Entretiempos

Se me ha ocurrido rescatar un texto publicado por Javier Marías en El País Semanal al que tituló Si solo vivieran los vivos como excusa para proponer esta reflexión de entretiempos, que son todos los tiempos. Marías le da una vuelta a nuestro presente en el que se pretende Que en la Tierra no vivan más que los vivos, y solo si son muy recientes, para recordar el papel de la Historia en la elaboración de cada presente, en la edificación de la cultura que nos mantiene más o menos humanizados. Aunque algunas realidades nos hagan dudarlo, sin cultura ya nos habríamos aniquilado.

El problema no es que el mundo cambie cada vez a mayor velocidad, sino que todo lo habido sea inmediatamente relegado al absoluto olvido. Hay una fecha de caducidad cada vez más corta para cuanto sabemos y hacemos, señala Marías. Y quizá como consecuencia de ese vivir a contratiempo se haya desarrollado tanto la psicología amarillista del aquí y ahora, como si el ayer hubiera que borrarlo cual desmemoriados dementes, sinmentes, y el mañana hubiera que improvisarlo cuando se convierta en hoy, como delirantes inmortales.

Claro que es cierto eso de que hay que vivir el presente porque en realidad es donde único vivimos, pero no es posible hacerlo sin pasado ni futuro, necesitamos un contexto, o un contiempo. Lo que no hay que hacer es anclarse en el pasado, ya sea porque lo fantaseemos idílico olvidada toda angustia contemporánea, o porque lo utilicemos como la excusa traumática responsable de nuestras incapacidades. Tampoco delirar con un futuro por el que no trabajamos soñando con que la suerte nos venga a rescatar como los héroes clásicos a sus musas, recuerden que Dulcinea es un personaje de ficción producto a su vez de la enajenación mental de otra ficción. Ambas posiciones garantizan la parálisis, puede que de aquí venga el malentendido que promueve vivir un presente aislado.

Vivir el presente sí, pero desde el futuro anterior, un presente proyectado desde el futuro, un presente primero fantaseado, pero luego planificado dentro de un proyecto vital por el que estamos dispuestos a trabajar, si no la fantasía se convierte en delirio, y los delirios solo producen enfermedad.

Si nos imaginamos sentados en el espléndido salón acristalado de una casa con vistas al mar contemplando un atardecer de verano, tendremos que ponernos a trabajar para conseguirla, y si excede nuestras posibilidades, tendremos que pensar en otra más asequible en la que igualmente nos deleitemos al atardecer y nos olvidemos de la primera de forma inmediata.

Lo improductivo es sentarse a pensar en tiempos pasados supuestamente mejores, o peores a los que atribuir todas nuestras desventuras actuales, o en paradisíacos futuros a los que presuntamente se viaja en una mágica alfombra voladora. Igual de improductivo que sentarse a lamerse las heridas atribuidas a un fracaso porque puede que ese obstáculo esté en el camino del éxito y además, hurgar las heridas las cronifica. Vamos, que lo improductivo es sentarse a vivir de esperanzas perezosas, hay que levantarse a hacer camino.

En definitiva, lo mejor es vivir entretiempos, entre tiempo y tiempo, pero vivir, que el tiempo no es asunto nuestro.

Segundos pensamientos aplicados

A propósito de lo que comenté en el post anterior, se me ha ocurrido dedicarle un segundo pensamiento a la publicidad que está triunfando en los últimos tiempos dedicada a activar la fibra sensible que, salvo algún bruto que otro, todos llevamos dentro. Me refiero a anuncios como el de la Lotería de Navidad de este año, en el que un hombre desolado porque no compró el número premiado teniéndolo tan a mano descubre no solo que sí que había un décimo para él, sino a un verdadero amigo en el colega del bar de la esquina, evidentemente, como no podía ser de otra manera en ese derroche de tópicos patrios. A ver, no hay que bajar la guardia crítica ni una milésima de milímetro o de milisegundo, sea como sea que se mida la actitud cuestionante, no se distraigan de que es un anuncio para vender lo anunciado, es decir, lotería en vísperas del sorteo más participado del año en este país. Porque a nadie se le ocurre no comprar el número del trabajo y que luego le toque a toda la peña y se vayan a vivir a algún destino paradisíaco de palmeras y cocoteros, previo envío del jefe a ese lugar a donde se suele enviar a los jefes, o el del equipo de fútbol, el de la parroquia o, por supuesto, el del bar donde se cafetea cada mañana, ¡a quién se le ocurre! Cómo negarse a comprar un número que te ofrecen, ¿y si luego toca? Así hasta la ruina, porque para que toque seguro habría que comprar de todos los números, sé que hay gente que lo intenta. Y si no, siempre nos quedará la salud, que no está mal. Como si salud, dinero y amor fueran cosas del azar, además de incompatibles, si se tiene de uno, no se tiene de la otra porque sería mucha suerte. Yo les recomendaría que apostaran en juegos más seguros como el trabajo (y no es excusa estar en el paro porque sin trabajo no se puede dejar de estarlo, hay que trabajar para encontrarlo o crearlo), el amor y el compromiso con la salud, y no dejaran los asuntos importantes en manos del azar porque además de mentira, es bastante inconveniente.

Otro anuncio interesante en este sentido secundario es el de Ikea con esos niños que escriben dos cartas, una con los regalos que les piden a los Reyes Magos y otra con lo que desearían de sus padres, esta última toda una alegoría a la necesidad de amor en forma de tiempo compartido. Pues bien, como creo que ya está todo dicho en cuanto a que los padres deben pasar todo el tiempo posible con sus hijos en aras de que estos crezcan saludables y equilibrados, esta vez me voy a colocar del otro lado, del de los padres culpabilizados por el presunto abandono de sus hijos en guarderías y colegios. Conozco a más de una madre trabajadora, y digo madre porque de los padres se espera que sean los mantenedores del hogar, que vive con una verdadera angustia culposa la separación diaria de su hijo, y valga decir que no importa mucho la edad del niño, como una mala madre que no cuida a su hijo debidamente, nada que ver a la dedicación con que su madre cuidó de ella. Anuncios como este calan en el inconsciente colectivo para reforzar este tipo de sentimientos sin que quede cabida para reflexionar en que los niños del siglo XXI han venido al mundo en una sociedad que ha cambiado respecto a la anterior, como debe ser, si no, cómo íbamos a evolucionar. Los niños de este siglo deben integrarse en una sociedad en que habitualmente los dos padres trabajan, vivan o no juntos, porque la sociedad se ha desarrollado así, la mayoría de las veces porque lo necesitan para poder pagar los gastos de la familia. Afortunadamente la mujer se ha ido incorporando al mercado laboral en igualdad de condiciones que el hombre, aunque todavía quede trabajo por hacer en este sentido, porque muchas mujeres quieren desarrollarse no solo como madres, sino también como profesionales. Lo que habría que considerar es el avance en políticas de conciliación familiar y laboral para madres y padres con hijos pequeños, de forma que el planteamiento no fuera elegir entre ser buena madre o buena profesional, sino que se pudiera ser buena en las dos cosas sin sentirse culpable y sin exigencias de mujer diez. Y menciono más a las madres que a los padres en primer lugar por razones biológicas, son las madres las que dan de mamar a los hijos, y en segundo lugar por el condicionamiento social todavía no tan trasnochado, y bastante cavernícola por otra parte ya que viene del hombre prehistórico, de que el padre es el que trabaja fuera y la madre la que cuida a los niños. Los niños, como sus padres, también tienen que adaptarse a la época que les ha tocado vivir, sanamente, como todas las adaptaciones evolutivas, no es necesario caer en la neurosis.

Entonces, adelante, no se queden con el contenido aparente de estas muestras de sensibilidad impostada, fíjense también en otras muchas que campan en la ancha red de la virtualidad. No se dejen engañar por el contenido manifiesto y búsquenle un segundo pensamiento.

Felicidad

La felicidad, ese bien tan ansiado como escurridizo, tan subjetivo como individual, parece que se nos escapa en cuanto atisbamos su presencia, o apenas su proximidad. Incluso algunos la temen como presagio de alguna desgracia, un pensamiento mágico-ideológico de la tradición judeocristiana del que no es fácil evadirse, aunque no seamos conscientes de ello.

Pero pensemos un poco más: ¿Somos realmente capaces de vivir felices? ¿Sabemos? ¿Somos capaces de soportar vivir con nuestros éxitos o de ellos? Pues no crean que es tan sencillo, algunos fracasan cuando triunfan y otros ni siquiera son capaces de triunfar y se boicotean antes para no tener que soportarlo. Es bueno saberlo, darse cuenta, porque a esto también se aprende, se entrena uno triunfando.

Por eso no se puede pretender elaborar una definición universal de la felicidad, porque los éxitos son un asunto absolutamente particular, lo que sí es universal es que se consigue con trabajo, la suerte es de otro orden. Trabajo como esfuerzo, no como sacrificio, que también es tradición ideológica y no es necesario trabajar sufriendo, incluso podemos divertirnos, que no es pecado. Nos puede alegrar tener un golpe de suerte, pero la felicidad solo se obtiene con el producto del trabajo, con los resultados de un proyecto en el que hemos depositado nuestras fantasías, al que hemos dedicado nuestro esfuerzo con ilusión, donde hemos colocado las ganas hasta los días en que no las teníamos. Está demostrado que la mayoría de las personas a las que les toca una importante cantidad de dinero en la lotería al cabo de unos años están económicamente igual o peor que antes, y desde luego no más felices. Son pocos los que aprovechan la suerte para cambiar su vida, y lo hacen trabajando, los otros creen que ya no tienen que trabajar más y por eso se empobrecen.

Entonces, trabajemos con tesón en nuestro proyecto vital, pongámosle imaginación a nuestros objetivos sin temor y andemos con valentía el camino que hayamos decidido transitar. Y cuando lleguemos al destino deseado, disfrutémoslo sin rubor, pero también sin olvidar empezar a plantearnos el siguiente objetivo porque ya saben, el que no trabaja se empobrece. La felicidad, el éxito no son estables ni estancos, la dicha de hoy estará obsoleta mañana y así está bien, es lo que nos hace evolucionar, la inquietud, la quietud nos mata. Si pensamos que ya hemos llegado a la cima, ahí empezaremos a descender.

Y todo esto sin esperar fantásticas ayudas externas, que no digo sin contar con los otros, que no es posible, sino sin esperar intervenciones divinas, quiero decir, sin esperanzas, que esto además de infantil es bastante poco productivo. Y tampoco responsabilizando a los demás de lo que nos pasa o de lo que no nos pasa, porque de todo eso somos nosotros los únicos responsables, por tanto también los únicos capaces de cambiarlo si lo deseamos de veras y nos ponemos a ello.

Mejor no esperar, mejor andar, amar y trabajar, que sin amor no somos capaces de lograr ningún objetivo y mucho menos de vivir felices.

Quizá podríamos quedarnos con la propuesta de Gandhi de que la felicidad se alcanza cuando lo que uno piensa, lo que uno dice y lo que uno hace están en armonía. Sin confundir la armonía con la estabilidad, mejor pensarla como un equilibrio inestable del que hay que ocuparse constantemente, siempre, hasta que la muerte venga a estabilizarlo todo.

Responsabilizarse

Se aprende, más o menos, que de mayor hay que ser responsable, pero ¿responsable de qué? También más o menos se enseña que del trabajo, la familia, el dinero… Pero exactamente, ¿en qué consiste ser responsable? Porque resulta que cuando aparecen los contratiempos, el responsable siempre es otro: la familia, los amigos, el jefe, el presidente del Gobierno… la madre. Y, por contradictorio que parezca, ocurre lo mismo cuando soplan buenos vientos, que el responsable es la meteorología, la suerte o el destino y no el trabajo invertido en llegar a ese lugar airoso. Pareciera que a lo que de verdad se aprende es a buscar un culpable ajeno. ¡Culpable! Esa es la cuestión, la culpa en la tradición judeo-cristiana forma parte de la ideología, es igual que se sea creyente o no, el círculo de culpa-confesión-penitencia-perdón y vuelta a empezar no para de girar en una espiral de repeticiones infinitas, que según lo que se repita puede enfermar. Mejor cambiar culpa por responsabilidad, pero ¿cómo se aprende a ser así de responsable? Pues se puede empezar por colocarse en el centro de todo lo que le ocurre a cada uno en la vida, de lo malo y de lo bueno, solo así se podrá modificar lo malo y se disfrutará de lo bueno. Si lo que pasa es un asunto ajeno, externo, nada podrá hacerse para cambiarlo, solo se puede cambiar lo que es competencia de uno mismo. Tampoco se tiene que sentir culpa por triunfar, que siempre es con trabajo, la suerte no existe, incluso para comprar un número de lotería hay que trabajar. El miedo a triunfar porque sea la antesala a una desgracia es un pensamiento mágico que no se aparta del ideario religioso de la recompensa en otra vida supuestamente plena más allá de la muerte, pero, hasta donde se sabe hoy en día, ese supuesto continúa sin estar demostrado. Responsabilizarse es también abandonar la posición de victimismo paralítico para ir a buscarse la suerte, mientras se emplean las energías en quejarse no quedan disponibles para trabajar, y así la suerte siempre es esquiva, y alejarse de esperanzas fantasiosas, también ideológicas, que invitan a quedarse sentado a esperar no se sabe qué procedente de no se sabe dónde. Un cambio de perspectiva en cuanto a la valoración de lo que se ha hecho o dejado de hacer en la vida para colocarse en el lugar que se habita, que siempre es por mérito propio, es imperativo para crecer y progresar. La responsabilidad se trabaja, la salud y la suerte también.

En palabras de Freud: salud es la capacidad de amar y trabajar.

Presentación “Mejor Vivir”, de Jorge Armas

Nos reúne la presentación de un libro de la vida, o de un libro para la vida, un libro que refleja los cuestionamientos que antes o después se nos plantean a casi todos, por lo menos a los que pretendemos vivir lo mejor posible.

De cómo nos planteamos la vida y cómo resolvemos sus retos los seres humanos sabe bastante el autor, Jorge Armas, asunto al que se dedica profesionalmente desde su formación como psicoanalista, en ejercicio en esta ciudad desde 1998. Sus muchas horas de escucha a los dolores del alma humana le han dado para extractar los más comunes, aunque lo humano no sea muy dado a extractarse o a globalizarse, asumiendo que no a todos nos preocupan las mismas cosas de la misma manera.

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