La elección de profesiones sanitarias

Existe una creencia muy extendida de que los que elegimos estudiar profesiones sanitarias lo hacemos por el compromiso generoso de ayudar a los demás, y ciertamente que esto es así en muchos casos, afortunadamente; en no pocos se hace por continuar la tradición familiar o por no atreverse a contradecirla; en otros por el prestigio social otorgado en general a estas profesiones; pero a lo que normalmente no se atribuye esta elección es a la fantasía inconsciente de querer autocurarse de los propios males, ya sean pasados, presentes o temidos. Quizá porque es inconsciente suele pasar desapercibido para propios y ajenos.

Y la motivación que lleva a elegir dedicarse toda la vida a tratar con el sufrimiento humano tiene mucha importancia, de hecho, tiene toda la importancia del mundo. Solo si la elección está dirigida por el deseo podrá producirse un auténtico terapeuta. Si se origina en el deseo de otros, además será difícil de soportar. Pero si surge de una pretendida autoterapia, entonces es una perversión.

Es una perversión porque la autoterapia no existe, aunque seamos profesionales del mal que nos aqueje necesitaremos a otro para que nos trate, nadie se puede operar a sí mismo, tampoco tratarse el psiquismo, ni vivir se puede solo. En realidad podemos hacer muy pocas cosas solos, únicamente tareas básicas como respirar, que nos lata el corazón y poco más. Incluso por si alguien quiere argumentar que un médico sí que se puede tratar él mismo una hipertensión o una diabetes, también ha sido necesario que alguien antes investigue el tratamiento. Pero además es perverso porque se suplanta la posición terapéutica y habrá confusión en cuanto a quién tiene que tratar a quién, cuál de los dos es el paciente y cuál el terapeuta. Es el ejemplo del médico que se levanta con dolor de cabeza y acude un paciente a consultarle que no puede soportar lo que le duele la cabeza: para dolor de cabeza el mío, y así y todo estoy aquí pasando la consulta. El paciente podría muy bien argumentarle que el dolor de cabeza del médico a él no le importa en absoluto, que el que le importa es el suyo, y tendría razón.

También sirve el ejemplo del terapeuta que sufre con el dolor del paciente como si fuera el propio, llora con él su pena, se lo lleva a casa a convivir con su familia (normalmente en sentido figurado) en una empatía mal entendida y pierde así completamente su posición terapéutica. Los pacientes vienen en busca de ayuda profesional, no de amigos, que ellos ya tienen los suyos y no los han podido ayudar, por eso han venido. O el caso contrario (en el inconsciente los opuestos son lo mismo) en que el profesional no se implica en absoluto con el sufrimiento del paciente por temor a confundirse en él.

Todas estas situaciones esconden una implicación personal que debió quedarse colgada en la percha de la entrada sin participar en la relación terapéutica, y esta identificación tiene que ver con un temor al contagio, a que le pase lo mismo que al paciente y no lo pueda resolver. Al final, si el paciente no mejora o fallece, se vive como un fracaso porque entonces nos damos cuenta de que no lo podemos todo, que la ciencia no es infalible y, en realidad, que nosotros tampoco conseguiremos alcanzar la inmortalidad.

En definitiva, es preciso reflexionar sobre qué parte de autoayuda se ha ido a buscar en la Facultad para poder identificarla y apartarla de la relación con los pacientes, se será mejor profesional y se disfrutará mucho de ello. Y si alguien considera que necesita ayuda, que la busque en un profesional competente, así cada uno ocupará el lugar que le corresponde.

Terapeutas sanos

Cuando un médico o cualquier terapeuta le dice a su paciente que entiende perfectamente su padecer porque él sufre o ha sufrido de lo mismo, ¿podríamos considerarlo como la expresión máxima de la empatía? Pues rotundamente no, el médico, el terapeuta, no tiene que enfermar, de hecho no le conviene en absoluto por cuestiones saludables, de todas las enfermedades que le consultan sus pacientes para ponerse en su lugar y así poder tratarlos mejor. Tampoco es conveniente para los pacientes, ¡quién quiere que lo atienda un médico que no ha sido capaz de conservar su propia salud!, no sería de fiar.

Aquel viejo aforismo de la rancia tradición paternalista haga lo que yo digo y no lo que yo hago es inaplicable porque nadie sigue una dieta propuesta por un dietista obeso, nadie deja de fumar de la mano de un médico fumador y nadie se cura la cabeza de la mano de un psicoterapeuta neurótico. Como tampoco acudimos a que nos peine un peluquero despeinado o a una librería atendida por iletrados.

De lo que se trata es de trabajar con profesionalidad para saber atender las enfermedades de los pacientes porque las hayamos estudiado y no por padecerlas, porque si no solo contaríamos con médicos expertos pero muy enfermos y médicos sanos pero ignorantes, todo un problema de salud pública.

Y para tratar profesionalmente a los pacientes es prescripción de imprescindible cumplimiento dejar al yo colgado de la percha de entrada a la consulta junto con el bolso, el abrigo o las llaves de casa para que solo entre el profesional atento a los problemas que le van a consultar, los suyos deben abordarse en otro lugar, cada cual deberá elegir el suyo.

Quizá el error parta del origen, quizá muchos terapeutas, médicos, psicólogos, elijan estas profesiones con la fantasía de poder curarse a sí mismos de sus padeceres actuales o venideros, pero hay que tener en cuenta que nadie puede tratarse a sí mismo de nada, ni somático ni psíquico, y además sería un desperdicio, tanto esfuerzo de estudio para tratar a un solo paciente, para eso mejor leer libros de autoayuda, que no curan pero son mucho más sencillos.

El profesional no puede consultarle al paciente sus problemas, no puede poner en juego nada suyo porque entonces pierde su posición terapéutica y ya no se sabe quién es el terapeuta y quién es el paciente, quién está tratando a quién. Qué clase de relación terapéutica es aquella en la que un paciente preocupado por su dolor de cabeza sale de la consulta del médico con la prescripción de un analgésico suave y la recomendación de no preocuparse porque el médico también sufre frecuentemente dolores similares y ahí está, trabajando, o el paciente que sale aturdido de la consulta del psicólogo porque le fue a contar sus problemas y el psicólogo acabó llorando con él y ahora no sabe si agradecerle el gesto o no pagarle más por el fraude.

Es desde la salud que se puede abordar la enfermedad, otros abordajes son patológicos.

Psicofármacos o Psicoterapia

Se podrían pensar como irreconciliables, incompatibles, que profesionales y pacientes deben decidir posicionamiento, pero no debe ser así. Todo depende de cómo se articulen, porque esta relación, como cualquier otra, para que funcione hay que elaborarla. Es mejor aprovecharla para conseguir que ambos sanen sinérgicamente que antagonismos estériles teñidos de fundamentalismos de uno y otro bando.

Vivimos inmersos en la cultura de lo inmediato, que suele ser sinónimo de lo efímero, porque las soluciones expeditivas normalmente llevan aparejada la transitoriedad, y esto se entrama en lo ideológico hasta que resulta difícil valorarlo con objetividad o desde la crítica creativa. La rapidez produce espejismos engañosos, no hay que dejarse seducir por simplicidades. Nada que merezca realmente la pena se produce sin trabajo, aunque lo elaborado al final suele ser bastante sencillo, que no es lo mismo que simple, siempre poco interesante.

Si nos proponemos destejer la intrincada tela de araña en la que nos hemos atrapado después de muchos años de dedicación, sería ingenuo pensar que podemos hacerlo de un pastillazo, algo de trabajo e implicación nos va a costar, y mucho de responsabilidad nos va a exigir. Pero la recompensa, si pudiéramos vislumbrarla de inicio, justificaría cualquier esfuerzo.

El trabajo en psicoterapia corresponde al paciente, el terapeuta ejercerá su función, pero su trabajo es de otro orden. Es el paciente el que se tiene que comprometer con su deseo de re-crearse para no repetirse de la misma manera. Sin deseo no hay terapia. Y desenredarse lleva un tiempo que hay que colocar en la perspectiva de los objetivos en los que se ha puesto el interés. Desinstalarnos del principio de placer y aprender a posponer la recompensa inmediata por otra futura más conveniente a nuestros propósitos nos inserta en la cultura, ese hecho tan artificiosamente humano. Y esto hay que trabajarlo para aprender a desearlo.

Los psicofármacos también son un artificio humano, como los aviones, las telecomunicaciones o la poesía, incuestionablemente aptos para hacer la vida más fácil y agradable, pero como todo lo demás, en su justa medida, los extremos conducen al mismo punto. Internet es un instrumento poderosísimo de información y comunicación, a la vez que se convierte, mal empleado, en una trampa aislante y embrutecedora. Lo mismo ocurre con los fármacos indicados para apaciguar los dolores del alma, que como los indicados para los dolores del cuerpo, son apropiados para el alivio sintomático, pero perversos si se convierten en un fin en sí mismos como obturadores de lo manifiesto. No progresaremos si no encaramos la angustia del no saber para ponerle palabras. Los psicofármacos no curan, facilitan la cura trabajada con la ayuda profesional. La autoayuda no es terapéutica.

Entonces, psicofármacos que permitan soportar aperturas psicoterapéuticas que puedan resultar transitoriamente dolorosas, y más psicoterapia para elaborarlas. Ni unos ni otras deben aplicarse en peligrosos taponamientos psíquicos que a la larga provocarán cataclismos imprevisibles.

Familia y crisis económica

El papel de padres y abuelos ante los efectos de una crisis persistente

En el mundo está la familia, en la familia no está el mundo, “Nuestras cosas de todos los días”, Emilio González Martínez.

La familia está en crisis, mejor, la familia está en la crisis, la crisis está en la familia, ha llegado a la familia.

La familia se establece como la estructura social básica a partir de la cual todos nos desarrollamos como individuos, como adultos autónomos y productivos, o así debería ser, un lugar para crecer: enseñar es dejar aprender.

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