No apechugarse la vida

Ni al pecho ni a ninguna otra parte del cuerpo: la espalda, la cabeza, la barriga… porque la vida no se atrapa, se navega, que si no se queda enganchada a algún órgano y le impide funcionar con normalidad.

De dónde iba a venir el dicho popular de tomarse las cosas muy a pecho si no de que la gente ha atribuido el origen de los ataques al corazón a las angustias de la vida mucho antes de que la Medicina aportara evidencia científica por la vía del cortisol y las catecolaminas. Queda probado que el estrés –ese difuso concepto que muchos confunden con nervios pero que en realidad es angustia– crónico produce daño en los órganos –Estrés persistente y riesgo de muerte. IntraMed.net–, que va desde trastornos funcionales, aquellos que no pueden objetivarse mediante exploraciones clínicas o pruebas complementarias médicas, a las lesiones orgánicas manifiestas que comprometen la vida de la persona. Como ejemplos de trastornos funcionales frecuentes se pueden citar el síndrome del intestino irritable, la cefalea tensional o los dolores de espalda; y como ejemplos de trastornos orgánicos directamente relacionados con el estrés (aunque habría que determinar si existe alguno que no lo esté) podemos considerar el asma, la úlcera digestiva o la enfermedad coronaria, tanto la angina como el infarto de miocardio.

Estos días, al visionar un vídeo que circula por internet y que seguro muchos conocen, me pareció de lo más oportuno proponerlo como reflexión a muchas personas, algunas de las cuales atiendo en mi consulta del centro de salud, que viven una existencia alienada, sobre todo en lo relacionado con el trabajo, o mejor, atribuido al trabajo. Sé que la propuesta puede sonar a tópico de psicología de revista semanal del corazón, pero no es más tópico que el tomarse las cosas a pecho del decir popular, ni que infartarse por no saber gestionarse la vida.

Es frecuente, por no decir que es la norma, que cuando se atiende en una consulta médica a una persona con elevados factores de riesgo cardiovascular, que además cuenta una vida cargada de estrés y se le recomienda hacer modificaciones en su relación con ese foco de estrés, sobre todo de origen laboral, como ya mencioné más arriba, el afectado responda que le resulta imposible hacer cambio alguno, por no decir inconveniente. El individuo se enroca en que no le conviene cambiar su dinámica laboral con argumentos tan contundentes como que se rumorea un ajuste de plantilla que podría despedirlo, que tiene una familia que mantener o el argumento estrella, normalmente disimulado, de que solo él sabe hacer ese trabajo como es debido. Detrás de todo esto subyacen otros asuntos que habría que valorar en cada caso y que el afectado esconde para no enfrentarlos. Y qué mejor lugar para esconder un foco latente de crisis personal que dejarse arrastrar por los tan prestigiosos responsabilidad profesional o compromiso laboral. Ahí no hay quién le haga el más mínimo reproche, ni siquiera él mismo.

Me cuesta aceptar que tenga que ocurrir un evento grave, un infarto agudo de miocardio por ejemplo, para que estas personas empiecen a valorar las cosas que son realmente importantes en la vida, la primera de todas es precisamente esa, la vida. Ahí suelen empezar a valorar el trabajo en su justa medida, a la medida de la propia existencia individual, y no al revés. El problema es que algunos no sobreviven para hacerse estos replanteamientos.

Desde aquí les propongo a todos, porque todos estamos en riesgo de enfermar si no nos ponemos a cultivar la salud y la vida, que no es necesario enfermar para valorar con qué queremos llenar nuestro envase vital: ¿de bolas o de arena?, y ponernos a ello con responsabilidad y compromiso.

Si desean reflexionar más sobre este asunto, les sugiero la lectura de “El corazón enfermo”, del cardiólogo Carlos Tajer. Pueden descargarlo en IntraMed.net

 

Sin recursos

Salud es la capacidad de amar y trabajar

S. Freud

Cuando se plantea el abordaje de una persona sin recursos, especialmente desde el entorno sanitario público, suele pensarse en individuos con dificultades económicas y sociales, que suelen ir de la mano, personas que por diversas circunstancias han perdido la capacidad de sostenerse con su trabajo y necesitan ayuda de las instituciones. Y sostenerse con su trabajo es un concepto más amplio que el solo mantenerse en el sentido más común en que suele emplearse el término: ser capaz de vivir con el dinero que se gana trabajando. Sostenerse implica disponer de pilares más amplios que el simple cobro de una nómina a final de mes, que también, y trabajo implica mucho más que acudir diariamente a cumplir el pactado contrato de tiempo por dinero, que también. Sostenerse con el trabajo implica tener recursos: biológicos, estar sano para poder trabajar; psíquicos, poseer capacidades mentales dispuestas para la producción; y sociales, en cuanto a haber creado un entorno de relaciones saludables. Soportes de la conocida máxima freudiana de la salud como la capacidad de amar y trabajar.

Últimamente se están abordando estos temas desde la propuesta del empoderamiento de la persona para hacerla capaz de disponer y gestionar sus propios recursos, porque si no lo condenaríamos a una eterna vida de beneficencia, como se hacía en otras épocas. Las ONGs hace tiempo que lo han entendido y sus intervenciones se basan en enseñar a los desfavorecidos a vivir con su trabajo: más que llevarles alimentos –excepto en la fase aguda de una catástrofe–, los enseñan a cultivar la tierra, por ejemplo. La educación de los hijos ha sido tradicionalmente así –aunque esta circunstancia esté algo pervertida en los últimos tiempos–, se les enseña a ser autónomos, a vivir de su trabajo, o así debería ser. Sin embargo, la realidad es que todas las dificultades de estas personas se concentran en una sola: no disponen de recursos psíquicos para producirse como seres humanos independientes y activos para la sociedad.

Los motivos de esta incapacidad son múltiples e individuales, pero si no los abordamos, no será posible una verdadera transformación. Y la verdad es que desde las instituciones sanitarias públicas lo psíquico está bastante desatendido; en realidad está desatendido desde lo social, porque atenderlo obliga a implicarse, y eso no puede hacerse sin trabajo.

Estos pacientes sin recursos acuden a las consultas demandando soluciones milagrosas a problemas que en muchas ocasiones ni siquiera son sanitarios. Soluciones externas para no tener que asumir la responsabilidad de lo que les pasa: soluciones externas y responsabilidades externas, y ¿no es esto una forma de beneficencia insostenible?

Se escribe mucho sobre la insostenibilidad del sistema sanitario público, sobre dónde y cómo reducir costes, pero es que reducir costes cuesta, cuesta trabajo y responsabilidad de todas las partes, empezando por los profesionales sanitarios, que deben cambiar el discurso de la demanda taponada con una pastilla por la apertura a las incertidumbres de la palabra. Los pacientes lo entenderán después.

En el centro de salud donde atiendo mi consulta de Medicina de Familia llevo dos grupos psicoterapéuticos desde hace más de un año. A los grupos acuden personas con dificultades personales diferentes, cada uno la suya individual e incomparable con las otras. No son personas sin recursos, los tienen, por eso son capaces de demandar atención y están dispuestos a trabajar en ello. Esta experiencia me está sirviendo para valorar lo poco que se estima el valor terapéutico de las palabras; cómo muchas personas no aceptan, porque no lo entienden, que si no se responsabilizan de su vida y sus malestares no los podrán modificar, y que esta modificación no se producirá si no se implican trabajando, y que trabajar es hablar. Pero cuando lo entienden, y lo hacen, alucinan de lo que son capaces de hacer con ello y tengo que explicarles que no es magia, que es trabajo, o que sí es magia, pero de la de verdad, de la que no tiene truco.

Entonces, la responsabilidad de los profesionales pasa por ofrecer un espacio donde reconstruir los recursos psíquicos dañados en el vivir para que las personas sean capaces de recuperase. La responsabilidad de los pacientes con su trabajo personal es imprescindible para implicarse en la reconstrucción, pero es necesario ese espacio.

Estos espacios terapéuticos, de cualquier tendencia, cuestan menos que el gasto en medicamentos y en vidas anestesiadas, así que más recursos para menos gente sin recursos.

La buena educación

Con cierta frecuencia observo en mi consulta, y en la vida, cómo algunos hijos adoptan posturas autoritarias disfrazadas de celosa preocupación en la atención a sus padres ancianos. Algunas posiciones me parecen que rayan lo irrespetuoso y hasta la intromisión en la libertad individual de las personas. Evidentemente no me refiero a pacientes que sufren un deterioro cognitivo que les impide tomar decisiones de forma independiente, sino a personas de mente lúcida, que no siempre tiene que ver con los años, y por tanto con capacidad para decidir de manera libre sobre su vida o incluso sobre su muerte. Personas mayores de edad, no hay que olvidarlo, y por tanto con sus derechos ciudadanos intactos.

            Detrás de este aparente sobrecuidado se pueden esconder varias cuestiones. Una de ellas es el sentimiento de culpa por abrigar deseos inconscientes de que desaparezcan, porque les carga su cuidado o porque nunca les parece bastante una atención que en el fondo no desean ofrecer, y por eso siempre se sienten en números rojos; o bien por rencores pasados no elaborados a su debido tiempo, lo que también generará sentimiento de culpa cuando al final, según la ley de la vida, enfermen o fallezcan. En ocasiones estos rencores pueden degenerar hasta en venganza por hacer culpable a los padres de todas las frustraciones vitales. Quizá en estos casos sería más sano plantearse delegar el cuidado en otros, pero es una decisión muy íntima de cada familia.

            Otra cuestión que se pone en juego cuando los padres envejecen es que muestran la evidencia del envejecimiento también de los hijos, así que si los padres enferman y fallecen, es que esto les ocurrirá de la misma manera a los hijos. La demostración del tan temido paso del tiempo que muchos se empeñan en taponar con las múltiples distracciones de la vida diaria.

            Para hacer de abogado del diablo, aunque debemos abstenernos de opinar en asuntos internos, habría que plantearse el grado de responsabilidad que tienen también los padres en la educación de esos hijos, siempre teniendo en cuenta que a partir de la mayoría de edad todos somos responsables de nuestra propia educación. Y es que algunas veces la venganza viene de parte de los padres por no poder soportar la envidia de que sus hijos los hayan superado en la vida, por otra parte regla elemental para el progreso de la humanidad.

            Es cierto que en cada familia se producen las relaciones de una manera particular. Lo saludable sería elaborar los conflictos en el momento en que aparecen para vivir con serenidad el forzoso paso del tiempo. Esto es necesario porque no se puede vivir ignorando a la familia, pensar que eso es posible y tratar de conseguirlo es un autoengaño tan perezoso por no enfrentarse al problema como inviable. El que crea que lo ha conseguido que reflexione sinceramente consigo mismo. Otra cosa es que en el proceso se haya decidido, tras un trabajo en la relación familiar, que es tóxica y se determine que lo mejor es apartarse de ella, pero eso es con trabajo, no silenciando las dificultades.

            Un motivo frecuente de queja por parte de los hijos es la manipulación emocional a que los someten los padres en cuanto a que les demandan atención constante. Esto es así porque las personas al envejecer se sienten vulnerables y necesitan tener a alguien cercano que les dé seguridad. Aunque también forma parte del proceder personal de cada uno. La forma de manejar este asunto pasa por el establecimiento apropiado de límites que ayuden a los padres a tener más confianza en sus capacidades –me llamas si necesitas algo; o llamas a esta persona de referencia–, para de esta manera mantener su independencia el máximo tiempo posible, y también a los hijos a no sentirse culpables por sobrevivirlos y continuar con sus asuntos sin descuidarlos.

            Así que seamos educados y adultos maduros, concedamos a nuestros padres vivir con independencia todo lo que su salud les permita, cuidémoslos de manera sana para las dos partes, sin rencores ni culpas, sin abandonarlos ni dejarnos la piel en el camino, no es necesario. Así, cuando llegue el momento de la despedida, lo viviremos con sana tristeza, como debe ser.

Amor de transferencia

Uno de los momentos más gratos que puede vivirse en las profesiones sanitarias tiene lugar cuando un paciente nos agradece la atención que le hemos dispensado. Son momentos que hay que disfrutar con placer porque nos muestran que hemos hecho las cosas bien y además el paciente o sus familiares así lo han valorado. Algunas veces el agradecimiento nos coge por sorpresa y ni siquiera recordamos un motivo especial para merecerlo, pero algo habremos hecho, lo que además nos indica que hacemos las cosas bien sin darnos cuenta y por supuesto sin esperar nada a cambio, ese es el camino del buen ejercicio de la atención a la salud de las personas. Incluso a veces nos agradecen la atención aunque el paciente haya fallecido, lo que dice mucho de nuestra implicación en tratar de hacerles atravesar ese momento tan triste ofreciéndoles toda la ayuda que esté en nuestra mano. Recientemente ha fallecido una paciente mayor que se había adscrito poco antes a mi cupo por un cambio de domicilio, ya en estado terminal y a la que solo visité en dos ocasiones, una en la consulta y otra en su casa. Una de las hijas, también paciente mía, cuando vino a la consulta después del fallecimiento me comentó que su madre estaba muy agradecida de mi atención, lo que me hizo pensar por qué, si no hubo tiempo material de bien tratarla. Creo que el único mérito que se me puede atribuir es haberle dejado abierta la posibilidad de contactar conmigo si tenía algún problema; no llegó a hacerlo.

            Cuando trabajaba en urgencias hospitalarias, un lugar muy hostil no solo por la carga asistencial habitual en estos servicios, sino por la carga de angustia con la que las personas acuden a consultar, en una ocasión en que mis compañeros y yo salvamos literalmente la vida de una paciente joven que llegó al centro en parada cardiorrespiratoria –para eso estábamos allí, era nuestro trabajo–, y que no pudo agradecernos nada porque estaba inconsciente, por casualidad escuché una conversación varias semanas después entre un familiar que era trabajador del centro y un compañero al que le comentaba lo agradecida que estaba la familia y la propia paciente con el Servicio de Cardiología porque la habían salvado. No puedo negar que me asaltó la tentación de replicar que la vida se la habíamos salvado nosotros en Urgencias, sin desmerecer el buen trabajo de los cardiólogos, pero callé porque ser capaz de rescatar a alguien de la muerte no precisa de más agradecimientos. En esos días en que andaba yo con este tema en el pensamiento, un señor con la bata de los pacientes ingresados me preguntó en la zona interna del Servicio de Urgencias por otro compañero médico, le dije que no estaba de turno y le pregunté si lo podía ayudar en algo. Quiso saber cuándo podría encontrarlo porque deseaba agradecerle que según le contaron, le había salvado la vida. Mi compañero probablemente no lo necesitaba, pero seguro que se lo agradeció de corazón, y nunca mejor dicho, el paciente estaba ingresado en Cardiología.

            Quiero decir con todo esto que la gratitud siempre es bienvenida, sobe todo por lo que significa en cuanto a nuestro buen hacer profesional, pero no debe nublarnos el entendimiento disparando nuestro narcisismo estructural. No debemos trabajar para agradar a nuestros pacientes, eso siempre tenemos que valorarlo como un efecto secundario, si hacemos bien nuestro trabajo, técnica y humanamente, las personas nos lo reconocerán. Pero bien sabemos los que nos dedicamos a la asistencia sanitaria que hacer bien las cosas no siempre es correspondido de manera proporcional, y tampoco debemos buscarlo a toda costa, nos pagan por hacer bien nuestro trabajo y ese es nuestro deber profesional. Luego puede que nos lo agradezcan o que no, o que ni siquiera lo valoren, o que incluso nos lo critiquen. No debe preocuparnos demasiado.

            En lo que no podemos caer es en la complacencia para que así nos amen más, no, tenemos que hacer nuestro trabajo lo mejor posible, pero nosotros somos los expertos, los que sabemos lo que le conviene más a su salud, el paciente puede tener unas expectativas erróneas o estar mal informado, es nuestro deber informarlo bien y tratarlo según el estado del saber médico. Los pacientes no tienen que amarnos, tienen que confiar en nuestro criterio profesional porque nosotros nos hayamos ganado su confianza con nuestro trabajo, tampoco con nuestra sugestión, lo que no siempre es fácil de distinguir. Si un paciente joven que acude a la consulta por un dolor de espalda claramente relacionado con esfuerzos físicos, sin clínica que sugiera complicaciones nos solicita de entrada un escáner o una resonancia magnética, nuestro deber es informarlo convenientemente de su problema de salud, no pedirle una prueba que no está indicada y que no va a contribuir a mejorar su estado, luego él decidirá a quién amar.

            Comentaba lo de la sugestión porque es un arma peligrosa si no se la sabe manejar. Los pacientes no tienen que creernos como un acto de fe, sino porque trabajemos bien, aunque el efecto placebo de nuestra intervención no sea desestimable y el antiguo y a veces olvidado poder ensalmador de las palabras deba tenerse presente en toda relación asistencial.

            En Medicina no suele considerarse este amor que se despierta en la interacción con el paciente para utilizarlo en su mejoría. El Psicoanálisis lo describió como amor de transferencia y representa el fundamento de la relación terapéutica. Manejar la transferencia constituye el reto definitivo para la buena evolución de la cura. Tengámoslo en cuenta también en Medicina para el beneficio del paciente, no para creérnoslo embelesados.

En práctica

Leo últimamente en diversos foros, tanto médicos como psicoterapéuticos, escritos sobre el lado humano de la Medicina desde lo que me está empezando a parecer un lugar común, el lugar de lo que se ha dado en llamar, también en los últimos tiempos, el buenismo, tanto del lado del médico como del paciente. Tan bueno e idílico todo que no va a ser posible convertir a ningún escéptico. También tan teórico que cualquiera que se dedique a la asistencia clínica podría argumentar fácilmente como impracticable, no sin parte de razón. Por eso se me ha ocurrido dedicarle un segundo pensamiento a esta cuestión, una reflexión desde la realidad asistencial diaria, a la que me dedico, como médico y como psicoterapeuta, porque no creo que sea posible hablar de manera operativa sobre temas que no se practican.

Si empezamos por el extremo de la madeja, nos encontramos con los médicos a los que la carga asistencial diaria los sobrepasa porque no han sido capaces de aprender a gestionarse como terapeutas. Son profesionales sanitarios que se desbordan con el peso de las emociones que se movilizan en las consultas, y unos deciden ahogarse con los problemas de los pacientes y otros mantenerse tan al margen para evitar esta identificación que se convierten en estatuas asépticas, cuando no directamente en avinagradas desviaciones de lo que un día desearon ser. Sin llegar a posiciones tan extremas, en muchos casos los sanitarios se manejan como pueden tratando de navegar entre sus propias tormentas personales y las de los pacientes que atienden. De su parte tengo que apuntar que nadie los preparó nunca para estas batallas, casi se podría decir que inevitables en una profesión terapéutica, no se enseña a protegerse en el delicado equilibrio necesario para mantener una posición terapéutica implicada, no identificada. No se dispone de espacios donde reconducir estas emociones, ni siquiera se suele contar con esa necesidad.

Por otro lado aparecen los profesionales de la salud que se han dado cuenta de la importancia de la cuestión relacional en la consulta, de lo terapéutica que puede llegar a ser una buena relación médico-paciente, de los efectos devastadores que produce si se pervierte. Estos profesionales abogan por trabajar la relación terapéutica como eje de la asistencia clínica, pero lo hacen desde el beneficio para el paciente, que no es poco, pero en general desatienden la importancia de la salud psíquica del profesional, imprescindible para ejercer correctamente esta función. Si el médico, el profesional sanitario no se encuentra saludable, poco podrá aportar a la relación terapéutica para que funcione como tal y además, se perjudicará a sí mismo.

Los espacios Balint que practico son una opción para tratar de repensar estos asuntos de manera que podamos proponer relaciones más sanas en las consultas. Sanas en primer lugar para el profesional, porque si no, será imposible sanar a ninguna otra persona.

Del otro lado del hilo, dedicaré algunas reflexiones a los psicoterapeutas que opinan sobre la Medicina práctica desde posiciones teóricas y en ocasiones casi filosóficas, sin desestimar el lugar que ocupa la Filosofía en el pensamiento humano, tan cuestionado en los últimos tiempos por nuestras miopes autoridades educativas. Leo comentarios de profesionales de lo psí que solo pueden emitirse desde los prejuicios del que solo atiende a la superficie de una cuestión compleja, y lo voy a ilustrar con una viñeta de mi consulta del centro de salud, porque me recordó a estas lecturas desde el prejuicio sin elaborar.

Un paciente de unos setenta años entra en mi consulta –en la que solo llevo unos meses– diciéndome que se va a cambiar de cupo. Me sorprende que venga a decírmelo, porque si está descontento con mi asistencia puede hacerlo directamente, por lo que deduzco que viene a otra cosa, así que solo le contesto con un ajá que lo invitara a decir lo que traía pendiente. Me aclara que va a cambiarse porque yo no lo escucho, no lo miro, solo me ocupo de escribir en el ordenador y no lo toco. Compruebo que se trata de un paciente mal cumplidor de las recomendaciones terapéuticas, que viene a la consulta de manera esporádica, y que yo solo he visto en una ocasión anterior por cifras tensionales elevadas y edemas en las piernas, para lo que le indiqué controles domiciliarios de la tensión arterial, le solicité un análisis de sangre y un electrocardiograma, le prescribí un diurético y le indiqué volver con los resultados para ajuste del tratamiento. No recuerdo de manera concreta lo que sucedió en esa primera consulta, pero desde luego no es mi estilo no escuchar a los pacientes, me dedico a ello profesionalmente porque me gusta. Así que solo puede tratarse del prejuicio extendido de que los médicos no escuchamos, no miramos y no exploramos a los pacientes, sin ninguna reflexión propia.

Algo así se me ocurre pensar cuando leo las posiciones dogmáticas de algunos psicoterapeutas para referirse a cómo debe realizarse la asistencia médica, sobre lo que está bien y lo que está mal hacer en las consultas, sobre lo inadecuado de la prescripción de psicofármacos o sobre la pertinencia de la psicoterapia en consultas de diez minutos —en el mejor de los casos—, en general, sobre la humanización de la Medicina. Todos estamos de acuerdo con atender lo más humanamente posible a las personas que tratamos en nuestras consultas, entonces tendremos que escucharnos también entre nosotros los terapeutas, tanto de lo somático como de lo psíquico, si es que es posible mantener esa distinción.

La realidad asistencial diaria de los médicos que nos dedicamos a la sanidad pública es que tenemos poco tiempo para atender a los pacientes, incluso si nos ceñimos exclusivamente a los aspectos biológicos de la demanda, por eso la apertura de cuestiones psíquicos la vemos como una sobrecarga, y esto es lícito. Los médicos de Atención Primaria –quizá los únicos que podemos plantearnos estas aperturas por la visión longitudinal que tenemos de nuestros pacientes, en contraposición con los médicos de Atención Especializada, que valoran al paciente de manera puntual incluso si lo ven en consultas sucesivas–, tenemos la ventaja de que atendemos a los pacientes y a sus familiares de forma continuada en el tiempo, lo que nos permite una visión global de sus problemas de salud. Esta ventaja es la que debemos aprovechar para abordajes cortos pero repetidos, que bien dirigidos producen beneficios terapéuticos. Ahora bien, es preciso actuar con cautela justamente por las limitaciones con las que nos enfrentamos en las consultas. No podemos ofrecer a todos los pacientes una prestación psicoterapéutica imposible con nuestros medios, y muchas veces también con una formación deficiente, así que hay que ser muy cuidadoso con las cuestiones que se abren en este encuadre si luego no vamos a poder ayudar al paciente a transitar esa apertura, porque lo dejaremos sin la muleta que sustenta su vida. Por dramático que parezca, es mejor ayudar a un paciente a manejarse con sus quejas que abrirle el abismo de los porqués si no le podemos ofertar un cómo responderlos. Aquí es donde interviene la cuestión de tratar o no a un paciente con psicofármacos, o con fármacos para el tratamiento de síntomas psicosomáticos, si fuera el caso. Si nos consulta un paciente inundado en un cuadro ansioso-depresivo para el que no tiene recursos con que manejarse, ni económicos para pagar a un psicoterapeuta privado —conocidas las limitaciones de psicoterapia en los dispositivos públicos— ni psíquicos para considerar la responsabilidad personal en lo que le pasa, y el cuadro es lo bastante abigarrado como para no ser subsidiario de pequeñas aperturas en consultas sucesivas —o por lo menos no en ese momento—, no podemos dejar al paciente abandonado a su angustia descontrolada, sino que tendremos que aliviarlo —recuerden aquello de curar, si no, aliviar y si no, confortar—, es nuestro deber. Es como si nos consultara por una crisis hipertensiva atribuida a un problema personal y no le administráramos tratamiento médico.

En definitiva, no todo es tan inhumano en la sanidad, sobre todo en la pública, que es a la que se dirigen las críticas de forma habitual, pero es indudable que debemos mejorar. La forma que propongo y que aplico en mi consulta es la de responsabilizarnos de manera conjunta, los profesionales y los pacientes, empezando por valorar lo que tenemos y que hemos conseguido entre todos. Por eso, lo primero que atajo en las conversaciones, además de desarmar las críticas vacías sin argumentos —por prejuicios como mencioné antes—, es definir cualquier prestación sanitaria como gratuita: ¡ojo, la sanidad no es gratis, es muy cara y la pagamos entre todos! Por eso es responsabilidad de todos, profesionales y pacientes, independientemente de los gobernantes en turno de legislatura, debemos mantenerla por encima de eso.

Y buenos sí, todo lo buenos terapeutas que seamos capaces de ser, pero por encima de todo, buenas personas.

Medicina Psicosomática IV: Real

Sin título

La enfermedad psicosomática se extiende por todo el mundo sin tener en consideración las fronteras culturales. Se calcula que la media diaria de consultas al médico de familia por “síntomas sin explicación médica” es del 33%. Aunque no todos los síntomas sin explicación médica son psicosomáticos, en algunos casos puede tratarse de enfermedades pasajeras que las exploraciones habituales no revelan, como es el caso de las viriasis. En 1997 la OMS cuantificó la frecuencia de síntomas psicosomáticos en ambulatorios de 15 ciudades de diversos países: EEUU, Nigeria, Alemania, Chile, Japón, Italia, Brasil y la India. En el estudio se encontró que el 20% de los pacientes encuestados presentaban al menos 6 de estos síntomas, con tasas de presentación similares en todos los países, independientemente de su grado de desarrollo. Estas personas cuestan a la sanidad pública el doble que el resto de los ciudadanos, lo que no es desestimable, aparte del sufrimiento y la incapacidad que pueden llegar a producir. Un dato muy gráfico conocido por los neurólogos es que hasta el 70% de las epilepsias diagnosticadas no lo son, se trata de síntomas conversivos o convulsiones disociativas.

Las manifestaciones físicas del estrés están relacionadas con las experiencias personales de cada uno y con la sociedad en que vivimos. En este sentido, los medios de comunicación también influyen en la determinación de los tipos de síntomas que desarrollarán las personas. Por ejemplo, la extensión progresiva de las intolerancias alimenticias, como a la lactosa o al gluten no celíaca, o las alergias a cada vez más sustancias tienen que ver con esta cuestión, que implica la manera de vivir de la época. La personas, en general, buscan explicaciones externas a sus malestares por no ser capaces de responsabilizarse de ellos, incluso al simple hecho de envejecer en una sociedad que eleva la juventud a los altares.

Las vivencias personales pueden determinar la manera de enfermar hasta casos tan gráficos como el que describe la neuróloga británica Suzzane O’Sullivan en su libro “Todo está en tu cabeza”: Alice tiene veinticuatro años, acaba de terminar sus estudios de Medicina y le acaban de diagnosticar un cáncer de mama. Su madre falleció de un cáncer de mama cuando ella tenía doce años. Ahí decidió hacerse médico, viendo la profesionalidad combinada con la humanidad implicada del personal que atendió a su madre. La madre padeció una monoparesia del brazo afectado derivada de la radioterapia a la que la sometieron. Alice consulta a la neuróloga por idéntica monoparesia, solo que ella no ha recibido radioterapia ni tiene ninguna afectación orgánica que la justifique. Se trata de una monoparesia conversiva, una monoparesia cargada de simbolismo. Eso si nos quedamos en que el cáncer lo haya heredado, porque podríamos especular más allá de la genética convencional.

Una propuesta para el abordaje de los procesos psicosomáticos desde la perspectiva psicoanalítica es el Estudio Patobiográfico desarrollado por el Dr. Luis Chiozza, diseñado según su propia descripción para ocuparse de las situaciones puntuales que requieren tiempos breves y en las que se hace necesaria una intervención terapéutica rápida, es decir, situaciones que escapan al marco del encuadre psicoanalítico clásico. En la urgencia médica el Estudio Patobiográfico posibilita una intervención que parte de la inclusión de la perspectiva psicoanalítica, teniendo en cuenta que toda enfermedad constituye un capítulo pleno de sentido en la biografía del enfermo y posee un significado inconsciente que la determina en su forma y evolución. Se trata de un significado por el cual el padecer se vincula con emociones inconscientes que se mantienen ocultas en la enfermedad. Es decir, se trataría de estudiar la enfermedad del paciente insertada en su propia biografía como un episodio más de su vivencia personal pleno de sentido, y no considerarla a la manera clásica como un accidente que irrumpe sin sentido en la vida de una persona y que es necesario extirpar sin elaborar.

En ocasiones, cuando la enfermedad sirve de muleta, resulta demasiado difícil renunciar a ella y se requiere algo que la sustituya, este algo no siempre es positivo, funciona como una adicción. En estos casos, suele ocurrir que cuando se descarta un diagnóstico los síntomas se reemplazan inmediatamente por otros, a veces puede identificarse una expresión simbólica parecida, pero la mayoría se manifiesta con ese patrón mutante que habría que interpretar.

Atiendo desde hace unos meses en la consulta de Atención Primaria a una paciente de dieciocho años con una cefalea de reciente comienzo por la que le he solicitado pruebas complementarias que finalmente han descartado la organicidad del proceso. Le informo de estos resultados y de mi impresión diagnóstica de la vinculación emocional de sus síntomas. Parece aceptarlo. Después de varias semanas de mejoría del dolor de cabeza, sufrió un episodio de dolor abdominal que valoraron en el hospital y que no acabó en apendicectomía porque el diagnóstico ecográfico fue concluyente en el sentido de descartar un proceso quirúrgico. Se trata de un dolor abdominal conversivo que cedió espontáneamente. Ahora me pregunto si cuando le aparezca el próximo síntoma habrá alguna posibilidad de reconducción simbólica que le sirva de interpretación para que pueda emocionarse sin enfermarse.

Aun con todo esto, en muchos casos la Medicina, los profesionales de la salud tendremos que aceptar que no todas las preguntas tienen respuestas y retomar el viejo paradigma de curar o si no, mejorar o si no, cuidar. Enfermar forma parte natural del proceso de vivir y morir, y sus expresiones son peripecias de esa vida en su transcurrir haciéndose.

Los médicos tendremos que aceptar que muchos pacientes con enfermedades psicosomáticas habremos de catalogarlos de irreversibles porque su proceso está tan establecido que ya es imposible de eliminar. A estos pacientes habrá que aliviarlos y confortarlos, descartando la intención de pretender curarlos porque además, en casos muy evolucionados, retirarles la base de sustentación del síntoma, si es que fuera posible, los podría precipitar en el abismo de su existencia sin recursos para sobrevivir.

Por otra parte, hay que tener presente que un trastorno psicosomático puede combinarse, puede coexistir una enfermedad diagnosticada, pero el grado de incapacidad es desproporcionado a ese diagnóstico. Los factores psicológicos afectan a las enfermedades médicas de manera que cada persona vive su dolencia o padecimiento de acuerdo a su subjetividad individual. Dolencia y padecimiento que no son sinónimos de enfermedad, sino que describen la respuesta humana frente a ella, la experiencia subjetiva de la persona en cuanto a sus sensaciones, independientemente de que exista o no enfermedad subyacente. Así, una dolencia puede ser tanto orgánica como psicológica: se puede padecer sin enfermedad orgánica y presentar una enfermedad orgánica sin padecer, por ejemplo, un niño con epilepsia tiene una enfermedad pero si no presenta crisis, no padece.

Por todo esto la Medicina es mucho más que una ciencia, es el arte de tratar el sufrimiento humano, ¿acaso existe mayor privilegio?

Lecturas:

– “¿Por qué enfermamos?”, Luis Chiozza

– “El corazón enfermo”, Carlos Tajer

– “Todo está en tu cabeza”, Suzanne O’Sullivan

– “El cuerpo, extraño”, Lierni Irizar

– “Temas de frontera entre psicoanálisis y medicina”, varios autores

– “La hermana”, Sándor Márai

Medicina Psicosomática III: Simbólica

Lo que desde luego no se piensa desde la Medicina es en la historia que esconde la enfermedad, el sentido simbólico de los síntomas, por qué una persona enferma de un órgano y no de otro, por qué en un momento determinado de su vida y no en otro. Como si el proceso de enfermar fuera una decisión, y así es, una decisión inconsciente.

El simbolismo atribuye un significado profundo, inconsciente a los síntomas, una forma de hablar con el cuerpo. Un lenguaje codificado característico de cada sujeto que inscribe en el cuerpo lo que es incapaz de decir con palabras. Con frecuencia los síntomas podrán atribuirse a una misma línea simbólica: del mismo lado del cuerpo, dificultades para respirar o para tragar, para la digestión, dolor o cansancio, problemas de movimiento, en la piel, alergias o intolerancias, etc., incluso muchas veces continuando un patrón aprendido en la familia. Sin embargo, es verdad que en la mayoría de las ocasiones los trastornos psicosomáticos resultan camaleónicos y no siguen un patrón concreto. Puede que en realidad no lo sigan o quizá seamos incapaces de interpretar su patrón mutante.

Los Estudios sobre la histeria, publicados en 1985 por Freud y Breuer, representan quizá el intento más destacado de responder a los enigmas de la enfermedad psicosomática, y desde entonces poco se ha avanzado en la elucidación del proceso mediante el cual las emociones pueden producir síntomas en el cuerpo. Sus investigaciones sugieren diversos mecanismos por los cuales un síntoma específico puede manifestarse en una persona concreta en un momento determinado. Las personas con histeria –lo que hoy llamamos trastornos de conversión– habrían rechazado de manera activa un recuerdo desagradable. El suceso desencadenante normalmente queda olvidado del todo y es sustituido por síntomas físicos, que representan el recuerdo reprimido asociado a un sentimiento insoportable que la persona interioriza convirtiéndolo en un síntoma somático.

A una paciente joven de unos treinta años la estudian en el hospital porque refiere que no ve desde hace cuatro años, desde que nació su hijo autista, sentenciando la máxima de que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Diversos estudios y pruebas descartan cualquier alteración orgánica que justifique los síntomas y la remiten al Servicio de Psiquiatría, lo que la paciente no acepta de buen grado y decide por su cuenta estudiarse en un centro privado especializado en problemas de visión. Completado este estudio, emiten un informe con un diagnóstico de enfermedad oftalmológica desconocida de la que no encontré ninguna referencia bibliográfica. La paciente acudió a la ONCE donde la aceptaron como miembro de pleno derecho, confinándola para siempre a las tinieblas y confirmado la gravedad que pueden adquirir los trastornos de conversión sin abordar.

Los trastornos de conversión se producen cuando no es posible expresar en voz alta sentimientos de angustia o hechos traumáticos –aunque sean fantaseados– porque han sido reprimidos y no se recuerdan, escondidos en el inconsciente. Son reales, aunque no puedan medirse, tan reales como nuestros pensamientos, nuestros sueños o la misma existencia de Dios para las personas creyentes. No son síntomas imaginarios. Y esto cuesta aceptarlo para la Medicina más biologicista, la Medicina Basada en la Evidencia, en la que si no hay pruebas, el proceso no existe. Los pacientes no se inventan los síntomas, sino que los sufren y los incapacitan para llevar una vida sana y productiva. Este prejuicio tan extendido en la sociedad se inicia en el propio colectivo sanitario y es el que provoca el rechazo de los pacientes al diagnóstico de enfermedad psicosomática, pero si no lo aceptamos los médicos, cómo vamos a pretender que lo acepten los pacientes.

Hipótesis más recientes plantean que no son los síntomas en sí, sino el modo de pensar en ellos lo que radica en el corazón de la incapacidad que producen. Algunos trastornos psicosomáticos son problemas perceptivos: la percepción que una persona tiene de la gravedad y la persistencia de sus propios síntomas puede ser muy imprecisa. Es el caso de síntomas como el dolor y el cansancio –síntomas psicosomáticos destacados– que no pueden calibrarse de manera universal y objetiva, así que hay que trabajar con la descripción subjetiva del paciente. Los síntomas psicosomáticos dependen de los diversos modos en los que las distintas personas evalúan o actúan con respecto a los síntomas que experimentan. Algunas personas medicalizan cualquier sensación física, lo que en sí mismo ya puede provocar una enfermedad. Otras personas utilizan la enfermedad como una racionalización de problemas psicosociales o como un mecanismo adaptativo, así, sentirse mal les proporciona una válvula de escape o una justificación a su fracaso.

Hoy en día se conoce sobradamente cómo reacciona nuestro cuerpo al estrés mediante la activación del sistema nervioso simpático para prepararnos para la ancestral supervivencia de la especie en forma de lucha o huida, según convenga a la circunstancia concreta. Pero se trata de una activación transitoria, hasta que la amenaza desaparece. Sin embargo, ante una situación de estrés crónico el sistema nervioso simpático puede permanecer activado a bajo nivel durante periodos prolongados. El organismo no se adapta bien al estrés crónico y es entonces cuando el sistema nervioso simpático puede producir daño corporal en forma de hipertensión arterial o taquicardia.

Otra manera de cuantificar la reacción del organismo al estrés es a través de la acción del eje hipotalámico-hipofisario-adrenal, que integra los sistemas neurológico y endocrino, fundamentalmente mediante la liberación de cortisol. Tanto el fallo del eje en emitir una respuesta adecuada al estrés como el fallo del bucle de retroalimentación negativa cuando el estrés se cronifica, pueden verse implicados en una enfermedad psicosomática.

Los modernos avances en neurobiología han permitido progresar más allá de la separación mente-cuerpo hasta el distanciamiento de la dualidad mente-cerebro y así, ya no se piensa que el cerebro pueda estar sano y la mente enferma, como en las enfermedades psiquiátricas, ni al revés, que el cerebro pueda estar enfermo y la mente sana, como en las demencias. Desde esta perspectiva, la enfermedad psicosomática podría considerarse un trastorno mental, pero tiene que suceder algo fisiológicamente en el cerebro para que se produzca la incapacidad. De hecho, la moderna resonancia magnética funcional muestra alteraciones en los circuitos cerebrales de las personas con trastornos de conversión. Aunque estos hallazgos también podrían representar cambios neuronales provocados por la neuroplasticidad originados por un trauma psíquico o por el estrés, un marcador de enfermedad, en lugar de una causa.

En cualquier caso, y sea cual sea el mecanismo biológico que ocurra en el cerebro y en el resto del cuerpo para que se produzca la enfermedad, solo si conseguimos que el paciente acepte su responsabilidad en el proceso de enfermar y también en el de sanar, será posible el inicio de una recuperación duradera. Si nos centramos en la cancelación del síntoma actual, solo podremos hacerlo remitir de forma temporal, con el tiempo reaparecerá, ya sea el mismo o sustituido por otro diferente.