Buenos y malos

En los entornos asistenciales es frecuente, como en la vida misma, hacer juicios de valor apresurados. Quizá esta tendencia tan humana al prejuicio nos haya salvado de muchos inconvenientes en nuestro devenir evolutivo, pero no cabe duda de que mal administrada se puede convertir en una barrera al entendimiento. Y el mal entendimiento debe siempre limitarse al máximo, a sabiendas de que no es posible evitarlo de manera absoluta, y más si nos referimos a la asistencia sanitaria o social.

Por lo general, cuando hablamos de prejuicios y malos entendidos en el ambiente asistencial se piensa en personas con comportamientos marginales que tropiezan con la moralidad del sanitario que los atiende: toxicómanos, homosexuales, prostitutas… pero sin llegar a casos extremos, también abarca a personas con pensamientos socialmente disidentes, sobre todo si el profesional es muy rígido en sus planteamientos morales, lo que incluye la ideología científico-técnica imperante como moralidad social basada en la evidencia incuestionable.

Un ejemplo de esto último es el paciente que rechaza un tratamiento quimioterápico porque ha considerado, convenientemente informado, que sus posibilidades de supervivencia con o sin tratamiento son, como diría un fundamentalista de la evidencia, estadísticamente insignificantes, y que lo que para él es significante es dignificar los momentos de vida que le queden de la mejor manera posible. Y eso además me lo espeta en la consulta enfadado con el mundo, y por inclusión, conmigo misma, porque no es capaz de asimilar tener que vérselas con la muerte tan pronto y que los demás en principio, no. Pero luego me dice que no quiere morirse hasta terminar de escribir el libro sobre su experiencia vital –la muerte es así de viva– que se ha propuesto, y yo le digo que como Sherezade, y me mira desconcertado… no lo veo más. Ignoro si consiguió terminarlo, pero lo que sí consiguió fue que yo me creyera que no moriría hasta el último cuento, ese que no se escribe jamás, y por eso me conmovió tanto comprobar que ya no figuraba en mi lista de pacientes. Que descanse en paz.

Otra disidencia mal tolerada es la de los hijos que no atienden a sus padres ancianos sin hacer un cribado crítico de la situación familiar, con el argumento simplón de que ellos cuidaron antes de sus hijos. Pues bien, resulta que aunque parezca una aberración, el amor familiar ni es obligatorio ni puede imponerse, debe construirse a lo largo de la vida, con todas sus crisis. Los padres están obligados por una ley biológica escrita en los genes a cuidar de su descendencia por una cuestión de supervivencia –e incluso esta ley se incumple a veces–, porque los hijos son la familia de los padres, pero los padres no son la familia de los hijos. Por eso, el amor fraternal hacia arriba –de hijos a padres– o hacia los lados –entre hermanos– debe construirse, no viene dado de ninguna parte, ni es obligatorio o incondicional. Este mal entendido produce muchos inconvenientes en la vida de algunas personas que se sienten incapaces de amar a quien es imposible hacerlo.

Así y todo, conozco casos de ancianos malas personas que son bien cuidados por sus hijos, lo que me lleva a pensar de dónde habrán aprendido estos hijos esa bondad, y de ancianos buenos abandonados a la sanidad o a los servicios sociales. De todo hay. Lo que quiero mostrar es que la ancianidad no es sinónimo de bondad. Es lo que ocurre de manera habitual cuando alguien fallece, que todos hablan de su lado bueno, como si comentar lo malo atrajera las iras del difunto, pero es que nos moriremos todos, los buenos y los malos, esa situación no cambia el recorrido en la vida. De hecho, la muerte de los rematadamente malos nos alivia, aunque no seamos capaces de expresarlo en voz alta.

Por eso, suelo valorar cómo han amado las personas mayores en función de cómo las cuidan sus hijos, sin dejarme engañar por las apariencias, porque igual que de padres malos salen hijos buenos, también ocurre al contrario. Así, un hijo al que yo veía como abnegado cuidador de su padre, un aparentemente bondadoso anciano al que acompañaba siempre a la consulta, un día a solas me confesó que había sido un maltratador con ellos y con su madre, que era violento, les pegaba y que por eso sus otros hermanos se desentendían de su cuidado, pero que sus principios morales le impedían descuidarlo.

Igual que no hay que dejarse engañar por hijos cuidadores entregados que esconden una hostilidad encubierta hacia sus padres como venganza por haberles impedido realizar una vida que solo ellos se boicotearon. Es el caso típico del hijo o la hija que se acaba quedando a vivir en la casa paterna de pura pereza existencial mientras el resto de sus hermanos se emancipa, y que luego les reprocha a los padres y a los hermanos su falta de realización personal de la que los únicos responsables son ellos mismos.

De lo que desde luego que no me cabe ninguna duda es del amor que le ha trasmitido a su hija doña Lola, que está en su domicilio en estado terminal de un proceso crónico, y para la que su hija ha movido el cielo con la tierra para que le proporcionen un aparato de oxígeno portátil que le permita acercarla en silla de ruedas a la plaza del pueblo a tomar café con sus amigas, como siempre, porque ella, que tiene casi noventa años, es una jovencita comparada con su amiga de noventa y cinco que no se pierde una cita en la cafetería de la plaza. Y además peinada, que no va a ir de cualquier manera, lo que su peluquero tampoco permitiría y por eso se acerca a su domicilio cada semana para que el pelo no se le quede “bobo”, –ve, doctora, cómo se me ha quedado el pelo, que ni fuerza tiene. Que no, Lola, que está muy bien peinada–. A pesar de que la hija me comenta que se fatiga mucho con el paseo, pero que le da vida. La vida amorosa que se dan ambas.

¿Buenos o malos? Mejor, buenos y malos, porque en general, todos nosotros no somos ni tan buenos, ni tan malos, sino un poco de las dos cosas. Quizá no sería mala idea tratar de vivir como nos gustaría que nos vieran cuando nos vayamos a morir, porque eso daría cuenta de nuestro recorrido.

Así que ¡a bien vivir para bien morir!

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Sobre la intuición y el deseo

Se escucha con frecuencia eso de “me da que” se va a producir o no una determinada situación o eventualidad expresado en modo casi adivinatorio cuando las pruebas apuntan a una probabilidad más bien reducida de ocurrencia, o incluso sin disponer de prueba alguna que pudiera orientar en un sentido más previsible. Esa probabilidad suele ser más deseada que documentada. Y es que la intuición, las impresiones, pueden engañar si no se las tiene educadas y hechas a la mano de cada uno. Pero sin dejarse engañar al confundirlas con el deseo de que efectivamente se materialice lo que se anhela, o con el prejuicio al compararlas con estereotipos mentales elaborados con experiencias previas, propias o de la cultura, hay que aprender a tenerlas en cuenta.

Y esto es así de conveniente porque las intuiciones son unas aliadas enviadas desde el inconsciente para ayudarnos a vivir mejor, a hacernos la vida más fácil al aportar información que le pasa desapercibida al consciente, información que la mayor parte de las veces hemos registrado sin darnos cuenta.

Por ejemplo, “me da que mi primo no va a venir a la fiesta”, puede que sea del orden de lo deseado si no soportamos al primo o que se apoye en signos que no recordamos explícitamente como que el primo suele irse de vacaciones en estas fechas. O “me da que mi ex tiene a otra”, puede que lo temamos, que es lo mismo que desearlo, o que hayamos captado indicios en su nueva y cuidada indumentaria o en que ya no puede quedarse con los niños los sábados por la noche. Otras veces las intuiciones son más irracionales porque no logramos darles una mínima explicación lógica, pero a la vez son más potentes, como cuando alguien nos propone hacer un trato y nos produce mala impresión. Ojo, seguramente estará tratando de engañarnos, no hay que ignorar el aviso de peligro porque algo le habremos leído en la intención, aunque no sepamos lo que es con certeza. Otra cosa es creer a pie juntillas, por ejemplo, que un problema económico se arreglará solo porque “nos da que el número que hemos comprado va a ser el premiado en la lotería”. Es posible, pero será más probable que resolvamos el problema si además trabajamos para ello (aunque a la vez compremos el número de lotería). O “me voy a embarcar en este negocio porque me da que me va a ir bien” sin demasiados datos objetivos para ser tan optimista, cuidado porque podría estar confundido el deseo con la intuición. Y a no confundirlos se aprende con la práctica, estando atentos para aprender de la experiencia, esta sí que debe ser absolutamente particular, las experiencias ajenas solo sirven de referencia.

También hay que tener en cuenta que cuando se desea algo de verdad, normalmente uno se pone a trabajar en ello, a veces sin notarlo, por lo que evidentemente aumenta la probabilidad de que el deseo se realice. Y esto no es intuitivo, está basado en la evidencia.

En definitiva, cuando algo o alguien nos dé mala espina, seamos cautelosos, no digo que haya que rechazarlo, pero habrá que considerarlo con reservas. Tampoco se trata de dejarse llevar solo por la intuición sin razonamiento, porque alguna reflexión lógica tendremos que aplicar en la vida, pero hasta las modernas teorías neurocientíficas han llegado a la conclusión de que la toma de decisiones se realiza en mayor medida tomando en cuenta cuestiones emocionales, y de hecho lo humano no podría decidirse de otra manera.

Como habrán podido observar, he rechazado expresamente el término “corazonada” porque no me gusta poner a hablar a los órganos lo que tendría que decirse con palabras, es peligroso, mejor cada órgano con su función y la palabra es una función mental, el corazón que se ocupe se sus asuntos, que no son pocos. Hablar con el cuerpo enferma.