¿Verdad o mentira?

Se podría sentenciar que la verdad no existe, que es una mentira universalmente convenida. Y en realidad es así, la mentira nos conviene, hemos elaborado una sociedad mentirosa, a nuestra imagen y semejanza. Pero de esto nada queremos saber, la mentira tiene mala prensa porque se confunde con el engaño y la deshonestidad, y nada que ver.

El ser humano miente porque habla, miente desde que abre la boca. No voy a entrar en disquisiciones metafísico-filosóficas acerca de si la realidad objetiva existe de verdad o la creamos al observarla porque no entiendo de esas cuestiones, sino en que la realidad es absolutamente individual, creada por la realidad psíquica de cada uno. No se trata de debatir si el objeto que tenemos justo delante de los ojos en este momento existe de verdad o no, porque esta sería una mirada bastante miope y desconsiderada con la inteligencia humana. Se trata de considerar que el vivenciar de cada uno crea el punto de vista con el que miramos y entendemos el mundo, y es con esta subjetividad tan humana con la que nos relacionamos con los demás, es con esta mirada que hablamos y nos creamos esta mirada al hablar.

Imposible la objetividad pura de nuestras palabras y nuestros pensamientos, dos personas no cuentan igual una experiencia común porque entre otras cosas no la recuerdan de la misma manera, mienten sin engañar. Piensen en la cantidad de malos entendidos originados por una disparidad de criterios, de puntos de vista que podrían aproximarse o compaginarse hablando, casi siempre ambos son verdaderos pero parciales. Tampoco existe la imparcialidad absoluta.

Y mentir claro que mentimos cuando nos conviene, me refiero a sabiendas, o maquillamos la verdad para darle otra apariencia más interesante, la mayoría de las veces casi sin darnos cuenta. Algunos incluso llegan a profesionalizarse: los abogados o los escritores, por ejemplo, que mienten para ganarse la vida.

Lo mismo ocurre con la sinceridad absoluta, cómo iban a ser posibles las relaciones sociales si dijéramos continuamente lo que pensamos: jefe, es usted un petardo; prima, mira que te has puesto gorda; amiga, con ese peinado pareces tener casi la edad que tienes…

En fin, que mentir no es engañar, no es utilizar algo manifiestamente falso para obtener cualquier beneficio de otro de manera deshonesta ocasionándole un perjuicio, eso es de mala persona. Pero ojo con la verdad y la mentira porque están disvaloradas. Coloquemos a ambas en su lugar, donde único pueden colocarse, en la incerteza de la subjetividad humana.

Sin memoria

Somos nuestra memoria, ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos. Jorge Luis Borges

Recuerdo una vez de niña que nos quedamos solos todos los primos porque los mayores se fueron a las fiestas del pueblo. Lo recuerdo perfectamente, nos quedamos hasta tarde asomados a la ventana de la casa de la abuela –que ya no estaba– curioseando la fiesta escondidos para que no nos vieran y nos mandaran a la cama. Fue mi primer trasnoche, lo tengo grabado en la memoria. Sin embargo, ninguno de mis primos lo recuerda y mi madre insiste en que jamás me dejó sola de chica. Entonces, ¿quién tiene razón? ¿Qué ocurrió en realidad?

Pues no lo sabemos, y tampoco importa demasiado porque la realidad pasada es la que cada uno se haya elaborado desde el futuro, casi podría decirse que la realidad objetiva es prácticamente imposible de reconstruir. Seguro que a muchos les han ocurrido ejemplos similares cuando han contado anécdotas compartidas con otros que las recuerdan de manera diferente o que ni siquiera las recuerdan. Y esto es así porque en los recuerdos intervienen las fantasías de cada uno, las vivencias de cada uno y se elaboran plenos de subjetividad individual, cada uno pone el acento en el lugar que le interesa y encubre el que no le interesa, a veces con algunos recuerdos inventados a conveniencia.

Claro que esto no quiere decir que la Historia sea todo subjetividad y que no haya hechos contrastados y documentos acreditativos, pero incluso ahí, si se quiere ser exhaustivo, hay que cuidarse de la subjetividad de los informantes, siempre recordantes. Lo que no hay es que sobreestimar nuestras posibilidades de objetivación en los asuntos que nos conciernen porque esto es prácticamente imposible. Por otra parte, de nada nos sirve que los demás participantes del recuerdo insistan en que las cosas fueron de otro modo, porque aunque les creamos, para nuestro inconsciente seguirán siendo como las recordamos y con esa realidad psíquica viviremos, siempre subjetivamente, como todo lo humano. Lo objetivo es solo una parte en la vida del hombre, la más aparente, la manifiesta, pero hasta el cientificismo más recalcitrante empieza con una hipótesis subjetiva, también sugestiva.

Por eso no hay que creerse todo lo que uno piensa, ni lo que uno recuerda. O quizá habría que creérselo del todo, como las novelas o como las películas, que si uno no se las cree es porque son malas, a sabiendas de que son un artificio de la fantasía de la prodigiosa mente humana.

La realidad subjetiva

No hay que fiarse de nada, ni de nadie, ni siquiera de uno mismo. Nada es lo que parece, pero sobre todo, nadie es lo que parece y repito, ni uno mismo. No se trata de colocarse del lado de un escepticismo vital simplón, sino de mantener cierta cautela con lo que podríamos llamar realidad, que no es más que la realidad psíquica de cada uno. Pero esta realidad hay que elaborarla, no viene dada y no conviene dejarla en manos de un gran creador de realidades universales, porque eso, además de ser de muy crédulo, quizá también es algo perezoso y profundamente inconveniente. Hay que elaborarla con responsabilidad, trabajo y, por qué no, acorde a nuestros intereses. Debemos erigirnos creadores de nuestra propia realidad individual, aquella con la que elijamos enfocar nuestra vida, necesariamente personal, ineludiblemente subjetiva.

Lo subjetivo se define como lo opuesto a real-objetivo, del orden de lo irreal o cuestionable, incluso en algunos foros está hasta mal visto subjetivar, como si fuera algo tan personal que resultara de dudosa validez universal, algo que solo representa una opinión particular. Completamente cierto, así es, absolutamente particular, de imposible validez universal, como debe ser lo humano.

Y es que responsabilizarnos de nuestros deseos, de nuestra subjetividad, hasta elaborarnos una realidad vital acorde a ellos, asumiendo que a nadie más le concierne y que a nadie se le puede echar la culpa de nuestros desvelos, tampoco de nuestros logros, es cuando menos inquietante, solo apto para adultos, de cualquier edad. Los niños, de cualquier edad, mientras no maduren seguirán con su sistema fantástico de creencias.

Aunque parezca contradictorio eso de que alguien necesite buscar un culpable de sus logros porque le cuesta asumirlos, existen personas que fracasan cuando triunfan (ya los describió Freud en 1916), y los que lo temen. Son los que se sienten culpables por disfrutar del goce de los logros conseguidos con su trabajo porque consideran que adelantan los logros de los padres, como si la evolución de la humanidad pudiera alcanzarse de otra manera. Personas que no progresan porque se boicotean. Los más se boicotean más abajo y ni siguiera consiguen triunfar, creen que no lo soportarían. Por eso es mejor descreerse y trabajar a ver qué pasa.

Otra cosa con frecuencia mal vista es actuar, trabajar, vivir conforme a nuestros intereses, como si lo políticamente correcto fuera maquillarse de hipócrita solidaridad para fotos promocionales, como si para ser solidario no debiéramos mirar por nuestra conveniencia. Se puede y además se debe ser las dos cosas, solidario y conveniente, de hecho solo así se puede ser realmente solidario.

Y volviendo al principio, nada es lo que parece y nuestros pensamientos menos que nada, no debemos fiarnos de ellos, por lo menos hasta no educarlos. Los pensamientos silvestres solo son cavilaciones sin fin ni finalidad, sin objetivo, por tanto inútiles. El pensamiento operativo, cuando estamos decidiendo por ejemplo el coche que nos vamos a comprar, será útil si al final nos compramos el coche o ejecutamos lo que sea que estemos pensando, si no, no puede considerarse pensamiento operativo, también es cavilar. El pensar es una función superior que nos define como humanos, además de hablar, si no le ponemos palabras a nuestros pensamientos no son nada, si no producen efecto en la realidad, en nuestra realidad, son fantasías improductivas, una pérdida inútil de energía, una lástima.

Entonces, aprendamos a pensar, un buen ejercicio para valorar lo que estamos haciendo es comprobar si lo que pensamos está produciendo algún efecto que se pueda contar, algo materializado en nuestra realidad objetiva, desde la perspectiva que comenté antes. Si no es así, nos conviene educarnos o acabaremos agotados de pensar nada.

No sé lo que me pasa, la voz de la angustia

Charla impartida en la Sala del Ámbito Cultural de El Corte Inglés de la Av. Tres de Mayo de Santa Cruz de Tenerife el jueves 25 de julio de 2013.–

No sé lo que me pasa, cuando no encontramos palabras para expresar lo que nos pasa nos encaramos directamente con la angustia. Se trata de nombrar a ese no sé para transformarlo en otra cosa que podamos abordar. La angustia no se deja tratar de frente.

Cuando alguien dice que tiene angustia, lo que siente es ya otra cosa, porque decir tengo angustia ya es empezar a hablar. Aunque lo correcto sería decir no que se tiene angustia, sino que la angustia lo tiene a uno.

La angustia es una señal, una brújula para la vida psíquica. Si no nos cuestionamos nada sobre ella, aparte de perder una estupenda oportunidad de crecimiento personal, esa señal se abre paso hasta invadir todo el mundo que habitamos: desde el cuerpo en forma de síntomas hasta los objetos que nos rodean.

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