Sin recursos

Salud es la capacidad de amar y trabajar

S. Freud

Cuando se plantea el abordaje de una persona sin recursos, especialmente desde el entorno sanitario público, suele pensarse en individuos con dificultades económicas y sociales, que suelen ir de la mano, personas que por diversas circunstancias han perdido la capacidad de sostenerse con su trabajo y necesitan ayuda de las instituciones. Y sostenerse con su trabajo es un concepto más amplio que el solo mantenerse en el sentido más común en que suele emplearse el término: ser capaz de vivir con el dinero que se gana trabajando. Sostenerse implica disponer de pilares más amplios que el simple cobro de una nómina a final de mes, que también, y trabajo implica mucho más que acudir diariamente a cumplir el pactado contrato de tiempo por dinero, que también. Sostenerse con el trabajo implica tener recursos: biológicos, estar sano para poder trabajar; psíquicos, poseer capacidades mentales dispuestas para la producción; y sociales, en cuanto a haber creado un entorno de relaciones saludables. Soportes de la conocida máxima freudiana de la salud como la capacidad de amar y trabajar.

Últimamente se están abordando estos temas desde la propuesta del empoderamiento de la persona para hacerla capaz de disponer y gestionar sus propios recursos, porque si no lo condenaríamos a una eterna vida de beneficencia, como se hacía en otras épocas. Las ONGs hace tiempo que lo han entendido y sus intervenciones se basan en enseñar a los desfavorecidos a vivir con su trabajo: más que llevarles alimentos –excepto en la fase aguda de una catástrofe–, los enseñan a cultivar la tierra, por ejemplo. La educación de los hijos ha sido tradicionalmente así –aunque esta circunstancia esté algo pervertida en los últimos tiempos–, se les enseña a ser autónomos, a vivir de su trabajo, o así debería ser. Sin embargo, la realidad es que todas las dificultades de estas personas se concentran en una sola: no disponen de recursos psíquicos para producirse como seres humanos independientes y activos para la sociedad.

Los motivos de esta incapacidad son múltiples e individuales, pero si no los abordamos, no será posible una verdadera transformación. Y la verdad es que desde las instituciones sanitarias públicas lo psíquico está bastante desatendido; en realidad está desatendido desde lo social, porque atenderlo obliga a implicarse, y eso no puede hacerse sin trabajo.

Estos pacientes sin recursos acuden a las consultas demandando soluciones milagrosas a problemas que en muchas ocasiones ni siquiera son sanitarios. Soluciones externas para no tener que asumir la responsabilidad de lo que les pasa: soluciones externas y responsabilidades externas, y ¿no es esto una forma de beneficencia insostenible?

Se escribe mucho sobre la insostenibilidad del sistema sanitario público, sobre dónde y cómo reducir costes, pero es que reducir costes cuesta, cuesta trabajo y responsabilidad de todas las partes, empezando por los profesionales sanitarios, que deben cambiar el discurso de la demanda taponada con una pastilla por la apertura a las incertidumbres de la palabra. Los pacientes lo entenderán después.

En el centro de salud donde atiendo mi consulta de Medicina de Familia llevo dos grupos psicoterapéuticos desde hace más de un año. A los grupos acuden personas con dificultades personales diferentes, cada uno la suya individual e incomparable con las otras. No son personas sin recursos, los tienen, por eso son capaces de demandar atención y están dispuestos a trabajar en ello. Esta experiencia me está sirviendo para valorar lo poco que se estima el valor terapéutico de las palabras; cómo muchas personas no aceptan, porque no lo entienden, que si no se responsabilizan de su vida y sus malestares no los podrán modificar, y que esta modificación no se producirá si no se implican trabajando, y que trabajar es hablar. Pero cuando lo entienden, y lo hacen, alucinan de lo que son capaces de hacer con ello y tengo que explicarles que no es magia, que es trabajo, o que sí es magia, pero de la de verdad, de la que no tiene truco.

Entonces, la responsabilidad de los profesionales pasa por ofrecer un espacio donde reconstruir los recursos psíquicos dañados en el vivir para que las personas sean capaces de recuperase. La responsabilidad de los pacientes con su trabajo personal es imprescindible para implicarse en la reconstrucción, pero es necesario ese espacio.

Estos espacios terapéuticos, de cualquier tendencia, cuestan menos que el gasto en medicamentos y en vidas anestesiadas, así que más recursos para menos gente sin recursos.

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Ni lo sueñes

¿Cómo que no lo sueñes? ¿Entonces cómo se materializan los deseos? Es justo así, se empieza por soñarlos, por fantasearlos despiertos, por desearlos de verdad y con decisión para que de forma imperceptible nos pongamos a trabajar en ellos. Y así un día, casi sin percatarnos del proceso, como sin querer, nos hallaremos instalados en ese lugar imaginado que como por arte de magia, porque algo de magia hay que ponerle a los deseos o se nos deslucirán, se habrá convertido en realidad. En ese momento puede que nos tiente recurrir a eso de ¡no me lo puedo creer!, como argumento exculpatorio de la responsabilidad que nosotros mismos hemos generado en lo que nos pasa, y tendremos que estar atentos y vigilarnos bien, porque si eludimos esta responsabilidad, desperdiciaremos tanto el trabajo realizado como las oportunidades que la nueva realidad nos pudiera ofrecer.

La cuestión no es solo que hay que pasar a la siguiente fase después del fantaseo, a la planificación y ejecución de lo soñado para que no se quede en un delirio de cuento de hadas sin fundamento, sino que una vez conseguido hay que continuar trabajando para lograr los mejores rendimientos. Y un paso importante del proceso consiste en disfrutar de los objetivos alcanzados, vivir un poco de las rentas, como ya comenté en otro post, porque ese ¡no me lo puedo creer! puede ser muy traicionero si no lo ponemos en su sitio: ¡cómo no me lo voy a creer con lo que he trabajado para conseguirlo!, lo raro sería no haber llegado hasta aquí con tanto trabajo invertido. Vivir de las rentas sin dormirse en los laureles, que una vez se llega al objetivo hay que empezar a soñar el siguiente. Así es la vida, todo un mundo de interesantes inquietudes, la tranquilidad es cosa de muertos.

Aunque parezca extraño, a muchas personas les cuesta disfrutar de lo que han conseguido con su trabajo, de los resultados de su esfuerzo. Parecieran diseñadas para lidiar con problemas, ya sean reales o magnificados, y si en un momento determinado logran resolverlos, se sienten como si su vida no tuviera sentido, como vacías, ¿y ahora qué hago yo con todo esto? Por eso muchas de ellas crean problemas nuevos para seguir distraídas dando vueltas en círculos siniestros. Puede que el problema sea que se han quedado enganchadas al mundo de los sueños pospuestos hasta que se solucione esto o aquello y cuando finalmente se soluciona, están perdidas en el universo delirante de las fantasías estériles, incapaces de asumir la responsabilidad de la posición en que las colocan sus logros. En realidad incapaces de asumir la responsabilidad de sus deseos. O también puede ser que se trate de personas que no han aprendido a gestionar su envidia, que también he comentado en otro sitio que es inherente al ser humano y la educa la cultura, y se escondan temerosas de despertarla en los otros, cosa que no hay que descartar pero que habrá que saber asumir, empezando por la propia.

Entonces, soñar sí, soñar, fantasear, imaginar, y luego proyectar, planificar, ejecutar, en definitiva, trabajar sin distracciones en lo que de verdad nos interesa, ocuparnos de nuestros asuntos, que ya saben que si no otros lo harán por nosotros, normalmente de manera poco conveniente. Y luego, cuando lleguemos a la cima, disfrutar de las vistas para empezar a planificar el siguiente ochomil desde arriba, no siempre desde el campamento base.

¿Aburrimiento o abulimiento?

Una ocupación solo empieza a convertirse en seria cuando lo que la constituye, es decir, la regularidad, llega a ser perfectamente aburrida, Lacan

Esta frase de Lacan me ha sugerido la reflexión sobre el aburrimiento paradójico tan extendido en las sociedades occidentales, porque es cierto que los pobres no tienen tiempo ni energías para aburrirse. Y digo aburrimiento en sus múltiples manifestaciones, ya sea en forma de abulia o tristeza sin un motivo aparente, o con uno elegido al azar a modo de excusa, o incluso de depresión, que hoy en día es un diagnóstico de etiquetado fácil. Monotonía de lo cotidiano, como si se pudiera vivir sin rutinas, como si no se pudiera hacer de lo cotidiano algo nuevo cada día. No encontrarle sentido a la vida, como si tuviera algún sentido que buscarle en lugar de crearlo todos los días. Sobrevivir el presente con la esperanza perezosa de que algún día todo cambiará, por arte de magia, sin tener en cuenta que incluso a los genios de las lámparas hay que hacerles una petición, o varias según el que nos tropecemos (es curioso que siempre aparezcan con un tropezón), en forma de deseo. De hecho abundan los chistes de malos entendidos si al genio no se le detallan instrucciones precisas. Vivir con la esperanza de que cuando ocurra esto o aquello se va a ser completamente feliz, como si este momento no fuera tan bueno como cualquier otro para ponerse a ello, sea lo que sea el ello de cada uno, el deseo de cada uno.

Y paradójico porque disponemos de un amplísimo catálogo de oportunidades al alcance de la mano, o de un click, en el que es imposible no encontrarse, o no crearse , porque además es un catálogo interactivo en el que podemos hacer nuestras propias aportaciones. El catálogo del mundo con todos sus matices.

Pero no es un catálogo mágico, aunque funciona de forma similar a las lámparas, a base de deseos, es un catálogo de propuestas que solo se ven si uno se adentra a escrutarlo trabajando, si uno quiere algo con pasión y está dispuesto a esforzarse comprometiéndose con su deseo, entonces se despliega en toda su dimensión y aparecen las herramientas, los caminos, las perspectivas imaginadas. Entonces el deseo se hace realidad, como si fuera magia.

Cuando uno se instala en el aburrimiento, no me refiero a un asunto puntual porque una tarde no se tenga planes, sino de forma estructural a modo de vida, siempre es porque se está dejando de hacer algo que se desea, la mayoría de las veces sin saberlo, por pereza incluso para elaborarlo.

Mientras estemos entretenidos en aburrirnos porque nos sentimos frustrados en un trabajo que creemos no está acorde a nuestras posibilidades, en la pareja, la familia o en nuestra vida, nos distraeremos de ocuparnos en trabajar, que será lo único que nos permita modificar la situación, o la forma en la que vemos la situación. Trabajando para triunfar en el más acá conseguiremos posicionarnos en un más allá, que se convertirá en un nuevo más acá mejor. Solo podemos manejarnos en el más acá, pensar el más allá sin trabajo es procrastinar. El más acá situado más allá del principio de placer.

Lacan consideraba que para conseguir la excelencia profesional hay que repetir las cosas hasta el aburrimiento, pero evidentemente se refería a un aburrimiento de otra índole. Piensen las veces que debe repetir un bailarín o un gimnasta un ejercicio para lograr ganar un campeonato, seguro que se aburre muchas veces, pero la pasión lo sube al podio. Así es el éxito, por repetición e insistencia, en los tropezones aparecen los genios.