¿Aburrimiento o abulimiento?

Una ocupación solo empieza a convertirse en seria cuando lo que la constituye, es decir, la regularidad, llega a ser perfectamente aburrida, Lacan

Esta frase de Lacan me ha sugerido la reflexión sobre el aburrimiento paradójico tan extendido en las sociedades occidentales, porque es cierto que los pobres no tienen tiempo ni energías para aburrirse. Y digo aburrimiento en sus múltiples manifestaciones, ya sea en forma de abulia o tristeza sin un motivo aparente, o con uno elegido al azar a modo de excusa, o incluso de depresión, que hoy en día es un diagnóstico de etiquetado fácil. Monotonía de lo cotidiano, como si se pudiera vivir sin rutinas, como si no se pudiera hacer de lo cotidiano algo nuevo cada día. No encontrarle sentido a la vida, como si tuviera algún sentido que buscarle en lugar de crearlo todos los días. Sobrevivir el presente con la esperanza perezosa de que algún día todo cambiará, por arte de magia, sin tener en cuenta que incluso a los genios de las lámparas hay que hacerles una petición, o varias según el que nos tropecemos (es curioso que siempre aparezcan con un tropezón), en forma de deseo. De hecho abundan los chistes de malos entendidos si al genio no se le detallan instrucciones precisas. Vivir con la esperanza de que cuando ocurra esto o aquello se va a ser completamente feliz, como si este momento no fuera tan bueno como cualquier otro para ponerse a ello, sea lo que sea el ello de cada uno, el deseo de cada uno.

Y paradójico porque disponemos de un amplísimo catálogo de oportunidades al alcance de la mano, o de un click, en el que es imposible no encontrarse, o no crearse , porque además es un catálogo interactivo en el que podemos hacer nuestras propias aportaciones. El catálogo del mundo con todos sus matices.

Pero no es un catálogo mágico, aunque funciona de forma similar a las lámparas, a base de deseos, es un catálogo de propuestas que solo se ven si uno se adentra a escrutarlo trabajando, si uno quiere algo con pasión y está dispuesto a esforzarse comprometiéndose con su deseo, entonces se despliega en toda su dimensión y aparecen las herramientas, los caminos, las perspectivas imaginadas. Entonces el deseo se hace realidad, como si fuera magia.

Cuando uno se instala en el aburrimiento, no me refiero a un asunto puntual porque una tarde no se tenga planes, sino de forma estructural a modo de vida, siempre es porque se está dejando de hacer algo que se desea, la mayoría de las veces sin saberlo, por pereza incluso para elaborarlo.

Mientras estemos entretenidos en aburrirnos porque nos sentimos frustrados en un trabajo que creemos no está acorde a nuestras posibilidades, en la pareja, la familia o en nuestra vida, nos distraeremos de ocuparnos en trabajar, que será lo único que nos permita modificar la situación, o la forma en la que vemos la situación. Trabajando para triunfar en el más acá conseguiremos posicionarnos en un más allá, que se convertirá en un nuevo más acá mejor. Solo podemos manejarnos en el más acá, pensar el más allá sin trabajo es procrastinar. El más acá situado más allá del principio de placer.

Lacan consideraba que para conseguir la excelencia profesional hay que repetir las cosas hasta el aburrimiento, pero evidentemente se refería a un aburrimiento de otra índole. Piensen las veces que debe repetir un bailarín o un gimnasta un ejercicio para lograr ganar un campeonato, seguro que se aburre muchas veces, pero la pasión lo sube al podio. Así es el éxito, por repetición e insistencia, en los tropezones aparecen los genios.

Envejecimiento

La vejez es como todo lo demás, para hacerla un éxito hay que empezar desde jóvenes, Theodore Roosevelt

Efectivamente, sería recomendable reflexionar sobre el éxito en la vida de cada uno antes de envejecer, cuando aún se está a tiempo de reconducirse, porque si no solo quedará lamentarse por lo que pudo haber sido y no fue. Como abuelos contadores de batallas trasnochadas incapaces de disfrutar un presente que debieron labrarse durante toda la vida, incapaces de vivir de las rentas por no haber hecho inversiones rentables.

Es cierto que el éxito de envejecer no está solo en durar, que algo hay que durar para poder envejecer, aunque nada más relativo que la edad cronológica, sino que estará en la valoración que cada uno haga de su paso por la vida, por eso es algo completamente individual y subjetivo. Se podría empezar por reformular una frase atribuida a Gandhi (aunque él la articuló para el presente) en cuanto a que se ha vivido feliz si en general lo que se ha pensado, lo que se ha dicho y lo que se ha hecho, a lo que me han sugerido recientemente añadir lo que se ha sentido, han estado en armonía. Pero para hablar de éxito habría que sumar algún aspecto objetivo que concrete ese concepto siempre etéreo de felicidad, o se convertirá en una ilusión delirante de autocomplacencia. Y lo objetivo que aportamos al mundo son nuestras producciones, aquello que nos sobrevivirá, ya sean hijos, trabajo, obras de arte, relaciones o cualquier cosa que contribuya al crecimiento humano. Ahí es donde se debe hacer balance, si lo producido ha contribuido de alguna manera a mejorar el mundo, aunque sea el micromundo circundante, o no. Y ojo con lo que se siembra porque de eso será la cosecha, aunque el resultado no esté garantizado.

Pensé en este asunto leyendo algunos textos relacionados con el cuidado a las personas mayores que, desde mi experiencia en la atención a estas personas, creo que hay que expresar con cautela, o por lo menos con matices. Es evidente que existen hijos ingratos que abandonan a sus mayores a su suerte, para qué negarlo, pero no son pocos los casos en los que algunas personas obtienen mucho más de lo que han invertido en su cosecha vital, lo que normalmente no se valora como injusto. Quizá la vulnerabilidad de ese momento final de la vida promueve olvidar el recorrido, o quizá no. En cualquier caso, creo que se trata de un asunto privado que en cada familia deberá decidirse individualmente, miembro a miembro. A los profesionales nos compete ocuparnos de estas personas lo mejor posible, sin hacer distinciones ni emitir arriesgados prejuicios de valor.

Tiempo de preguntas

Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas. Mario Benedetti.

Esta frase de Benedetti podría venir a explicarnos lo que ha tratado de justificarse de múltiples maneras: la crisis de los cuarenta, que en estos tiempos cada vez más longevos podría trasladarse la cincuentena, aunque en realidad no se trata de una cuestión de edad cronológica, sino más bien del agotamiento de un proyecto vital. Ha tratado de explicarse en la mujer, por ejemplo, por la finalización de sus funciones maternales cuando los hijos abandonan el hogar o por la menopausia, y en el hombre por el inicio fisiológico del declive de su masculinidad, entre otras posibilidades. A lo que no suele atribuirse este asunto es a que hacia la mitad de la vida el proyecto vital planteado en la juventud, generalmente laboral y familiar, ya sea por haberlo logrado o por darlo por descartado, ya ha concluido. Además, en estos tiempos de crisis global, estas cuestiones se plantean de una forma más manifiesta, incluso en algunos casos de manera dramática por la pérdida del trabajo de toda la vida o una ruptura familiar.

Y es que habitualmente no se dedica ninguna planificación al proyecto para la segunda mitad de la vida, cada vez más larga, como si a partir de ahí ya no hubiera nada nuevo que aportar. Quizá porque para ese período no hay referencias sociales como las del primero. En la juventud se tiene más o menos claro, aunque sea por una inercia no pensada, a lo que uno se va a dedicar, la familia que quiere tener, la casa donde desea vivir… ¿Pero luego qué? Pues habrá que ser más creativo, habrá que inventar el proyecto individualizado al que cada uno quiera dedicar los años que le queden y en los que ya no tendrá que preocuparse por criar a los hijos, pagar la casa, competir por su trabajo o su pareja o tratar de caerle bien a todo el mundo. Un periodo de la vida al que no se tiene en la estima debida y se piensa como una fase de declive involucionista e inevitable en el que no hay otras posibilidades más activas.

Pero esto no es cierto, lo que sí es nuevo. Concluidas las funciones que una vez consideramos que eran nuestra misión en este mundo, sería muy perezoso e improductivo no aprovechar esa etapa más madura y serena en la que podemos aplicar todo lo que hemos aprendido antes para disfrutarlo ampliamente y utilizarlo para conseguir más: más sabiduría, más cultura, más amor, más de todo y especialmente, más de uno mismo.

Una etapa para hacerse nuevas preguntas y dedicarse tranquilamente a elaborarles respuestas, sabiendo de antemano que morirá sin contestarlas todas y que además no le importará.

Del miedo a la angustia

En estos tiempos que corren en que parece que se ha instalado la cultura del miedo al miedo, miedo a todo a la vez que un pretendido miedo a nada, se me ocurrió hacer algunas matizaciones respecto a ese todo o nada, que vienen a ser lo mismo.

El miedo es inherente al ser humano, nos ha permitido la supervivencia desde los tiempos primitivos, plagados de peligros externos reales, hasta hoy en día en que tampoco sobreviviríamos si no tuviéramos miedo a cruzar una calle sin mirar si vienen coches, miedo a que nos atraquen en un callejón oscuro e incluso a que nos despidan del trabajo si sabemos que hay un ERE en ciernes. Estos son miedos sanos, protectores, previsores, preparan al cuerpo para la lucha o la huida. Pero en el lenguaje cotidiano se tiende a llamar miedo a lo que en realidad es angustia. La angustia es el miedo sin objeto. Aunque en realidad siempre tiene objeto, lo que pasa es que es inconsciente, tenemos miedo pero no sabemos a qué y esto resulta bastante intolerable. Y como es bastante intolerable se tiende a depositar la angustia en algún sitio y entonces se pasa a tener miedo a las arañas, a las serpientes, a volar o a la oscuridad. En casos extremos estos miedos desplazados se convierten en fobias que según a qué se atribuyan pueden acabar siendo muy incapacitantes. Por ejemplo, si se tiene fobia a las serpientes pero se vive en un lugar donde no hay serpientes, pues con dejar de verlas en la televisión es suficiente, pero si se tiene miedo a volar y es necesario viajar en avión por una propuesta laboral interesante, dejar de hacerlo sí que puede ocasionar un perjuicio considerable. Sin llegar a la categoría de estas fobias tan manifiestas, lo más común es colocar la angustia buscando como excusa cualquier mínima incomodidad diaria: me enfado con el conductor que va delante porque tengo prisa y se tarda más de tres milisegundos en arrancar el coche del semáforo, con la vecina de arriba porque el sonido de su música a media tarde me saca de mis rumiantes pensamientos, o con mis compañeros de trabajo porque nunca hacen las cosas tan perfectamente como yo las haría. Así, se vive en un continuo malestar atribuido a causas externas, un malestar desresponsabilizado, pero ojo, que solo podemos modificar aquello de lo que nos hacemos responsables, y nuestras angustias vitales son de nuestra entera responsabilidad.

El miedo es protector, la angustia es paralizante. El miedo al futuro, que más que miedo es angustia, a lo que podría ocurrir, siempre pensado en términos negativos, nos aparta de vivir el presente, de disfrutar el aquí y ahora que en definitiva es todo lo que con seguridad tenemos. Pero también nos protege de vivir las angustias que siempre están en el presente como presentificaciones del pasado, como alucinaciones del futuro. Claro que si no le ponemos objeto a nuestros miedos angustiantes, ¿cómo pensamos encararlos? Nada puede enfrentarse si no está presente, así que habrá que ponerle cara, palabras, a esa nada, o a ese todo que es lo mismo, para poder asignarle verbos presentes, palabras en acto, en presente continuo.

Amantes

Habría que revisar la mala prensa que tienen los amantes, derivada de su consideración restringida a la monogamia, porque eso sí, monógamos somos casi todos, por lo menos de intención, pero solo porque así queremos que nos responda nuestro amante y no por otra cosa.

Pero en cuanto ampliamos el enfoque del amor no podemos ni debemos alejarnos de la poligamia. Tener varios amores es gratificante, enriquecedor, necesario para llevar una vida interesante, los amores exclusivos empobrecen y al final resultan peligrosamente aburridos. Yo considero tan peligroso al aburrimiento para la salud –la salud total porque solo hay una, habría que ir abandonando la cansina distinción entre física y mental, como si eso fuera posible– que en la tendencia hiperclasificadora de la más rigurosa Medicina reduccionista que amenaza con robustecerse en el terreno psiquiátrico con la publicación del DSM V (clasificación internacional de enfermedades psiquiátricas) lo incluiría de pleno derecho como una nueva categoría.

Si no somos capaces de concebir un proyecto elaborado a partir de nuestros deseos y planificado con nuestro trabajo, qué sentido podremos darle a la vida, en vez de vivir, vegetaremos: todos los días iguales, sin perspectivas, hasta que se nos aburra también el corazón. Por eso mucha gente odia los lunes, como si los lunes no fueran un día como cualquier otro para avanzar en el proyecto que tengamos entre manos, los mismos que luego no saben qué hacer con los viernes más que vegetar fuera de horario laboral. No, los días los necesitamos todos, de lunes a domingos, tenemos mucho que hacer.

Y todavía más, mejor varios proyectos que uno solo, mejor tener varios amantes. Y en esto, como no podía ser de otra manera, cada uno tendrá que buscarse sus novios, sus pasiones. No valen las empaquetadas con lazos de fantasía de los centros comerciales, no valen las que nos ofrecen desde la publicidad institucional, la felicidad de los cuentos de hadas con finales de perdices donde nunca cuentan lo que pasa después. Las pasiones no pueden venir de otros, son absolutamente individuales, tanto como universales, pero cada cual se tiene que elaborar las suyas, y a esto también se aprende, también cuesta trabajo. Vivir cuesta trabajo, es mucho más fácil morirse, y vegetar también cuesta, y mucho, a veces cuesta la vida, pero es un trabajo mal empleado.

Mientras se está vivo no se puede dejar de trabajar porque traemos energía de fábrica, la que nos mantiene vivos, que tenemos que emplear de alguna manera, la cuestión es elegir una buena manera: la podemos emplear en vivir, en crear, en crecer o en enfermar y morir.

Entonces, elijamos vivir, es mucho más interesante, total, la muerte viene predeterminada y solo hay una manera de mantenerla a cierta distancia, ocupándonos de nuestros amantes.

Presentación “Mejor Vivir”, de Jorge Armas

Nos reúne la presentación de un libro de la vida, o de un libro para la vida, un libro que refleja los cuestionamientos que antes o después se nos plantean a casi todos, por lo menos a los que pretendemos vivir lo mejor posible.

De cómo nos planteamos la vida y cómo resolvemos sus retos los seres humanos sabe bastante el autor, Jorge Armas, asunto al que se dedica profesionalmente desde su formación como psicoanalista, en ejercicio en esta ciudad desde 1998. Sus muchas horas de escucha a los dolores del alma humana le han dado para extractar los más comunes, aunque lo humano no sea muy dado a extractarse o a globalizarse, asumiendo que no a todos nos preocupan las mismas cosas de la misma manera.

Sigue leyendo