Ni lo sueñes

¿Cómo que no lo sueñes? ¿Entonces cómo se materializan los deseos? Es justo así, se empieza por soñarlos, por fantasearlos despiertos, por desearlos de verdad y con decisión para que de forma imperceptible nos pongamos a trabajar en ellos. Y así un día, casi sin percatarnos del proceso, como sin querer, nos hallaremos instalados en ese lugar imaginado que como por arte de magia, porque algo de magia hay que ponerle a los deseos o se nos deslucirán, se habrá convertido en realidad. En ese momento puede que nos tiente recurrir a eso de ¡no me lo puedo creer!, como argumento exculpatorio de la responsabilidad que nosotros mismos hemos generado en lo que nos pasa, y tendremos que estar atentos y vigilarnos bien, porque si eludimos esta responsabilidad, desperdiciaremos tanto el trabajo realizado como las oportunidades que la nueva realidad nos pudiera ofrecer.

La cuestión no es solo que hay que pasar a la siguiente fase después del fantaseo, a la planificación y ejecución de lo soñado para que no se quede en un delirio de cuento de hadas sin fundamento, sino que una vez conseguido hay que continuar trabajando para lograr los mejores rendimientos. Y un paso importante del proceso consiste en disfrutar de los objetivos alcanzados, vivir un poco de las rentas, como ya comenté en otro post, porque ese ¡no me lo puedo creer! puede ser muy traicionero si no lo ponemos en su sitio: ¡cómo no me lo voy a creer con lo que he trabajado para conseguirlo!, lo raro sería no haber llegado hasta aquí con tanto trabajo invertido. Vivir de las rentas sin dormirse en los laureles, que una vez se llega al objetivo hay que empezar a soñar el siguiente. Así es la vida, todo un mundo de interesantes inquietudes, la tranquilidad es cosa de muertos.

Aunque parezca extraño, a muchas personas les cuesta disfrutar de lo que han conseguido con su trabajo, de los resultados de su esfuerzo. Parecieran diseñadas para lidiar con problemas, ya sean reales o magnificados, y si en un momento determinado logran resolverlos, se sienten como si su vida no tuviera sentido, como vacías, ¿y ahora qué hago yo con todo esto? Por eso muchas de ellas crean problemas nuevos para seguir distraídas dando vueltas en círculos siniestros. Puede que el problema sea que se han quedado enganchadas al mundo de los sueños pospuestos hasta que se solucione esto o aquello y cuando finalmente se soluciona, están perdidas en el universo delirante de las fantasías estériles, incapaces de asumir la responsabilidad de la posición en que las colocan sus logros. En realidad incapaces de asumir la responsabilidad de sus deseos. O también puede ser que se trate de personas que no han aprendido a gestionar su envidia, que también he comentado en otro sitio que es inherente al ser humano y la educa la cultura, y se escondan temerosas de despertarla en los otros, cosa que no hay que descartar pero que habrá que saber asumir, empezando por la propia.

Entonces, soñar sí, soñar, fantasear, imaginar, y luego proyectar, planificar, ejecutar, en definitiva, trabajar sin distracciones en lo que de verdad nos interesa, ocuparnos de nuestros asuntos, que ya saben que si no otros lo harán por nosotros, normalmente de manera poco conveniente. Y luego, cuando lleguemos a la cima, disfrutar de las vistas para empezar a planificar el siguiente ochomil desde arriba, no siempre desde el campamento base.

La realidad subjetiva

No hay que fiarse de nada, ni de nadie, ni siquiera de uno mismo. Nada es lo que parece, pero sobre todo, nadie es lo que parece y repito, ni uno mismo. No se trata de colocarse del lado de un escepticismo vital simplón, sino de mantener cierta cautela con lo que podríamos llamar realidad, que no es más que la realidad psíquica de cada uno. Pero esta realidad hay que elaborarla, no viene dada y no conviene dejarla en manos de un gran creador de realidades universales, porque eso, además de ser de muy crédulo, quizá también es algo perezoso y profundamente inconveniente. Hay que elaborarla con responsabilidad, trabajo y, por qué no, acorde a nuestros intereses. Debemos erigirnos creadores de nuestra propia realidad individual, aquella con la que elijamos enfocar nuestra vida, necesariamente personal, ineludiblemente subjetiva.

Lo subjetivo se define como lo opuesto a real-objetivo, del orden de lo irreal o cuestionable, incluso en algunos foros está hasta mal visto subjetivar, como si fuera algo tan personal que resultara de dudosa validez universal, algo que solo representa una opinión particular. Completamente cierto, así es, absolutamente particular, de imposible validez universal, como debe ser lo humano.

Y es que responsabilizarnos de nuestros deseos, de nuestra subjetividad, hasta elaborarnos una realidad vital acorde a ellos, asumiendo que a nadie más le concierne y que a nadie se le puede echar la culpa de nuestros desvelos, tampoco de nuestros logros, es cuando menos inquietante, solo apto para adultos, de cualquier edad. Los niños, de cualquier edad, mientras no maduren seguirán con su sistema fantástico de creencias.

Aunque parezca contradictorio eso de que alguien necesite buscar un culpable de sus logros porque le cuesta asumirlos, existen personas que fracasan cuando triunfan (ya los describió Freud en 1916), y los que lo temen. Son los que se sienten culpables por disfrutar del goce de los logros conseguidos con su trabajo porque consideran que adelantan los logros de los padres, como si la evolución de la humanidad pudiera alcanzarse de otra manera. Personas que no progresan porque se boicotean. Los más se boicotean más abajo y ni siguiera consiguen triunfar, creen que no lo soportarían. Por eso es mejor descreerse y trabajar a ver qué pasa.

Otra cosa con frecuencia mal vista es actuar, trabajar, vivir conforme a nuestros intereses, como si lo políticamente correcto fuera maquillarse de hipócrita solidaridad para fotos promocionales, como si para ser solidario no debiéramos mirar por nuestra conveniencia. Se puede y además se debe ser las dos cosas, solidario y conveniente, de hecho solo así se puede ser realmente solidario.

Y volviendo al principio, nada es lo que parece y nuestros pensamientos menos que nada, no debemos fiarnos de ellos, por lo menos hasta no educarlos. Los pensamientos silvestres solo son cavilaciones sin fin ni finalidad, sin objetivo, por tanto inútiles. El pensamiento operativo, cuando estamos decidiendo por ejemplo el coche que nos vamos a comprar, será útil si al final nos compramos el coche o ejecutamos lo que sea que estemos pensando, si no, no puede considerarse pensamiento operativo, también es cavilar. El pensar es una función superior que nos define como humanos, además de hablar, si no le ponemos palabras a nuestros pensamientos no son nada, si no producen efecto en la realidad, en nuestra realidad, son fantasías improductivas, una pérdida inútil de energía, una lástima.

Entonces, aprendamos a pensar, un buen ejercicio para valorar lo que estamos haciendo es comprobar si lo que pensamos está produciendo algún efecto que se pueda contar, algo materializado en nuestra realidad objetiva, desde la perspectiva que comenté antes. Si no es así, nos conviene educarnos o acabaremos agotados de pensar nada.