No es mundo para mediocres

Una amiga me contaba hace unos días una anécdota de su hija de cinco años. Al parecer la maestra pidió a la clase que dibujara “una madre paseando al sol”, lo que la niña de mi amiga representó como una señora paseando el sol dentro de un carrito de bebé. La maestra corrigió el dibujo por incorrecto y la niña de cinco años se quedó sin entender nada, su madre tampoco. Mi amiga fue a comentárselo a la maestra que insistió en la incorrección del dibujo. Según su encorsetado criterio, el dibujo debía consistir en las previsibles variantes de madre con niño bajo sol que brilla en su correcta posición celeste.

Otra amiga me contó que la profesora de francés de su hijo de trece años los avisó para que acudieran a una entrevista los tres: madre, padre e hijo. Tampoco entendió por qué, su hijo había aprobado todas las asignaturas del trimestre, incluido el francés y la tutora, con la que habló por teléfono en relación a la inesperada cita, no dio importancia a la ligera caída de las calificaciones en un adolescente interesado en otras cosas, como le corresponde, ni conocía el motivo del apercibimiento de la profesora de francés. El problema parecía consistir en que el hijo adolescente de mi amiga no había contestado en el examen a las preguntas de gramática, evidentemente porque no estudió, y sin embargo contestó perfectamente un difícil ejercicio de audición que fallaron todos los demás. Por eso, y pese a sus evidentes reticencias, la profesora tuvo que aprobarlo, algo que aparentemente no llevaba muy bien.

¿Qué podemos leer entre líneas en estos dos casos? Qué ninguna de las dos docentes pudo soportar que sus alumnos se apartaran de forma inteligente de la norma que ellas habían establecido, dentro de su limitada capacidad de imaginar. Pero si se le impide a los jóvenes que reten a sus padres y profesores, que los sorprendan, que puedan ser más listos, ¿cómo avanzará la humanidad? Pues lo vemos todos los días en la envidiosa mediocridad cotidiana que nos vemos obligados a soportar en diversos (más de los debidos) ámbitos sociales, y que de tan cotidiana a veces nos pasa desapercibida. Por ejemplo, que muchos de los dirigentes de las instituciones públicas no sean las personas más brillantes, sino las que hacen menos sombra a sus grises y anodinos predecesores: en la Sanidad, la Educación, la Justicia, la Universidad…

La humanidad evoluciona por la disidencia de una generación con la anterior. En oposición al conservadurismo de los padres, los hijos deben ser progresistas, y esto no es una cuestión de partidos, sino de la Política como generadora del ordenamiento social. Por eso, evitemos una educación mediocre, envidiosa y homogeneizadora en el bajo rasero y promovamos una sociedad de gente inteligente, brillante, diferente, con imaginación, que nos estimule a todos en el reto de estar a la altura, pero en la altura de arriba. Para ello tenemos que atravesar la envidia que nos paraliza a nosotros mismos y nos impide progresar, y que tan involucionista resulta tanto para nosotros como para la sociedad, para así poder soportar el triunfo ajeno, primer paso para soportar nuestro triunfo personal. En realidad lo que no soporta el envidioso no es la sombra que le pueda hacer el otro, sino que lo encandila su luz. Pero lo peor es que también lo encandila su propia luz.

Se trata de contrarrestar esa pátina de grisácea uniformidad burocratizada al más puro estilo de los países del Este antes de la caída de El Muro, con el colorido de las ideas de mentes despiertas, curiosas, que se dejan sorprender, críticas, elaboradas a base de segundos pensamientos, generosas, trabajadoras y con una incondicional capacidad de amar. Así seremos capaces de hacer crecer a la humanidad, y tenemos encomendada esta responsabilidad en lo que corresponde a nuestra parcela de relevo generacional. No cultivemos un mundo mediocre, sino el mejor que nuestras posibilidades nos permitan construir.

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