preocupados, no, la cuestión es trabajar para conservarlo, ocuparnos de ello, porque si no lo perdemos seguro. Piensen en personas exitosas que no han podido superarlo, el cantante Michael Jackson por ejemplo, o tantos otros que lo tuvieron todo y se quedaron en nada porque pensaron que ya no tenían que trabajar más. Es verdad que se nos mal enseña desde niños a cómo superar las dificultades, esa vida llena de tropiezos que se nos muestra como inmodificable, pero ni se plantea cómo se vive cuando se superan estas dificultades con nuestro propio esfuerzo, que no sacrificio que también es del orden de lo religioso. El trabajo es un esfuerzo, no un sacrificio ritual.

Yo les propongo ser ambiciosos y trabajar más allá de las dificultades para ser capaces de habitar el Edén particular sin sentirse culpables por ello. No fracasen cuando triunfen ni se boicoteen para no hacerlo. No crean que es tan sencillo, pero se puede si se quiere, como todo.

La realidad subjetiva

No hay que fiarse de nada, ni de nadie, ni siquiera de uno mismo. Nada es lo que parece, pero sobre todo, nadie es lo que parece y repito, ni uno mismo. No se trata de colocarse del lado de un escepticismo vital simplón, sino de mantener cierta cautela con lo que podríamos llamar realidad, que no es más que la realidad psíquica de cada uno. Pero esta realidad hay que elaborarla, no viene dada y no conviene dejarla en manos de un gran creador de realidades universales, porque eso, además de ser de muy crédulo, quizá también es algo perezoso y profundamente inconveniente. Hay que elaborarla con responsabilidad, trabajo y, por qué no, acorde a nuestros intereses. Debemos erigirnos creadores de nuestra propia realidad individual, aquella con la que elijamos enfocar nuestra vida, necesariamente personal, ineludiblemente subjetiva.

Lo subjetivo se define como lo opuesto a real-objetivo, del orden de lo irreal o cuestionable, incluso en algunos foros está hasta mal visto subjetivar, como si fuera algo tan personal que resultara de dudosa validez universal, algo que solo representa una opinión particular. Completamente cierto, así es, absolutamente particular, de imposible validez universal, como debe ser lo humano.

Y es que responsabilizarnos de nuestros deseos, de nuestra subjetividad, hasta elaborarnos una realidad vital acorde a ellos, asumiendo que a nadie más le concierne y que a nadie se le puede echar la culpa de nuestros desvelos, tampoco de nuestros logros, es cuando menos inquietante, solo apto para adultos, de cualquier edad. Los niños, de cualquier edad, mientras no maduren seguirán con su sistema fantástico de creencias.

Aunque parezca contradictorio eso de que alguien necesite buscar un culpable de sus logros porque le cuesta asumirlos, existen personas que fracasan cuando triunfan (ya los describió Freud en 1916), y los que lo temen. Son los que se sienten culpables por disfrutar del goce de los logros conseguidos con su trabajo porque consideran que adelantan los logros de los padres, como si la evolución de la humanidad pudiera alcanzarse de otra manera. Personas que no progresan porque se boicotean. Los más se boicotean más abajo y ni siguiera consiguen triunfar, creen que no lo soportarían. Por eso es mejor descreerse y trabajar a ver qué pasa.

Otra cosa con frecuencia mal vista es actuar, trabajar, vivir conforme a nuestros intereses, como si lo políticamente correcto fuera maquillarse de hipócrita solidaridad para fotos promocionales, como si para ser solidario no debiéramos mirar por nuestra conveniencia. Se puede y además se debe ser las dos cosas, solidario y conveniente, de hecho solo así se puede ser realmente solidario.

Y volviendo al principio, nada es lo que parece y nuestros pensamientos menos que nada, no debemos fiarnos de ellos, por lo menos hasta no educarlos. Los pensamientos silvestres solo son cavilaciones sin fin ni finalidad, sin objetivo, por tanto inútiles. El pensamiento operativo, cuando estamos decidiendo por ejemplo el coche que nos vamos a comprar, será útil si al final nos compramos el coche o ejecutamos lo que sea que estemos pensando, si no, no puede considerarse pensamiento operativo, también es cavilar. El pensar es una función superior que nos define como humanos, además de hablar, si no le ponemos palabras a nuestros pensamientos no son nada, si no producen efecto en la realidad, en nuestra realidad, son fantasías improductivas, una pérdida inútil de energía, una lástima.

Entonces, aprendamos a pensar, un buen ejercicio para valorar lo que estamos haciendo es comprobar si lo que pensamos está produciendo algún efecto que se pueda contar, algo materializado en nuestra realidad objetiva, desde la perspectiva que comenté antes. Si no es así, nos conviene educarnos o acabaremos agotados de pensar nada.

No sé lo que me pasa, la voz de la angustia

Charla impartida en la Sala del Ámbito Cultural de El Corte Inglés de la Av. Tres de Mayo de Santa Cruz de Tenerife el jueves 25 de julio de 2013.–

No sé lo que me pasa, cuando no encontramos palabras para expresar lo que nos pasa nos encaramos directamente con la angustia. Se trata de nombrar a ese no sé para transformarlo en otra cosa que podamos abordar. La angustia no se deja tratar de frente.

Cuando alguien dice que tiene angustia, lo que siente es ya otra cosa, porque decir tengo angustia ya es empezar a hablar. Aunque lo correcto sería decir no que se tiene angustia, sino que la angustia lo tiene a uno.

La angustia es una señal, una brújula para la vida psíquica. Si no nos cuestionamos nada sobre ella, aparte de perder una estupenda oportunidad de crecimiento personal, esa señal se abre paso hasta invadir todo el mundo que habitamos: desde el cuerpo en forma de síntomas hasta los objetos que nos rodean.

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Presentación “Mejor Vivir”, de Jorge Armas

Nos reúne la presentación de un libro de la vida, o de un libro para la vida, un libro que refleja los cuestionamientos que antes o después se nos plantean a casi todos, por lo menos a los que pretendemos vivir lo mejor posible.

De cómo nos planteamos la vida y cómo resolvemos sus retos los seres humanos sabe bastante el autor, Jorge Armas, asunto al que se dedica profesionalmente desde su formación como psicoanalista, en ejercicio en esta ciudad desde 1998. Sus muchas horas de escucha a los dolores del alma humana le han dado para extractar los más comunes, aunque lo humano no sea muy dado a extractarse o a globalizarse, asumiendo que no a todos nos preocupan las mismas cosas de la misma manera.

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