Medicina Psicosomática IV: Real

Sin título

La enfermedad psicosomática se extiende por todo el mundo sin tener en consideración las fronteras culturales. Se calcula que la media diaria de consultas al médico de familia por “síntomas sin explicación médica” es del 33%. Aunque no todos los síntomas sin explicación médica son psicosomáticos, en algunos casos puede tratarse de enfermedades pasajeras que las exploraciones habituales no revelan, como es el caso de las viriasis. En 1997 la OMS cuantificó la frecuencia de síntomas psicosomáticos en ambulatorios de 15 ciudades de diversos países: EEUU, Nigeria, Alemania, Chile, Japón, Italia, Brasil y la India. En el estudio se encontró que el 20% de los pacientes encuestados presentaban al menos 6 de estos síntomas, con tasas de presentación similares en todos los países, independientemente de su grado de desarrollo. Estas personas cuestan a la sanidad pública el doble que el resto de los ciudadanos, lo que no es desestimable, aparte del sufrimiento y la incapacidad que pueden llegar a producir. Un dato muy gráfico conocido por los neurólogos es que hasta el 70% de las epilepsias diagnosticadas no lo son, se trata de síntomas conversivos o convulsiones disociativas.

Las manifestaciones físicas del estrés están relacionadas con las experiencias personales de cada uno y con la sociedad en que vivimos. En este sentido, los medios de comunicación también influyen en la determinación de los tipos de síntomas que desarrollarán las personas. Por ejemplo, la extensión progresiva de las intolerancias alimenticias, como a la lactosa o al gluten no celíaca, o las alergias a cada vez más sustancias tienen que ver con esta cuestión, que implica la manera de vivir de la época. La personas, en general, buscan explicaciones externas a sus malestares por no ser capaces de responsabilizarse de ellos, incluso al simple hecho de envejecer en una sociedad que eleva la juventud a los altares.

Las vivencias personales pueden determinar la manera de enfermar hasta casos tan gráficos como el que describe la neuróloga británica Suzzane O’Sullivan en su libro “Todo está en tu cabeza”: Alice tiene veinticuatro años, acaba de terminar sus estudios de Medicina y le acaban de diagnosticar un cáncer de mama. Su madre falleció de un cáncer de mama cuando ella tenía doce años. Ahí decidió hacerse médico, viendo la profesionalidad combinada con la humanidad implicada del personal que atendió a su madre. La madre padeció una monoparesia del brazo afectado derivada de la radioterapia a la que la sometieron. Alice consulta a la neuróloga por idéntica monoparesia, solo que ella no ha recibido radioterapia ni tiene ninguna afectación orgánica que la justifique. Se trata de una monoparesia conversiva, una monoparesia cargada de simbolismo. Eso si nos quedamos en que el cáncer lo haya heredado, porque podríamos especular más allá de la genética convencional.

Una propuesta para el abordaje de los procesos psicosomáticos desde la perspectiva psicoanalítica es el Estudio Patobiográfico desarrollado por el Dr. Luis Chiozza, diseñado según su propia descripción para ocuparse de las situaciones puntuales que requieren tiempos breves y en las que se hace necesaria una intervención terapéutica rápida, es decir, situaciones que escapan al marco del encuadre psicoanalítico clásico. En la urgencia médica el Estudio Patobiográfico posibilita una intervención que parte de la inclusión de la perspectiva psicoanalítica, teniendo en cuenta que toda enfermedad constituye un capítulo pleno de sentido en la biografía del enfermo y posee un significado inconsciente que la determina en su forma y evolución. Se trata de un significado por el cual el padecer se vincula con emociones inconscientes que se mantienen ocultas en la enfermedad. Es decir, se trataría de estudiar la enfermedad del paciente insertada en su propia biografía como un episodio más de su vivencia personal pleno de sentido, y no considerarla a la manera clásica como un accidente que irrumpe sin sentido en la vida de una persona y que es necesario extirpar sin elaborar.

En ocasiones, cuando la enfermedad sirve de muleta, resulta demasiado difícil renunciar a ella y se requiere algo que la sustituya, este algo no siempre es positivo, funciona como una adicción. En estos casos, suele ocurrir que cuando se descarta un diagnóstico los síntomas se reemplazan inmediatamente por otros, a veces puede identificarse una expresión simbólica parecida, pero la mayoría se manifiesta con ese patrón mutante que habría que interpretar.

Atiendo desde hace unos meses en la consulta de Atención Primaria a una paciente de dieciocho años con una cefalea de reciente comienzo por la que le he solicitado pruebas complementarias que finalmente han descartado la organicidad del proceso. Le informo de estos resultados y de mi impresión diagnóstica de la vinculación emocional de sus síntomas. Parece aceptarlo. Después de varias semanas de mejoría del dolor de cabeza, sufrió un episodio de dolor abdominal que valoraron en el hospital y que no acabó en apendicectomía porque el diagnóstico ecográfico fue concluyente en el sentido de descartar un proceso quirúrgico. Se trata de un dolor abdominal conversivo que cedió espontáneamente. Ahora me pregunto si cuando le aparezca el próximo síntoma habrá alguna posibilidad de reconducción simbólica que le sirva de interpretación para que pueda emocionarse sin enfermarse.

Aun con todo esto, en muchos casos la Medicina, los profesionales de la salud tendremos que aceptar que no todas las preguntas tienen respuestas y retomar el viejo paradigma de curar o si no, mejorar o si no, cuidar. Enfermar forma parte natural del proceso de vivir y morir, y sus expresiones son peripecias de esa vida en su transcurrir haciéndose.

Los médicos tendremos que aceptar que muchos pacientes con enfermedades psicosomáticas habremos de catalogarlos de irreversibles porque su proceso está tan establecido que ya es imposible de eliminar. A estos pacientes habrá que aliviarlos y confortarlos, descartando la intención de pretender curarlos porque además, en casos muy evolucionados, retirarles la base de sustentación del síntoma, si es que fuera posible, los podría precipitar en el abismo de su existencia sin recursos para sobrevivir.

Por otra parte, hay que tener presente que un trastorno psicosomático puede combinarse, puede coexistir una enfermedad diagnosticada, pero el grado de incapacidad es desproporcionado a ese diagnóstico. Los factores psicológicos afectan a las enfermedades médicas de manera que cada persona vive su dolencia o padecimiento de acuerdo a su subjetividad individual. Dolencia y padecimiento que no son sinónimos de enfermedad, sino que describen la respuesta humana frente a ella, la experiencia subjetiva de la persona en cuanto a sus sensaciones, independientemente de que exista o no enfermedad subyacente. Así, una dolencia puede ser tanto orgánica como psicológica: se puede padecer sin enfermedad orgánica y presentar una enfermedad orgánica sin padecer, por ejemplo, un niño con epilepsia tiene una enfermedad pero si no presenta crisis, no padece.

Por todo esto la Medicina es mucho más que una ciencia, es el arte de tratar el sufrimiento humano, ¿acaso existe mayor privilegio?

Lecturas:

– “¿Por qué enfermamos?”, Luis Chiozza

– “El corazón enfermo”, Carlos Tajer

– “Todo está en tu cabeza”, Suzanne O’Sullivan

– “El cuerpo, extraño”, Lierni Irizar

– “Temas de frontera entre psicoanálisis y medicina”, varios autores

– “La hermana”, Sándor Márai

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Con pasión

Se me ha ocurrido este juego de palabras por salir del lugar común de lo políticamente correcto, tan común en estos tiempos que puede pasarnos desapercibido, de apelar a la compasión hacia el desfavorecido como recurso sin pensamiento, por lo que se sitúa en la frontera de lo hipócrita.

Las posibilidades de conmovernos por lo que vemos todos los días en las noticias rayan lo insoportable, tanto que casi nos obligamos a mirar a otro lado para poder sobrevivir; es como si el mundo se ensañara para no dejar vivir en paz a nadie, ni a los afectados ni a los que no les toca en esa ronda. Además, la Historia nos hace ser pesimistas porque muestra que parece que va a ser siempre así, parece que al hombre, el animal más evolucionado del mundo conocido, le cuesta vivir de manera civilizada, parece que no soporta vivir con tranquilidad y se pasa la vida inventando cómo boicotearse. En realidad, el hombre, si no ingresa en la cultura, es un animal más, incluso más brutal porque ha perdido el beneficio que los instintos procuran a la supervivencia de la especie. El hombre acultural es un salvaje al descubierto, sin límites que velen por su propia suerte, incapaz de protegerse siquiera a sí mismo, impotente para cuidar de los suyos.

Estas cuestiones globales son extrapolables a nuestros pequeños mundos de diario en los que también contemplamos situaciones conmovedoras que según la posición que ocupemos en la sociedad tendremos más o menos recursos con los que implicarnos. Para los que nos dedicamos a profesiones sanitarias, las situaciones de desamparo, soledad, falta de recursos –no solo económicos, en muchos casos se trata de recursos psíquicos–, desilusión, impotencia, tristeza o desamor constituyen una dimensión importante de nuestros retos laborales, pero al menos nosotros tenemos la capacidad, mayor o menor según las circunstancias, de intervenir de alguna manera para tratar de mejorar en lo posible las condiciones. Entiendo que muchas personas sientan compasión por otras y no sepan cómo ayudarlas.

Aquí voy a rescatar el eslogan de los activistas medioambientales, aunque también suene un poco a lugar común, del piensa globalmente y actúa localmente en cuanto a que no podemos hacer mucho por la paz del mundo pero sí que podemos hacer bastante por el bienestar de nuestros micromundos. Y nuestros micromundos empiezan por trabajar para elaborarnos nuestra propia paz; sí, así de aparentemente egoísta es el asunto, si nosotros no estamos bien cómo vamos a aportar bienestar a los demás. Eso que comentaba antes de que parece que el mundo se ensañara para no dejar vivir en paz a nadie, parte del propio individuo, ¿acaso conocen a muchos individuos que se dejen vivir en paz a sí mismos? ¿No les resulta más conocido contemplar sujetos que insisten una y otra vez en complicarse la vida? ¿No escuchan a veces los motivos que han llevado a algunas personas a enfadarse definitivamente con otras en los que no parece jugarse más que una cuestión de matices?

La realidad es que al ser humano le cuesta vivir bien, en general se pasa la vida tratando de resolver problemas para empezar a vivir después –cuando tenga trabajo fijo, cuando tenga casa propia, cuando crezcan los hijos– sin darse cuenta de que la vida se vive en el proceso, no al final, al final se muere. Está bien fantasear, planificar y ejecutar los proyectos vitales, pero hay que saber disfrutar del proceso y lo que suele ser más complicado, disfrutar del resultado, sin dormirse en los laureles para iniciar el siguiente proyecto, pero dándose tiempo para saborear las delicias del producto del trabajo: una agradable profesión, una casa estupenda, unos hijos saludables.

Pues a esto, a vivir bien, es a lo que hay que ponerle pasión; la vida hay que vivirla con pasión y sin compasión; con pasión hacia nosotros mismos y hacia los demás se atraviesa la compasión inmovilista y estéril. Y tratar de vivir bien es una responsabilidad de cada uno, para cada uno y para los otros de alrededor, si no, fíjense de lo que es capaz el hombre que solo sabe mal vivir.

Con las pasiones educadas de todos haremos un mundo mejor, así que eduquémoslas en la cultura.

Envidia universal

Ya he comentado alguna vez que envidiosos somos todos, y el que crea que no lo es, está mal informado o tiene anulada su capacidad de introspección o sencillamente se engaña. La envidia no es desear lo que tiene el otro, este argumento sería de fácil refutación, y seguro que los negacionistas se apoyan en él: si a mí no me gusta para nada el coche nuevo de mi vecino, yo no soy envidioso, que le diera un golpe al salir del garaje es un suceso fortuito, a cualquiera le puede pasar… Podría ser cierto si no fuera porque lo que se le envidia al vecino no es el coche, lo que cuesta soportar es la felicidad que se le atribuye con su flamante coche nuevo. Y ahí estamos todos atravesados por ese afecto estructural del ser humano. Como los celos, pero odiar a un tercero que se interpone en el camino de dos, un hermano, un amante, en condiciones normales no suele ser tan peligroso como una envidia desenfrenada y salvaje, aunque muchas veces ambos afectos caminan de la mano confundidos. Por eso hay que aprender a domesticarla y a identificarla en los otros para protegernos.

Lo importante no es tanto sentir envidia, que ya mencioné antes que es inherente al ser humano, como lo que se hace con ella: si la identificamos con naturalidad, no tendremos la necesidad de abollarle sin querer el coche nuevo al vecino, si acaso nos servirá para ganar el dinero suficiente para comprarnos uno igual o mejor, o seguiremos a nuestras cosas sin acordarnos más del asunto. Si no aprendemos a domesticarla, nos asalvajará, porque la envidia es un afecto muy primitivo, de mentes muy poco elaboradas. Seguro que el vecino ha trabajado mucho para conseguir ese coche nuevo, o el compañero de trabajo ese merecido ascenso, o mi amiga Paqui para tener ese cuerpo escultural. El envidioso es incapaz de valorar el esfuerzo que le ha costado al envidiado lograr lo que parece hacerlo tan feliz.

No debemos caer en sus redes, ni en las del envidioso ni en las del envidiado, porque insisto en que pueden llegar a ser muy peligrosos si nos rayan el coche, le critican al jefe nuestro trabajo o nos tiran por encima de nuestro estupendo vestido blanco una copa llena de vino tinto, por proponer ejemplos básicos. Del envidioso hay que apartarse, no darle cancha, ni exhibirse ni esconderse, pero mantenerlo vigilado. Y si nos descubrimos a nosotros mismos envidiando, pues igual, no darnos cancha, ni tregua y mantenernos vigilados. Crecer, así se nos pasarán las ganas de rajarle las cinco ruedas –incluida la de repuesto– a ese descapotable rojo recién estrenado que a saber cómo habrá comprado la flaca de la vecina que me imagino cómo consiguió que su director la ascendiera a jefe de sección del departamento donde lleva trabajando desde que terminó el máster que se pagó sirviendo copas hasta las tantas para luego estudiar todo el día que ni se le veía el pelo en la calle…

Hay que evitar distraerse en la vigilancia de la propia envidia, porque abandonada a sus anchas suele resultar devastadora en lo personal, y en aspectos que suelen pasar desapercibidos por confundirlos con otras cosas. Es el caso por ejemplo del que no triunfa en sus proyectos personales porque no soporta el triunfo de los demás, que interpreta en el terreno de la competición y así, si no puede ser el mejor, abandona con cualquier excusa por no soportar que otros sean más brillantes que él. Es el caso típico del que no consigue terminar sus estudios o encontrar un trabajo interesante y bien remunerado porque siempre se tropieza con otros mejores, sin darse cuenta de que la única comparación y competición posible es con uno mismo, y que ser capaz de tolerar rodearse de la gente mejor es de lo más enriquecedor.

Otro efecto devastador de esta envidia universal, tan poco tenida en cuenta por aquello de que está mal vista y yo no soy envidioso, es el que en una sociedad con poca cultura, con mala educación, la envidia florece sin control y cuesta identificarla en un ambiente de uniformidad envidiosa. Así se crean sociedades mediocres porque el envidioso no soporta la luz del brillante: la sociedad no progresa, el brillante se deslustra y el envidioso rumia su resentimiento con el mundo anodino y gris que él contribuye a crear. Con esta perspectiva, la queja está servida, y el que se queja no trabaja para superar el motivo de su disgusto porque si no, de qué va a quejarse.

Vivir de las rentas

Vivir de las rentas está desenfocado. En general nos imaginamos a alguien que vive sin trabajar, lo que es en sí mismo una contradicción por incompatible con la vida, o si lo fantaseamos para nuestro futuro, lo pensamos de la misma forma, sin dar palo al agua más que para comprobar que el banco nos ingresa cada mes los dividendos de lo invertido. Pero si esta situación fuera posible, crearla exenta trabajo sería un desperdicio.

Voy a plantear otro enfoque del vivir de las rentas, que en principio se define de la misma manera, vivir del resultado de nuestro trabajo, pero con amplios matices. Si la situación que comenté al principio consiste en vivir sin trabajar, esta nueva matizada consiste en trabajar a partir del trabajo previo, en utilizar lo que hemos conseguido en la vida para producir más, en realidad se trata de aprovechar el trabajo realizado para trabajar más.

Claro que estoy refiriéndome no solo al trabajo regulado por un contrato de tiempo por dinero, como son los contratos de trabajo, y que nadie se confunda, si piensan otra cosa están incumpliendo el contrato. El contrato de trabajo se incumple tanto si se abandona el puesto de trabajo antes del horario pactado como si se hace después, tanto si se ocupa el horario laboral en resolver cuestiones personales como si se ocupa el tiempo en casa para asuntos profesionales si no está contratado ese tiempo. Lo mismo que es una trasgresión del pacto implicar un componente emocional en las relaciones laborales que seguro no está contemplado en la redacción del contrato, podrán crearse relaciones personales a partir de las laborales, pero tendrán que construirse en otro horario.

Pues no solo me refiero a ese trabajo, que también, debemos ser los mejores profesionales que seamos capaces en nuestro territorio laboral, sino que me refiero al trabajo como producción, al que nos hace crecer, y de este no podemos ni debemos desprendernos o nos confinaremos a un sinvivir vegetativo, da igual que se conserve la respiración y el pulso si no se utiliza para irrigar neuronas. Hay trabajo que hacer hasta el último día de nuestra vida, hasta el último aliento que nutra a una de nuestras maravillosas neuronas. Es una cuestión de responsabilidad, podría decirse que hasta estamos obligados como miembros de nuestra especie. Sin trabajo, ¿cómo vamos a mejorar la sociedad? Lo que hace evolucionar la cultura son las producciones humanas, si no, estamos condenados a la vida salvaje en la sinrazón.

Se escucha muchas veces decir a personas que están atravesando una crisis personal que se plantean la salida de esa situación con un “borrón y cuenta nueva”, “comenzar de cero”, quizá confundiendo dar un giro al rumbo de su vida para reorientarse con empezarlo todo otra vez. Pero sería un derroche tirar a la basura el trabajo realizado durante mucho tiempo para reiniciarse. Es conveniente decidir un punto de partida que esté en el rango positivo, por lo menos a partir de uno, y revisar desde ahí, utilizando lo aprovechable de lo que ya se tiene, de lo que se ha logrado hasta ese momento, siempre lo hay. Incluso puede haber aspectos que se consideren no tan positivos y que puedan reconvertirse trabajándolos, así que no se pueden descartar. Ese reinventarse que está en boca de todos en estos momentos de crisis social no debe pensarse desde la nada, todos los inventores aprovechan lo que ya ha sido inventado por otros para progresar, incluso lo que haya podido ser inventado por uno mismo. Quizá empezar de cero oculte la fantasía omnipotente de no depender de otros, ni siquiera de otro yo anterior, pero nadie puede vivir independiente de forma absoluta, dependemos de otros hasta para respirar: el aire es un otro compartido y global. Nos creamos en relación con los demás y crecemos en la medida en que somos capaces de hacer crecer estas relaciones.

Se trata de vivir de las rentas, de los dividendos de nuestros logros y fracasos, que de ambos se aprende, aunque sea la manera de no repetirse o de repetirse distinto, si fuera el caso. Vivir a partir de lo vivido, no de lo sin vivir, o vivir de lo por venir, el presente elaborado desde un futuro fantaseado antes: el porvenir de una ilusión.

La incultura del miedo

El miedo es una de las sensaciones humanas más primitivas que nos ha permitido la supervivencia en entornos hostiles, que son de todos los tiempos, al protegernos de peligros externos que pudieran amenazar nuestra vida. Sin miedo nos moriríamos nada más poner un pie en la calle atropellados por un conductor también sin miedo. El miedo es automático, preconsciente, alimentado por situaciones similares vividas en la evolución del hombre y trasmitidas entre generaciones. Hay algunos miedos generales para todas las sociedades y culturas, como el miedo a la oscuridad o a las serpientes, y otros más específicos relacionados con determinados ambientes, como al castigo divino en comunidades muy religiosas. El miedo prepara para la lucha o para la huida, según convenga, y aparece incluso en los animales superiores del lado del instinto.

Lo que no es protector es la angustia, que es miedo a nada, o a no se sabe qué, como ya he comentado en otro post. La angustia es del orden de lo inconsciente, aunque se le quiera hacer alguna atribución tranquilizadora a modo de excusa, porque el miedo sin objeto resulta realmente angustiante. Por ejemplo, tener miedo a quedarse en paro con un contrato fijo en una empresa próspera, o a que se muera alguien querido que ni siquiera está enfermo. Son miedos irracionales que tienen que ver con otra cosa que habría que investigar.

Desde aquí, algunos autores como Chomsky, proponen la cultura del miedo promovida por los medios de comunicación masiva como una estrategia de manipulación de las estructuras del poder político-económico con el fin de controlar a la población; para otros se trataría de un simple devenir natural de la sociedad solo modificable desde la educación. Sea como fuera, y sin tener que recurrir a la Historia, lo cierto es que cualquiera de nosotros que tenga cierta edad podrá revisar los miedos que han atemorizado al mundo en los últimos tiempos: desde la guerra fría a las crisis del petróleo, de la pandemia de SIDA a la de gripe A o a la reciente del Ébola, desde el terrorismo local al multinacional, del paro a la reconversión personal. Crisis que hemos ido superando con mayor o menor coste personal, pero que no dejan inmunidad para no temer a la siguiente.

Estrategia deliberada o evolución natural, no debemos dejar de ver los árboles entre el bosque: no hay que dejarse distraer con desgracias puntuales o tragedias particulares como si estuvieran a punto de generalizarse haciendo brotar una emotividad que anula el entendimiento crítico. Ya saben, dedicarles un segundo pensamiento, una vuelta reflexiva que evite la alienación. Ni dejarse atemorizar por previsiones apocalípticas, por aquello tan sabio de que si no podemos hacer nada para evitarlo, para qué preocuparse, y si podemos hacer algo, ¿qué hacemos preocupándonos en vez de trabajar?

Trabajar, esa es la cuestión, ocuparnos de nuestros asuntos particulares, aquellos que corresponden a nuestra área de influencia, es la mejor manera de mejorar el mundo. Si nos dedicamos profesionalmente a ayudar a los demás, pues ahí es donde tenemos que ejercer nuestra influencia. Si nos dedicamos a otra cosa, pues mejorémonos a nosotros mismos que eso se contagia.

Pongo un ejemplo muy extendido en las redes, por no entrar en asuntos de actualidad más trascendentales y complejos. Me refiero a esas cadenas que circulan enredadas mediante las que con un solo click supuestamente se colabora con alguna causa benéfica. A mí me dejan un regusto algo hipócrita, como para acallar conciencias. Si uno es activista, pues adelante, a trabajar en ello con implicación y dedicación, pero si uno no lo es, pues a trabajar en sus actividades sin complejos, colaborando en lo que pueda para ayudar a los que tiene cerca, que es la forma del activismo local.

Y ¿cómo evitar este miedo generalizado y contagioso? Miedo a todo, miedo a moverse, miedo a vivir para no morir. Pues mediante la cultura y la educación: leyendo, conversando, en el cine, el teatro, la música, las artes plásticas, el conocimiento científico y todas las manifestaciones culturales que tantos grandes hombres han creado a lo largo de la Historia. De hecho es una responsabilidad de cada generación no solo trasmitir este conocimiento, sino hacer nuevas aportaciones que lo enriquezcan.

Y con todo esto, criticar, criticar y criticar sin parar, así le crecen los hijos a los padres.

Segundos pensamientos aplicados

A propósito de lo que comenté en el post anterior, se me ha ocurrido dedicarle un segundo pensamiento a la publicidad que está triunfando en los últimos tiempos dedicada a activar la fibra sensible que, salvo algún bruto que otro, todos llevamos dentro. Me refiero a anuncios como el de la Lotería de Navidad de este año, en el que un hombre desolado porque no compró el número premiado teniéndolo tan a mano descubre no solo que sí que había un décimo para él, sino a un verdadero amigo en el colega del bar de la esquina, evidentemente, como no podía ser de otra manera en ese derroche de tópicos patrios. A ver, no hay que bajar la guardia crítica ni una milésima de milímetro o de milisegundo, sea como sea que se mida la actitud cuestionante, no se distraigan de que es un anuncio para vender lo anunciado, es decir, lotería en vísperas del sorteo más participado del año en este país. Porque a nadie se le ocurre no comprar el número del trabajo y que luego le toque a toda la peña y se vayan a vivir a algún destino paradisíaco de palmeras y cocoteros, previo envío del jefe a ese lugar a donde se suele enviar a los jefes, o el del equipo de fútbol, el de la parroquia o, por supuesto, el del bar donde se cafetea cada mañana, ¡a quién se le ocurre! Cómo negarse a comprar un número que te ofrecen, ¿y si luego toca? Así hasta la ruina, porque para que toque seguro habría que comprar de todos los números, sé que hay gente que lo intenta. Y si no, siempre nos quedará la salud, que no está mal. Como si salud, dinero y amor fueran cosas del azar, además de incompatibles, si se tiene de uno, no se tiene de la otra porque sería mucha suerte. Yo les recomendaría que apostaran en juegos más seguros como el trabajo (y no es excusa estar en el paro porque sin trabajo no se puede dejar de estarlo, hay que trabajar para encontrarlo o crearlo), el amor y el compromiso con la salud, y no dejaran los asuntos importantes en manos del azar porque además de mentira, es bastante inconveniente.

Otro anuncio interesante en este sentido secundario es el de Ikea con esos niños que escriben dos cartas, una con los regalos que les piden a los Reyes Magos y otra con lo que desearían de sus padres, esta última toda una alegoría a la necesidad de amor en forma de tiempo compartido. Pues bien, como creo que ya está todo dicho en cuanto a que los padres deben pasar todo el tiempo posible con sus hijos en aras de que estos crezcan saludables y equilibrados, esta vez me voy a colocar del otro lado, del de los padres culpabilizados por el presunto abandono de sus hijos en guarderías y colegios. Conozco a más de una madre trabajadora, y digo madre porque de los padres se espera que sean los mantenedores del hogar, que vive con una verdadera angustia culposa la separación diaria de su hijo, y valga decir que no importa mucho la edad del niño, como una mala madre que no cuida a su hijo debidamente, nada que ver a la dedicación con que su madre cuidó de ella. Anuncios como este calan en el inconsciente colectivo para reforzar este tipo de sentimientos sin que quede cabida para reflexionar en que los niños del siglo XXI han venido al mundo en una sociedad que ha cambiado respecto a la anterior, como debe ser, si no, cómo íbamos a evolucionar. Los niños de este siglo deben integrarse en una sociedad en que habitualmente los dos padres trabajan, vivan o no juntos, porque la sociedad se ha desarrollado así, la mayoría de las veces porque lo necesitan para poder pagar los gastos de la familia. Afortunadamente la mujer se ha ido incorporando al mercado laboral en igualdad de condiciones que el hombre, aunque todavía quede trabajo por hacer en este sentido, porque muchas mujeres quieren desarrollarse no solo como madres, sino también como profesionales. Lo que habría que considerar es el avance en políticas de conciliación familiar y laboral para madres y padres con hijos pequeños, de forma que el planteamiento no fuera elegir entre ser buena madre o buena profesional, sino que se pudiera ser buena en las dos cosas sin sentirse culpable y sin exigencias de mujer diez. Y menciono más a las madres que a los padres en primer lugar por razones biológicas, son las madres las que dan de mamar a los hijos, y en segundo lugar por el condicionamiento social todavía no tan trasnochado, y bastante cavernícola por otra parte ya que viene del hombre prehistórico, de que el padre es el que trabaja fuera y la madre la que cuida a los niños. Los niños, como sus padres, también tienen que adaptarse a la época que les ha tocado vivir, sanamente, como todas las adaptaciones evolutivas, no es necesario caer en la neurosis.

Entonces, adelante, no se queden con el contenido aparente de estas muestras de sensibilidad impostada, fíjense también en otras muchas que campan en la ancha red de la virtualidad. No se dejen engañar por el contenido manifiesto y búsquenle un segundo pensamiento.

¿Verdad o mentira?

Se podría sentenciar que la verdad no existe, que es una mentira universalmente convenida. Y en realidad es así, la mentira nos conviene, hemos elaborado una sociedad mentirosa, a nuestra imagen y semejanza. Pero de esto nada queremos saber, la mentira tiene mala prensa porque se confunde con el engaño y la deshonestidad, y nada que ver.

El ser humano miente porque habla, miente desde que abre la boca. No voy a entrar en disquisiciones metafísico-filosóficas acerca de si la realidad objetiva existe de verdad o la creamos al observarla porque no entiendo de esas cuestiones, sino en que la realidad es absolutamente individual, creada por la realidad psíquica de cada uno. No se trata de debatir si el objeto que tenemos justo delante de los ojos en este momento existe de verdad o no, porque esta sería una mirada bastante miope y desconsiderada con la inteligencia humana. Se trata de considerar que el vivenciar de cada uno crea el punto de vista con el que miramos y entendemos el mundo, y es con esta subjetividad tan humana con la que nos relacionamos con los demás, es con esta mirada que hablamos y nos creamos esta mirada al hablar.

Imposible la objetividad pura de nuestras palabras y nuestros pensamientos, dos personas no cuentan igual una experiencia común porque entre otras cosas no la recuerdan de la misma manera, mienten sin engañar. Piensen en la cantidad de malos entendidos originados por una disparidad de criterios, de puntos de vista que podrían aproximarse o compaginarse hablando, casi siempre ambos son verdaderos pero parciales. Tampoco existe la imparcialidad absoluta.

Y mentir claro que mentimos cuando nos conviene, me refiero a sabiendas, o maquillamos la verdad para darle otra apariencia más interesante, la mayoría de las veces casi sin darnos cuenta. Algunos incluso llegan a profesionalizarse: los abogados o los escritores, por ejemplo, que mienten para ganarse la vida.

Lo mismo ocurre con la sinceridad absoluta, cómo iban a ser posibles las relaciones sociales si dijéramos continuamente lo que pensamos: jefe, es usted un petardo; prima, mira que te has puesto gorda; amiga, con ese peinado pareces tener casi la edad que tienes…

En fin, que mentir no es engañar, no es utilizar algo manifiestamente falso para obtener cualquier beneficio de otro de manera deshonesta ocasionándole un perjuicio, eso es de mala persona. Pero ojo con la verdad y la mentira porque están disvaloradas. Coloquemos a ambas en su lugar, donde único pueden colocarse, en la incerteza de la subjetividad humana.