No apechugarse la vida

Ni al pecho ni a ninguna otra parte del cuerpo: la espalda, la cabeza, la barriga… porque la vida no se atrapa, se navega, que si no se queda enganchada a algún órgano y le impide funcionar con normalidad.

De dónde iba a venir el dicho popular de tomarse las cosas muy a pecho si no de que la gente ha atribuido el origen de los ataques al corazón a las angustias de la vida mucho antes de que la Medicina aportara evidencia científica por la vía del cortisol y las catecolaminas. Queda probado que el estrés –ese difuso concepto que muchos confunden con nervios pero que en realidad es angustia– crónico produce daño en los órganos –Estrés persistente y riesgo de muerte. IntraMed.net–, que va desde trastornos funcionales, aquellos que no pueden objetivarse mediante exploraciones clínicas o pruebas complementarias médicas, a las lesiones orgánicas manifiestas que comprometen la vida de la persona. Como ejemplos de trastornos funcionales frecuentes se pueden citar el síndrome del intestino irritable, la cefalea tensional o los dolores de espalda; y como ejemplos de trastornos orgánicos directamente relacionados con el estrés (aunque habría que determinar si existe alguno que no lo esté) podemos considerar el asma, la úlcera digestiva o la enfermedad coronaria, tanto la angina como el infarto de miocardio.

Estos días, al visionar un vídeo que circula por internet y que seguro muchos conocen, me pareció de lo más oportuno proponerlo como reflexión a muchas personas, algunas de las cuales atiendo en mi consulta del centro de salud, que viven una existencia alienada, sobre todo en lo relacionado con el trabajo, o mejor, atribuido al trabajo. Sé que la propuesta puede sonar a tópico de psicología de revista semanal del corazón, pero no es más tópico que el tomarse las cosas a pecho del decir popular, ni que infartarse por no saber gestionarse la vida.

Es frecuente, por no decir que es la norma, que cuando se atiende en una consulta médica a una persona con elevados factores de riesgo cardiovascular, que además cuenta una vida cargada de estrés y se le recomienda hacer modificaciones en su relación con ese foco de estrés, sobre todo de origen laboral, como ya mencioné más arriba, el afectado responda que le resulta imposible hacer cambio alguno, por no decir inconveniente. El individuo se enroca en que no le conviene cambiar su dinámica laboral con argumentos tan contundentes como que se rumorea un ajuste de plantilla que podría despedirlo, que tiene una familia que mantener o el argumento estrella, normalmente disimulado, de que solo él sabe hacer ese trabajo como es debido. Detrás de todo esto subyacen otros asuntos que habría que valorar en cada caso y que el afectado esconde para no enfrentarlos. Y qué mejor lugar para esconder un foco latente de crisis personal que dejarse arrastrar por los tan prestigiosos responsabilidad profesional o compromiso laboral. Ahí no hay quién le haga el más mínimo reproche, ni siquiera él mismo.

Me cuesta aceptar que tenga que ocurrir un evento grave, un infarto agudo de miocardio por ejemplo, para que estas personas empiecen a valorar las cosas que son realmente importantes en la vida, la primera de todas es precisamente esa, la vida. Ahí suelen empezar a valorar el trabajo en su justa medida, a la medida de la propia existencia individual, y no al revés. El problema es que algunos no sobreviven para hacerse estos replanteamientos.

Desde aquí les propongo a todos, porque todos estamos en riesgo de enfermar si no nos ponemos a cultivar la salud y la vida, que no es necesario enfermar para valorar con qué queremos llenar nuestro envase vital: ¿de bolas o de arena?, y ponernos a ello con responsabilidad y compromiso.

Si desean reflexionar más sobre este asunto, les sugiero la lectura de “El corazón enfermo”, del cardiólogo Carlos Tajer. Pueden descargarlo en IntraMed.net

 

Sin recursos

Salud es la capacidad de amar y trabajar

S. Freud

Cuando se plantea el abordaje de una persona sin recursos, especialmente desde el entorno sanitario público, suele pensarse en individuos con dificultades económicas y sociales, que suelen ir de la mano, personas que por diversas circunstancias han perdido la capacidad de sostenerse con su trabajo y necesitan ayuda de las instituciones. Y sostenerse con su trabajo es un concepto más amplio que el solo mantenerse en el sentido más común en que suele emplearse el término: ser capaz de vivir con el dinero que se gana trabajando. Sostenerse implica disponer de pilares más amplios que el simple cobro de una nómina a final de mes, que también, y trabajo implica mucho más que acudir diariamente a cumplir el pactado contrato de tiempo por dinero, que también. Sostenerse con el trabajo implica tener recursos: biológicos, estar sano para poder trabajar; psíquicos, poseer capacidades mentales dispuestas para la producción; y sociales, en cuanto a haber creado un entorno de relaciones saludables. Soportes de la conocida máxima freudiana de la salud como la capacidad de amar y trabajar.

Últimamente se están abordando estos temas desde la propuesta del empoderamiento de la persona para hacerla capaz de disponer y gestionar sus propios recursos, porque si no lo condenaríamos a una eterna vida de beneficencia, como se hacía en otras épocas. Las ONGs hace tiempo que lo han entendido y sus intervenciones se basan en enseñar a los desfavorecidos a vivir con su trabajo: más que llevarles alimentos –excepto en la fase aguda de una catástrofe–, los enseñan a cultivar la tierra, por ejemplo. La educación de los hijos ha sido tradicionalmente así –aunque esta circunstancia esté algo pervertida en los últimos tiempos–, se les enseña a ser autónomos, a vivir de su trabajo, o así debería ser. Sin embargo, la realidad es que todas las dificultades de estas personas se concentran en una sola: no disponen de recursos psíquicos para producirse como seres humanos independientes y activos para la sociedad.

Los motivos de esta incapacidad son múltiples e individuales, pero si no los abordamos, no será posible una verdadera transformación. Y la verdad es que desde las instituciones sanitarias públicas lo psíquico está bastante desatendido; en realidad está desatendido desde lo social, porque atenderlo obliga a implicarse, y eso no puede hacerse sin trabajo.

Estos pacientes sin recursos acuden a las consultas demandando soluciones milagrosas a problemas que en muchas ocasiones ni siquiera son sanitarios. Soluciones externas para no tener que asumir la responsabilidad de lo que les pasa: soluciones externas y responsabilidades externas, y ¿no es esto una forma de beneficencia insostenible?

Se escribe mucho sobre la insostenibilidad del sistema sanitario público, sobre dónde y cómo reducir costes, pero es que reducir costes cuesta, cuesta trabajo y responsabilidad de todas las partes, empezando por los profesionales sanitarios, que deben cambiar el discurso de la demanda taponada con una pastilla por la apertura a las incertidumbres de la palabra. Los pacientes lo entenderán después.

En el centro de salud donde atiendo mi consulta de Medicina de Familia llevo dos grupos psicoterapéuticos desde hace más de un año. A los grupos acuden personas con dificultades personales diferentes, cada uno la suya individual e incomparable con las otras. No son personas sin recursos, los tienen, por eso son capaces de demandar atención y están dispuestos a trabajar en ello. Esta experiencia me está sirviendo para valorar lo poco que se estima el valor terapéutico de las palabras; cómo muchas personas no aceptan, porque no lo entienden, que si no se responsabilizan de su vida y sus malestares no los podrán modificar, y que esta modificación no se producirá si no se implican trabajando, y que trabajar es hablar. Pero cuando lo entienden, y lo hacen, alucinan de lo que son capaces de hacer con ello y tengo que explicarles que no es magia, que es trabajo, o que sí es magia, pero de la de verdad, de la que no tiene truco.

Entonces, la responsabilidad de los profesionales pasa por ofrecer un espacio donde reconstruir los recursos psíquicos dañados en el vivir para que las personas sean capaces de recuperase. La responsabilidad de los pacientes con su trabajo personal es imprescindible para implicarse en la reconstrucción, pero es necesario ese espacio.

Estos espacios terapéuticos, de cualquier tendencia, cuestan menos que el gasto en medicamentos y en vidas anestesiadas, así que más recursos para menos gente sin recursos.

La buena educación

Con cierta frecuencia observo en mi consulta, y en la vida, cómo algunos hijos adoptan posturas autoritarias disfrazadas de celosa preocupación en la atención a sus padres ancianos. Algunas posiciones me parecen que rayan lo irrespetuoso y hasta la intromisión en la libertad individual de las personas. Evidentemente no me refiero a pacientes que sufren un deterioro cognitivo que les impide tomar decisiones de forma independiente, sino a personas de mente lúcida, que no siempre tiene que ver con los años, y por tanto con capacidad para decidir de manera libre sobre su vida o incluso sobre su muerte. Personas mayores de edad, no hay que olvidarlo, y por tanto con sus derechos ciudadanos intactos.

            Detrás de este aparente sobrecuidado se pueden esconder varias cuestiones. Una de ellas es el sentimiento de culpa por abrigar deseos inconscientes de que desaparezcan, porque les carga su cuidado o porque nunca les parece bastante una atención que en el fondo no desean ofrecer, y por eso siempre se sienten en números rojos; o bien por rencores pasados no elaborados a su debido tiempo, lo que también generará sentimiento de culpa cuando al final, según la ley de la vida, enfermen o fallezcan. En ocasiones estos rencores pueden degenerar hasta en venganza por hacer culpable a los padres de todas las frustraciones vitales. Quizá en estos casos sería más sano plantearse delegar el cuidado en otros, pero es una decisión muy íntima de cada familia.

            Otra cuestión que se pone en juego cuando los padres envejecen es que muestran la evidencia del envejecimiento también de los hijos, así que si los padres enferman y fallecen, es que esto les ocurrirá de la misma manera a los hijos. La demostración del tan temido paso del tiempo que muchos se empeñan en taponar con las múltiples distracciones de la vida diaria.

            Para hacer de abogado del diablo, aunque debemos abstenernos de opinar en asuntos internos, habría que plantearse el grado de responsabilidad que tienen también los padres en la educación de esos hijos, siempre teniendo en cuenta que a partir de la mayoría de edad todos somos responsables de nuestra propia educación. Y es que algunas veces la venganza viene de parte de los padres por no poder soportar la envidia de que sus hijos los hayan superado en la vida, por otra parte regla elemental para el progreso de la humanidad.

            Es cierto que en cada familia se producen las relaciones de una manera particular. Lo saludable sería elaborar los conflictos en el momento en que aparecen para vivir con serenidad el forzoso paso del tiempo. Esto es necesario porque no se puede vivir ignorando a la familia, pensar que eso es posible y tratar de conseguirlo es un autoengaño tan perezoso por no enfrentarse al problema como inviable. El que crea que lo ha conseguido que reflexione sinceramente consigo mismo. Otra cosa es que en el proceso se haya decidido, tras un trabajo en la relación familiar, que es tóxica y se determine que lo mejor es apartarse de ella, pero eso es con trabajo, no silenciando las dificultades.

            Un motivo frecuente de queja por parte de los hijos es la manipulación emocional a que los someten los padres en cuanto a que les demandan atención constante. Esto es así porque las personas al envejecer se sienten vulnerables y necesitan tener a alguien cercano que les dé seguridad. Aunque también forma parte del proceder personal de cada uno. La forma de manejar este asunto pasa por el establecimiento apropiado de límites que ayuden a los padres a tener más confianza en sus capacidades –me llamas si necesitas algo; o llamas a esta persona de referencia–, para de esta manera mantener su independencia el máximo tiempo posible, y también a los hijos a no sentirse culpables por sobrevivirlos y continuar con sus asuntos sin descuidarlos.

            Así que seamos educados y adultos maduros, concedamos a nuestros padres vivir con independencia todo lo que su salud les permita, cuidémoslos de manera sana para las dos partes, sin rencores ni culpas, sin abandonarlos ni dejarnos la piel en el camino, no es necesario. Así, cuando llegue el momento de la despedida, lo viviremos con sana tristeza, como debe ser.

En práctica

Leo últimamente en diversos foros, tanto médicos como psicoterapéuticos, escritos sobre el lado humano de la Medicina desde lo que me está empezando a parecer un lugar común, el lugar de lo que se ha dado en llamar, también en los últimos tiempos, el buenismo, tanto del lado del médico como del paciente. Tan bueno e idílico todo que no va a ser posible convertir a ningún escéptico. También tan teórico que cualquiera que se dedique a la asistencia clínica podría argumentar fácilmente como impracticable, no sin parte de razón. Por eso se me ha ocurrido dedicarle un segundo pensamiento a esta cuestión, una reflexión desde la realidad asistencial diaria, a la que me dedico, como médico y como psicoterapeuta, porque no creo que sea posible hablar de manera operativa sobre temas que no se practican.

Si empezamos por el extremo de la madeja, nos encontramos con los médicos a los que la carga asistencial diaria los sobrepasa porque no han sido capaces de aprender a gestionarse como terapeutas. Son profesionales sanitarios que se desbordan con el peso de las emociones que se movilizan en las consultas, y unos deciden ahogarse con los problemas de los pacientes y otros mantenerse tan al margen para evitar esta identificación que se convierten en estatuas asépticas, cuando no directamente en avinagradas desviaciones de lo que un día desearon ser. Sin llegar a posiciones tan extremas, en muchos casos los sanitarios se manejan como pueden tratando de navegar entre sus propias tormentas personales y las de los pacientes que atienden. De su parte tengo que apuntar que nadie los preparó nunca para estas batallas, casi se podría decir que inevitables en una profesión terapéutica, no se enseña a protegerse en el delicado equilibrio necesario para mantener una posición terapéutica implicada, no identificada. No se dispone de espacios donde reconducir estas emociones, ni siquiera se suele contar con esa necesidad.

Por otro lado aparecen los profesionales de la salud que se han dado cuenta de la importancia de la cuestión relacional en la consulta, de lo terapéutica que puede llegar a ser una buena relación médico-paciente, de los efectos devastadores que produce si se pervierte. Estos profesionales abogan por trabajar la relación terapéutica como eje de la asistencia clínica, pero lo hacen desde el beneficio para el paciente, que no es poco, pero en general desatienden la importancia de la salud psíquica del profesional, imprescindible para ejercer correctamente esta función. Si el médico, el profesional sanitario no se encuentra saludable, poco podrá aportar a la relación terapéutica para que funcione como tal y además, se perjudicará a sí mismo.

Los espacios Balint que practico son una opción para tratar de repensar estos asuntos de manera que podamos proponer relaciones más sanas en las consultas. Sanas en primer lugar para el profesional, porque si no, será imposible sanar a ninguna otra persona.

Del otro lado del hilo, dedicaré algunas reflexiones a los psicoterapeutas que opinan sobre la Medicina práctica desde posiciones teóricas y en ocasiones casi filosóficas, sin desestimar el lugar que ocupa la Filosofía en el pensamiento humano, tan cuestionado en los últimos tiempos por nuestras miopes autoridades educativas. Leo comentarios de profesionales de lo psí que solo pueden emitirse desde los prejuicios del que solo atiende a la superficie de una cuestión compleja, y lo voy a ilustrar con una viñeta de mi consulta del centro de salud, porque me recordó a estas lecturas desde el prejuicio sin elaborar.

Un paciente de unos setenta años entra en mi consulta –en la que solo llevo unos meses– diciéndome que se va a cambiar de cupo. Me sorprende que venga a decírmelo, porque si está descontento con mi asistencia puede hacerlo directamente, por lo que deduzco que viene a otra cosa, así que solo le contesto con un ajá que lo invitara a decir lo que traía pendiente. Me aclara que va a cambiarse porque yo no lo escucho, no lo miro, solo me ocupo de escribir en el ordenador y no lo toco. Compruebo que se trata de un paciente mal cumplidor de las recomendaciones terapéuticas, que viene a la consulta de manera esporádica, y que yo solo he visto en una ocasión anterior por cifras tensionales elevadas y edemas en las piernas, para lo que le indiqué controles domiciliarios de la tensión arterial, le solicité un análisis de sangre y un electrocardiograma, le prescribí un diurético y le indiqué volver con los resultados para ajuste del tratamiento. No recuerdo de manera concreta lo que sucedió en esa primera consulta, pero desde luego no es mi estilo no escuchar a los pacientes, me dedico a ello profesionalmente porque me gusta. Así que solo puede tratarse del prejuicio extendido de que los médicos no escuchamos, no miramos y no exploramos a los pacientes, sin ninguna reflexión propia.

Algo así se me ocurre pensar cuando leo las posiciones dogmáticas de algunos psicoterapeutas para referirse a cómo debe realizarse la asistencia médica, sobre lo que está bien y lo que está mal hacer en las consultas, sobre lo inadecuado de la prescripción de psicofármacos o sobre la pertinencia de la psicoterapia en consultas de diez minutos —en el mejor de los casos—, en general, sobre la humanización de la Medicina. Todos estamos de acuerdo con atender lo más humanamente posible a las personas que tratamos en nuestras consultas, entonces tendremos que escucharnos también entre nosotros los terapeutas, tanto de lo somático como de lo psíquico, si es que es posible mantener esa distinción.

La realidad asistencial diaria de los médicos que nos dedicamos a la sanidad pública es que tenemos poco tiempo para atender a los pacientes, incluso si nos ceñimos exclusivamente a los aspectos biológicos de la demanda, por eso la apertura de cuestiones psíquicos la vemos como una sobrecarga, y esto es lícito. Los médicos de Atención Primaria –quizá los únicos que podemos plantearnos estas aperturas por la visión longitudinal que tenemos de nuestros pacientes, en contraposición con los médicos de Atención Especializada, que valoran al paciente de manera puntual incluso si lo ven en consultas sucesivas–, tenemos la ventaja de que atendemos a los pacientes y a sus familiares de forma continuada en el tiempo, lo que nos permite una visión global de sus problemas de salud. Esta ventaja es la que debemos aprovechar para abordajes cortos pero repetidos, que bien dirigidos producen beneficios terapéuticos. Ahora bien, es preciso actuar con cautela justamente por las limitaciones con las que nos enfrentamos en las consultas. No podemos ofrecer a todos los pacientes una prestación psicoterapéutica imposible con nuestros medios, y muchas veces también con una formación deficiente, así que hay que ser muy cuidadoso con las cuestiones que se abren en este encuadre si luego no vamos a poder ayudar al paciente a transitar esa apertura, porque lo dejaremos sin la muleta que sustenta su vida. Por dramático que parezca, es mejor ayudar a un paciente a manejarse con sus quejas que abrirle el abismo de los porqués si no le podemos ofertar un cómo responderlos. Aquí es donde interviene la cuestión de tratar o no a un paciente con psicofármacos, o con fármacos para el tratamiento de síntomas psicosomáticos, si fuera el caso. Si nos consulta un paciente inundado en un cuadro ansioso-depresivo para el que no tiene recursos con que manejarse, ni económicos para pagar a un psicoterapeuta privado —conocidas las limitaciones de psicoterapia en los dispositivos públicos— ni psíquicos para considerar la responsabilidad personal en lo que le pasa, y el cuadro es lo bastante abigarrado como para no ser subsidiario de pequeñas aperturas en consultas sucesivas —o por lo menos no en ese momento—, no podemos dejar al paciente abandonado a su angustia descontrolada, sino que tendremos que aliviarlo —recuerden aquello de curar, si no, aliviar y si no, confortar—, es nuestro deber. Es como si nos consultara por una crisis hipertensiva atribuida a un problema personal y no le administráramos tratamiento médico.

En definitiva, no todo es tan inhumano en la sanidad, sobre todo en la pública, que es a la que se dirigen las críticas de forma habitual, pero es indudable que debemos mejorar. La forma que propongo y que aplico en mi consulta es la de responsabilizarnos de manera conjunta, los profesionales y los pacientes, empezando por valorar lo que tenemos y que hemos conseguido entre todos. Por eso, lo primero que atajo en las conversaciones, además de desarmar las críticas vacías sin argumentos —por prejuicios como mencioné antes—, es definir cualquier prestación sanitaria como gratuita: ¡ojo, la sanidad no es gratis, es muy cara y la pagamos entre todos! Por eso es responsabilidad de todos, profesionales y pacientes, independientemente de los gobernantes en turno de legislatura, debemos mantenerla por encima de eso.

Y buenos sí, todo lo buenos terapeutas que seamos capaces de ser, pero por encima de todo, buenas personas.

Con pasión

Se me ha ocurrido este juego de palabras por salir del lugar común de lo políticamente correcto, tan común en estos tiempos que puede pasarnos desapercibido, de apelar a la compasión hacia el desfavorecido como recurso sin pensamiento, por lo que se sitúa en la frontera de lo hipócrita.

Las posibilidades de conmovernos por lo que vemos todos los días en las noticias rayan lo insoportable, tanto que casi nos obligamos a mirar a otro lado para poder sobrevivir; es como si el mundo se ensañara para no dejar vivir en paz a nadie, ni a los afectados ni a los que no les toca en esa ronda. Además, la Historia nos hace ser pesimistas porque muestra que parece que va a ser siempre así, parece que al hombre, el animal más evolucionado del mundo conocido, le cuesta vivir de manera civilizada, parece que no soporta vivir con tranquilidad y se pasa la vida inventando cómo boicotearse. En realidad, el hombre, si no ingresa en la cultura, es un animal más, incluso más brutal porque ha perdido el beneficio que los instintos procuran a la supervivencia de la especie. El hombre acultural es un salvaje al descubierto, sin límites que velen por su propia suerte, incapaz de protegerse siquiera a sí mismo, impotente para cuidar de los suyos.

Estas cuestiones globales son extrapolables a nuestros pequeños mundos de diario en los que también contemplamos situaciones conmovedoras que según la posición que ocupemos en la sociedad tendremos más o menos recursos con los que implicarnos. Para los que nos dedicamos a profesiones sanitarias, las situaciones de desamparo, soledad, falta de recursos –no solo económicos, en muchos casos se trata de recursos psíquicos–, desilusión, impotencia, tristeza o desamor constituyen una dimensión importante de nuestros retos laborales, pero al menos nosotros tenemos la capacidad, mayor o menor según las circunstancias, de intervenir de alguna manera para tratar de mejorar en lo posible las condiciones. Entiendo que muchas personas sientan compasión por otras y no sepan cómo ayudarlas.

Aquí voy a rescatar el eslogan de los activistas medioambientales, aunque también suene un poco a lugar común, del piensa globalmente y actúa localmente en cuanto a que no podemos hacer mucho por la paz del mundo pero sí que podemos hacer bastante por el bienestar de nuestros micromundos. Y nuestros micromundos empiezan por trabajar para elaborarnos nuestra propia paz; sí, así de aparentemente egoísta es el asunto, si nosotros no estamos bien cómo vamos a aportar bienestar a los demás. Eso que comentaba antes de que parece que el mundo se ensañara para no dejar vivir en paz a nadie, parte del propio individuo, ¿acaso conocen a muchos individuos que se dejen vivir en paz a sí mismos? ¿No les resulta más conocido contemplar sujetos que insisten una y otra vez en complicarse la vida? ¿No escuchan a veces los motivos que han llevado a algunas personas a enfadarse definitivamente con otras en los que no parece jugarse más que una cuestión de matices?

La realidad es que al ser humano le cuesta vivir bien, en general se pasa la vida tratando de resolver problemas para empezar a vivir después –cuando tenga trabajo fijo, cuando tenga casa propia, cuando crezcan los hijos– sin darse cuenta de que la vida se vive en el proceso, no al final, al final se muere. Está bien fantasear, planificar y ejecutar los proyectos vitales, pero hay que saber disfrutar del proceso y lo que suele ser más complicado, disfrutar del resultado, sin dormirse en los laureles para iniciar el siguiente proyecto, pero dándose tiempo para saborear las delicias del producto del trabajo: una agradable profesión, una casa estupenda, unos hijos saludables.

Pues a esto, a vivir bien, es a lo que hay que ponerle pasión; la vida hay que vivirla con pasión y sin compasión; con pasión hacia nosotros mismos y hacia los demás se atraviesa la compasión inmovilista y estéril. Y tratar de vivir bien es una responsabilidad de cada uno, para cada uno y para los otros de alrededor, si no, fíjense de lo que es capaz el hombre que solo sabe mal vivir.

Con las pasiones educadas de todos haremos un mundo mejor, así que eduquémoslas en la cultura.

Ejecutar

La palabra ejecutar tiene mala prensa, demasiadas ejecuciones a lo largo de la Historia de la humanidad, pero aquí la voy a rescatar desde otro lado: ejecutar es lo que permite crecer al ser humano. Ejecutar es hacer, es ponerse a ello, es realizar, es llevar a cabo, es comprometerse y responsabilizarse con lo que se ha decidido hacer. Es poner un límite a lo posible para que se haga de verdad posible.

Cuando imaginamos lo felices que seríamos si consiguiéramos ese nuevo trabajo, esa nueva casa o incluso esa nueva pareja que tanto nos gusta, al principio se abre un amplio abanico de posibilidades, casi que todo es posible, aunque haya algunos matices poco probables. Se podría considerar esta primera fase de elaboración de los deseos como una fase de tormenta de ideas, y así debe ser, la mayoría de los proyectos nacen y se enriquecen de esta manera. Pero para que la fantasía se convierta en realidad hay que hacer algo más, hay que hacer algo, algo tan inquietante como tomar una decisión, comprometerse con ella, elaborar un plan de acción y ejecutarlo, y después una cosa más en la que por lo general no se piensa, responsabilizarse de los resultados, de los efectos de la decisión, en definitiva, disfrutar de la realización de nuestros deseos. Este último aspecto no suele tenerse en cuenta porque parece evidente, pero no lo es tanto. En nuestra cultura no está bien visto disfrutar de lo que se ha conseguido con trabajo, de las rentas, como ya he comentado en otro post, pareciera arrogante decir ¡pero qué a gusto estoy conduciendo mi nuevo coche!, cuando resulta que lo pago con mi dinero y trabajo para ganarlo. Da igual decirlo o no, la cuestión es sentirlo. Esto podría pensarse como un asunto envidioso, si digo lo que me gusta mi coche otros me van a envidiar y podría ser que me lo rayaran, aunque en realidad los envidiosos somos nosotros pensando desde nuestro propio punto de vista si las circunstancias fueran a la inversa. También se esconde detrás la ideología de que si estamos disfrutando, algo malo va a pasar, porque a este mundo no se viene a disfrutar, eso será en el paraíso del más allá. Y esto es una cuestión ideológica, da igual que se sea creyente o no. Pero además, influye la salud mental que tenga cada uno a la hora de ponerse a trabajar para ejecutar lo que fantasea y dejar de pensar infinitos imposibles para crear un concreto posible. Algunas personas tienen dificultades para tomar una decisión porque la piensan como una renuncia a todas las demás posibilidades teóricas imaginadas, pero en vez de solo pensarlas hay que elegir una para que se haga posible, en la infinitud de posibilidades ninguna es posible, solo es posible en la finitud, si no se elige un camino para caminar por él, se estará siempre al principio. Los límites al infinito son los que nos permiten habitar un universo finito.

Muchas veces lo que subyace en las dificultades para tomar decisiones y ponerse a trabajar en ellas es la incapacidad para responsabilizarse de estas decisiones, es decir, la incapacidad para responsabilizarse de los deseos. Si tomo una decisión y luego las cosas no salen como yo quería, será por culpa mía, pero si no decido y pasa algo malo, la culpa será de los demás. Lo que pasa es que en primer lugar, no decidir también es una decisión, por tanto todo lo que nos pasa, bueno o malo, es de nuestra entera responsabilidad, y en segundo lugar, ¿cómo vamos a asumir el que nos sucedan cosas buenas? Para eso también se han creado coartadas, la de la suerte es la más extendida. ¿Qué suerte?, será que habremos trabajado para poner la suerte de nuestro lado, incluso si nos tocara la lotería, sería porque habremos ido a comprar el número y tendremos que trabajar para administrar el premio o lo malgastaremos.

Si en algún momento dudamos si en realidad estamos viviendo acorde a nuestros deseos o no, si los estamos poniendo en práctica o solo estamos fantaseando con ellos, solo tenemos que tomar perspectiva y mirar hacia atrás en el tiempo, quizá tomando algún punto de referencia como un acontecimiento importante o una circunstancia que recordamos especialmente. Veamos desde entonces qué es lo que hemos hecho, no lo que hemos pensado hacer, que será mucho más, sino de verdad lo que hemos ejecutado, así podremos hacer balance y decidir cómo queremos vernos cuando en el futuro volvamos a hacer esta reflexión respecto al momento que estamos viviendo.

No tengamos miedo, si conseguimos el trabajo deseado, la casa de nuestros sueños, la pareja perfecta y además nos toca la Lotería de Navidad, no va a ocurrir un cataclismo, por lo menos no derivado de todo esto, podemos disfrutarlo placenteramente, ¡lo hemos conseguido! Quizá nos envidie el vecino, pero eso es asunto suyo.

Y entonces, a pensar en lo siguiente, si no, nos aburriremos.

Ni lo sueñes

¿Cómo que no lo sueñes? ¿Entonces cómo se materializan los deseos? Es justo así, se empieza por soñarlos, por fantasearlos despiertos, por desearlos de verdad y con decisión para que de forma imperceptible nos pongamos a trabajar en ellos. Y así un día, casi sin percatarnos del proceso, como sin querer, nos hallaremos instalados en ese lugar imaginado que como por arte de magia, porque algo de magia hay que ponerle a los deseos o se nos deslucirán, se habrá convertido en realidad. En ese momento puede que nos tiente recurrir a eso de ¡no me lo puedo creer!, como argumento exculpatorio de la responsabilidad que nosotros mismos hemos generado en lo que nos pasa, y tendremos que estar atentos y vigilarnos bien, porque si eludimos esta responsabilidad, desperdiciaremos tanto el trabajo realizado como las oportunidades que la nueva realidad nos pudiera ofrecer.

La cuestión no es solo que hay que pasar a la siguiente fase después del fantaseo, a la planificación y ejecución de lo soñado para que no se quede en un delirio de cuento de hadas sin fundamento, sino que una vez conseguido hay que continuar trabajando para lograr los mejores rendimientos. Y un paso importante del proceso consiste en disfrutar de los objetivos alcanzados, vivir un poco de las rentas, como ya comenté en otro post, porque ese ¡no me lo puedo creer! puede ser muy traicionero si no lo ponemos en su sitio: ¡cómo no me lo voy a creer con lo que he trabajado para conseguirlo!, lo raro sería no haber llegado hasta aquí con tanto trabajo invertido. Vivir de las rentas sin dormirse en los laureles, que una vez se llega al objetivo hay que empezar a soñar el siguiente. Así es la vida, todo un mundo de interesantes inquietudes, la tranquilidad es cosa de muertos.

Aunque parezca extraño, a muchas personas les cuesta disfrutar de lo que han conseguido con su trabajo, de los resultados de su esfuerzo. Parecieran diseñadas para lidiar con problemas, ya sean reales o magnificados, y si en un momento determinado logran resolverlos, se sienten como si su vida no tuviera sentido, como vacías, ¿y ahora qué hago yo con todo esto? Por eso muchas de ellas crean problemas nuevos para seguir distraídas dando vueltas en círculos siniestros. Puede que el problema sea que se han quedado enganchadas al mundo de los sueños pospuestos hasta que se solucione esto o aquello y cuando finalmente se soluciona, están perdidas en el universo delirante de las fantasías estériles, incapaces de asumir la responsabilidad de la posición en que las colocan sus logros. En realidad incapaces de asumir la responsabilidad de sus deseos. O también puede ser que se trate de personas que no han aprendido a gestionar su envidia, que también he comentado en otro sitio que es inherente al ser humano y la educa la cultura, y se escondan temerosas de despertarla en los otros, cosa que no hay que descartar pero que habrá que saber asumir, empezando por la propia.

Entonces, soñar sí, soñar, fantasear, imaginar, y luego proyectar, planificar, ejecutar, en definitiva, trabajar sin distracciones en lo que de verdad nos interesa, ocuparnos de nuestros asuntos, que ya saben que si no otros lo harán por nosotros, normalmente de manera poco conveniente. Y luego, cuando lleguemos a la cima, disfrutar de las vistas para empezar a planificar el siguiente ochomil desde arriba, no siempre desde el campamento base.