Los límites de la libertad en cultura

Se escucha en un decir de la calle que los límites de la libertad individual terminan donde empiezan los de los otros, lo que sin entrar en posibles matizaciones podríamos aceptar como principio de aplicabilidad universal. Lo cierto es que esta libertad se la debe construir cada uno edificándose sus propios límites, dentro de los cuales regirán las normas personales establecidas por el único habitante de ese micropaís, siempre que no sean incompatibles con la Ley, de la misma manera que dentro de las fronteras de un país rigen las leyes establecidas por su Gobierno. Así, igual que cuando viajamos a un país extranjero debemos respetar sus leyes aunque nos suenen extrañas desde nuestra cultura, lo mismo que las respetamos en el nuestro aunque no estemos de acuerdo, cuando alguien se acerque a nuestro micropaís deberá respetar nuestras leyes, nuestros límites. Y nosotros los de los demás.

Dentro de estos límites culturales se me ha ocurrido reflexionar sobre la sinceridad y la libertad de expresión. Me refiero en primer lugar a esa sinceridad mal entendida en la que parece que hay que decir todo lo que se piensa de algo o de alguien, entendiendo que nuestros pensamientos son de validez incuestionable, lo que es incuestionablemente falso: nuestras opiniones solo nos sirven a nosotros y por lo general por un limitado periodo de tiempo, y así debe ser porque si no involucionaríamos en vez de avanzar. Decirlo todo sin tener en cuenta al otro indica una incontinencia verbal y emocional solo explicable desde la incultura, y muchas veces desde la envidia. Hay que saber decir las cosas y también saber callarlas, aprender qué decir y cómo decirlo forma parte de la educación de las personas civilizadas. Decir todo lo que se piensa con frecuencia es más un método catártico para liberar una hostilidad encubierta que debería reconducirse en otros ámbitos (yoga, meditación, psicoterapia o ansiolíticos, por ejemplo), que una forma de honestidad bienintencionada. Y también con bastante frecuencia se trata de una incapacidad para contener una envidia desbocada.

Así, decirle a una amiga que la ropa le queda horrible porque hay que ver lo que ha engordado con los años —te lo digo por tu bien, como amiga—, no tiene nada que ver con decirle que quizá debería controlar un poco el peso porque es más saludable, y siempre que haya solicitado una opinión al respecto. Los comentarios perversos suelen esconder envidia, por ejemplo, de no soportar el placer con el que la otra disfruta de una buena mesa asumiendo los kilos de más sin demasiada preocupación.

Y ojo con aquello de le voy a decir cuatro cosas o cuatro verdades, porque lo mismo no nos conviene soltárselas a nuestro jefe, por muy sinceras y lapidarias verdades que sean, o sí, pero habrá que pensárselo sin incontinencias. No hay nada deshonesto en el silencio prudente.

Además de todo esto, cada uno de nosotros tiene derecho a reservarse una parcela de intimidad que no tiene la obligación de compartir con nadie, los límites de la sinceridad también son particulares y no canjeables: nada de sinceridad con sinceridad se paga…

La sinceridad trasladada al ámbito de lo público se podría encuadrar dentro de la tan defendida como políticamente correcta libertad de expresión, defendida a cualquier precio, o al precio de cualquiera. Pues no parece correcto que se traspasen los límites de la libertad de expresión del otro o que se defienda la libertad de expresión solo de un lado: mi libertad de expresión está bien, digo lo que quiero sin tapujos, sin límites porque yo estoy en posesión de la Verdad, pero al otro que no se le ocurra expresar libremente algo que no convenga a mis intereses, porque eso será del orden de lo inaceptable. En este planteamiento sí que hay hipocresía, parcialidad y una completa incapacidad para defender lo que parecen endebles argumentaciones, porque los argumentos sólidos se defienden solos.

La libertad es un concepto abstracto que hay que elaborar dentro de los límites de la cultura para convertirlo en un modo de vida productivo, si no es una salvajada.

Una cuestión de límites

Límites, esa es la cuestión, es imposible el crecimiento si no hay límites. Parece sencillo, hasta trivial o una abstracción irrelevante, pero no es así, muchos de los problemas de la vida cotidiana se derivan de la falta de ellos: por no ponerlos o por no ponérselos a uno mismo. Los límites, que inicialmente deben establecer los padres, estructuran al sujeto, lo ingresan en la cultura, lo enfrentan con la ley. Primero los padres, luego los educadores y luego los otros imponen restricciones a un infinito existencial donde no es posible habitar. Son restricciones socializadoras sin las cuales se vive en un mundo primitivo, aunque se resida en la ciudad más avanzada de la Tierra.

El problema es que poner límites cuesta trabajo, asumirlos también, no es lo natural, es puro artificio cultural, lo natural sería seguir viviendo en la cavernas. Vivir en el artificial siglo XXI exige disciplina y trabajo, se podría sintetizar en la renuncia a conductas asociales de placeres inmediatos por otros placeres diferidos más elaborados y productivos, y esta también es la cuestión.

Lo más cómodo, en lo inmediato, es dejarse llevar por la inercia de lo cotidiano, dejar que las cosas fluyan por gravedad, que se arreglen solas y evitar tomarse la molestia de intervenir para organizarlas según nuestra conveniencia y nuestros deseos. Pero ojo, que la física clásica de la teoría gravitacional se está viendo desplazada cada vez más por la nueva teoría cuántica, así que en estos tiempos tan artificiosamente inventados por el hombre para imponerse sus propios civilizadores límites, la inercia no parece llevar a ningún lugar estable. Más bien todo lo contrario, conduce a la incomodidad de la desorganización, que es la organización de los otros, porque se sabe de sobra que las cosas no se arreglan solas, o las arreglamos nosotros o nos las arreglan otros, y esto último no es nada recomendable para nuestros intereses.

Es lo que pasa en las familias en las que no se han establecido los límites en el momento oportuno del crecimiento de la propia familia, porque los límites son bidireccionales, parten de los padres y vuelven a ellos, escasos límites podría establecer el educador que no se los aplica o lo hace arbitrariamente. Los hijos criados sin límites van a tener dificultades para manejarse en su comunidad derivadas de tratar de imponer su concepción familiar en una sociedad con leyes de obligado cumplimiento. En una sociedad en la que forzosamente debemos relacionarnos con los otros, establecer nuestros límites nos ayuda a pertenecer a ella de pleno derecho, si no, siempre la andaremos de puntillas, siempre al borde de la expulsión en cualquiera de sus variedades: legal, social, comunitaria o personal por inadaptación. Además de que esta educación lábil y no comprometida crea con frecuencia hijos déspotas merecedores de todo y obligados a nada que ya está descrita como la generación ni-ni, una generación vacía porque vive sin proyectos. Mejor educar jóvenes trabajadores y productivos que valoren el esfuerzo en cuanto a la responsabilidad individual en materializar las fantasías de cada uno, que la realidad objetiva actual seguramente va a complicar, por lo que tendrán que trabajar más, ser más creativos, más inmunes al fracaso, más vitales, sin olvidar que es muy muy importante que aprendan a pensar.

Entonces, alejémonos de comodidades incómodas, trabajemos por los asuntos que nos interesan, invirtamos nuestros deseos y dejémonos de esperar a la caída de la manzana, habrá que cultivar primero el árbol.

Familia y crisis económica

El papel de padres y abuelos ante los efectos de una crisis persistente

En el mundo está la familia, en la familia no está el mundo, “Nuestras cosas de todos los días”, Emilio González Martínez.

La familia está en crisis, mejor, la familia está en la crisis, la crisis está en la familia, ha llegado a la familia.

La familia se establece como la estructura social básica a partir de la cual todos nos desarrollamos como individuos, como adultos autónomos y productivos, o así debería ser, un lugar para crecer: enseñar es dejar aprender.

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