Sin ganas

Algunas personas piensan que para hacer cualquier cosa hay que esperar a tener ganas, algo así como al advenimiento de las ganas, como si se hallaran en otro sitio y estuvieran al llegar. Pero en realidad las ganas no se encuentran en ningún sitio y por eso no van a venir, hay que crearlas, cada cual las suyas. Esperar a tener ganas es una posición perezosa y muy poco productiva para cada uno. Como dicen los artistas —en realidad lo dijo uno solo y los demás se lo han aprendido—, “que la inspiración te encuentre trabajando”, las ganas también se inspiran.

         Quizá el matiz del asunto está en confundir las ganas con el deseo, y no son lo mismo, digamos que el deseo se sitúa en un nivel superior al de las ganas. El deseo es algo más profundo, más estructural en el ser humano, tanto que transcurre fundamentalmente en la esfera del inconsciente, pero hay que aprender a hacerle caso, a darle la oportunidad de manifestarse porque de ello dependerá nuestra felicidad, nada menos. La cuestión está en que resulta difícil hacer caso a los deseos porque en ocasiones pueden parecer muy caprichosos, incluso aparentar inconvenientes, pero eso es solo la apariencia del deseo salvaje que habrá que educar. En realidad lo que hay que hacer es educarse en su lectura, porque utilizan un lenguaje simbólico peculiar, particular de cada individuo. Educarse y responsabilizarse de ellos, lo que no es nada fácil porque casi siempre exigen cambios personales que pueden ser difíciles de afrontar, por eso es más cómodo ignorarlos. Pero tengamos claro que solo podremos vivir una vida plena si lo hacemos acorde a nuestros deseos, así que cualquier esfuerzo en este sentido estará completamente justificado.

         Por ejemplo, si se desea ejercer una profesión determinada, habrá que decidir un plan de formación, de búsqueda de empleo, de lugar de residencia que permita el mejor desarrollo profesional posible, todo adecuado a las posibilidades individuales, y otros asuntos concretos que permitan llevarlo a cabo. Luego hay que ponerse a trabajar en lo que toque cada día para ejecutarlo, se tengan o no se tengan ganas de hacerlo, eso es de segundo orden, casi irrelevante. Pasa lo mismo si se quiere hacer cambios vitales importantes, tales como cambiar de profesión, de pareja, de lugar de residencia o de punto de vista con todo esto. Hay que empezar elaborando un plan para su puesta en marcha, con fechas y procedimiento, y una vez decidido, a trabajar en él sin tener en cuenta las ganas.

         Pensemos en que solo nos levantáramos para ir a trabajar las mañanas en que tuviéramos ganas, pensemos además que todos hiciéramos lo mismo, el mundo se paralizaría en el primer minuto de esa mañana. ¿Quién tiene de verdad ganas de levantarse cada día para trabajar —y todos trabajamos, es imposible no hacerlo, hasta el último día de la vida—? Pero lo hacemos, ¿no? Es el deseo el que nos levanta de la cama, el deseo de vivir. Por eso a las ganas no hay que admitirlas demasiado en el trámite de nuestros deseos.

         Y todo esto también funciona a la inversa, es decir, si se dice que se quiere hacer algo y después de un tiempo prudencial se continúa sin hacerlo y sin disponer de un plan concreto para ponerlo en marcha, es que no se desea de verdad; o si se quiere dejar de hacer algo que se está haciendo, por ejemplo, abandonar una situación en la que se está a disgusto, y después de un tiempo persiste la situación, es que en realidad algo gusta. No hay que engañarse, mejor afrontarlo para tratar de introducir alguna modificación.

         Al principio puede resultar difícil vivir acorde a los deseos, aprender a tenerlos en cuenta, saber ejecutarlos, pero luego la vida es mucho más fácil, deliciosamente fácil, y ahí sabremos que lo estamos consiguiendo —siempre en presente continuo—: el placer del más acá de vivir con ganas, que del más allá nada sabemos.

Sobre la intuición y el deseo

Se escucha con frecuencia eso de “me da que” se va a producir o no una determinada situación o eventualidad expresado en modo casi adivinatorio cuando las pruebas apuntan a una probabilidad más bien reducida de ocurrencia, o incluso sin disponer de prueba alguna que pudiera orientar en un sentido más previsible. Esa probabilidad suele ser más deseada que documentada. Y es que la intuición, las impresiones, pueden engañar si no se las tiene educadas y hechas a la mano de cada uno. Pero sin dejarse engañar al confundirlas con el deseo de que efectivamente se materialice lo que se anhela, o con el prejuicio al compararlas con estereotipos mentales elaborados con experiencias previas, propias o de la cultura, hay que aprender a tenerlas en cuenta.

Y esto es así de conveniente porque las intuiciones son unas aliadas enviadas desde el inconsciente para ayudarnos a vivir mejor, a hacernos la vida más fácil al aportar información que le pasa desapercibida al consciente, información que la mayor parte de las veces hemos registrado sin darnos cuenta.

Por ejemplo, “me da que mi primo no va a venir a la fiesta”, puede que sea del orden de lo deseado si no soportamos al primo o que se apoye en signos que no recordamos explícitamente como que el primo suele irse de vacaciones en estas fechas. O “me da que mi ex tiene a otra”, puede que lo temamos, que es lo mismo que desearlo, o que hayamos captado indicios en su nueva y cuidada indumentaria o en que ya no puede quedarse con los niños los sábados por la noche. Otras veces las intuiciones son más irracionales porque no logramos darles una mínima explicación lógica, pero a la vez son más potentes, como cuando alguien nos propone hacer un trato y nos produce mala impresión. Ojo, seguramente estará tratando de engañarnos, no hay que ignorar el aviso de peligro porque algo le habremos leído en la intención, aunque no sepamos lo que es con certeza. Otra cosa es creer a pie juntillas, por ejemplo, que un problema económico se arreglará solo porque “nos da que el número que hemos comprado va a ser el premiado en la lotería”. Es posible, pero será más probable que resolvamos el problema si además trabajamos para ello (aunque a la vez compremos el número de lotería). O “me voy a embarcar en este negocio porque me da que me va a ir bien” sin demasiados datos objetivos para ser tan optimista, cuidado porque podría estar confundido el deseo con la intuición. Y a no confundirlos se aprende con la práctica, estando atentos para aprender de la experiencia, esta sí que debe ser absolutamente particular, las experiencias ajenas solo sirven de referencia.

También hay que tener en cuenta que cuando se desea algo de verdad, normalmente uno se pone a trabajar en ello, a veces sin notarlo, por lo que evidentemente aumenta la probabilidad de que el deseo se realice. Y esto no es intuitivo, está basado en la evidencia.

En definitiva, cuando algo o alguien nos dé mala espina, seamos cautelosos, no digo que haya que rechazarlo, pero habrá que considerarlo con reservas. Tampoco se trata de dejarse llevar solo por la intuición sin razonamiento, porque alguna reflexión lógica tendremos que aplicar en la vida, pero hasta las modernas teorías neurocientíficas han llegado a la conclusión de que la toma de decisiones se realiza en mayor medida tomando en cuenta cuestiones emocionales, y de hecho lo humano no podría decidirse de otra manera.

Como habrán podido observar, he rechazado expresamente el término “corazonada” porque no me gusta poner a hablar a los órganos lo que tendría que decirse con palabras, es peligroso, mejor cada órgano con su función y la palabra es una función mental, el corazón que se ocupe se sus asuntos, que no son pocos. Hablar con el cuerpo enferma.