Certicemia

Andamos por la vida buscando certezas, algunos incluso dejan de andar, se detienen pretendiendo encontrarlas en la inmovilidad, en la parálisis. Pero resulta que en la vida lo único verdaderamente cierto es la muerte, y eso ya no es la vida. La vida es todo lo que se mueve de manera incierta hasta el reposo absoluto final. Así que moderémonos con la quietud, no se nos vaya a ir la mano.

De esta manera, por ejemplo, proliferan los seguros de vida, como si alguien pudiera asegurar eso, y los de deceso, como si fuera necesario asegurar lo seguro. Seguros de enfermedad, de responsabilidad civil, de accidentes domésticos o con el coche… Y no es que estas precauciones no tengan sentido en nuestra vida civil a efectos operativos o legales, sino que con lo que hay que tener precaución es con creerse que se puede contratar un ingreso en la inmortalidad por la vía mercantil. Como aquel viejo chiste del que estaba viviendo una catástrofe tranquilamente porque acababa de contratar un seguro de vida y se sentía a salvo hasta que la situación se hizo tan extrema que empezó también él a huir temiendo que el corredor de seguros no le hubiera tramitado la documentación.

Pero la vida no se certifica, no es necesario, es evidente: el que está vivo come, bebe, defeca, duerme, copula, pare, cría, crece, produce, camina, corre, se cae, se angustia, se levanta, empieza de nuevo… sin parar. Se le puede preguntar ¿está usted bien?, primera actuación de las maniobras internacionales de reanimación cardiopulmonar, si contesta, está vivo, si no, podría ser que hubiera que certificar su defunción.

Las angustias del vivir antes encontraban alivio en la religión, hoy el ser humano, necesitado de una creencia sin fisuras, pretende depositar idénticas perspectivas en la ciencia. Así, el desarrollo científico-técnico se convierte en un nuevo dogma de fe, ciego e incuestionable, justo lo contrario de lo que ha permitido el avance de la ciencia desde la Ilustración: el método científico, basado en la observación y la experimentación, con resultados siempre transitorios y cuestionables según futuros progresos, con teorías e hipótesis sujetas al según el estado actual del conocimiento científico, siempre revisables, permanentemente inciertas.

Esta deriva social conduce a muchas personas a consultar a los sanitarios por cuestiones de la vida que no tienen tratamiento médico: problemas de relación con la pareja o los hijos, laborales, económicos. Problemas que en muchas ocasiones generan dolencias físicas como contracturas musculares, dolores abdominales, de cabeza, acidez, dolor torácico, palpitaciones y una larga lista de somatizaciones donde se inscribe el malestar psíquico cuando se carece de recursos para elaborarlo con más eficiencia. Además, este desvío cientificista busca certezas en cualquier acto médico que la Medicina, como la misma vida, no puede aportar. Porque la Medicina es la ciencia de la incertidumbre y el arte de la probabilidad, como ya sentenciara Willam Osler hace más de un siglo.

Según un reciente artículo publicado en el Science y referenciado por Javier Peteiro en su blog Cerca del Leteo, la carcinogénesis se debería principalmente a errores aleatorios en la replicación celular. Así, alrededor de dos tercios de las mutaciones relacionadas con el cáncer no se deberían a la herencia ni a factores ambientales sino al azar. Dicho de otro modo, un 67% de los cánceres se deben sólo a errores aleatorios en nuestras células, con independencia de que nos cuidemos o no.

A veces desearíamos que nuestros mecanismos bioquímicos fueran perfectos, que el ADN no sufriera al replicarse ni un solo error, pero la Naturaleza sigue su curso no intencional y no actúa según nuestros deseos. Y parece que no sería bueno que lo hiciese, pues sin tasa de error, sin mutaciones, no habría una variabilidad sobre la que operasen los mecanismos evolutivos. Bien podría decirse, simplificando, que, si no hubiera errores en la replicación del ADN, no estaríamos aquí. La variación es inherente a la vida misma, que precisa azar y necesidad. Para organismos pluricelulares como nosotros, la vida y la muerte están íntimamente imbricadas, necesitadas de colaboración entre sí.

En realidad, es la presencia de la muerte la que confiere a la vida su extraordinario valor. Borges ya nos mostró lo que supondría la inmortalidad, un insoportable aburrimiento.

Por todo esto, mejor dejarse caer en la tentación de la vida para evitar vivir inquietantemente muerto.

Medicina defensiva

Cuando se plantea la práctica defensiva de la medicina a mí se me ocurre pensar en para defenderse de qué, o de quién. Normalmente se entiende desde la perspectiva del profesional que solicita más pruebas complementarias de las indicadas, por lo menos en esa fase del proceso, o más derivaciones a otros especialistas, o un tratamiento más agresivo de lo imprescindible, o que informa al paciente de una manera sesgada hacia las teóricas evoluciones negativas por si todo fallara, o que sigue las guías de práctica clínica al pie de la letra sin tener en cuenta la individualidad de cada paciente, por mencionar algunas posibilidades. Lo habitual es que los profesionales que la practican, si es que en algún momento se les señala el sesgo, porque si no suelen considerarlo dentro de lo normal, argumenten que lo hacen para evitar las posibles consecuencias legales de un error diagnóstico o retraso terapéutico, o para evitar denuncias en los casos que se complican aunque no haya habido mala praxis, porque la medicina no lo puede todo.

Pero esto es verdad solo en parte, o solo de manera aparente, porque en muchos casos en realidad se hace para evitar implicarse en la relación médico-paciente, para evitar implicarse más de la cuenta por temor a la identificación con los padeceres de otro sujeto. En palabras del título de una novela de Stefan Zweig, la impaciencia del corazón: miedo a manejarse con las incertidumbres del no saber, tanto sobre el diagnóstico del paciente como de sus inquietudes vitales, reflejo de las que quizá el propio profesional no tenga resueltas.

Así, si no se le ofrece al paciente la posibilidad de una apertura, la oportunidad de ponerle palabras a su padecer con aquella olvidada propuesta hipocrática de a qué lo atribuye, se le atragantarán las palabras en la garganta hasta ahogarlo, se mareará hasta el desequilibrio, se las tomará a pecho hasta el infarto, se las tragará hasta la úlcera en el estómago, le dolerá la espalda de cargárselas sobre los hombros o se le elevará la tensión al insistir en no pronunciarlas.

Si se utilizan las pruebas complementarias o los tratamientos para taponar la subjetividad del individuo –le solicito un análisis o lo remito a otro especialista y así entre que va y viene no me inquieta y lo mismo mejora mientas tanto, además de que la medicina no es una ciencia exacta y siempre puede tener una enfermedad grave que pase desapercibida al inicio y luego me reclame por no haberla diagnosticado a tiempo–, se pierde la oportunidad de una auténtica mejoría, lo más que podrá conseguirse es mitigar el síntoma de forma parcial hasta que reaparezca o se transforme en otro diferente.

A una paciente de unos sesenta y cinco años la remite su médico de familia al oftalmólogo porque “le tiembla un párpado de manera intermitente desde hace unas semanas”. El oftalmólogo la estudia de manera exhaustiva con multitud de sofisticados exámenes complementarios sin encontrar sustrato orgánico que justifique el síntoma –y no signo porque no deja de tener cierta subjetividad–, por lo que decide enviarla al neurólogo para completar el estudio –por si hubiera algo que el oftalmólogo no supiera ver–. El neurólogo a su vez continúa con la solicitud de los no menos sofisticados estudios complementarios propios de su especialidad, pero tampoco encuentra explicación fisiopatológica al síntoma de la señora, aunque sí descubre como hallazgo casual –incidental que se informa ahora– un nódulo tiroideo asintomático e inaparente hasta ese momento que lo obliga a hacerle una interconsulta al endocrinólogo. El endocrino continúa el estudio solicitando sus propios estudios complementarios para tratar de llegar a un diagnóstico definitivo… La paciente comenta que hace tiempo que ya no le tiembla el párpado, lo atribuye al estrés que estaba sufriendo en aquel tiempo por un problema familiar.

Tolerar la incertidumbre del síntoma, permitir su apertura y explicárselo al paciente mostrándole apoyo en cada uno de sus momentos evolutivos, permitirá en muchos casos que se resuelva, en la mayoría no habrá lugar para necesitar defenderse de nada.

Despreocuparnos

Mi vida ha estado llena de terribles desgracias, la mayoría de las cuales nunca sucedieron, Michel de Montaigne.

Si se piensa bien, ¿cuántas de las preocupaciones cotidianas por supuestas tragedias vitales venideras se han confirmado? Muy pocas, por no poner aisladas y tirando a ninguna. Por lo general, las desgracias son difíciles de prever, incluso a veces los que rodean al implicado las prevén antes que él mismo: se me ocurre el caso de algunos problemas económicos en que las personas del entorno pueden verlos venir solo porque el balance ingresos/gastos tiene apariencias de negativo. Además de que habría que calibrar si la preocupación es proporcional al presunto problema, las más de las veces es desproporcionadamente peor que la ocupación necesaria para resolver el asunto.

El ejemplo tópico es el caso de los problemas de salud: ¿cuántos síntomas menores angustian hasta la enfermedad terminal irreversible?, no hay más que revisar los motivos de consulta diarios en un centro de Atención Primaria o en un servicio de Urgencias.

Pero el ejemplo estrella es el de que “fulanito lleva tres minutos de retraso, seguro que le pasó algo.” “¿Algo? ¿Le tocó la Lotería y está de camino a la Polinesia Francesa?” No, el pensamiento se debate entre el accidente con múltiples víctimas y el escape nuclear, porque “ayer escuché en las noticias lo que le pasó a esa pobre gente en una remota aldea del desierto de Gobi y eso puede sucederle a cualquiera…”

Pues sí, es cierto, todo eso malo le puede pasar a cualquiera, y de hecho pasa, pero comparado con el número de infinitas veces en que no pasa, es mejor colocarse del lado de la estadística. Mejor, más saludable y más productivo. Es mucho más eficiente emplear la energía en ocuparse de los asuntos que interesen a cada uno que emplearla en preocupaciones posibles, porque todo es posible y con esa incertidumbre hay que vivir, pero poco probables y que la mayoría de las veces no se materializarán, o lo harán en un nivel de desgracia inferior al preocupado. Además de que también esas cosas buenas que no salen en las noticias porque no venden tragicabilidad neurótica, pueden sucederle a cualquiera, y de hecho suceden.

Por otra parte, en cuanto a que hay que aceptar las incertidumbres de la vida si queremos llevar una vida mínimamente interesante, los que hayan sufrido cualquier desgracia sabrán explicar que suele llegar sin avisar, de repente, sin dar tiempo a la preocupación, y además, la mayoría de las tragedias verdaderas son inevitables. Así es la vida.

Otra cosa son las pseudotragedias de la vida cotidiana: “se me rompió la plancha el mismo día que la aspiradora y que el secador del pelo, además de que a mi madre se le subió la tensión cuando le conté la cantidad de ropa que tenía que planchar y que mi marido iba a tener que ir a trabajar con la camisa arrugada y al final tuve que llevarla a Urgencias, por eso no me dio tiempo de comprar una plancha nueva y entonces…” “Lo sabía, Leoncio, no podía salir bien.”

La tragicabilidad neurótica es otra cosa, yo diría que incluso es del orden de lo ideológico, arraigado en nuestra tradición judeo-cristiana, aquello que enseñaban en las escuelas religiosas (espero que lo hayan matizado con el tiempo) de que el paraíso existía más allá de la muerte y que la vida era un simple calvario que cuanto más espinoso más directo conducía a ese ansiado lugar sin inquietudes vitales, el tranquilo reino de los muertos. Así, se aprendía aquello de que la felicidad es la antesala del llanto, de que lo bueno es solo la apariencia engañosa de la desgracia, de que gozar es pecado. Por eso muchas personas no son capaces de disfrutar de lo que tienen, porque piensan que si lo hacen, el Altísimo o cualquier otro Ente superior les enviará el castigo correspondiente a tremenda desfachatez. Y esto es independiente de que se sea creyente o no, ya comenté que es ideológico.

Esta es la cuestión, un asunto nada fácil por lo arraigado que se encuentra en nuestra cultura: la incapacidad de mucha gente para vivir de las rentas, como ya escribí en otro post, en el sentido de vivir del resultado de nuestro esfuerzo, de nuestro trabajo, disfrutar de verdad de lo que hemos conseguido porque un día lo deseamos con decisión y muchos otros posteriores lo trabajamos con devoción.

Pues eso, a despreocuparse y a vivir, preferiblemente más de dos días.

No es exagerado decir que vivir es jugarse la vida, ya que la vida, inevitablemente, se apuesta, se pone entera en el vivir, Luis Chiozza en “¿Por qué enfermamos?”.

La soportable levedad del ser

Seguro que han escuchado a la gente comentar aquello de que “hay que vivir la vida que son dos días” y otras frases similares cuando fallece o se conoce la grave enfermedad de alguien joven, en especial si ocurre de forma repentina, y más si tiene una edad similar a los comentaristas. Ahí parece que “el común de los mortales” se plantea las cuestiones de la vida y la muerte como algo cierto, cercano, posible, como si el resto de los días se fuera inmortal. Tampoco se trata de vivir a diario con la espada de Damocles apuntalándonos los pasos, es justo al revés, pero sí se trata de añadirle vida a esos pasos sin perder de vista los objetivos vitales que cada uno se haya trazado, sin trastocar el orden de importancia que cada uno le dé a sus cosas. Así absolutamente todos los días, estén o no soleados. No es vivir pegado a la amenaza de morir intentando protegerse de todos los males posibles –que son muchísimos y la mayoría incontrolables– a base de aislarse en una burbuja de presunto aislamiento global, es vivir la vida, así de simplemente difícil. Y vivir lleva implícito ciertas dosis de incertidumbre que ningún seguro de vida, chequeo médico preventivo o airbag pueden evitar. Cuanto más altas dosis seamos capaces de soportar, tanto más interesante nos construiremos la vida.

De hecho, muchas personas se instalan en la angustia del “va a pasar algo”, como si después de ese algo de forma obligatoria siguiera “malo” –no es sano vivir con la angustia de que si alguien no contesta al teléfono es porque está en Urgencias–. También puede pasar algo bueno, igualmente hay muchas posibilidades, depende de las que cada uno logre desplegar –a lo mejor no escuchó el teléfono porque estaba de copas–. Si estas personas se pararan a pensar, entenderían la cantidad de veces que se han preocupado o han preocupado a otros sin motivo. Además de que la preocupación no evita las adversidades, ocurren igual, pero el resto de los días, que son la mayoría, se puede vivir con una tranquilidad prudente. Incluso no es pecado, vivir contento no predispone al castigo divino, ni vivir con tristeza protege del mal. Eso es pensamiento mágico. Más bien es al contrario, la alegría atrae más alegría y la tristeza más pesar.

Esta sobreprotección y sobrepreocupación por todo lo que se mueva –porque la vida es movimiento, al contrario de la muerte que es más tranquila– esconde un delirio de inmortalidad que puede llegar a paralizar la vida: si controlo todos los riesgos posibles, no moriré, ni morirán los que me rodean, porque si ellos mueren me mostrarán que también yo puedo morir. Pero como este control es en sí mismo imposible, aparece la angustia porque siempre quedan riesgos incontrolados. Angustia de movimiento que paralizará más: me quedo quieta a ver si la muerte no me encuentra. Pero esa quietud está más cercana a la muerte que a la vida, y además la muerte nos encontrará igual.

Lo saludable es conseguir aceptar que vivir arruga el cuerpo, que si no queremos morir jóvenes y lisos es porque preferimos morir viejos y magullados, pero vividos. Y vivir deja cicatrices, a no ser que elijamos una vida sin aristas, sin matices, plana como un páramo estéril. Lo que tenemos que tratar de evitar es que se nos arrugue el alma: al alma es mejor desenrollarla con las magulladuras planchadas y reconstruidas.

No olviden que el camino más largo hasta la muerte discurre a través de la vida, pero no se engañen, la vida es mortal de necesidad. Para ser inmortales tendríamos que inventarnos otra dimensión. Quizá esa dimensión empezaría por ser capaces de soportar la levedad del ser.

¿Y tú qué tomas? Decisiones

Alguna vez tendrás que jugártela a una sola carta, Jorge Armas

Últimamente he leído varias veces a modo de aforismo sin autoría, que yo sepa, ¿Y tú que tomas para ser feliz? Decisiones, y se me ha ocurrido que dentro de las frases lapidarias que se han puesto tan de moda en la red para colgar en el perfil sin tener que elaborarse una propia, menos lapidaria pero también más auténtica y comprometida, esta tiene su contenido.

Tomar decisiones no es tarea fácil, y eso que las tomamos continuamente sin darnos cuenta, pero son un tratamiento necesario para la vida, digamos que es incompatible con la vida no tomarlas. Claro que tomar decisiones que consideramos importantes nos asusta a todos. ¿Por qué? Aunque quizá sería mejor plantearse, ¿para qué?, el para qué de la duda.

Cualquiera diría que por miedo a equivocarse, pero entonces tendríamos que entrar a definir equivocarse. La vía fácil definiría no conseguir el resultado esperado, pero lo que se debe valorar es el camino mostrado por ese presunto error de resultado, lo aprendido en él, lo que nos ha recolocado en la posición vital que cada uno tiene que elaborarse personalmente. Porque podría ser que esa supuesta equivocación nos haya abierto alguna posibilidad antes insospechada que no le hemos atribuido oportunamente al error. Igual que las crisis, como ya he escrito en otro post, los errores también son oportunidades de crecimiento si los tomamos como caminos de aprendizaje, aunque sea para aprender cómo no queremos hacer las cosas. Es imposible hacer las cosas bien a la primera. La humanidad empezó a investigar por el método del ensayo-error, aunque es cierto que, igual que el método científico ha evolucionado bastante desde entonces, la evolución personal también tiene que avanzar más allá, pero el ensayo es una parte imprescindible en toda investigación, y en toda evolución. No probar por miedo a equivocarse es de perezosos. Abandonar la reducida zona de certezas confortables nos lleva a infinita región de las incertidumbres del crecimiento.

Entonces, podríamos cambiar el porqué del miedo al error por el para qué de la duda, y esa sí es la auténtica cuestión inconsciente. No tomar decisiones para ver si la duda se resuelve sola, que de hecho es lo que ocurre y si no decidimos otros lo harán por nosotros, normalmente de forma inconveniente a nuestros intereses, para de esa manera tener a quién atribuir la responsabilidad de los resultados. Si son malos, no es culpa nuestra, y si son buenos, no tenemos que asumir la responsabilidad derivada de ellos, que no es poca cosa. Si triunfamos en una empresa, por ejemplo al poner un negocio, tendremos que asumir la responsabilidad de este triunfo: pagar a los empleados, mantener a la familia, ofrecer un buen servicio a los clientes, aceptar que otros nos critiquen envidiosos, como probablemente nosotros también hayamos hecho antes, crecer más que nuestros padres, tener más dinero que ellos. Para muchos esto es del orden de lo insoportable.

Pero más profundo e inconsciente que todo eso está el asunto de que mientras no se toma una decisión se delira con que el tiempo no pasa, está detenido, y así se juguetea con la fantasía de la inmortalidad que todos llevamos dentro. Aunque seamos plenamente conscientes de la realidad de la muerte, en el inconsciente la idea de la propia muerte no tiene representación. Así, de repente nos damos cuenta de lo que han crecido los niños de nuestros amigos mientras nos decidimos a tener los nuestros, de que al primo lo han nombrado jefe de su departamento mientras nosotros dudamos si hacemos o no ese máster, de la estupenda casa nueva a la que se han mudado los vecinos mientras nos decidimos a ganar más dinero para comprarnos una casa mejor que en la que vivimos de niños. La cuestión es no creerse estos delirios y apostar, incluso a veces a una sola carta…

Vivir tiene eso, que nada es cierto, lo contrario de la muerte, que es todo certidumbre.