Con pasión

Se me ha ocurrido este juego de palabras por salir del lugar común de lo políticamente correcto, tan común en estos tiempos que puede pasarnos desapercibido, de apelar a la compasión hacia el desfavorecido como recurso sin pensamiento, por lo que se sitúa en la frontera de lo hipócrita.

Las posibilidades de conmovernos por lo que vemos todos los días en las noticias rayan lo insoportable, tanto que casi nos obligamos a mirar a otro lado para poder sobrevivir; es como si el mundo se ensañara para no dejar vivir en paz a nadie, ni a los afectados ni a los que no les toca en esa ronda. Además, la Historia nos hace ser pesimistas porque muestra que parece que va a ser siempre así, parece que al hombre, el animal más evolucionado del mundo conocido, le cuesta vivir de manera civilizada, parece que no soporta vivir con tranquilidad y se pasa la vida inventando cómo boicotearse. En realidad, el hombre, si no ingresa en la cultura, es un animal más, incluso más brutal porque ha perdido el beneficio que los instintos procuran a la supervivencia de la especie. El hombre acultural es un salvaje al descubierto, sin límites que velen por su propia suerte, incapaz de protegerse siquiera a sí mismo, impotente para cuidar de los suyos.

Estas cuestiones globales son extrapolables a nuestros pequeños mundos de diario en los que también contemplamos situaciones conmovedoras que según la posición que ocupemos en la sociedad tendremos más o menos recursos con los que implicarnos. Para los que nos dedicamos a profesiones sanitarias, las situaciones de desamparo, soledad, falta de recursos –no solo económicos, en muchos casos se trata de recursos psíquicos–, desilusión, impotencia, tristeza o desamor constituyen una dimensión importante de nuestros retos laborales, pero al menos nosotros tenemos la capacidad, mayor o menor según las circunstancias, de intervenir de alguna manera para tratar de mejorar en lo posible las condiciones. Entiendo que muchas personas sientan compasión por otras y no sepan cómo ayudarlas.

Aquí voy a rescatar el eslogan de los activistas medioambientales, aunque también suene un poco a lugar común, del piensa globalmente y actúa localmente en cuanto a que no podemos hacer mucho por la paz del mundo pero sí que podemos hacer bastante por el bienestar de nuestros micromundos. Y nuestros micromundos empiezan por trabajar para elaborarnos nuestra propia paz; sí, así de aparentemente egoísta es el asunto, si nosotros no estamos bien cómo vamos a aportar bienestar a los demás. Eso que comentaba antes de que parece que el mundo se ensañara para no dejar vivir en paz a nadie, parte del propio individuo, ¿acaso conocen a muchos individuos que se dejen vivir en paz a sí mismos? ¿No les resulta más conocido contemplar sujetos que insisten una y otra vez en complicarse la vida? ¿No escuchan a veces los motivos que han llevado a algunas personas a enfadarse definitivamente con otras en los que no parece jugarse más que una cuestión de matices?

La realidad es que al ser humano le cuesta vivir bien, en general se pasa la vida tratando de resolver problemas para empezar a vivir después –cuando tenga trabajo fijo, cuando tenga casa propia, cuando crezcan los hijos– sin darse cuenta de que la vida se vive en el proceso, no al final, al final se muere. Está bien fantasear, planificar y ejecutar los proyectos vitales, pero hay que saber disfrutar del proceso y lo que suele ser más complicado, disfrutar del resultado, sin dormirse en los laureles para iniciar el siguiente proyecto, pero dándose tiempo para saborear las delicias del producto del trabajo: una agradable profesión, una casa estupenda, unos hijos saludables.

Pues a esto, a vivir bien, es a lo que hay que ponerle pasión; la vida hay que vivirla con pasión y sin compasión; con pasión hacia nosotros mismos y hacia los demás se atraviesa la compasión inmovilista y estéril. Y tratar de vivir bien es una responsabilidad de cada uno, para cada uno y para los otros de alrededor, si no, fíjense de lo que es capaz el hombre que solo sabe mal vivir.

Con las pasiones educadas de todos haremos un mundo mejor, así que eduquémoslas en la cultura.

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Ejecutar

La palabra ejecutar tiene mala prensa, demasiadas ejecuciones a lo largo de la Historia de la humanidad, pero aquí la voy a rescatar desde otro lado: ejecutar es lo que permite crecer al ser humano. Ejecutar es hacer, es ponerse a ello, es realizar, es llevar a cabo, es comprometerse y responsabilizarse con lo que se ha decidido hacer. Es poner un límite a lo posible para que se haga de verdad posible.

Cuando imaginamos lo felices que seríamos si consiguiéramos ese nuevo trabajo, esa nueva casa o incluso esa nueva pareja que tanto nos gusta, al principio se abre un amplio abanico de posibilidades, casi que todo es posible, aunque haya algunos matices poco probables. Se podría considerar esta primera fase de elaboración de los deseos como una fase de tormenta de ideas, y así debe ser, la mayoría de los proyectos nacen y se enriquecen de esta manera. Pero para que la fantasía se convierta en realidad hay que hacer algo más, hay que hacer algo, algo tan inquietante como tomar una decisión, comprometerse con ella, elaborar un plan de acción y ejecutarlo, y después una cosa más en la que por lo general no se piensa, responsabilizarse de los resultados, de los efectos de la decisión, en definitiva, disfrutar de la realización de nuestros deseos. Este último aspecto no suele tenerse en cuenta porque parece evidente, pero no lo es tanto. En nuestra cultura no está bien visto disfrutar de lo que se ha conseguido con trabajo, de las rentas, como ya he comentado en otro post, pareciera arrogante decir ¡pero qué a gusto estoy conduciendo mi nuevo coche!, cuando resulta que lo pago con mi dinero y trabajo para ganarlo. Da igual decirlo o no, la cuestión es sentirlo. Esto podría pensarse como un asunto envidioso, si digo lo que me gusta mi coche otros me van a envidiar y podría ser que me lo rayaran, aunque en realidad los envidiosos somos nosotros pensando desde nuestro propio punto de vista si las circunstancias fueran a la inversa. También se esconde detrás la ideología de que si estamos disfrutando, algo malo va a pasar, porque a este mundo no se viene a disfrutar, eso será en el paraíso del más allá. Y esto es una cuestión ideológica, da igual que se sea creyente o no. Pero además, influye la salud mental que tenga cada uno a la hora de ponerse a trabajar para ejecutar lo que fantasea y dejar de pensar infinitos imposibles para crear un concreto posible. Algunas personas tienen dificultades para tomar una decisión porque la piensan como una renuncia a todas las demás posibilidades teóricas imaginadas, pero en vez de solo pensarlas hay que elegir una para que se haga posible, en la infinitud de posibilidades ninguna es posible, solo es posible en la finitud, si no se elige un camino para caminar por él, se estará siempre al principio. Los límites al infinito son los que nos permiten habitar un universo finito.

Muchas veces lo que subyace en las dificultades para tomar decisiones y ponerse a trabajar en ellas es la incapacidad para responsabilizarse de estas decisiones, es decir, la incapacidad para responsabilizarse de los deseos. Si tomo una decisión y luego las cosas no salen como yo quería, será por culpa mía, pero si no decido y pasa algo malo, la culpa será de los demás. Lo que pasa es que en primer lugar, no decidir también es una decisión, por tanto todo lo que nos pasa, bueno o malo, es de nuestra entera responsabilidad, y en segundo lugar, ¿cómo vamos a asumir el que nos sucedan cosas buenas? Para eso también se han creado coartadas, la de la suerte es la más extendida. ¿Qué suerte?, será que habremos trabajado para poner la suerte de nuestro lado, incluso si nos tocara la lotería, sería porque habremos ido a comprar el número y tendremos que trabajar para administrar el premio o lo malgastaremos.

Si en algún momento dudamos si en realidad estamos viviendo acorde a nuestros deseos o no, si los estamos poniendo en práctica o solo estamos fantaseando con ellos, solo tenemos que tomar perspectiva y mirar hacia atrás en el tiempo, quizá tomando algún punto de referencia como un acontecimiento importante o una circunstancia que recordamos especialmente. Veamos desde entonces qué es lo que hemos hecho, no lo que hemos pensado hacer, que será mucho más, sino de verdad lo que hemos ejecutado, así podremos hacer balance y decidir cómo queremos vernos cuando en el futuro volvamos a hacer esta reflexión respecto al momento que estamos viviendo.

No tengamos miedo, si conseguimos el trabajo deseado, la casa de nuestros sueños, la pareja perfecta y además nos toca la Lotería de Navidad, no va a ocurrir un cataclismo, por lo menos no derivado de todo esto, podemos disfrutarlo placenteramente, ¡lo hemos conseguido! Quizá nos envidie el vecino, pero eso es asunto suyo.

Y entonces, a pensar en lo siguiente, si no, nos aburriremos.

Entretiempos

Se me ha ocurrido rescatar un texto publicado por Javier Marías en El País Semanal al que tituló Si solo vivieran los vivos como excusa para proponer esta reflexión de entretiempos, que son todos los tiempos. Marías le da una vuelta a nuestro presente en el que se pretende Que en la Tierra no vivan más que los vivos, y solo si son muy recientes, para recordar el papel de la Historia en la elaboración de cada presente, en la edificación de la cultura que nos mantiene más o menos humanizados. Aunque algunas realidades nos hagan dudarlo, sin cultura ya nos habríamos aniquilado.

El problema no es que el mundo cambie cada vez a mayor velocidad, sino que todo lo habido sea inmediatamente relegado al absoluto olvido. Hay una fecha de caducidad cada vez más corta para cuanto sabemos y hacemos, señala Marías. Y quizá como consecuencia de ese vivir a contratiempo se haya desarrollado tanto la psicología amarillista del aquí y ahora, como si el ayer hubiera que borrarlo cual desmemoriados dementes, sinmentes, y el mañana hubiera que improvisarlo cuando se convierta en hoy, como delirantes inmortales.

Claro que es cierto eso de que hay que vivir el presente porque en realidad es donde único vivimos, pero no es posible hacerlo sin pasado ni futuro, necesitamos un contexto, o un contiempo. Lo que no hay que hacer es anclarse en el pasado, ya sea porque lo fantaseemos idílico olvidada toda angustia contemporánea, o porque lo utilicemos como la excusa traumática responsable de nuestras incapacidades. Tampoco delirar con un futuro por el que no trabajamos soñando con que la suerte nos venga a rescatar como los héroes clásicos a sus musas, recuerden que Dulcinea es un personaje de ficción producto a su vez de la enajenación mental de otra ficción. Ambas posiciones garantizan la parálisis, puede que de aquí venga el malentendido que promueve vivir un presente aislado.

Vivir el presente sí, pero desde el futuro anterior, un presente proyectado desde el futuro, un presente primero fantaseado, pero luego planificado dentro de un proyecto vital por el que estamos dispuestos a trabajar, si no la fantasía se convierte en delirio, y los delirios solo producen enfermedad.

Si nos imaginamos sentados en el espléndido salón acristalado de una casa con vistas al mar contemplando un atardecer de verano, tendremos que ponernos a trabajar para conseguirla, y si excede nuestras posibilidades, tendremos que pensar en otra más asequible en la que igualmente nos deleitemos al atardecer y nos olvidemos de la primera de forma inmediata.

Lo improductivo es sentarse a pensar en tiempos pasados supuestamente mejores, o peores a los que atribuir todas nuestras desventuras actuales, o en paradisíacos futuros a los que presuntamente se viaja en una mágica alfombra voladora. Igual de improductivo que sentarse a lamerse las heridas atribuidas a un fracaso porque puede que ese obstáculo esté en el camino del éxito y además, hurgar las heridas las cronifica. Vamos, que lo improductivo es sentarse a vivir de esperanzas perezosas, hay que levantarse a hacer camino.

En definitiva, lo mejor es vivir entretiempos, entre tiempo y tiempo, pero vivir, que el tiempo no es asunto nuestro.

Fracasar para no triunfar

¿Y miedo de qué? De tu propia luz, Jorge Armas.

Pareciera evidente que todos buscamos el éxito, el triunfo en todos los ámbitos de nuestra vida para alcanzar esa tan ansiada felicidad, tan ansiada como etérea y escurridiza. Pareciera sin lugar a dudas que todos deseamos tener una familia perfecta, como las que nos vende la publicidad institucional, un trabajo perfecto, una casa perfecta, unos amigos perfectos, una cuenta corriente perfecta… y en esta búsqueda algo indeterminada se nos va la vida. Está claro que es a través del deseo que nos mueve a buscar que parimos nuestras producciones, pero hay que leer bien este deseo para que sea el nuestro y no confundirlo con el de otros, para no perdernos en lo que otros esperan de nosotros, que no tiene necesariamente que coincidir con lo que nosotros deseamos para nosotros. Esa felicidad etérea por mal definida nos puede llevar al fracaso cuando se nos escurre porque al conseguir aquello que creíamos desear y por lo que trabajamos tanto nos quedamos vacíos, ese logro no nos conduce a la plenitud del gozo que habíamos imaginado. Por ejemplo, hemos trabajado mucho para comprar la casa de nuestros sueños y cuando nos instalamos en ella nos sentimos indiferentes. Quizá habría que ver si era la casa de nuestros sueños o la de los sueños de nuestra madre o nuestra pareja o de nuestro entorno social. Escurridiza si se piensa la felicidad como un estado al que se llega sin trabajar o trabajando solo una vez en un proyecto. No es así, en la felicidad hay que trabajar todos los días, enlazar un proyecto detrás del otro porque lo que nos hace felices hoy mañana estará obsoleto y necesitaremos otra cosa. No es un estatus, es un proceso. La felicidad hay que pensarla bien porque es un asunto particular, personal, privado, subjetivo, no comparable y para la que no hay guías o protocolos preelaborados que seguir, cada uno tiene que elaborarse el suyo.

Pero en lo que no se suele pensar es en si seremos capaces de vivir nuestro éxito, disfrutar con plenitud lo que legítimamente hemos logrado con nuestro trabajo, gozarlo de manera abierta, sin escondernos ni exhibirnos. Porque por una parte aquí se entrama la idea religiosa de que a este mundo hemos venido a sufrir, con la promesa de la felicidad eterna —también etérea— y se piensa como pecaminoso el bienestar, como antesala de una desgracia que venga a imponernos la penitencia por tamaña desfachatez, que venga a aliviarnos la culpa de haber triunfado más que nuestros padres, como si la civilización pudiera progresar de otra manera. Y por otra, y mucho más impensada por inconsciente, el que directamente cuesta asimilar el éxito, el que se puede vivir solo con ocupaciones, sin preocupaciones, cuando se colocan los avatares de la vida justo en el lugar que les corresponde. Pongo otro ejemplo, es normal afligirse por la pérdida de los padres, pero no es una tragedia sobrevivirlos, es lo normal, no hay que vivir con ese temor porque lo deseable es que ocurra, evidentemente mejor cuanto más tarde. O vivir con cualquier otro miedo a perder lo que se tiene, preocupados, no, la cuestión es trabajar para conservarlo, ocuparnos de ello, porque si no lo perdemos seguro. Piensen en personas exitosas que no han podido superarlo, el cantante Michael Jackson por ejemplo, o tantos otros que lo tuvieron todo y se quedaron en nada porque pensaron que ya no tenían que trabajar más. Es verdad que se nos mal enseña desde niños a cómo superar las dificultades, esa vida llena de tropiezos que se nos muestra como inmodificable, pero ni se plantea cómo se vive cuando se superan estas dificultades con nuestro propio esfuerzo, que no sacrificio que también es del orden de lo religioso. El trabajo es un esfuerzo, no un sacrificio ritual.

Yo les propongo ser ambiciosos y trabajar más allá de las dificultades para ser capaces de habitar el Edén particular sin sentirse culpables por ello. No fracasen cuando triunfen ni se boicoteen para no hacerlo. No crean que es tan sencillo, pero se puede si se quiere, como todo.

La calidad de nuestras relaciones

Encontré hace unos días en El País Semanal un artículo interesante en la sección de psicología titulado Cuidar las relaciones y me hizo pensar que quizá se promuevan demasiado las relaciones interpersonales, imprescindibles por otra parte para la socialización del hombre, sin prestar la atención debida a la calidad de estas relaciones.

El ser humano crece en sociedad, en su relación con los otros, el individuo solo se embrutece. Así, la mayoría teme a la soledad en su estado puro, que no es lo mismo que estar solo o vivir solo, como a la peste. Y es que las personas crecemos conversando, compartiendo palabras con otros; los libros son eso, palabras de otros, la educación también nos viene de la mano de otros. Nadie puede crecer solo.

De ahí la importancia de con quién nos relacionamos, de quién tomamos esas palabras para crecer, con quién conversamos, que es mucho más elaborado que el hablar cotidiano de parloteo de pasillo. Cuidado con esto porque debemos evitar a las personas que nos roban palabras, energía, se trata de compartirlas, de un aporte mutuo al crecimiento de cada uno. Hay personas que tratan de robarnos las palabras de nuestros proyectos, de nuestras ilusiones para colocarlas revertidas en sus discursos regresivos y envidiosos, sacadas de contexto, de nuestro contexto para colocarlas donde no encajan. Por eso tenemos que elaborar nuestra propia conversación con las palabras de nuestros planes, intransferibles por definición, y añadirle palabras de otros que anden también ocupados en su crecimiento para que generen energía que pueda compartirse. Se trata de enredarnos con palabras que produzcan más, no en argumentos con cargas negativas que resten brillo a nuestras fantasías, porque creer es crear (Jorge Armas) y crear es crecer.

Tiempo de preguntas

Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas. Mario Benedetti.

Esta frase de Benedetti podría venir a explicarnos lo que ha tratado de justificarse de múltiples maneras: la crisis de los cuarenta, que en estos tiempos cada vez más longevos podría trasladarse la cincuentena, aunque en realidad no se trata de una cuestión de edad cronológica, sino más bien del agotamiento de un proyecto vital. Ha tratado de explicarse en la mujer, por ejemplo, por la finalización de sus funciones maternales cuando los hijos abandonan el hogar o por la menopausia, y en el hombre por el inicio fisiológico del declive de su masculinidad, entre otras posibilidades. A lo que no suele atribuirse este asunto es a que hacia la mitad de la vida el proyecto vital planteado en la juventud, generalmente laboral y familiar, ya sea por haberlo logrado o por darlo por descartado, ya ha concluido. Además, en estos tiempos de crisis global, estas cuestiones se plantean de una forma más manifiesta, incluso en algunos casos de manera dramática por la pérdida del trabajo de toda la vida o una ruptura familiar.

Y es que habitualmente no se dedica ninguna planificación al proyecto para la segunda mitad de la vida, cada vez más larga, como si a partir de ahí ya no hubiera nada nuevo que aportar. Quizá porque para ese período no hay referencias sociales como las del primero. En la juventud se tiene más o menos claro, aunque sea por una inercia no pensada, a lo que uno se va a dedicar, la familia que quiere tener, la casa donde desea vivir… ¿Pero luego qué? Pues habrá que ser más creativo, habrá que inventar el proyecto individualizado al que cada uno quiera dedicar los años que le queden y en los que ya no tendrá que preocuparse por criar a los hijos, pagar la casa, competir por su trabajo o su pareja o tratar de caerle bien a todo el mundo. Un periodo de la vida al que no se tiene en la estima debida y se piensa como una fase de declive involucionista e inevitable en el que no hay otras posibilidades más activas.

Pero esto no es cierto, lo que sí es nuevo. Concluidas las funciones que una vez consideramos que eran nuestra misión en este mundo, sería muy perezoso e improductivo no aprovechar esa etapa más madura y serena en la que podemos aplicar todo lo que hemos aprendido antes para disfrutarlo ampliamente y utilizarlo para conseguir más: más sabiduría, más cultura, más amor, más de todo y especialmente, más de uno mismo.

Una etapa para hacerse nuevas preguntas y dedicarse tranquilamente a elaborarles respuestas, sabiendo de antemano que morirá sin contestarlas todas y que además no le importará.

Felicidad

La felicidad, ese bien tan ansiado como escurridizo, tan subjetivo como individual, parece que se nos escapa en cuanto atisbamos su presencia, o apenas su proximidad. Incluso algunos la temen como presagio de alguna desgracia, un pensamiento mágico-ideológico de la tradición judeocristiana del que no es fácil evadirse, aunque no seamos conscientes de ello.

Pero pensemos un poco más: ¿Somos realmente capaces de vivir felices? ¿Sabemos? ¿Somos capaces de soportar vivir con nuestros éxitos o de ellos? Pues no crean que es tan sencillo, algunos fracasan cuando triunfan y otros ni siquiera son capaces de triunfar y se boicotean antes para no tener que soportarlo. Es bueno saberlo, darse cuenta, porque a esto también se aprende, se entrena uno triunfando.

Por eso no se puede pretender elaborar una definición universal de la felicidad, porque los éxitos son un asunto absolutamente particular, lo que sí es universal es que se consigue con trabajo, la suerte es de otro orden. Trabajo como esfuerzo, no como sacrificio, que también es tradición ideológica y no es necesario trabajar sufriendo, incluso podemos divertirnos, que no es pecado. Nos puede alegrar tener un golpe de suerte, pero la felicidad solo se obtiene con el producto del trabajo, con los resultados de un proyecto en el que hemos depositado nuestras fantasías, al que hemos dedicado nuestro esfuerzo con ilusión, donde hemos colocado las ganas hasta los días en que no las teníamos. Está demostrado que la mayoría de las personas a las que les toca una importante cantidad de dinero en la lotería al cabo de unos años están económicamente igual o peor que antes, y desde luego no más felices. Son pocos los que aprovechan la suerte para cambiar su vida, y lo hacen trabajando, los otros creen que ya no tienen que trabajar más y por eso se empobrecen.

Entonces, trabajemos con tesón en nuestro proyecto vital, pongámosle imaginación a nuestros objetivos sin temor y andemos con valentía el camino que hayamos decidido transitar. Y cuando lleguemos al destino deseado, disfrutémoslo sin rubor, pero también sin olvidar empezar a plantearnos el siguiente objetivo porque ya saben, el que no trabaja se empobrece. La felicidad, el éxito no son estables ni estancos, la dicha de hoy estará obsoleta mañana y así está bien, es lo que nos hace evolucionar, la inquietud, la quietud nos mata. Si pensamos que ya hemos llegado a la cima, ahí empezaremos a descender.

Y todo esto sin esperar fantásticas ayudas externas, que no digo sin contar con los otros, que no es posible, sino sin esperar intervenciones divinas, quiero decir, sin esperanzas, que esto además de infantil es bastante poco productivo. Y tampoco responsabilizando a los demás de lo que nos pasa o de lo que no nos pasa, porque de todo eso somos nosotros los únicos responsables, por tanto también los únicos capaces de cambiarlo si lo deseamos de veras y nos ponemos a ello.

Mejor no esperar, mejor andar, amar y trabajar, que sin amor no somos capaces de lograr ningún objetivo y mucho menos de vivir felices.

Quizá podríamos quedarnos con la propuesta de Gandhi de que la felicidad se alcanza cuando lo que uno piensa, lo que uno dice y lo que uno hace están en armonía. Sin confundir la armonía con la estabilidad, mejor pensarla como un equilibrio inestable del que hay que ocuparse constantemente, siempre, hasta que la muerte venga a estabilizarlo todo.