Vivir de las rentas

Vivir de las rentas está desenfocado. En general nos imaginamos a alguien que vive sin trabajar, lo que es en sí mismo una contradicción por incompatible con la vida, o si lo fantaseamos para nuestro futuro, lo pensamos de la misma forma, sin dar palo al agua más que para comprobar que el banco nos ingresa cada mes los dividendos de lo invertido. Pero si esta situación fuera posible, crearla exenta trabajo sería un desperdicio.

Voy a plantear otro enfoque del vivir de las rentas, que en principio se define de la misma manera, vivir del resultado de nuestro trabajo, pero con amplios matices. Si la situación que comenté al principio consiste en vivir sin trabajar, esta nueva matizada consiste en trabajar a partir del trabajo previo, en utilizar lo que hemos conseguido en la vida para producir más, en realidad se trata de aprovechar el trabajo realizado para trabajar más.

Claro que estoy refiriéndome no solo al trabajo regulado por un contrato de tiempo por dinero, como son los contratos de trabajo, y que nadie se confunda, si piensan otra cosa están incumpliendo el contrato. El contrato de trabajo se incumple tanto si se abandona el puesto de trabajo antes del horario pactado como si se hace después, tanto si se ocupa el horario laboral en resolver cuestiones personales como si se ocupa el tiempo en casa para asuntos profesionales si no está contratado ese tiempo. Lo mismo que es una trasgresión del pacto implicar un componente emocional en las relaciones laborales que seguro no está contemplado en la redacción del contrato, podrán crearse relaciones personales a partir de las laborales, pero tendrán que construirse en otro horario.

Pues no solo me refiero a ese trabajo, que también, debemos ser los mejores profesionales que seamos capaces en nuestro territorio laboral, sino que me refiero al trabajo como producción, al que nos hace crecer, y de este no podemos ni debemos desprendernos o nos confinaremos a un sinvivir vegetativo, da igual que se conserve la respiración y el pulso si no se utiliza para irrigar neuronas. Hay trabajo que hacer hasta el último día de nuestra vida, hasta el último aliento que nutra a una de nuestras maravillosas neuronas. Es una cuestión de responsabilidad, podría decirse que hasta estamos obligados como miembros de nuestra especie. Sin trabajo, ¿cómo vamos a mejorar la sociedad? Lo que hace evolucionar la cultura son las producciones humanas, si no, estamos condenados a la vida salvaje en la sinrazón.

Se escucha muchas veces decir a personas que están atravesando una crisis personal que se plantean la salida de esa situación con un “borrón y cuenta nueva”, “comenzar de cero”, quizá confundiendo dar un giro al rumbo de su vida para reorientarse con empezarlo todo otra vez. Pero sería un derroche tirar a la basura el trabajo realizado durante mucho tiempo para reiniciarse. Es conveniente decidir un punto de partida que esté en el rango positivo, por lo menos a partir de uno, y revisar desde ahí, utilizando lo aprovechable de lo que ya se tiene, de lo que se ha logrado hasta ese momento, siempre lo hay. Incluso puede haber aspectos que se consideren no tan positivos y que puedan reconvertirse trabajándolos, así que no se pueden descartar. Ese reinventarse que está en boca de todos en estos momentos de crisis social no debe pensarse desde la nada, todos los inventores aprovechan lo que ya ha sido inventado por otros para progresar, incluso lo que haya podido ser inventado por uno mismo. Quizá empezar de cero oculte la fantasía omnipotente de no depender de otros, ni siquiera de otro yo anterior, pero nadie puede vivir independiente de forma absoluta, dependemos de otros hasta para respirar: el aire es un otro compartido y global. Nos creamos en relación con los demás y crecemos en la medida en que somos capaces de hacer crecer estas relaciones.

Se trata de vivir de las rentas, de los dividendos de nuestros logros y fracasos, que de ambos se aprende, aunque sea la manera de no repetirse o de repetirse distinto, si fuera el caso. Vivir a partir de lo vivido, no de lo sin vivir, o vivir de lo por venir, el presente elaborado desde un futuro fantaseado antes: el porvenir de una ilusión.

Envejecimiento

La vejez es como todo lo demás, para hacerla un éxito hay que empezar desde jóvenes, Theodore Roosevelt

Efectivamente, sería recomendable reflexionar sobre el éxito en la vida de cada uno antes de envejecer, cuando aún se está a tiempo de reconducirse, porque si no solo quedará lamentarse por lo que pudo haber sido y no fue. Como abuelos contadores de batallas trasnochadas incapaces de disfrutar un presente que debieron labrarse durante toda la vida, incapaces de vivir de las rentas por no haber hecho inversiones rentables.

Es cierto que el éxito de envejecer no está solo en durar, que algo hay que durar para poder envejecer, aunque nada más relativo que la edad cronológica, sino que estará en la valoración que cada uno haga de su paso por la vida, por eso es algo completamente individual y subjetivo. Se podría empezar por reformular una frase atribuida a Gandhi (aunque él la articuló para el presente) en cuanto a que se ha vivido feliz si en general lo que se ha pensado, lo que se ha dicho y lo que se ha hecho, a lo que me han sugerido recientemente añadir lo que se ha sentido, han estado en armonía. Pero para hablar de éxito habría que sumar algún aspecto objetivo que concrete ese concepto siempre etéreo de felicidad, o se convertirá en una ilusión delirante de autocomplacencia. Y lo objetivo que aportamos al mundo son nuestras producciones, aquello que nos sobrevivirá, ya sean hijos, trabajo, obras de arte, relaciones o cualquier cosa que contribuya al crecimiento humano. Ahí es donde se debe hacer balance, si lo producido ha contribuido de alguna manera a mejorar el mundo, aunque sea el micromundo circundante, o no. Y ojo con lo que se siembra porque de eso será la cosecha, aunque el resultado no esté garantizado.

Pensé en este asunto leyendo algunos textos relacionados con el cuidado a las personas mayores que, desde mi experiencia en la atención a estas personas, creo que hay que expresar con cautela, o por lo menos con matices. Es evidente que existen hijos ingratos que abandonan a sus mayores a su suerte, para qué negarlo, pero no son pocos los casos en los que algunas personas obtienen mucho más de lo que han invertido en su cosecha vital, lo que normalmente no se valora como injusto. Quizá la vulnerabilidad de ese momento final de la vida promueve olvidar el recorrido, o quizá no. En cualquier caso, creo que se trata de un asunto privado que en cada familia deberá decidirse individualmente, miembro a miembro. A los profesionales nos compete ocuparnos de estas personas lo mejor posible, sin hacer distinciones ni emitir arriesgados prejuicios de valor.

Entretiempos

Se me ha ocurrido rescatar un texto publicado por Javier Marías en El País Semanal al que tituló Si solo vivieran los vivos como excusa para proponer esta reflexión de entretiempos, que son todos los tiempos. Marías le da una vuelta a nuestro presente en el que se pretende Que en la Tierra no vivan más que los vivos, y solo si son muy recientes, para recordar el papel de la Historia en la elaboración de cada presente, en la edificación de la cultura que nos mantiene más o menos humanizados. Aunque algunas realidades nos hagan dudarlo, sin cultura ya nos habríamos aniquilado.

El problema no es que el mundo cambie cada vez a mayor velocidad, sino que todo lo habido sea inmediatamente relegado al absoluto olvido. Hay una fecha de caducidad cada vez más corta para cuanto sabemos y hacemos, señala Marías. Y quizá como consecuencia de ese vivir a contratiempo se haya desarrollado tanto la psicología amarillista del aquí y ahora, como si el ayer hubiera que borrarlo cual desmemoriados dementes, sinmentes, y el mañana hubiera que improvisarlo cuando se convierta en hoy, como delirantes inmortales.

Claro que es cierto eso de que hay que vivir el presente porque en realidad es donde único vivimos, pero no es posible hacerlo sin pasado ni futuro, necesitamos un contexto, o un contiempo. Lo que no hay que hacer es anclarse en el pasado, ya sea porque lo fantaseemos idílico olvidada toda angustia contemporánea, o porque lo utilicemos como la excusa traumática responsable de nuestras incapacidades. Tampoco delirar con un futuro por el que no trabajamos soñando con que la suerte nos venga a rescatar como los héroes clásicos a sus musas, recuerden que Dulcinea es un personaje de ficción producto a su vez de la enajenación mental de otra ficción. Ambas posiciones garantizan la parálisis, puede que de aquí venga el malentendido que promueve vivir un presente aislado.

Vivir el presente sí, pero desde el futuro anterior, un presente proyectado desde el futuro, un presente primero fantaseado, pero luego planificado dentro de un proyecto vital por el que estamos dispuestos a trabajar, si no la fantasía se convierte en delirio, y los delirios solo producen enfermedad.

Si nos imaginamos sentados en el espléndido salón acristalado de una casa con vistas al mar contemplando un atardecer de verano, tendremos que ponernos a trabajar para conseguirla, y si excede nuestras posibilidades, tendremos que pensar en otra más asequible en la que igualmente nos deleitemos al atardecer y nos olvidemos de la primera de forma inmediata.

Lo improductivo es sentarse a pensar en tiempos pasados supuestamente mejores, o peores a los que atribuir todas nuestras desventuras actuales, o en paradisíacos futuros a los que presuntamente se viaja en una mágica alfombra voladora. Igual de improductivo que sentarse a lamerse las heridas atribuidas a un fracaso porque puede que ese obstáculo esté en el camino del éxito y además, hurgar las heridas las cronifica. Vamos, que lo improductivo es sentarse a vivir de esperanzas perezosas, hay que levantarse a hacer camino.

En definitiva, lo mejor es vivir entretiempos, entre tiempo y tiempo, pero vivir, que el tiempo no es asunto nuestro.

Para qué procrastinar

Procrastinar: dícese del hábito de dejar para mañana lo que tendríamos que hacer hoy; porque se trata por lo general de eso, de un hábito, de una forma de habitar el mundo posponiendo lo importante, lo desagradable o lo laborioso. Posposición siempre inconveniente. Pero ¿por qué procrastinamos? Se podría reducir a por pereza, pero el asunto va más allá hasta rozar la cobardía. En el fondo de la pereza se adivina con frecuencia cobardía para hacernos con la responsabilidad de la propia vida, de las propias decisiones y de lo que podríamos conseguir siendo más proactivos que procrastinos. Aplazar sin fecha la toma de una decisión importante, el inicio de una tarea necesaria o mantener una conversación comprometida no deja de ser un acto temeroso de que nuestra intervención pueda causar una modificación en el curso de nuestros acontecimientos, una intrusión en la presunta preescritura de nuestro destino que nos obligara a asumir la responsabilidad de lo que nos pasa, y también de lo que no nos pasa, y eso para muchos es del orden de lo insoportable. Pero no hay que engañarse responsabilizando a los otros de nuestras desventuras, incluso de nuestras venturas, casi más difíciles de asumir para los no intervencionistas. Somos los únicos responsables de nuestro lugar en el mundo, y si alguien no está de acuerdo, que lo piense sinceramente, con toda la objetividad de un abogado del diablo. Si lo pensamos bien, hay posibilidades de hacer cambios que mejoren nuestras circunstancias vitales, si todo lo atribuimos a condicionantes externos, pues nada podremos hacer para elaborarnos un destino más interesante.

Además de estas desventajas, demorar la ejecución de tareas nos consume mayor energía en el mantenimiento de esa demora que la que necesitaríamos para ocuparnos de lo que tengamos pendiente. Es como si a un camarero le pidieran continuamente comandas que no sirve pero las va acumulando en el pensamiento, al final se cansa más que si atendiera a un montón de clientes. Por eso, cuando lleguemos a casa cansados preguntémonos de qué, a qué hemos dedicado el día: si nos hemos ocupado de muchas cosas, y mejor si hemos resuelto algunas, estaremos cansados de trabajar, si no, estaremos cansados de no hacer nada y eso es procrastinar, que cansa muchísimo, porque nadie se puede permitir hacer nada y vivir saludable.

Pues eso, entonces, ¿para qué procrastinar?

Fracasar para no triunfar

¿Y miedo de qué? De tu propia luz, Jorge Armas.

Pareciera evidente que todos buscamos el éxito, el triunfo en todos los ámbitos de nuestra vida para alcanzar esa tan ansiada felicidad, tan ansiada como etérea y escurridiza. Pareciera sin lugar a dudas que todos deseamos tener una familia perfecta, como las que nos vende la publicidad institucional, un trabajo perfecto, una casa perfecta, unos amigos perfectos, una cuenta corriente perfecta… y en esta búsqueda algo indeterminada se nos va la vida. Está claro que es a través del deseo que nos mueve a buscar que parimos nuestras producciones, pero hay que leer bien este deseo para que sea el nuestro y no confundirlo con el de otros, para no perdernos en lo que otros esperan de nosotros, que no tiene necesariamente que coincidir con lo que nosotros deseamos para nosotros. Esa felicidad etérea por mal definida nos puede llevar al fracaso cuando se nos escurre porque al conseguir aquello que creíamos desear y por lo que trabajamos tanto nos quedamos vacíos, ese logro no nos conduce a la plenitud del gozo que habíamos imaginado. Por ejemplo, hemos trabajado mucho para comprar la casa de nuestros sueños y cuando nos instalamos en ella nos sentimos indiferentes. Quizá habría que ver si era la casa de nuestros sueños o la de los sueños de nuestra madre o nuestra pareja o de nuestro entorno social. Escurridiza si se piensa la felicidad como un estado al que se llega sin trabajar o trabajando solo una vez en un proyecto. No es así, en la felicidad hay que trabajar todos los días, enlazar un proyecto detrás del otro porque lo que nos hace felices hoy mañana estará obsoleto y necesitaremos otra cosa. No es un estatus, es un proceso. La felicidad hay que pensarla bien porque es un asunto particular, personal, privado, subjetivo, no comparable y para la que no hay guías o protocolos preelaborados que seguir, cada uno tiene que elaborarse el suyo.

Pero en lo que no se suele pensar es en si seremos capaces de vivir nuestro éxito, disfrutar con plenitud lo que legítimamente hemos logrado con nuestro trabajo, gozarlo de manera abierta, sin escondernos ni exhibirnos. Porque por una parte aquí se entrama la idea religiosa de que a este mundo hemos venido a sufrir, con la promesa de la felicidad eterna —también etérea— y se piensa como pecaminoso el bienestar, como antesala de una desgracia que venga a imponernos la penitencia por tamaña desfachatez, que venga a aliviarnos la culpa de haber triunfado más que nuestros padres, como si la civilización pudiera progresar de otra manera. Y por otra, y mucho más impensada por inconsciente, el que directamente cuesta asimilar el éxito, el que se puede vivir solo con ocupaciones, sin preocupaciones, cuando se colocan los avatares de la vida justo en el lugar que les corresponde. Pongo otro ejemplo, es normal afligirse por la pérdida de los padres, pero no es una tragedia sobrevivirlos, es lo normal, no hay que vivir con ese temor porque lo deseable es que ocurra, evidentemente mejor cuanto más tarde. O vivir con cualquier otro miedo a perder lo que se tiene, preocupados, no, la cuestión es trabajar para conservarlo, ocuparnos de ello, porque si no lo perdemos seguro. Piensen en personas exitosas que no han podido superarlo, el cantante Michael Jackson por ejemplo, o tantos otros que lo tuvieron todo y se quedaron en nada porque pensaron que ya no tenían que trabajar más. Es verdad que se nos mal enseña desde niños a cómo superar las dificultades, esa vida llena de tropiezos que se nos muestra como inmodificable, pero ni se plantea cómo se vive cuando se superan estas dificultades con nuestro propio esfuerzo, que no sacrificio que también es del orden de lo religioso. El trabajo es un esfuerzo, no un sacrificio ritual.

Yo les propongo ser ambiciosos y trabajar más allá de las dificultades para ser capaces de habitar el Edén particular sin sentirse culpables por ello. No fracasen cuando triunfen ni se boicoteen para no hacerlo. No crean que es tan sencillo, pero se puede si se quiere, como todo.

La salud en Psí

Charla-Coloquio en la Sala del Ámbito Cultural de El Corte Inglés de la Av. Tres de Mayo de Santa Cruz de Tenerife, jueves 25 de septiembre.–

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¿Se puede tener salud?, quiero decir, ¿a la salud se la puede tener? Entonces, se la podría perder, y por tanto, habría que plantearse recuperarla.

Pero es que la salud no se tiene, se produce, y la enfermedad también.

La cuestión es que los límites entre la salud y la enfermedad son tan difusos como individuales y subjetivos. No me refiero, evidentemente, a la enfermedad instaurada de forma objetiva que precisa control y tratamiento médicos, sino a cuál es el punto a partir del cual se considera que una persona enferma.

A la salud se la ha caracterizado por la ausencia de males de consideración y por la capacidad que tiene una persona para perseguir sus metas vitales y desenvolverse adecuadamente en contextos sociales y laborales habituales. Desde la OMS se la definió hace más de sesenta años como un estado completo de bienestar físico, mental y social, y no solamente como la ausencia de afecciones o enfermedades. Para Freud salud es la capacidad de amar y trabajar.

Y ¿qué es la salud para cada uno de nosotros? Pues como comentaba antes, algo absolutamente particular.

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Amor verdadero

Un artículo publicado en la sección de psicología de El País Semanal titulado Relaciones conscientes, de Raimón Samsó, me hizo pensar si realmente somos conscientes en nuestras relaciones personales, ya sean de pareja o de amistad, que tampoco hay tanta diferencia. Quiero decir, ¿realmente decidimos de forma consciente con quién nos relacionamos, a quién amamos? Pudiera parecer algo frívolo o interesado, como decidir si la relación con esta o aquella persona nos conviene o no. Pues es exactamente así, una cuestión de interés, o debería serlo. Y es que regirnos en la vida por nuestros propios intereses está mal visto, quizá porque está mal entendido, pero es de lo más conveniente.

Parece que una relación sentimental debiera ser totalmente inconsciente, guiada solo por la pasión del enamoramiento al más puro estilo principesco: románticas veladas a la luz de la luna intercambiando miradas embelesadas con cualquier fondo de película, según el gusto de cada cual; o encaminada a encontrar al príncipe o la princesa de tintes azulados que venga a completar la mitad que falta, como si se viviera demediado sin pareja. ¡Cuánto daño han hecho los cuentos infantiles tradicionales o sus versiones para adultos, las revistas del corazón! Nadie escribió cómo continúan esas historias después de que se comieron las perdices de la boda, a la vuelta de la luna de miel, cuando hay que madrugar a diario para trabajar, hacer la compra del supermercado, cuidar a los niños o visitar a la familia política. De ahí las frustraciones por expectativas irreales, fantásticas y del orden de lo mágico por pretenderlas sin trabajo.

No es así, no nos engañemos. Es indudable que la atracción erótica es fundamental en una relación de pareja, pero luego hay que trabajar diariamente para que una relación funcione, hay que enamorar, hay que dedicarle energía, ganas, deseo para que ese enamoramiento inicial se transforme en verdadero amor, algo mucho más elaborado y desde luego más consciente. Nunca se tiene pareja, se hace pareja al amar, desde que pensemos que tenemos algo o a alguien, ya lo estamos perdiendo porque no se desea lo que ya se tiene. No es cuestión de durar, se trata de amar.

Y esto tiene que ver con el modelo mayoritario de relación al uso, el narcisista, o amarse en el otro: querer y atribuir al otro la propia imagen y semejanza, sin valorar el enriquecimiento de lo diferente, como si se pudiera evolucionar en la igualdad, sin discrepancias. Esto, aparte de imposible, es bastante aburrido y el colmo del involucionismo, como casarse en familia, por eso está biológicamente prohibido, porque sería socialmente devastador.

Tienen algo de razón las abuelas cuando dicen que hoy ya no se aguanta nada, que al mínimo inconveniente las parejas se separan. Es cierto en parte, como dice una amiga mía, parece que lo difícil es no romper. Romper es fácil y hasta poético, lo difícil es quedarse a trabajar la relación, todo un arte. Sin aferrarse a lo imposible, que las relaciones normalmente se rompen solas y en ese punto ya suelen ser irrecuperables.

El verdadero amor es generoso, apasionado, ligero, divertido, progresivo –las relaciones crecen o decrecen, nunca se detienen– y muy interesante. Pero todo esto no viene dado por arte de encantamiento, sino que hay que hacerlo, hay que implicarse, hay que currárselo. Por eso hay que saber elegir con quién merece trabajarse una relación, porque nos define la calidad de nuestra relaciones sociales. No se trata de ir por ahí malgastando energía en trabajos poco productivos, abundan las buenas inversiones, muy convenientes para nuestros intereses.

Evidentemente que no me refiero solo a las relaciones de pareja, sino a todos los amores que se hacen fuera de la familia de origen, la familia que se crea cada uno, la producida y la elegida. Los amigos también forman parte de esa familia cultural porque somos seres sociales. No seamos descuidados ni perezosos, al final siempre recibimos de lo que damos y esto también es muy narcisista, como la naturaleza humana.

El arte de conversar

Así se titula un libro de aforismos y otras ocurrencias del gran conversador Oscar Wilde. Y efectivamente, conversar es un arte que, como el resto, nos estructura como humanos. Claro que se puede vivir desentendidos de lo artístico, pero es una vida muy básica. Aunque algunos con problemas para subjetivar rechacen las manifestaciones de la creatividad del hombre, nuestra especie se distingue del resto justamente por esto, porque imagina, porque inventa, por eso el arte no es ajeno a ningún asunto de la vida, por simple, real y objetivo que sea.

Pero conversar, igual que pintar, escribir, tocar un instrumento o cantar, no es cualquier cosa. Es cierto que algunas personas nacen con un talento específico más desarrollado para alguna disciplina artística que otras, pero así y todo, ese talento hay que cultivarlo para que produzca rendimiento y se manifieste en todo su potencial, e igualmente puede aprenderse o descubrirse donde parecía que no había posibilidades. Si no se trabaja, cómo va a descubrirse nada. Y una forma de iniciarse en el arte de la conversación es rodearse de buenos conversadores, como todo, porque las palabras son muy contagiosas. Por eso mismo hay que alejarse de los conversadores negativos, porque se pega.

Conversar no es solo hablar o charlar, se trata de decir palabras con contenido, palabras que merezca la pena escuchar; no se trata de desear que el que habla se calle para intervenir con otra cuestión diferente o con nuestras propias vivencias, que esto, además de narcisista, es tremendamente aburrido; se trata de que si algo interrumpe el discurso, se retome el asunto sin cambiar de conversación; se trata de “con-versar”, de compartir versos, de compartir palabras. La palabra plena que decía Lacan.

Les propongo que hagan la prueba y cuando tengan la palabra en un grupo y se produzca una interrupción, esperen a ver qué pasa cuando se retome la conversación: si les piden que continúen con lo que estaban hablando, es que les estaba pareciendo interesante (o es una audiencia muy educada), si cambian de tema, o los estaban aburriendo o no son buenos conversadores, porque para conversar es tan importante saber hablar como saber escuchar.

Una conversación puede definirse como tal cuando de ella nos llevamos algo a la vez que aportamos algo a los otros, un aprendizaje, una frase, una emoción. No es necesario llevarse una gran sabiduría o tratar siempre cuestiones trascendentales, que eso también cansa, pero si nos vamos igual que llegamos, no hubo palabra plena, fue hablar por hablar.

Tiempo de preguntas

Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas. Mario Benedetti.

Esta frase de Benedetti podría venir a explicarnos lo que ha tratado de justificarse de múltiples maneras: la crisis de los cuarenta, que en estos tiempos cada vez más longevos podría trasladarse la cincuentena, aunque en realidad no se trata de una cuestión de edad cronológica, sino más bien del agotamiento de un proyecto vital. Ha tratado de explicarse en la mujer, por ejemplo, por la finalización de sus funciones maternales cuando los hijos abandonan el hogar o por la menopausia, y en el hombre por el inicio fisiológico del declive de su masculinidad, entre otras posibilidades. A lo que no suele atribuirse este asunto es a que hacia la mitad de la vida el proyecto vital planteado en la juventud, generalmente laboral y familiar, ya sea por haberlo logrado o por darlo por descartado, ya ha concluido. Además, en estos tiempos de crisis global, estas cuestiones se plantean de una forma más manifiesta, incluso en algunos casos de manera dramática por la pérdida del trabajo de toda la vida o una ruptura familiar.

Y es que habitualmente no se dedica ninguna planificación al proyecto para la segunda mitad de la vida, cada vez más larga, como si a partir de ahí ya no hubiera nada nuevo que aportar. Quizá porque para ese período no hay referencias sociales como las del primero. En la juventud se tiene más o menos claro, aunque sea por una inercia no pensada, a lo que uno se va a dedicar, la familia que quiere tener, la casa donde desea vivir… ¿Pero luego qué? Pues habrá que ser más creativo, habrá que inventar el proyecto individualizado al que cada uno quiera dedicar los años que le queden y en los que ya no tendrá que preocuparse por criar a los hijos, pagar la casa, competir por su trabajo o su pareja o tratar de caerle bien a todo el mundo. Un periodo de la vida al que no se tiene en la estima debida y se piensa como una fase de declive involucionista e inevitable en el que no hay otras posibilidades más activas.

Pero esto no es cierto, lo que sí es nuevo. Concluidas las funciones que una vez consideramos que eran nuestra misión en este mundo, sería muy perezoso e improductivo no aprovechar esa etapa más madura y serena en la que podemos aplicar todo lo que hemos aprendido antes para disfrutarlo ampliamente y utilizarlo para conseguir más: más sabiduría, más cultura, más amor, más de todo y especialmente, más de uno mismo.

Una etapa para hacerse nuevas preguntas y dedicarse tranquilamente a elaborarles respuestas, sabiendo de antemano que morirá sin contestarlas todas y que además no le importará.

Felicidad

La felicidad, ese bien tan ansiado como escurridizo, tan subjetivo como individual, parece que se nos escapa en cuanto atisbamos su presencia, o apenas su proximidad. Incluso algunos la temen como presagio de alguna desgracia, un pensamiento mágico-ideológico de la tradición judeocristiana del que no es fácil evadirse, aunque no seamos conscientes de ello.

Pero pensemos un poco más: ¿Somos realmente capaces de vivir felices? ¿Sabemos? ¿Somos capaces de soportar vivir con nuestros éxitos o de ellos? Pues no crean que es tan sencillo, algunos fracasan cuando triunfan y otros ni siquiera son capaces de triunfar y se boicotean antes para no tener que soportarlo. Es bueno saberlo, darse cuenta, porque a esto también se aprende, se entrena uno triunfando.

Por eso no se puede pretender elaborar una definición universal de la felicidad, porque los éxitos son un asunto absolutamente particular, lo que sí es universal es que se consigue con trabajo, la suerte es de otro orden. Trabajo como esfuerzo, no como sacrificio, que también es tradición ideológica y no es necesario trabajar sufriendo, incluso podemos divertirnos, que no es pecado. Nos puede alegrar tener un golpe de suerte, pero la felicidad solo se obtiene con el producto del trabajo, con los resultados de un proyecto en el que hemos depositado nuestras fantasías, al que hemos dedicado nuestro esfuerzo con ilusión, donde hemos colocado las ganas hasta los días en que no las teníamos. Está demostrado que la mayoría de las personas a las que les toca una importante cantidad de dinero en la lotería al cabo de unos años están económicamente igual o peor que antes, y desde luego no más felices. Son pocos los que aprovechan la suerte para cambiar su vida, y lo hacen trabajando, los otros creen que ya no tienen que trabajar más y por eso se empobrecen.

Entonces, trabajemos con tesón en nuestro proyecto vital, pongámosle imaginación a nuestros objetivos sin temor y andemos con valentía el camino que hayamos decidido transitar. Y cuando lleguemos al destino deseado, disfrutémoslo sin rubor, pero también sin olvidar empezar a plantearnos el siguiente objetivo porque ya saben, el que no trabaja se empobrece. La felicidad, el éxito no son estables ni estancos, la dicha de hoy estará obsoleta mañana y así está bien, es lo que nos hace evolucionar, la inquietud, la quietud nos mata. Si pensamos que ya hemos llegado a la cima, ahí empezaremos a descender.

Y todo esto sin esperar fantásticas ayudas externas, que no digo sin contar con los otros, que no es posible, sino sin esperar intervenciones divinas, quiero decir, sin esperanzas, que esto además de infantil es bastante poco productivo. Y tampoco responsabilizando a los demás de lo que nos pasa o de lo que no nos pasa, porque de todo eso somos nosotros los únicos responsables, por tanto también los únicos capaces de cambiarlo si lo deseamos de veras y nos ponemos a ello.

Mejor no esperar, mejor andar, amar y trabajar, que sin amor no somos capaces de lograr ningún objetivo y mucho menos de vivir felices.

Quizá podríamos quedarnos con la propuesta de Gandhi de que la felicidad se alcanza cuando lo que uno piensa, lo que uno dice y lo que uno hace están en armonía. Sin confundir la armonía con la estabilidad, mejor pensarla como un equilibrio inestable del que hay que ocuparse constantemente, siempre, hasta que la muerte venga a estabilizarlo todo.